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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-08-2017

Los manifestantes se apresuran a desplegar una energa extraordinaria denunciando el racismo de pequea escala, pero qu pasa con el racismo a gran escala?
Cmo (no) desafiar la violencia racista

Aviva Chomsky
Rebelin

Traduccin de Jorge Majfud


Mientras el nacionalismo blanco y el llamado "alt-Right" han ganado prominencia en la era Trump, una reaccin bipartidaria se ha unido para desafiar estas ideologas. Pero gran parte de esta coalicin se centra en las movilizaciones y en la retrica individual, extremista y llena de odio, ms que en la violencia profunda, diplomtica y, aparentemente, ms polticamente correcta que impregna la poltica exterior y domstica de Estados Unidos en el siglo XXI.

Todo el mundo, desde los republicanos ms convencionales hasta la izquierda "antifa" [antifascista] pasando por los diversos demcratas y los ejecutivos de corporaciones, se muestran ansiosos y orgullosos por denunciar en voz alta e, incluso, enfrentndose fsicamente a los neonazis y a los supremacistas blancos. Sin embargo, los extremistas en las calles de Charlottesville, o aquellos que hacen el saludo nazi del Reichstag, estn involucrados slo en una poltica simblica e individual.

Incluso el asesinato de una contra-manifestante fue un acto individual, uno de los 40 asesinatos al da que ocurren en Estados Unidos, la gran mayora por armas de fuego (el doble muere todos los das por los automviles en eso que llamamos "accidentes", pero que evidentemente tambin tienen una causa). Los manifestantes se apresuran a desplegar una energa extraordinaria denunciando el racismo de pequea escala, pero qu pasa con el racismo a gran escala? No ha habido ninguna movilizacin semejante, ni siquiera ha habido alguna en absoluto, contra lo que Martin Luther King llam el mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy. Solo en 2016, el gobierno de Estados Unidos arroj 72 bombas diarias, sobre todo en Irak y en Siria, pero tambin en Afganistn, en Libia, en Yemen, en Somalia y en Pakistn, produciendo cada da un 9/11 en esos pases.

Histricamente, los individuos y las organizaciones que luchan por cambiar la sociedad y la poltica de Estados Unidos han utilizado la accin directa, los boicots y las protestas callejeras como estrategias para presionar a los grandes poderes para que cambien sus leyes, instituciones, polticas o acciones. Por ejemplo, durante los sesenta y setenta, el sindicato United Farm Workers les pidi a los consumidores que boicotearan las uvas para, de esa forma, presionar a los grandes productores para que se sentaran a negociar. Los manifestantes contra la guerra en Vietnam marcharon en Washington o presionaron a sus representantes en el Congreso. Ms tarde, tambin tomaron medidas directas: registraron votantes, protestaron contra la proliferacin de armas nucleares, realizaron sentadas frente a trenes que llevaban armas a Centroamrica.

Todo este tipo de tcticas siguen siendo opciones vlidas hoy en da. Sin embargo, ha habido un cambio desconcertante que nos alej de los objetivos reales, desviando la atencin y usando las mismas tcticas para simplemente mostrar nuestra solidaridad y expresar cierta indignacin moral y poco ms. Recuerdo la primera vez que, all por los setenta, en Berkeley, particip en la marcha contra la violencia de gnero que se llam Recuperemos la noche. Mientras hombres y las mujeres marchbamos por el campus sosteniendo velas, me preguntaba si alguno pensaba que los violadores cambiaran de opinin por el hecho de que grandes sectores del pblico desaprobaban la violacin.

Con los aos he llegado a ver, creo que cada vez con ms claridad, lo que Adolph Reed llama Posing as Politics (Simulando poltica). En lugar de organizarse para el cambio, los individuos buscan realizar una declaracin sobre lo que creen justo. Pueden boicotear ciertos productos, negarse a comer ciertos alimentos; pueden concurrir a marchas o en manifestaciones cuyo nico propsito es demostrar la superioridad moral de los participantes. Los blancos pueden decir en voz alta que reconocen la injusticia de sus privilegios o se pueden declarar aliados de los negros o de cualquier otro grupo marginado. Las personas pueden manifestarse en sus comunidades afirmando que en ellas no hay lugar para el odio. Pueden, tambin, participar en contra-marchas para levantarse contra los supremacistas blancos, contra los neonazis. No obstante, este tipo de activismo solo enfatiza y revindica una auto confirmacin del individuo en lugar de buscar un cambio concreto en la sociedad o en la poltica. Son profunda y deliberadamente apolticos en el sentido de que no tratan de abordar cuestiones de poder, recursos, toma de decisiones ni de cmo lograr un cambio concreto.

Curiosamente, estos activistas que han reivindicado la responsabilidad por la justicia racial parecen estar comprometidos con una visin individual y apoltica de lo qu es el problema racial. La industria de la diversidad se ha convertido en un gran negocio, tanto para las universidades como para las empresas que buscan el sello de inclusividad. Las oficinas para la diversidad de los campus canalizan la protesta de los estudiantes en una especie de alianza con la administracin y los conducen a pensar en las partes en lugar de ver el conjunto. Aunque son expertos en la terminologa del poder, como la diversidad, la inclusin, la marginacin, la injusticia y la equidad, evitan cuidadosamente temas ms escabrosos como el colonialismo, el capitalismo, la explotacin, la liberacin, la revolucin, la invasin y otros anlisis concretos sobre temas nacionales y mundiales. As, la masa es movilizada a travs de una lista cada vez mayor de identidades marginadas, permitiendo que la historia y las realidades raciales sean neutralizadas por la Teora de la diversidad, como si fuesen bolas de billar rodando entre las diferentes identidades, todas despojadas de su historicidad. Rodando por una superficie plana y, en ocasiones, chocando unas contra otras.

Pero no nos confundamos. Los blancos nacionalistas que marcharon en Charlottesville enfermos de odio, tan repugnantes como pueden serlo sus mismos propsitos, no son los responsables de las guerras de Estados Unidos en Irak, en Siria y en Yemen.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de escuelas pblicas se haya convertido en una red de corporaciones privadas.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de salud sea inequitativo y discriminatorio hacia aquellos que no son blancos, dejndoles servicios precarios y condenndolos a una muerte prematura.

No son ellos los que excluyen y desalojan a la gente de color de sus casas.

No son ellos los autores del capitalismo neoliberal con sus devastadores efectos sobre los pobres de todo el planeta.

No son ellos los que militarizan las fronteras para hacer cumplir el apartheid mundial.

No son ellos quienes estn detrs de la explotacin y quema de combustibles fsiles que est destruyendo el planeta, siendo los pobres y las personas de color los primeros en perder sus hogares y sus medios de subsistencia.

Entonces, si realmente queremos desafiar el racismo, la opresin y la desigualdad, debemos dejar de mirar a esos pocos cientos de manifestantes en Charlottesville y poner de una vez por todas el ojo en las verdaderas causas y en los verdaderos gestores de nuestro injusto orden mundial.

Ni unos ni otros son difciles de encontrar.

Aviva Chomsky es profesora de historia y coordinadora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Salem, en Massachusetts. Su ltimo libro es Undocumented: How Immigration Became Illegal (Indocumentados: cmo la inmigracin se convirti en ilegal. Beacon Press, 2014)


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