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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-11-2005

La otra Francia

Iln Semo
La Jornada


Hacer arder un coche es espectacular. El fuego es el smbolo inconfundible de la ira, de la venganza. Escipin el Africano prendi en llamas a Cartago para ajustar cuentas con la afrenta que Anbal haba infligido a Roma. Los godos hicieron lo mismo con las ciudades del este del imperio. Pero los adolescentes que, noche a noche desde hace varias semanas, hacen estallar cientos de carros en las calles de las ciudades francesas no pertenecen a ningn cuerpo de ocupacin, ni siquiera son militantes de alguna coalicin poltica (o poltica-religiosa como se acostumbra hoy en el Islam): son jvenes franceses cuyos padres o abuelos llegaron de Tnez, Argelia o Marruecos y se asentaron en las barriadas ms pobres de esa geografa ya afamada, por triste y abandonada, en la que el nombre es la marca: la banlieu. Los fantasmas de Clichy-sous-Bois.

La banlieu de hoy es el infierno o algo cercano a l. Decrpita, agobiada por el abandono, terra nova para los recin llegados, concentra la mayor parte de los emigrantes africanos y sus familias de primera y segunda generaciones. Su smil ms cercano son los guetos de Watts, en Los Angeles, y el Bronx, en Nueva York, durante los aos 60. Con una diferencia. Nadie neg su identidad estadunidense a los segregados de Alabama o de Harlem, ni a las antpodas polticas que cifraron Martin Luther King y Malcolm X en el movimiento de derechos civiles. En Francia, en 2005, la primera reaccin de Nicols Sarkozy, el ministro del Interior, frente a la nocturna revuelta, fue declararla no francesa, "inmigrante", "extranjera", es decir, deportable. El argumento se extenu rpidamente (sus protagonistas, como, sus mviles, son indeportables). Pero no las razones que lo explican. El "coctel Sarkozy", dice Alain Tubert: racismo e identitarismo nacional unidos de la mano.

Otra diferencia. En la rabia de Pars, Toulouse y Lyon no hay Luther Kings ni Malcolms, ni nada que se asemeje a un movimiento poltico con ciertas variantes ideolgicas detectables, representantes visibles, programas, instancias de negociacin y alguna narrativa del pasado y el futuro. Hay, en cambio, redes de blogs, pginas web, claves cel que coordinan edificios, cuadras y hasta barrios decididos a marcar territorios, preservar dominios informales y asegurar el control de un Pars todava ms profundo del que Houllebecq describe en Las partculas elementales. Si tiene algn antecedente, es la marea del ludismo que se extendi en Europa a principios del siglo XIX. Quemar coches significa, en principio, acumular la animadversin de quienes podran ser, potencialmente, escuchas de demandas que propicien la integracin. En teora, uno pensara que los cuarteles de polica o los edificios de los ayuntamientos seran los blancos de una protesta provocada por la brutalidad policiaca. Pero no. Los blancos han sido las libreras, las escuelas, las bibliotecas, las iglesias. Todos los emblemas en los que los padres inmigrantes de tunecinos, marroques y argelinos quisieron creer (educacin, conocimiento, familia) para ver a sus hijos salir de la banlieu, liberarse del arrabal. Si los efectos son incandescentes ("las flamas nos hacen visibles"), el movimiento es ms bien moderado (tal vez la extraeza de los fines y los medios lo haga tan desolador). Obviamente, sus protagonistas no estn contra el sistema, ni siquiera pretenden reformarlo; tal vez slo quieran ingresar a l.

Los informes en la prensa parisina sobre el estado de las cosas tienen un dejo, ms que de noticia poltica, de un reporte meteorolgico: "La quema de coches se ha reducido..."; "El nmero de detenidos por noche ha disminuido..."; "La intensidad de los incidentes ha cedido..." En principio, hasta la semana pasada, segn las encuestas, la mitad de los franceses confiaban en que la mano dura de Sarkozy resolvera el problema, mientras que la otra mitad estaba convencida de que el problema era Sarkozy. El hecho es que la derecha francesa ha capitalizado la crisis para reordenar sus filas. Por lo pronto, la cancelacin de las libertades civiles, los toques de queda y las detenciones arbitrarias ya legitimaron el estado de excepcin. Qu tan lejos podr llegar esa suerte de thatcherismo francs? Difcil entreverlo. Por lo pronto promete algo que la ultraderecha de Le Pen ni siquiera haba imaginado: una escala efectivamente nacional. El presidente Chirac dijo hace algunos das que el racismo era "el veneno" de la sociedad francesa. Al menos lo ha reconocido. Pero si a la intolerancia racial se agrega el panorama de una sociedad econmicamente estancada desde hace varios aos, que ha buscado infructuosamente opciones de centro izquierda (Jospin) y de centro derecha (Chirac) para encontrar un rumbo para Francia, los demonios que aguardan su destino podran ser impredecibles.



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