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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-07-2017

Es la equidistancia, estpidos!

Javier Garca Garriga
Rebelin


Ayer por la maana me encontr a las puertas del Parlament con un buen periodista. De los que investigan; le dejen hacerlo sus jefes o no. Haca un par de aos que no nos veamos, as que pronto hablamos de los errores ms o menos reversibles de Ciudadanos y de Podemos. l los atribua bien al desconocimiento del campo de batalla poltico, bien a la juvenil arrogancia de los lderes respectivos; lo que, en parda lectura real-poltica, viene a ser lo mismo. Digo, y luego vuelvo a ello: en parda lectura.

Como es un buen periodista, me sorprendieron (slo) dos cosas: que le pareciera que un gobierno de Unidos Podemos en solitario sera perjudicial (frente a esto uno siempre est obligado a preguntar: perjudicial para quin? La ciudadana o la gente no es nadie o es poca; hay que concretar segn sexo, clase, nacin, barrio, localidad, provincia, comunidad, poseedor, vendedor, desposedo, comprador, rentista, arrendador), y que dijera que Ciudadanos, para competir electoralmente con el PP, se derechiz al dar el salto a la poltica de mbito estatal (l no dira estatal porque se cuenta entre quienes, desde que empez la cosa del institucional-procesismo cataln, replican con la nacionalidad de Espaa; yo me cuento entre los ateos que, para el caso, maldicen en ambas lenguas el mismo Estado y las mismas Autonomas, la misma tierra corrupta y beata que nos pari).

Digo que me sorprendieron porque tales afirmaciones no son sino consecuencia de ese periodismo de declaraciones que l combate con piezas de anlisis que ante todo pretenden una buena fundamentacin. Pero ojo, que lo anterior incluye al peor periodismo de declaraciones: el de las declaraciones de los propios periodistas y tertulianos propagandistas de los principales medios de comunicacin. Cuando el mensaje se sobresimplifica, la falacia y la descalificacin sustituyen al argumento y a las buenas razones a favor o en contra. Me sorprende, pues, que este acreditadsimo periodista (podemos dar fe de ello) se sienta cmodo entre discursos pre-diseados vaya usted a saber por qu consejo o consejos de administracin. Claro, si uno no vive en Marte, la sorpresa respecto de dobles varas de medir o de meras contradicciones antropolgicas es relativa o ms bien ni siquiera lo es. Pero lo que me interesa destacar no es ni su posicin (de Ciudadanos dejamos de hablar muy pronto, as que los adjetivos empezaron a caer del lado de uno de los dos nuevos lderes) ni por supuesto su condicin, sino el hecho de que l tiene una posicin (valga la redundancia conceptual: como todos): es un aventajado buscador de verdad que sin embargo quiere reproducir un relato mientras, al mismo tiempo y por volver al asunto, le molesta el relato impugnatorio de Unidos Podemos (o, en esto, ms bien de los nuevos lderes de Podemos; de Izquierda Unida ni habla y yo me muerdo la lengua). En su caso, adems, se posiciona desde la ms pura abstraccin: se empea en seguir hablando del fallido pacto PSOE-Podemos sin mencionar el neoliberalismo de Ciudadanos (por algo ser que la abstraccin y la posicin suelen ir juntas) ni la simpar equidistancia de un Pedro Snchez, lder socialista y obrero, que miraba (y sigue mirando) a izquierda y a derecha. S, socialista y obrero.

Nuestra conversacin dio para mucho ms y, a decir verdad, en todo este tiempo se ha escrito de todo y para todos. As que me limitar a consignar que su realismo poltico est bien aprendido y est bien que lo haya aprendido as; pero tiene que quedar claro que es su realismo, con sus verdades concretas y sus abstracciones ms o menos deliberadas. Digo esto porque todava hay quien estima que lo de los relatos y la posverdad es cosa nueva: con franqueza, me parece que no podra uno ser ms ajeno a las sucesivas construcciones histricas de hegemona (relato prometeico, bblico, del oscuro medievo que adems slo vale para Europa, re-nacentista, siglo de las luces, del progreso) ni, por cierto, estar ms instalado en la posverdad (relato tenazmente post-moderno y precisamente por ello muy moderno). Es natural que en nuestro cerebro ordenemos la informacin que nos llega o a la que propendemos segn los compartimentos que nos hemos ido formando, etctera. Por eso, a veces un dilogo es un permanente ir tanteando el significado de los significantes que emplea el otro y que emplea el uno. La objetividad es un horizonte que, por definicin, nunca se alcanza pero que tampoco nos hace inconmensurables: por el camino podemos entendernos, y podemos saber de qu hablamos por el contexto, por lo que nos rodea. Ese contexto, sin embargo, es algo ms que la mera ampliacin del texto; es una toma de partido, es el lugar al que uno tiene que haber decidido ir. Aclaremos esto: no soy partidario del relativismo moral (que adems considero zafio), pero s del transparente e inequvoco reconocimiento de que, cuando hablo, hablo desde una ubicacin, con tradicin o tradiciones encontradas, con una biografa atravesada de mil modos y un largo etctera que me recuerda que hablo desde una perspectiva (por supuesto material, muy material) y no de otra.

Slo cuando uno toma partido puede combatir seriamente la simplificacin extrema, la falaz argumentacin econmico-social y poltica; slo cuando uno toma partido puede decir que los relatos son eso, relatos: ni Ciudadanos fue nunca socialdemcrata ni Podemos pretende otra cosa que un socialdemocratismo que, para cuadrar bien su crculo, tendra nada menos que ahuyentar el espantajo de las terceras vas sin por lo dems alterar el control privado de los medios que un colectivo, una comunidad, una sociedad emplea para producir lo que, quien ostenta y se lucra en razn de dicho control, decide que hay que producir. Vamos, sin decir ni mu ante la persistente propiedad privada de los medios de produccin; santo grial que se puede beber con autonoma de la lucha poltica o sin ella, pero santo grial de las relaciones sociales en una sociedad que no va a dejar de ser capitalista por mucho que impugnemos su relato con otro relato.

Es evidente que lo que acabo de decir sobre Podemos hay que encuadrarlo debidamente en su propio contexto, en la coyuntura histrica europea, en su propia real-poltica, etctera. Y es asimismo obvio que un tipo de revolucin permanente ser tambin el ir ajustando el sentido y la referencia de lo que se va diciendo. Por el bien de la comprensin. De igual modo, me parecera estupendo, y coincido con mi colega periodista plenamente en esto, que la prensa volviera a dirigirse de manera abierta a su condicin de nicho, de faccin, de partido en el sentido amplio (decimonnico) de la palabra. Pero entonces, y puestos a dar lecturas real-polticas de lo que ocurre, no podemos confundir a estas alturas lo abstracto con lo concreto: si criticamos a Pablo Iglesias por arrogante (y combatimos as la eventualidad de verlo presidente), lo hacemos porque frunza el ceo cuando le contradicen (a veces con sobrada habilidad) en sus propios programas de televisin, porque en los inicios de su partido haya realizado defensas demasiado cerradas (con o sin razones detrs) de las crticas a sus compaeros, o lo hacemos porque, novato como era, debiera haberse subalternizado al PSOE tras el 20-D? Si es lo primero, para el caso no interesa lo ms mnimo. Si es lo segundo, como principalmente sugera mi interlocutor, entonces nos hallamos ante la recurrente voluntad de consenso con la que, hoy, se recubre de manera doblemente abstracta el poder: un consenso econmico que asegure la reproduccin del sistema de mercado capitalista y un consenso poltico con el que la democracia representativa se ha pretendido blindar durante aos incluso de las demandas de participacin de los ciudadanos no propietarios.

Si denunciar lo anterior implica arrogancia, bienvenida sea (como la arrogancia que los vidos delegados de Dios atribuan a sus siervos demasiado preguntones). No hay que perder ms tiempo en esto, ni siquiera para pretender caer bien (dicho sea sin menoscabo de que, para m, tienen mayor proyeccin Antonio Mallo o Pablo Bustinduy, por citar a dos de los coaligados). Lo que hay que hacer es justamente eso, actuar: desde las instituciones y desde la calle. Lucha poltica y econmica frente a quienes, ostentando el poder, invocan el consenso como recurso para el sostenimiento de su orden, para ganar el consentimiento de quienes podran oponerse a su realidad pertinaz. ste es, por lo dems, el sentido de la frase tan toscamente sacada de contexto: el cielo de los subalternos no se gana por consenso, se gana por asalto. sa es la impugnacin del relato que va ms all de anteponerle otro relato.

Pero mi buen periodista, cronista parlamentario muchsimo ms hbil que yo en las cosas de la prctica poltica, me habl de colonizacin interior, y me puso como ejemplo el modo en que ERC est parasitando poco a poco a la antigua CiU y ganando posiciones sin desgastarse. La analoga con lo que pudo haber hecho Podemos ante el PSOE tras el 20-D es sin duda interesante. Sin embargo, se me ocurre que la coalicin catalanista puede justificarse con naturalidad ante un electorado que por un lado debe de estar ya acostumbrado, como el del PSOE, a las permanentes polticas de derechas de ERC (podramos hablar de muchas privatizaciones en su haber, pero la de la sanidad catalana es especialmente grave) y, por otro y principalmente en la coyuntura actual, ha aprendido con la docilidad de un monaguillo a dejar todo su pensamiento ms o menos crtico guardado en un rinconcito a la espera de un maana redentor. Poca gente hay en Catalua, muy poca, que viva de forma innatural la coalicin JxS. Lo que debera haber escandalizado a ms de uno es la aquiescencia suicida (no digo para sus diputados) con la que siguen acogiendo desde la CUP el sacramento del s, quiero. Me parece, en cualquier caso, que transponer esta experiencia a la eventual concesin de Podemos al pacto PSOE-Cs tras el 20-D no es riguroso: el propsito con el que nace Podemos no coincide con el propsito establecido y enquistado en el viejo PSOE.

Y se es el verdadero problema, que no dieron (ni dan) los nmeros. Pero aqu, de nuevo, no vale con parapetarse en la equidistancia. No es lo mismo el votante de clase baja asalariada que se acompleja medio indignado ante el autosatisfecho socio del club de tenis, que el autosatisfecho socio del club de tenis que se ofende con la sola presencia del votante de clase baja asalariada. No querer pedir permiso en tal situacin no es ni soberbia ni vanidad (pecadillos muy queridos de la clereca), es un pedacito de dignidad con el que se recupera la autoestima (tan odiada, por cierto, del maniqueo Agustn de Hipona, uno de los antecedentes intelectuales de lo que hoy seguimos llamando realismo poltico). No es lo mismo Errejn que Iglesias, no; esperar que el PSOE, refrito de Ciudadanos con regeneracin democrtica de postn, se digne a llamarte que llamarlo dignamente t. Como no es lo mismo Unidos Podemos haciendo un relato de la Transicin que el relato de la Transicin hablando por boca del rey; ni es lo mismo la astracanada de una CUP sumisa con la Generalitat que el veto permanente al que somete a Barcelona en Com; ni es lo mismo un referndum pactado que cualquier otra cosa que se nos ocurra; ni es lo mismo un redomado franquista que un oportunista burgus cataln (aunque tambin aqu hay franquistas), como tampoco es lo mismo, ya puestos, Paul Preston exagerando las vctimas de la represin del dictador Francisco Franco, caudillo de Espaa por la Gracia de Dios, que la infumable octavilla de Prez-Reverte.

Como se comprender por los ejemplos anteriores, la toma de partido no lo hace a uno riguroso. Pero si uno quiere ser riguroso tiene que empezar por admitir que ha tomado partido. No por la verdad, como alguna vez se ha dicho con una lrica que segn quien la gaste asusta y segn quin, ennoblece, sino por una verdad concreta (que, guste o no, es siempre mucho ms honesta). Aqu es donde empiezan los problemas para el adorador (declarado o no) de relatos: hay que ser muy cnico para admitir felizmente que la verdad que defiendes deja fuera a dos tercios de la poblacin; y hay que ser muy torpe para no admitir que lo que defiendes tiene que ver con una verdad muy concreta que slo suscribir quien comprenda que defiendes su verdad: la del barrio, localidad, provincia o Comunidad, la del poseedor, vendedor, desposedo, comprador, rentista, o arrendador, etc. Hay que tener mucho cuidado porque seguimos estando, en Catalua y en el resto del Estado, entre ambos contextos, y no siempre queda claro qu partido hemos tomado.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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