Portada :: Argentina
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-08-2017

La jornada laboral, el reparto de las horas y la relacin de fuerzas

Paula Bach
La Izquierda Diario


Una campaa que roza un sustrato profundo. La tcnica y el trabajo. Mercado laboral, capitalismo y neoliberalismo. Lo posible y lo imposible en polmica con Rolando Astarita.

La campaa por la reduccin de la jornada laboral, trabajando seis horas, cinco das a la semana y repartiendo las horas existentes entre todas las manos disponibles, con un salario mnimo equivalente al costo de la canasta familiar, cal hondo. La muy buena recepcin en amplios sectores de trabajadores y jvenes, el repudio de la ortodoxia con el ataque pblico del economista neoliberal Javier Milei a Nicols Del Cao, as como la insistencia periodstica sobre la imposibilidad de realizar tales medidas, resultan sintomticos. Ponen de relieve que el asunto roza un sustrato profundo, incmodo y controversial. El tiempo de trabajo pero tambin su contratara, el tiempo libre, en tanto problema social, poltico y econmico, adquiere protagonismo debido a la convergencia de varios factores que se cuecen en la arena internacional. Veamos.

La crisis econmica mundial de 2008/9 que arrastra un crecimiento muy poco dinmico desde 2010, dej a su paso un nuevo tendal de desocupados estructurales y amenaza el empleo de millones. Esta condicin le sum presin a una de las mayores obras del neoliberalismo: la degradacin salarial asociada a una indita divisin de la clase trabajadora expresada en multiplicidad de modalidades de contratacin quizs nunca puestas de manifiesto de una manera tan perversamente diversa y chocante. El trabajo excesivo en un polo con la marca de la alienacin, la insatisfaccin y la falta de tiempo de disfrute se entrelaza con multiplicidad de formas de trabajo precario acompaado de salarios mseros y contrasta con la ausencia parcial o total de trabajo en otro extremo.

La amenaza de una revolucin tecnolgica que abreva en el auge efectivo de nuevas tecnologas, desentona con el escaso dinamismo de la economa mundial -regional y nacional- y con un crecimiento particularmente dbil de la inversin. Innovacin y aplicacin, no son sinnimos. Si la aplicacin tecnolgica es un fenmeno en curso que en determinados sectores y pases expulsa mano de obra, el riesgo de desempleo creciente resulta una amenaza ms real por el lado de una profundizacin de la crisis que por el de una inversin masiva en nuevas tecnologas. No es el exceso de trabajo humano sino ms bien la escasez relativa de mano de obra barata lo que se constituye nuevamente en uno de los dilemas centrales del capital Qu explicara de otro modo los ataques en curso destinados a incrementar la explotacin del trabajo asalariado? Cul sera el fundamento de la reforma laboral de Temer, de la que prepara Macron en Francia o la administracin Macri por slo dar algunos ejemplos- o de la presin internacional por el aumento de la edad jubilatoria ms aos de trabajo y no menos- si la economa capitalista realmente pudiera crecer prescindiendo del trabajo humano?

Hace unos das una editorial de La Nacin conectaba con poca sutileza la reforma laboral con el avance de la robtica: La llegada del siglo XXI ha empezado a demostrarnos que las economas de los pases pueden crecer sin empleo, merced a la inusitada velocidad de los cambios tecnolgicos y a la robotizacin. Frente a esta realidad no se puede desconocer que la mejor defensa de un trabajador ya no pasa por una legislacin laboral inflexible y meramente protectora de las fuentes de trabajo, sino por su permanente capacitacin profesional, por su capacidad por adaptarse a los cambios y por normas que estimulen su contratacin. La operacin que vincula la amenaza robtica junto al reciclado de la vieja tesis del fin del trabajo por un lado y la necesidad de una legislacin laboral an ms flexible por el otro, resulta bastante evidente.

Resulta innegable que las nuevas tecnologas poseen la extraordinaria capacidad til de producir la misma cantidad de bienes empleando una menor cantidad de trabajo. Pero entre aquella tendencia histrica y las necesidades especficas del capital, media una brecha profunda. La ganancia capitalista depende del trabajo asalariado y es por ello que el capital convierte lo que podra ser una bendicin para la clase trabajadora, en una catstrofe. La tecnologa en manos del capital deviene un arma de varios filos: instrumento de amedrentamiento de cara a la necesidad de abaratar la fuerza de trabajo, herramienta de disciplinamiento frente a la huelga y finalmente elemento simultneamente creador de plusvala relativa en un extremo, desempleo en otro y trabajo precario ms all. La expulsin de mano de obra en un polo se traduce en la contratacin de una masa creciente en otro y la extraccin de mayor trabajo excedente en general. En el curso de la aplicacin tecnolgica, la destruccin de antiguas tareas y trabajos, contrasta con la creacin de nuevos. El resultado final lejos del crecimiento sin empleo- redunda en una fuerza de trabajo con nuevas huestes de desempleados estructurales, con progresivas divisiones internas y mucho ms precarizada en su conjunto. Es historia conocida, las dcadas neoliberales dejaron claras enseanzas al respecto.

La cuestin del trabajo se transforma en piedra angular. A medida que las ventajas neoliberales se agotan, el capital agitar todos los fantasmas y desatar su furia para convertir a la clase trabajadora en una masa an ms dividida y amorfa, incapaz de enfrentar sus designios. Garantizar la unidad deviene una tarea urgente.

Libre competencia (o divide y reinars)

La libre competencia en el mercado de trabajo constituye uno de los anhelos sustanciales e histricos del capital. Que la oferta de mano de obra resulte lo ms infinita o ilimitada posible es la estrategia privilegiada para presionar por un constante precio a la baja. Podra decirse que en este mercado tan particular, el capital puja por vulnerar el principio de la escasez que segn la teora oficial neoclsica- explica la existencia de los precios en los mercados de bienes y servicios. En este mercado se busca dicho esto con apenas un poco de irona- que el precio de la fuerza de trabajo tienda a cero.

Al calor de las ltimas dcadas neoliberales la obra fue perfeccionada puntillosamente. El tradicional ejrcito de desempleados se refuerza con una mirada de pobres urbanos, subocupados, trabajadores precarios e informales que garantizan a su turno la existencia de sobretrabajo bajo todas las modalidades de contratacin, incluidas las formales. La crisis econmica internacional que se arrastra desde hace nueve aos contribuye a sostener este statu quo, engrosando el ejrcito de reserva.

La presencia de un otro siempre dispuesto a aceptar circunstancias peores es la base del temor a que el rechazo de las condiciones existentes, la rebelin o la huelga, sean causantes de despido y constituye un elemento clave que garantiza la regencia del capital. Una regencia asentada en el nada original pero muy apropiado divide y reinars que infunde sistemticamente el fantasma de ese otro acechante e imbuido de mltiples rostros. No se trata tan solo del desocupado, del pobre, del precario o del que est en negro, sino tambin del inmigrante un sitio recurrente en particular en los momentos ms crticos del capitalismo- as como de las nuevas tecnologas que bajo su forma humanoide -el robot- muestran incluso mayor plasticidad fsica para adquirir ese lugar de el otro.

Mientras la libre competencia en el mercado de bienes y servicios resulta limitada sistemticamente por las estructuras monoplicas y oligoplicas de la oferta, la libertad -o la ausencia de condiciones monoplicas en el mercado laboral- representa la meta constante del capital. El nico mercado en el que los dueos del capital y la teora econmica oficial fomentan con fanatismo la libre competencia que pregonan en los manuales, es el mercado de trabajo en el que, por otra parte, la patronal adquiere caractersticas de monopsonio monopolio de la demanda.

El monopolio de la fuerza de trabajo

En trminos estrictamente econmicos, maximizar la jornada de trabajo y minimizar el salario es el objetivo de los propietarios del capital porque en la diferencia entre la duracin de la jornada y el tiempo que el trabajador dedica a reproducir los bienes equivalentes a su salario, se encuentra el sustrato de la ganancia. Incluso el capital se las ingenia para que la aplicacin de nueva tecnologa responda en ltima instancia aunque de una manera ms sofisticada- al mismo movimiento. Sin embargo, la burguesa y el Estado encuentran peridicamente lmites para la explotacin del trabajo asalariado. Marx expuso magistralmente esas demarcaciones en el captulo La jornada laboral en el primer tomo de El Capital. En primer lugar se trata de las cuestiones relativas a las necesidades biolgicas de preservacin de la fuerza de trabajo. En segundo lugar, el mundo real no est habitado por agentes econmicos sino por clases sociales. Y esas clases sociales son fuerzas en pugna que determinan lo posible y lo imposible desde el punto de vista de las necesidades de explotacin del capital.

La organizacin sindical representa un lmite evidente a la anhelada libre competencia en el mercado laboral e introduce elementos de lo que alegricamente podramos llamar monopolio de la oferta de la fuerza de trabajo. Sin detenernos aqu a hacer historia, desde los sindicatos por oficio a los sindicatos por rama hay evidentemente un desarrollo de esos elementos parciales de monopolio. La organizacin de los trabajadores en tanto tiende a la unidad, es la fuerza que orada aquel modelo de libre competencia, oponiendo elementos de monopolio de la oferta de fuerza de trabajo y estableciendo lmites a las necesidades del capital.

Aquellos lmites adquirieron variadas expresiones a travs de la historia tanto en la progresiva reduccin de la jornada laboral cuyo hito generalizado ms reciente es la lejana conquista de la jornada legal de ocho horas- como en las modificaciones en el valor de la fuerza de trabajo que, tal como sealaba Marx, incluye un componente histrico moral. Ambas demarcaciones dependieron ciertamente de las relaciones de fuerzas entre las clases expresadas tanto a travs del crecimiento de las organizaciones sindicales como del surgimiento y desarrollo de partidos obreros de masas, del triunfo de la Revolucin Rusa, de las condiciones abiertas por la Segunda Posguerra mundial y del ascenso de fines de los aos 60. La contrarrevolucin neoliberal fortalecida por el proceso de restauracin capitalista en Europa del Este, la URSS y China, escenific una relacin de fuerzas inversa.

Pero volviendo a las organizaciones sindicales, su lmite principal consiste en que aquella tendencia a la unidad que en su concrecin plena anulara las condiciones esenciales de la ganancia capitalista, resulta permanentemente coartada por la injerencia de la burguesa y el estado. La creacin de una casta burocrtica corrupta que vive de las migajas patronales y adquiere poder de polica al interior de los sindicatos, pervierte sistemticamente la organizacin de los trabajadores y vela por impedir el avance hacia aquella unidad. Los sindicatos resultan as organizaciones a la vez necesarias pero limitadas, de carcter parcial, adaptadas -y cmplices sus cpulas dirigentes- a las condiciones impuestas por los propietarios del capital. Es lo que explica su carcter parcial que se manifiesta en el hecho de que renen slo una parte de los trabajadores -habitualmente aquellos que estn en blanco. Los desocupados, los trabajadores en negro como suele contratarse a gran parte de los inmigrantes- o una gran porcin de los trabajadores precarios, estn excluidos de los sindicatos cuando su integracin desplegara la potencia mxima de la clase trabajadora como tal y la conformacin de una suerte de monopolio de la oferta de fuerza de trabajo que en su dinmica concreta pondra en cuestin la existencia misma de la ganancia capitalista.

Necesidad urgente

Superar los lmites de la organizacin sindical conquistando la unidad, resulta una necesidad histrica pero por sobre todas las cosas, urgente. No se trata de una abstraccin sino de un problema candente habida cuenta tanto del legado del neoliberalismo como del inicio turbulento de su declinacin. Un descenso que se puso de manifiesto como una de las mayores crisis de la historia capitalista. En su desarrollo y al tiempo que no pueden descartarse nuevas catstrofes blicas en las cuales las modernas tecnologas hallaran un amplio campo de aplicacin, la flexibilizacin laboral, el incremento de la edad jubilatoria y el engao del fin del trabajo, son slo pequeos anticipos de que el capital necesita asestar una nueva estocada sobre las espaldas de la clase trabajadora.

Desde aquella lejana conquista de las ocho horas -vapuleada con particular saa durante las pasadas dcadas- significativos avances cientficos y tecnolgicos en la organizacin de la produccin de bienes y servicios coexistieron con la progresiva desintegracin de la clase trabajadora y el incremento de su explotacin -si se la considera de conjunto. Frente a la crisis econmica y las nuevas amenazas, la reduccin de la jornada laboral y el reparto de las horas, deviene una tarea defensiva urgente. Distribuir el tiempo de trabajo existente, liberando a millones de la sobrecarga y permitiendo que otros tantos accedan a una jornada completa, con un salario acorde a las necesidades sociales, resulta una necesidad para preservar la integridad de la clase trabajadora como tal. Una unidad indispensable para conquistar el frente nico obrero contra el capital y su estado. En su desarrollo ulterior aquella tarea puede y debe transformarse en ofensiva, vehculo necesario destinado a colocar las nuevas tecnologas al servicio de la humanidad y no de un puado de propietarios del capital.

La humanidad crea permanentemente las herramientas para producir idntica cantidad de valores de uso ya sea bienes o servicios- en una cantidad menor de tiempo, pero en su necesidad ontolgica de acumular trabajo excedente no pago- el capital las convierte sistemticamente en una amenaza y un arma empuada contra la clase trabajadora y el pueblo pobre. Resulta materialmente posible como racionalmente necesario- utilizar las capacidades de la tcnica para emplear a todas las personas dispuestas a trabajar por una cantidad de horas reducidas y con un salario que cubra las necesidades histrico-morales. El nico lmite es la irracionalidad social de la ganancia capitalista que sistemticamente busca convencer a los trabajadores de que creando las herramientas que podran liberarlos del trabajo rutinario, estn en realidad fabricando las palancas que los lanzarn al basurero de la historia.

Lo posible y lo imposible

El marxista argentino Rolando Astarita, en una seguidilla de posteos en su blog -uno de ellos reproducido acrticamente por Jorge Altamira- discute que mientras la reduccin de la jornada laboral es clave para preservar la fuerza de trabajo y su posibilidad depende de las relaciones de fuerzas entre las clases, resulta una ilusin suponer que dicha reduccin puede acabar con el desempleo ya que la utilizacin capitalista de las mquinas est al servicio de mantener a raya a los obreros y mientras exista la propiedad privada del capital, esta presin sobre el trabajo se renueva una y otra vez. Sugiere adems que quienes relacionan la reduccin de la jornada con la lucha contra el desempleo, crean falsas ilusiones, transformndola en una panacea y en un mensaje apologtico del capitalismo que se convierte incluso en reaccionario. Vayamos por partes.

El planteo de Astarita viene con doble trampa: por un lado oculta que en nuestra formulacin la reduccin de la jornada est indisolublemente unida al reparto de las horas de trabajo y que slo de esa combinacin se deriva la posibilidad de acabar con el desempleo. En segundo lugar, nos quiere achacar el disparate de pretender armonizar el fin del desempleo con la propiedad privada del capital. Por todo lo dicho hasta aqu se hace harto evidente que en modo alguno sostenemos que la eliminacin del ejrcito de reserva resulte compatible con la ganancia y por tanto, con la existencia misma del capitalismo. No cabe duda alguna de que mientras una reduccin de la jornada de trabajo es tericamente compatible con la existencia del capitalismo, la eliminacin del ejrcito de reserva no lo es. Sin embargo, la dialctica de lo posible y lo imposible merece reevaluarse ms all de las construcciones tericas puras y ms cerca de las relaciones de fuerza entre las clases a las que refiere el mismo Astarita.

Empecemos por la reduccin de la jornada laboral. Reflexionado en los trminos concretos del aqu y ahora sera realmente posible una reduccin de la jornada sin rebaja salarial manteniendo la propiedad privada del capital- en el contexto concreto, especfico de una de las mayores crisis del capitalismo mundial? Probablemente Astarita nos responda: depende de la relacin de fuerzas. S, exacto, pero supongamos por un momento el desarrollo de un ascenso social de la magnitud suficiente como para imponer tal demanda est el capitalismo del estacamiento secular, el de la crisis de 2008, el que pierde las ventajas de los salarios miserables, las jornadas inagotables y los espacios para la acumulacin en China por slo dar un ejemplo- en condiciones de absorber semejante demanda? Probablemente no y con seguridad semejante desarrollo conducira a escenarios bastante menos pacficos que el actual y a enfrentamientos ms agudos entre las clases que pondran en cuestin la existencia misma de la propiedad privada de los medios de produccin. En un sentido tampoco es cierta la probabilidad de obtener una jornada reducida manteniendo el salario y preservando a la vez el estado actual de cosas. Vale la pena recordar que la lucha por las ocho horas constituy una demanda profunda de la Revolucin Rusa nacida mucho antes de Octubre. Es necesario considerar adems que la lucha defensiva/ofensiva por la reduccin de la jornada es cualitativamente ms revulsiva y anticapitalista en una situacin de crisis econmica nacional y mundial como la actual.De modo que posibilidad terica no es siempre sinnimo de probabilidad concreta. Lo que es tericamente posible puede volverse concretamente improbable en los mrgenes de un capitalismo necesitado de nuevas fuentes de mano de obra barata y destruccin masiva de fuerzas productivas. Una situacin de agudizacin de la lucha de clases como la esbozada, desencadenara mltiples escenarios y sin lugar a dudas llevara inscripta la posibilidad de desbordar al capitalismo en la prctica.

Y qu con el reparto de las horas de trabajo y el fin del desempleo? Bueno, un proceso como el planteado ms arriba resulta impensable sin un programa que responda a las necesidades de los mltiples sectores en los cuales se encuentra dividida la clase trabajadora: los millones hartos de la sobrecarga de trabajo algunos de los cuales llegan a una canasta familiar a costa de dejar la vida y otros que an as no alcanzan siquiera la canasta alimentaria-, los que no pueden acceder a una jornada laboral completa, los precarios, los que trabajan en la economa informal, los que apenas consiguen changas, los desocupados y pobres urbanos. Aquel programa deber unir la necesidad de reducir la jornada con la de repartir las horas de trabajo incorporando otras demandas como un salario mnimo equivalente a la canasta familiar, el 82% mvil para los jubilados y la escala mvil de salarios y jubilaciones frente a la inflacin. Si una fuerza arrolladora de ese tipo se instalara en las calles, el capitalismo se vera en un verdadero apuro y a ciencia cierta lo que estara en cuestin es quin detenta el poder. El divide y reinars se dara vuelta y la unidad de aquellos cuya divisin garantiza la explotacin, le impedira al capital el libre ejercicio del poder. Necesariamente el desarrollo de esa fuerza planteara la necesidad y posibilidad concreta de un gobierno de trabajadores -perspectiva que el Frente de Izquierda defiende abiertamente- para llevar hasta el final aquellas demandas.

Dice bien Trotsky en el Programa de Transicin refirindose a la cuestin de la escala mvil de las horas de trabajo: "los propietarios y sus abogados demostrarn el carcter irrealizable de estas reivindicaciones (...) la cuestin no est en una colisin normal entre intereses materiales opuestos. La cuestin est en preservar al proletariado del deterioro, la desmoralizacin y la ruina. (...) Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que surgen inevitablemente de las calamidades generadas por l mismo, dejmosle perecer. Lo realizable y lo irrealizable es en este caso una cuestin de relacin de fuerzas que slo la lucha puede resolver." En ltima instancia, la propia existencia del capitalismo es un problema de relacin de fuerzas. Depende en gran parte de la experiencia de lucha, de la organizacin de la clase trabajadora y de su capacidad para convertirse en clase dirigente del conjunto de los sectores oprimidos. Sobre esa bisagra pivotea el mtodo del Programa de Transicin.

Por nuestra parte, luchamos por unir las filas de los trabajadores e imponer una nueva relacin de fuerzas que cuestione la existencia misma de la propiedad privada de los medios de produccin. Parafraseando unas ya muy lejanas palabras -y salvando las distancias- si no pretendemos conquistar en forma inmediata la reduccin de la jornada laboral y el reparto de las horas de trabajo, al menos empezamos a conquistar a un sector de trabajadores para esas banderas. No es poco y en momentos ms lgidos puede ser decisivo. Sin embargo incomoda a quien le sobra energa para tergiversar posiciones y le falta entusiasmo para convocar a pelear por algo. Lo que no podemos hacer quienes nos consideramos marxistas es abstraernos de la lucha (Pepsico!) y no proponer un programa que enfrente la ofensiva que amenaza degradar cada vez ms a la clase mayoritaria de la sociedad.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter