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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-08-2017

Prlogo al libro De la brigada Secundaria al Cordn Cerrillos de Guillermo Rodrguez
Como un eterno presente

Rafael Agacino
Rebelin


Son 15 captulos distribuidos en poco ms de 140 pginas. En ellas se recorre, desde la perspectiva de una biografa personal, el paso de siete vertiginosos aos. Sin embargo, no se trata de un puro relato autobiogrfico; no. En estas pginas se entremezclan las vivencias personales, el anlisis poltico e incluso el ensayo histrico, produciendo como efecto final un entreverado mapa de un perodo crucial e irrepetible para quienes lo protagonizaron, para las organizaciones populares como sus actores, y finalmente, para la propia historia poltico-social de este pas.



En los primeros cuatro captulos y en los dos ltimos, est acentuado el relato autobiogrfico. En los primeros, se nos aparece un joven con slo escasos quince aos pero que sin saberlo es portador de las inquietudes acumuladas por dcadas de luchas previas; ellas estn mudas de teora pero elocuentes en la palabra de sus padres, de su abuelo y los vecinos de los barrios populares en que habit. Por ello, no es extrao que sin preverlo, los juegos y chascarros con los amigos de liceo, fueran matizndose con los destellos de un mundo que palpitaba all afuera. Y no poda ser de otro modo. Eran los aos finales de la dcada del 60 del siglo XX, con Guevara y las guerrillas en Latinoamrica, con las insurrecciones de Paris, Berln y Checoslovaquia, con Vietnam en Indochina y con la condensacin de un flujo de fuerzas populares que daran paso al Chile de Allende. Son los aos de maduracin de todo aquello que se haba incubado en las luchas universales de liberacin y emancipacin. Y as, hasta saltar en los dos ltimos captulos, a la vida de un joven que se empina a los 20 aos justo cuando la lucha es ms aguda que nunca y cualquier acto, pensamiento o palabra, resulta urgente. Es la dinmica inexorable de los acontecimientos que lo envuelve y que lo hace presentir las debilidades estratgicas del proceso chileno, esas que ms de una vez le sugirieron, primero un guajiro en Cuba, y ms tarde otro cubano, cuando Fidel pisaba tierras chilenas. No era derrotismo no es el tono de la prosa de Rodrguez ni es la lectura que hago- sino una sbita toma de conciencia del significado real de la lucha de clases, de los procesos revolucionarios; un momento de maduracin abrupta en que el cuerpo se estremece al caer los velos de la verdad, esa verdad total en que se juega todo. Esa es la atmosfera de stos ltimos captulos que relatan la reaccin de los trabajadores y militantes, incluido el propio autor, frente a un Golpe que ni por tan anunciado dej de ser una sorpresiva tormenta. Sern las horas del pensar rpido, del sobreponerse, del dar y darse nimo frente al shock. Sern las horas de la resistencia en Maip el mismo 11 y los das siguientes, y luego, como si el tiempo no existiera y solo fuera un largo presente, del cautiverio en el Estadio Nacional. Qu lejos est el liceo, qu lejos el pensionado de Repblica, qu lejos los amores juveniles, qu lejos las reuniones que dieron luz el Cordn Cerrillos-Maip Qu cerca el horror, qu cerca la muerte y el denso y pastoso aroma de la sangre Cmo no madurar de una vez y para siempre? Es el punto ciego del espejo, se que deja al individuo sumido en su soledad y sus propias circunstancias.

Pero tambin hay otro ngulo en el mismo instante: la trama de las circunstancias histricas y el papel de los individuos, o dicho de un modo ms directo, un guion que marca con fuerza un escenario poltico definido y que a la vez impele a los actores colectivos a la accin. Por ello, ser el anlisis poltico el que predomine, sobre todo desde el captulo 5 en delante, dejando en entrelineas el relato autobiogrfico. Y es as porque se trata de un contexto indito, inaugurado por el triunfo de Salvador Allende y seguido por sus tres aos de gobierno hasta el mismo Golpe de septiembre; son aos resumidos a pluma veloz que repletan decenas de hojas que evocan experiencias, epopeyas, y la memoria de millones de vidas que enarbolan la demanda de un mundo nuevo. Entre ellos, los cientos de miles de activistas de la izquierda, y por cierto, los militantes del MIR cuyas definiciones tcticas y voluntad de lucha, sern puestas a prueba una y otra vez El autor, con 19 aos, elaborar sus primeras ideas polticas propias respecto de la izquierda revolucionaria, buscando conectar el trabajo militar y el trabajo de masas. Su insercin en el GAP de la mano de nuestro compaero Mario Melo, lo instala en una estructura cerrada y compartimentada, en la que la cotidianidad remite a lo uniforme, a la disciplina y a la disposicin operativa, atmosfera muy distinta al fluir del barrio y de los frentes de masas cuya pluralidad de formas y colores, configuran a un pueblo que tras saltos de conciencia impone por doquier el pulso vital de un nuevo da. Esta distancia entre lo uniforme y el politonal empuje de los de abajo, sin embargo no ser una pura sensacin subjetiva. Por el contrario, adquirir toda su objetividad e importancia a partir del paro de octubre de 1972, cuando la sucesin de hechos y sus demandas de accin, abran un debate sobre el modelo orgnico, la concepcin de partido y las definiciones estratgicas. En efecto, la misma estructura de los GPM, muy til para afrontar la clandestinidad en tiempos de Frei y las tareas inteligencia y seguridad que MIR asumi desde el triunfo de Salvador Allende hasta inicios de 1972, mostrar sus limitaciones a la par que la lucha de clases se torne ms aguda y extendida, y por tanto, el problema del poder se replantee como una cuestin directamente prctica y de masas.

El anlisis poltico que nos ofrece el libro muestra, por una parte, cmo el escenario de lucha por el poder es una lucha territorialmente situada que no discurre en el vaco, y por otra, que los actores, tanto las franjas medias derechizadas como los trabajadores y las masas populares, se enfrentan en sus espacios inmediatos: las escuelas y liceos, los campos, las fbricas y finalmente las calles. Las formas de Poder Popular que nacen de las propias luchas por la soberana sobre los medios de produccin y la infraestructura pblica, y por el orden social mismo, se afincan y hacen prctica en los espacios vitales y/o productivos inmediatos. El nacimiento del Cordn Cerrillos Maip en junio de 1972 y toda la lucha posterior, incluida la planificada toma masiva de fundos de la comuna y la ofensiva frente al tancazo del 29 de junio de 1973, as lo reafirman. Los trabajadores, campesinos y dems franjas populares, fortalecan sus niveles de coordinacin, su conciencia como clase y su voluntad federativa ms all de sus sindicatos y orgnicas individuales, como resultado del necesario ejercicio de la soberana sobre sus espacios locales, vitales y productivos. Guillermo nos relata que en este perodo pre revolucionario aquel que no madura y se prolonga-, cada da aumentaba la distancia entre el esquema orgnico tipo GPM y el modelo de organizacin territorial-sectorial. A esa altura, adems, entrecruzndose ya las estructuras de los GPM con las estructuras por frentes (trabajadores, campesinos, pobladores, estudiantes, etc.), aparecan fuertes contradicciones entre las diferentes reas y en el seno mismo de la propia militancia. La complejidad del perodo poltico una vez ms superaba cualquier idea preconcebida. Las necesidades de conduccin de enormes contingentes de trabajadores y sectores populares, que incluso tendan a sobrepasar a sus propios partidos, requeran un tipo de organizacin mvil, ms flexible y ms veloz, capaz de sintetizar y asumir la coordinacin y conduccin que la sucesin de coyunturas agudas demandaban. Estas contradicciones, impuestas por la ascendente lucha de clases, en el trasluz, reeditaban la discusin estratgica entre guerra irregular y prolongada y la tesis insurreccional. La primera concebida a partir de las tesis militares del 67-68, y la segunda, proveniente de la tradicin trotskista que predomin en el MIR hasta antes del giro del Tercer Congreso en diciembre de 1967.

Mientras discurre este debate al interior de la militancia, el proceso no se detiene y avanza raudo. Los captulos 10 al 13, contextualizados entre julio y los primeros das de septiembre de 1973, cubren 9 semanas, menos de 70 das, pero en ellos se jugar toda la historia. La insurreccin de la burguesa, cuyo primer ensayo general fue en octubre del 72, ahora en julio de 1973, pasaba a una segunda fase ofensiva: por abajo, se relanzaba la unidad social de comerciantes, camioneros, colegios profesionales, estudiantes, los sectores medios enardecidos como los calificara Miguel; y por arriba, la direccin poltica de la Confederacin Democrtica - alianza entre los partidos Democracia Cristiana (PDC), Nacional (PN), Democrtico Nacional (PADENA) y Democracia Radical (DR)-, era asumida por la fraccin decididamente golpista ms el apoyo paramilitar de Patria y Libertad (MNPL). Todo esto, en medio de un entrampamiento institucional del Ejecutivo por parte de un Parlamento, una Contralora General de Repblica y un Poder Judicial, que hacan labor de zapa contra las iniciativas y ejercicio de la accin gubernamental y operaban abiertamente a favor del Golpe. Incluso, la jugada maestra de Allende al incorporar a los militares al Gobierno luego del paro de octubre (el gabinete UP-Generales), daba paso con la aprobacin de la Ley de Control de Armas, la declaracin de estado de sitio y la renuncia del general Prat, al aislamiento del propio presidente y su gabinete. Los sabotajes continuos a la infraestructura pblica realizados por paramilitares de Patria y Libertad y del Comando Rolando Matus; el asesinato del Edecn Naval del presidente; los allanamientos en San Antonio -dirigidos por Manuel Contreras, el futuro jefe de la DINA-, en Santiago a Indugas y Cobre Cerrillos, en Punta Arenas a Lanera Austral; y la renuncia de los ministros militares ms leales a Allende, anunciaban la capitulacin de facto del Gobierno. En efecto, hacia fines de julio e inicios de agosto, el control de vastas zonas del pas, el poder territorialmente situado , estaba ya en manos de la burguesa criolla y el imperialismo aunque no todos se sacarn an sus mscaras de constitucionalistas o demcratas.

A esa altura, la patronal pero no los revolucionarios, como seala Guillermo- ya dispona de un libreto preciso y estaba presta a intervenir de forma definitiva en la escena de la poltica. La trama estaba a horas de dilucidarse, y la falta de claridad al interior del MIR era ostensible: el mismo GPM4, el grupo de militantes conducido por Martn Elgueta, Renato, ese colectivo militante que haba desarrollado todo el trabajo en Cerrillos, Maip y Caro Ochagava, estaba intervenido por el Secretariado Regional Santiago, y como probarn los hechos posteriores, estratgicamente debilitado para hacer frente al asalto final que desatara la patronal.

Llegados a este punto, es imposible no mirar el texto en su conjunto e ir ms all de la biografa y del anlisis poltico del perodo y sus coyunturas. Los Captulos 14 y 15, se nos aparecen ahora como piezas personales de un drama colectivo, y a la vez, como un acontecimiento histrico, y escribo acontecimiento en cursivas, para relevar aquel hecho que hace de parteaguas de la vida y de la historia. Es aqu cuando frases dispersas en estos captulos y en los anteriores, parecen condensarse y parir lo que me parece - tal vez equivocadamente y a contrapelo del propio autor- una interpretacin de mayor alcance, una insinuacin ensaystica sobre el carcter histrico de esas horas crticas. Y aunque resulte irnico, ser el coronel Parodi, al momento de interrogar a Guillermo en el Estadio Nacional y que ya saba de Bertn, del Guajiro, de Santos Romeo, del Malo, de Chango, de Winka, quin desate ese flash que hace pasar por los ojos la instantnea de todo un trayecto vital: Mientras iba camino a la celda de incomunicacin, por orden del coronel, me promet que ese todo, desde la brigada secundaria al cordn cerrillos, algn da lo relatara , es exactamente el ltimo prrafo del libro. Y este prrafo, que puesto al final del libro no es sino el comienzo del mismo, no es un slo un recurso literario que revela la calidad de la pluma del autor. Es tambin -y es lo que quisiera resaltar- la manifestacin implcita de una necesidad, de esa necesidad de balance que persigue a todo militante, hombre y mujer, sobreviviente de esa Batalla de Chile. Un balance personal, un balance poltico y un balance histrico; todo mezclado porque as es la vida. Cuando le la primera edicin de este texto a fines de 2007, experiment la misma sensacin; y la lectura de obras posteriores de Guillermo la han reforzado. Por ello, me permito retomar aqu una pregunta que formul hace una dcada con ocasin del lanzamiento de la primera edicin: Y dnde estbamos cuando lleg la hora de Miguel?

Recurro a las figuras de Allende y Miguel no porque crea que las voluntades individuales determinen el curso de la historia, sino porque son las dos caras de una misma trama y de la historia que precipita ese fatdico martes 11.

Septiembre de 1973 fue el momento de la poltica por antonomasia, la poltica en toda su extensin y complejidad; ese momento dnde quedan fundidas todas las circunstancias y sus actores colectivos, y entre ellos, el individuo con su biografa pegada a las biografas de otros, y as, a toda la historia posible. La poltica es la calibracin inteligente de las posibilidades de la voluntad y de las perspectivas futuras de la accin. Quienes tienen sentido de la historia, discurra sta o no por los derroteros esperados, son aquellos que pueden actuar y actan, que pueden optar y optan; los que no vacilan ante la incertidumbre porque la conjuran con la razn poltica que se esfuerza por hacer verosmil la posibilidad que anida en la voluntad colectiva de un pueblo. La poltica, como la guerra, es ms que una tcnica, es un momento de creacin de posibilidades.

Allende en su soledad y as se trasluce en sus palabras referidas a Miguel- asuma la derrota final de su ensayo institucional, pero, me arriesgo a afirmar, mantuvo la esperanza en las posibilidades del proceso en curso; por ello, en esas horas definitivas apel a Miguel, buscando una suerte de posta poltica que relanzara las fuerzas gigantescas de los trabajadores y el movimiento popular por los carriles de la resistencia. Y en esas horas cruciales, cuando el reformismo obrero fracasaba y las tesis de la izquierda revolucionaria se realizaban como tragedia, cuando llegaba el da para el que siempre nos habamos preparado, cuando el propio presidente ese que recibi y protegi a los combatientes de Guevara, que amnisti a los presos polticos del gobierno de Frei, que recibi y protegi a los combatientes de Trelew, que ofreci al MIR conformar su guardia personal, ese que en ese instante combata en la Moneda- enviaba su mensaje dnde estbamos?

Miguel y la mayora de la CP, das antes, enterados del llamado a Plebiscito que hara Allende, pensaron en la capitulacin del Gobierno y la clausura del ensayo institucional de la UP, pero nunca en la derrota del proceso; a fin de cuentas, eso era lo que todos esperbamos como resultado inevitable de la poltica reformista. El putsch se haca innecesario o bien tomara la forma de un golpe blanco. Sin embargo ste sigui adelante. Otros sectores del MIR, ya desde la conformacin del gabinete UP-generales en noviembre de 1972, y sobre todo luego del tancazo de junio de 1973, denunciaban el cambio de carcter del Gobierno ya ni siquiera un gobierno reformista obrero, sino objetivamente burgus- y reclamaban preparar la insurreccin; varios GPM, comits regionales y locales fueron intervenidos por la direccin. Al interior del propio Partido se viva un agudo debate que no tom la forma orgnica requerida un Congreso- que pusiera en juego las diferentes perspectivas y tcticas para el periodo. As, atravesados por una pugna interna latente y en muchos casos afectos a la censura, cuando debimos estar si estuvimos pero como fragmentos, y por supuesto como militantes individuales. Pero no como se requera: como voluntad colectiva, entera, armada, asumiendo la direccin y dispuesta a sobrepasar al reformismo y al propio Allende. No fue as cuando la marinera denunciaba la conspiracin del almirantazgo, no fue as el 29 de junio ni tampoco en la madrugada o en la maana del mismo 11, en que un llamado a la resistencia generalizada y de todo el pueblo, aun cuando las FF.AA. no se quebrarn y el golpismo triunfara, sin duda hubiese teido la historia de otros colores. Incluso y perdonen la crudeza de la afirmacin- me atrevo a sugerir que la propia derrota se vivira - tanto ayer y hoy- como el desenlace de un combate abierto, como epopeya de un pueblo en lucha y no como resultado del embate sobre un pueblo perplejo, disperso, desorientado, desmoralizado y victimizado.

Das despus, en medio los escombros de un pas destrozado, finalmente la fuerza de la poltica se impondra y cuajara en la consigna el MIR no se asila, a juicio de muchos, un acierto tico pero un error poltico. Pero fuere como fuere, lo cierto es que en esas palabras se coagularon la impotencia del ayer reciente con el imperativo del presente: la voluntad militante de no abandonar al movimiento obrero y popular y resistir con l. Intentar detener la dispersin; evitar que la fuerza popular se disipara en medio de la desmoralizacin y el desbande; luchar por mantener una franja activa que permitiera si no una contraofensiva al menos una defensiva ordenada. Eran la razn y la voluntad tica, entremezcladas en la poltica, las que estuvieron presentes en esos meses finales de 1973. Y de nuevo con crudeza, me permito afirmar, nada seramos -nosotros como militantes y como sujeto poltico colectivo, como Partido- sin esa consigna y la decisin de iniciar sobre la marcha la resistencia. La estatura histrica del MIR, de sus mujeres y sus hombres, con mucho se jug ah.

Lo s; mis afirmaciones son atrevidas. Pero escribo ahora, cuando la contra revolucin neoliberal despleg todo su potencial y sabemos que el Golpe no fue slo contra Allende ni con el propsito de restaurar el orden constitucional. No. El Golpe fue el inicio de una contrarrevolucin que se propuso derrotar estratgicamente a las fuerzas obreras y populares que, en el trascurso de medio siglo, precipitaron en el triunfo de 1970 y en el ms potente ensayo de construccin de poder popular conocido hasta ahora en Chile. No fue restaurador fue refundacional.

La lectura que he hecho del texto busc desentraar del relato biogrfico inmediato, que por cierto tiene un inters en s mismo, el anlisis poltico que aflora por todos lados pues quien lo escribi fue y es un militante activo. Y tambin lo que est explcita o implcitamente presente en los entresijos de ste: la interpretacin larga de esos momentos cruciales. Hay anuncios de una mirada histrica, una insinuacin de una interpretacin de esos pocos aos que marcaron el ltimo tercio del siglo XX y que continan indelebles en la memoria individual y colectiva, como un eterno presente.

Prlogo al libro De la brigada Secundaria al Cordn Cerrillos de Guillermo Rodrguez, Ediciones Escaparate, junio de 2017.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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