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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-08-2017

Hiroshima, nuestro amor

Ariel Dorfman
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Hace unos das, tres rboles Gingko que mi mujer y yo habamos plantado frente a nuestro hogar en Durham, Carolina del Norte, sufrieron un asalto a mansalva. Cuando sal a defenderlos de un tropel de trabajadores que excavaban hoyos gigantescos justo al lado de las races de esos rboles para enterrar cables de fibra ptica, largos y sinuosos y amarillos como serpientes, me animaba no solo el deseo de salvar a esos hermosos retoos de las depredaciones de la modernidad, sino tambin inspirado por la memoria de la primera vez, treinta y tres aos atrs en Hiroshima, que supe de los Gingko, la primera vez que tuve la suerte de conocerlos.

Tiene usted que ver los Hibakujumoku, los rboles sobrevivientes me dijo Akihiro Takahashi, el director del Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, casi comandndomelo imperiosamente al final de una larga conversacin en su oficina, tiene que ver los Gingko.

Me haba estado relatando la historia de su propia supervivencia a la edad de catorce aos despus que la bomba atmica cay sobre su ciudad el 6 de agosto de 1945, gracias a que se encontraba en su escuela a un kilmetro y medio del epicentro. Minuciosamente fue desplegando su experiencia: un centelleo de luz seguido por un estallido ensordecedor que le hizo perder la conciencia, despertando para hallarse, trastornado y cubierto de quemaduras, lanzado contra un muro a diez metros de distancia. Y lo que haba visto cuando se dirigi hacia un ro cercano para ver si las aguas le apaciguaban la piel calcinada. Una escena apocalptica: cadveres esparcidos como rocas, un beb que lloraba en los brazos de su mam incinerada, hombres atravesados por pedazos de vidrio deambulando por las ruinas de calles y puentes como fantasmas, con la ropa hecha harapos, el aire ennegrecido e irrespirable, barrios enteros ardiendo, 85 mil hombres, mujeres y nios muertos instantneamente, los miles que sucumbieron despus debido a lesiones y radiacin. El cuerpo de Takahashi ostentaba seales de ese crimen de guerra y su persistente desenlace. Una de sus orejas estaba chata y deforme, y sus manos retorcidas y encrespadas, con uas largas y negras que crecan de varios dedos. Una de esas manos gesticul hacia la ciudad ms all del Museo donde los Gingko, insisti, por medio de un intrprete, probaran mejor de lo que l lo pudiera hacer, la perduracin de la esperanza, la necesidad de buscar la paz y la reconciliacin.

Y, en efecto, los tres rboles que visit en los templos de Hosen-Ji y Miyojoin-Ji y en los jardines de Shukkeien eran una maravilla, frondosos y magnficos y obstinados. Protegidos por la profundidad de sus races, germinando nuevos brotes casi inmediatamente despus de la explosin, estos rboles venan a ser expertos en el arte de sobrevivir, una especie, me cont el intrprete, que tena, segn fsiles encontrados en China, 270 millones de aos de antigedad. Se estimaba que bien poda ser uno de los seres vivos con ms existencia ininterrumpida en el planeta. Y algunos ejemplares llegaban a cumplir ms de dos mil quinientos aos. Y estos, los que miraba yo con reverencia en Hiroshima, haban brotado de verde en medio de cuerpos carbonizados y gritos de humanos agonizantes, mientras caa una lluvia negra.

Y fue as que, dcadas ms tarde, cuando los majestuosos robles que se sembraron hace setenta aos atrs en Durham, comenzaron a morirse y fue necesario derribarlos, nos pareci natural, casi inevitable, reemplazarlos con rboles Gingko. Adquirimos dos ejemplares bonitos y los hicimos plantar, a nuestras expensas, en la vereda frente a nuestro hogar, e incluso persuadimos al municipio de que cultivara otro para el vecino. No se trataba tan solo de desafiar a la muerte estos rboles perduraran ms all de los robles, estaran ac cuando nosotros ya no respirramos, a estos rboles no los derribaran con facilidad sino tambin de una decisin esttica. Los Gingko son elegantes y dctiles, y sus hojas se presentan en delicados lbulos verdes en forma de pequeos abanicos encantadores.

He ido regando todos los das esos rboles milagrosos y cada madrugada les doy la bienvenida, llegando en algunas ocasiones a hablar con ellos, canturrearles una que otra meloda.

No era extrao, entonces, que cuando presenci una caterva de trabajadores cavando zanjas al lado de los Gingko, poniendo sus races al alcance de los cables mortferos, me lanc al rescate. Ayudado por mi castellano (todos los que labraban eran de origen hispano, probablemente indocumentados), los convenc con vehemencia de que alejaran sus fosas de los Gingko. Enseguida hice lo propio a lo largo de la calle donde otros rboles peligraban.

Por cierto, el destino de estos ejemplares especficos que fueron liberados de este trance es trivial comparado con las vidas arrasadas por el estallido nuclear, pero hay, sin embargo, un simbolismo ms profundo que emerge de esta embestida del Giga-Power contra los Gingko que siguen agraciando nuestro vecindario. Es un conflicto, despus de todo, entre la naturaleza en su forma ms prstina, lenta y sublime y las exigencias una sociedad de alta velocidad que, armada de una prodigiosa capacidad tecnolgica, se expande en forma supersnica, perforando atropelladamente cualquier espacio o territorio que se encuentre en su camino, con tal de lograr comunicaciones ms rpidas y eficientes e instantneas. Es una batalla que, como cada da es ms evidente, la Tierra est perdiendo.

Lejos de m oponerme al progreso y el contacto global, y menos todava ahora en esta poca en que el chovinismo aislacionista muestra sus garras. Me seduce la idea de que las mltiples hebras de la humanidad se entrelacen por medio de cables y fibras pticas que podran permitirnos ensayar la paz y el entendimiento entre diferentes culturas y naciones que Akihiro Takahashi so en Hiroshima. Pero me perturba la irresponsabilidad con que aceleramos hacia el futuro con nuestra tecnologa arrogante, sin medir las consecuencias de nuestras acciones, cuntos Gingko y no solo aquellos rboles, sino que todos los animales y especies estn amenazados hoy por nuestros deseos insaciables, nuestra bsqueda incesante del desarrollo, nuestra incapacidad de medir la alegra y la felicidad sino a travs del ltimo artefacto y la conexin ms vertiginosa y la primaca del dinero y las ganancias.

Los Gingko de Hiroshima, esos tenaces hermanos y hermanas mayores de los tiernos retoos frente a nuestra casa en Carolina del Norte, fueron capaces de resistir las secuelas ms devastadoras de la ciencia y la tecnologa, la divisin del tomo, un poder destructivo que puede convertir el planeta entero en un cementerio.

Su supervivencia constituy un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolacin, la esperanza de que trataramos la vida, como lo han hecho ellos, con reverencia, templando las fuerzas desenfrenadas que pueden llevarnos a todos a la extincin.

Cun paradjico, cun triste, cun estpido sera que, setenta y dos aos despus que Hiroshima abriera las compuertas al posible suicidio de la humanidad, no hayamos comprendido esa advertencia, ese llamado al futuro, lo que las hojas suaves de los Gingko todava tratan de murmurarnos.

* Autor de La muerte y la doncella y, ms recientemente, la novela Allegro, vive con su mujer en Estados Unidos y Chile.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/54806-hiroshima-nuestro-amor



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