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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-08-2017

La impunidad

Ren Fidel Gonzlez Garca
Rebelin


Quin podra ser libre en un lugar en el que el capricho de cada hombre pudiera dominar sobre el vecino?

Locke


Hace ya unos meses atrs visit una dependencia del Consejo de Estado de la Repblica de Cuba y vi con asombro cientos de cartas all depositadas, tambin el interminable goteo de personas que llegaba a entregarlas personalmente. Algunas de las misivas estaban con los matasellos an hmedos, otras denotaban en los sobres las evidencias de travesas postales acaso ms escabrosas.

Me conmovi de inmediato que el contenido de la mayora de cartas que estaban all abiertas, en lo que pareca ser un rspido intento de pre clasificacin realizado por silentes y diligentes funcionarias, estaba manuscrito en una impresionante multitud de caligrafas y colores, y no en los negros tipos de las impresoras que hoy pululan en centros de trabajo y no pocos hogares cubanos, pens: el pas se queja, pero la evidencia de aquella huella escritural de la antropolgica poltica de nuestros tiempos me llev a responderme: es tan solo la letra del pueblo, y casi de inmediato, por esos tirones que da la conciencia de la existencia del otro, me vino a la mente un vecino de cualquier parte del pas escribindole sudoroso y dispuesto a su Presidente, como si su carta y cada rasgo trazado sin el pudor de la mala ortografa, fuere adarga suficiente para poner de rodillas a algn poderoso gigante.

En casa de mis padres alguna vez not que a Hugo Chvez, en los lugares y oportunidades ms inslitas, muchas personas en ocasiones hasta infantes que por su edad no podan escribir se le acercaban y le entregaban misivas que ste recoga y guardaba, o entregaba a algunos de sus ayudantes, tambin que eran gente, por su apariencia, casi siempre muy humilde. Recuerdo que mi padre me respondi en esa oportunidad, mientras le comentaba el problema de seguridad que aquello poda significar para un hombre que atrajo suficiente odio de sus enemigos, que al principio de la Revolucin, cuando nuestras instituciones no se haban desarrollado lo suficiente, as pasaba con Fidel y con muchos de los dirigentes que en aquel entonces caminaban por nuestras calles.

La palabra queja no tiene, por lo menos en la Constitucin cubana, por lo menos para los constitucionalistas cubanos, una connotacin peyorativa, no puede tenerla: es un derecho ciudadano, como lo son otros que proclama, reconoce y pretende garantizar el texto de nuestra carta magna.

Recibirlas, as como a las peticiones que hagan los ciudadanos, es para cualquier organismo del Estado cubano y los funcionarios que en ellos trabajan para el bien comn de la poblacin una obligacin, tanto como tramitarlas, investigarlas, darle atencin y respuestas pertinentes y en un plazo adecuado, pero no pocas veces son tambin la ltima esperanza de quienes reivindican la razn y la justicia.

Muy pocas veces reparamos en ello, pero cuando nuestro pueblo enva sus quejas y peticiones a las instituciones pblicas, ya sean gubernamentales o polticas, no es solicitando favores y prebendas, beneficios y privilegios personales, es casi siempre, por el contrario, apelando a encontrar la justicia que le han negado la arbitrariedad y la insensibilidad, el oportunismo, la abulia y la indiferencia de quienes deberan servirle. Esa apelacin es tambin una denuncia.

En esa actitud insatisfecha e irreductible, en esa cultura de la inconformidad y de la bsqueda y consecucin de la justicia que todava integra el patrimonio tico de los ciudadanos cubanos, ms all del duro peaje que no pocas veces ha pagado y paga en su vida cotidiana a quienes han hecho del ejercicio de funciones pblicas un zoolgico de sus dogmas, caprichos e ineptitudes, descansa parte del espritu que levant y sostuvo a la Revolucin en Cuba hasta hoy como una lgica extraordinaria nacida del pensamiento popular para hacer, por lo menos desde esa perspectiva, del Estado y de la poltica, por primera vez, los instrumentos esenciales de la transformacin de su realidad.

El lado oscuro de todo esto puede ser, sin embargo, un correlato de la impunidad. No es ste un tema escabroso y difcil de abordar, como no lo es ninguno. La impunidad es sobre todo un enorme fracaso a costa de nosotros mismos, que muchas veces confundimos como una consecuencia.

Nacida de prcticas antisociales y marginales aprendidas o validadas por el xito obtenido en algn momento de la historia de vida de sus actores, cuando encuentra acomodo y ocasin en cualquier estructura social alcanza entonces su mxima expresin, sta vez como una deformacin del poder poltico pblico, opuesta, por su propia naturaleza a la cultura ciudadana, a la eficacia del Derecho y de las leyes y a la sociedad en su conjunto, a la que, por eso mismo, intentar defraudar siempre en su zona ms sensible: los valores.

No disponemos de datos suyos en nuestras estadsticas pblicas, y muy probablemente no sea un problema y un rea de investigacin de nuestras ciencias sociales, puede que porque identificarla como tal, e investigarla, acaso parezca una contradiccin demasiado grande, demasiada amarga, con nuestras aspiraciones y concreciones como proyecto poltico. En cambio, desde cualquier punto de vista, su importancia como fenmeno es inobjetable, su existencia innegable.

Bastara recordar los casos presentes en nuestra memoria histrica en que sus actores disfrutaron de ella por demasiado tiempo para por lo menos intentar meditar en sus peligros y las condiciones que la propician, y su enorme capacidad para viciar insidiosamente el funcionamiento de cualquier diseo de institucionalidad previsto a travs de las relaciones endogmicas y las invisibles alianzas y redes de solidaridad que se producen entre funcionarios al interior de la ecologa de las instituciones. Es sencillo: la impunidad conduce a la corrupcin poltica.

Esa es una memoria colectiva que se inicia en la saga de crmenes, atropellos y violaciones cometidos a lo largo de tres siglos coloniales y se extiende ntegramente a la experiencia de nuestro primer ensayo republicano como un poderoso recordatorio de hasta qu punto la impunidad puede volverse un patrn de xito y la coartada para hacer de la vileza y la ruindad, lo abyecto y abominable el mtodo confiable para alcanzarlo; tambin de los nichos que le proporciona el irrespeto al otro, la ambicin y el individualismo cuando la ausencia de transparencia, la acumulacin de facultades discrecionales y el monopolio de la toma de decisiones pblicas caracterizan el funcionamiento de las instituciones.

La impunidad necesita, se vale, del silencio tanto como del poder, aunque siempre tenga hambre de ms poder. Si lo primero es su medio de accin, un recurso por excelencia para flanquear el civismo, la decencia, el sentido y el bien comn, lo segundo lo necesita para distorsionar y oscurecer la realidad, para violar, atenuar, interpretar, o crear excepciones y pretextos a las normas sociales y jurdicas que burla, o que usa y crea selectivamente, tambin para conseguir el manto de la complicidad colectiva que le urge siempre, para abrumar, anonadar, aislar y perseguir a quienes le identifiquen y resistan.

Conspira igualmente para desterrar la nocin de empata y la tolerancia de la poltica, desprecia la igualdad y la demoniza, intenta desactivarla para legitimar la nocin de la diferencia y de la naturalidad e inevitabilidad de la diferenciacin social, poltica y econmica mediante la creacin de los estatus y discretos privilegios asociados a las funciones pblicas.

La impunidad es una suerte de santo grial del abuso de autoridad, y por eso intenta pervertir los principios y la tica, para hacerlo los condiciona y favorece su aplicacin circunstancial y casustica. Crear y entronizar de antemano zonas de justificacin, discursos sociales de desmovilizacin y desidia en los que el control popular y la rendicin de cuentas, la crtica y la posibilidad de la autntica interpelacin pblica se vuelva una mascarada, un ritual dentro de estrategias comunicativas tan inertes y huecas como complacientes cajas de resonancia, o algo irreverente, inconveniente y contrario al orden, e incluso al ideal de cordura y madurez que postula como currculo de sus ms aventajados alumnos.

Busca el agotamiento y el desistimiento para encubrir su ocurrencia, para acallar y descalificar su denuncia endilga generosamente calificativos de resentidos o criteriosos, pero cuando se siente amenazada suele mostrar su rostro ms vulgar y soberbio, grotesco, o intentar confundir sus intereses y necesidades con los de todos, con los tuyo y el mo, o con los de la sociedad y la poltica, o con la ideologa, es su forma de crear el control social que le evita exponerse. Su escudera tiene tallada una divisa absurda y surrealista como apuntaran hace poco tiempo dos compaeros pero muy eficiente: mientras ms pblica y evidente sea la impunidad en ms impunidad resultar.

El retrato de la impunidad es de seguro incompleto sin el de los que la practican y buscan desesperadamente. Uno sencillo, tpicamente minimalista, los podra describir as: personas pequeas, cobardes, oscuras y tristes, que tienen plena conciencia de lo anterior porque perciben la dignidad, la integridad y la decencia que les es ajena e incomprensible. An as, en nuestro caso, ese retrato tendra una nota al pie descomunal y precisa para un estudio ms ambicioso: no son revolucionarios, porque para serlo hay que ser primero y ante todo, como decan nuestros abuelos, buenas personas.

Deberamos tomar nota de ello en Cuba, ahora que nuevas generaciones de funcionarios y representantes en todos los niveles de lo gubernamental y lo poltico, electos o no, adquieren, o se aprestan a adquirir una responsabilidad cada vez ms enorme con nosotros que siempre estuvo limitada por la presencia de una generacin anterior de revolucionarios cubanos; ahora que parece que la reforma constitucional pasar muy lejos de asumir integral y decididamente el reto de construir con urgencia el Estado y la cultura de Derecho que en libertades, garantas e institucionalidad nos hace falta para completar y preservar los esfuerzos y sacrificios de nuestros abuelos, padres y hermanos, no sea que maana, esos mismos que ahora suean inconfesablemente con convertir un Estado poderoso y desarrollado como el nuestro en un parque de diversiones de sus intereses y caprichos, crean que puedan quitarnos la sonrisa, esa misma alegra que les asusta e insulta y que aborrecen porque no saben entenderla, o quizs tan solo, porque le falta amor, y lo saben.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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