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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-09-2017

Back from the future
Memoria, discurso y ciudad en Leonardo Padura

Ariel Camejo Vento
Temas

Premio Temas de Ensayo 2016. Estudios sobre arte y literatura


Those arent your memories, theyre someone elses.

Ridley Scott, Blade Runner.


En su clebre filme de 1982, Ridley Scott construye una de las ficciones urbanas ms inquietantes de la contemporaneidad. El mundo postapocalptico de Blade Runner resulta un comentario abrumador sobre las relaciones del individuo, en tanto sujeto social, con el entorno de la ciudad. De esa relacin emergen concepciones aberradas de la memoria individual y colectiva, as como de la identidad y de la identificacin, es decir, de la capacidad de reconocerse como parte de una colectividad con intereses y metas comunes.

En uno de los parlamentos que considero climticos en el filme, se construye un eje discursivo del relato que Scott nos propone. Dirigida a uno de los replicantes, la sentencia Esos no son tus recuerdos, son los de otra persona no solo establece un lmite determinante para el desarrollo de la historia, la frontera que sita a la memoria del lado del poder, en un espacio de organizacin y control de los afectos; es tambin el reconocimiento de una perversa pedagoga que manipula las asignaciones y correspondencias que forman parte de la red social. Blade Runner propone como tesis que las relaciones sujeto-sociedad (las culturales) estn indisolublemente ligadas a dos fuerzas, hasta cierto punto antagnicas: por una parte la pulsin de lo social como prctica discursiva; por otra, las vivencias del individuo-ciudadano como prctica efectiva.

Hace poco ms de una dcada Boris Groys (2003) deca que el arte contemporneo es contextual en grado mximo (323), entonces no resulta difcil realizar el enlace con la tesis defendida por Scott en su filme. Evidentemente, si hasta la dcada de los 70 del pasado siglo todava era posible hacer referencia a una idea de cultura (en trminos de nacin, estilo, conjunto o praxis grupal asociada a un pas, una regin, una ciudad), la de los 80 introdujo una fractura significativa en el eje que organizaba las prcticas culturales mediante frmulas discursivas (la crtica, la enseanza, la historia, el mercado) y cuyo destino final era una Suma o una Lgica: cultura nacional, boom latinoamericano, postmodernismo, etc.

Frente a ese paradigma acumulativo (segn el cual los replicantes de Blade Runner carecen del derecho de asociacin: son el producto de una tecno-lgica y no de una lgica cultural), comenz a imponerse uno asociativo, performtico si se prefiere, en el que resultaba cada vez ms incmodo producir un discurso sobre la cultura, y pareca ms plausible rastrear, experimentar lo cultural en ciertas relaciones y posiciones de los sujetos-en-sociedad; es decir, en las prcticas de individuos cuyo hacer cultural estaba ligado a experiencias territoriales concretas. Desde inicios del siglo xx, esas experiencias han estado dominadas casi exclusivamente por la ciudad, sus ritmos de crecimiento, de absorcin y dispersin demogrfica, sus capacidades conectivas dentro de las fronteras nacionales y entre los circuitos globales de intercambio comercial, financiero, ideolgico, cultural.

Visto as, el contexto singular entre 1986 y 1991 (atravesado fundamentalmente por la despolarizacin de las relaciones sociopolticas de alcance global, el desmembramiento de la red sociocultural del socialismo europeo, la deslocalizacin de la produccin y el consumo cultural), implic para Cuba, enfrentada adems a una profunda crisis econmica, la incorporacin a un territorio de prcticas y negociaciones socioidentitarias, antes ajenas, y que se apartaban considerablemente de los derroteros sealizados por un relato nacional (nacionalista en ocasiones), cuyos cimientos descansaban en las herencias de la Razn y sus hipstasis: la escritura, la tradicin, los padres fundadores. Lo que antes era organizado por el discurso en torno a un principio de homogeneidad (amor nacional, identidad colectiva, relato de liberacin anticolonial) result sometido a una dinmica de la heterogeneidad que la propia praxis social respaldaba.

En la sociedad cubana, este cisma sociocultural dibuj al menos dos alternativas para la organizacin de los procesos de correspondencia entre discurso y contexto en el caso de la literatura. La primera, preservar los efectos homogeneizadores del proceso de referencia, garantizar la transparencia de la lectura (posibilidad de identificacin y reconocimiento con/en el texto). La segunda, la posibilidad de establecer homologas efectivas entre el proceso social (urbano) y el discursivo, una dinmica de enlaces en la que los comportamientos en uno y otro extremo del entramado de representacin se reactualizaran constantemente como singularidades significativas.

En la primera alternativa, el texto trata el espacio como un territorio conceptual, un paisaje complejo donde se organizan recorridos y flujos que intentan producir significacin y sentido como sistema, a partir de asignaciones y enlaces. Existe un principio de armona (derivado de territorios conceptuales del pasado: la tradicin, el canon, la historia cultural) que hace posible y efectiva la comunicacin a travs de este artilugio y que las operaciones discursivas deben garantizar estratgicamente. En la segunda, esa coherencia esperada entre la performance del texto y los mecanismos garantes de su articulacin a las dominantes discursivas suele plantearse como un territorio irresuelto y problemtico.

Si se sita el texto ante la primera opcin, destacan varios ncleos determinantes para algunas zonas de la produccin cultural cubana del perodo: necesidad de resolver (entindase restituir la armona) a travs de la recuperacin de los enlaces perdidos, disear una coherencia posible a partir de nuevos enlaces. En este contexto, producir lo cubano como discurso entraa reorganizar un territorio simblico (la nacin : el pas : la ciudad) en el que los elementos de identificacin se tornan cada vez ms opacos (desintegracin de un mundo conocido, muerte del lugar seguro, prdida del refugio identitario).

Si establecemos la correlacin que, a partir de esta alternativa, permite seguir los enlaces entre la produccin discursiva y La Habana de los 90, no resulta extrao que esta suela ser tratada como un lugar desterritorializado (enajenado de una lgica histrica del discurso arquitectnico, urbanstico, moral, cultural), y atemporal (enajenado del tiempo de la comunidad socialista, suspendido en un no-tiempo o tiempo-cero), como una reserva de imgenes y figuras al servicio de observadores potenciales.[1] De ah podra derivarse la relevancia de los mecanismos simblico-metafricos para articular una imagen de la ciudad en el texto, evidenciados en los comportamientos regularizados en la escritura.

En la obra de Leonardo Padura, especialmente en las novelas que integran Las cuatro estaciones, esos comportamientos asumen como principio estructurador la nocin del ciclo, que remite a la idea de un orden natural (transurbano) concebido como espacio-tiempo de contencin y comunin. El ciclo natural bsico (las estaciones del ao) organiza la estructura novelesca, sealiza una medida un territorio de control para el desarrollo de la secuencia narrativa: invierno (Pasado perfecto), primavera (Vientos de cuaresma), verano (Mscaras), otoo (Paisaje de otoo); y como metodologa de enlace alude a procesos rituales que fomentan el mito nacional: Ao Nuevo, cuaresma, calor, huracn.

Esta cartografa discursiva remite directamente a un efecto, a un modo narrativo de concebir las relaciones del texto con su afuera, con el mbito cultural desde el que observa y es observado, muy similar al de la mirada romntica. Se produce un encuadre naturalizador en el que la ciudad se delimita como entorno seguro que previene contra las fuerzas de lo salvaje exterior, pero tambin se disea un rgimen de observacin en el que la naturaleza es idealizada hasta el plano de lo simblico, llegando a regularizar imgenes tpicas del relato comunitario urbano. Esas imgenes son digeridas primero en el entorno de la mirada-visin (bajo la forma de un paisaje en lontananza, un universo distante), y despus en la cena familiar, declogo imprescindible de las maravillas criollas y archivo de prcticas que presenta el delicioso plato de lo nacional como una suerte de alegora in extremis de La ltima cena.

En lo adelante me detendr en tres presupuestos de la configuracin discursiva de la tetraloga, que tipifican la mirada de esa suerte de turista nacional (de manera intencional asocio el paradjico epteto al ttulo del iluminador texto de Groys, Back from the Future): un sujeto que regresa, esta vez a travs del discurso, para proyectar la ciudad imaginaria sobre la real. El primero est ligado a la memoria y a cmo esta dispone y despliega el archivo de prcticas (textuales, estticas, culturales) desde donde el texto traza su sistema de referencias a la ciudad; en un segundo orden se sita el motivo del desplazamiento, mecanismo que, al activar las relaciones espaciales del texto, pone en funcionamiento, de forma paralela, los enlaces metonmicos entre el espacio textual y el citadino; y por ltimo el potencial metafrico de la cena en tanto ncleo desde el que se construye el hogar como centro altamente simblico, especie de haz discursivo en el que confluyen las lneas de desarrollo narrativo.

Memorias detectivescas, indagaciones archivsticas: la novela como parbola

A lo largo del siglo xx resulta abundante la bibliografa sobre el desarrollo del gnero policaco y la figura del detective, en particular las relaciones entre ese florecimiento temtico y el nuevo tipo de escenario que representa la ciudad moderna. Por ejemplo, para Richard Lehan (1998), uno de los puntos genticos de la figura del detective como arquetipo est en el personaje de Van Helsing, el cazador de vampiros en Drcula, de Bram Stoker, rol en el que se condensan algunos de los ideales propios de la modernidad, justo cuando Londres viva un cambio sustancial, no solo en trminos de imagen urbana sino tambin a partir de la modificacin de los sistemas de relacin asociados al desarrollo industrial.

Ciertamente, la reflexin de Lehan define con claridad algunos comportamientos que luego se regularizan en el desarrollo de la narrativa detectivesca. El entorno urbano adquiere caracteres especficos y da lugar a una de las construcciones textuales clsicas del siglo xix: la ciudad organismo. El misterio, el estado inicial de desequilibrio, radica en la imposibilidad de realizar una lectura global de ella, que debe ser examinada a partir de comportamientos fragmentarios. Se produce un conflicto entre razn e instinto, al punto de que el crimen, la pulsin dionisaca, se resuelve no gracias al razonamiento, sino a la intuicin detectivesca; no debido al desplazamiento planificado que la ciudad tericamente garantiza, sino al andar azaroso de un sujeto que se desplaza de manera aleatoria por ella en busca de indicios que le permitan restablecer determinado orden.

Sin embargo, sera oportuno sealar que la frontera entre orden y caos por la que se desplaza el detective no se reduce a una tangencia incmoda entre el texto y la variabilidad del escenario urbano. Es en el orden del discurso donde se suele resolver los desajustes entre ambas superficies, las que adquieren una cierta coherencia como relato comunitario mediante la imposicin de ciertas normativas culturales.

Las estrategias textuales que impiden el escamoteo de los sistemas de reconocimiento entre la ciudad del texto (incluso de este como fragmento urbano, como pieza inalienable de una coherencia discursiva organizada como [cor]relato de la nacin) y la real, entre la imaginada y la de las prcticas efectivas, seala la insistencia en una pedagoga de la identificacin que, cuando menos, aspira a la ciudad y al ciudadano modelos, bien por tesis (pinsese en la tradicin del Bildungsroman, por ejemplo), bien por anttesis (stira, absurdo, caricatura poltica, etc.).

La necesidad de esa coherencia superimpuesta a travs del discurso provee desde todos los ngulos un relato de la nacin unido de manera invariable a nuestra literatura y, en cuanto a la novela, al escenario habanero como lugar complejo en el que confluyen con mayor intensidad los ejes del debate cultural, de la resolucin identitaria y ciudadana incluso de nuestra posicin intermedia entre proyectos coloniales y nacionales en medio de una frontera imperial que organiz tambin una mental, un mapa atravesado por saberes y poderes, por jerarquas y estratos mediante los cuales fueron dispuestos los roles y las posiciones en el escenario social.

En los 90 del pasado siglo, espacio-tiempo no solo de escritura de los mencionados textos de Padura, sino tambin de la propia historia (que transcurre durante 1989, si consideramos las cuatro novelas como unidad narrativa nica), nuestra cultura, que desde 1959 haba vivido uno de sus perodos ms armnicos, asisti precisamente a la desestabilizacin de esa frontera artificial por mucho tiempo alimentada. El triunfo revolucionario abri un espacio, al menos tericamente posible, para la coincidencia definitiva entre la proyeccin discursiva de la nacin soada desde el relato de liberacin nacional y las prcticas efectivas en trminos de ciudadana y formas de reconocimiento comunitario un horizonte de mxima coherencia entre texto cultural y ciudad. Sin embargo, no es menos cierto que a partir del 89 se restauraron, en buena medida, muchos de los elementos que histricamente haban fracturado esa relacin en nuestro devenir histrico, debido a un nuevo desencuentro entre el discurso necesitado otra vez de enarbolar los semas de la resistencia y de actuar como espejismo de la realidad y la vida cotidiana.

Dentro de semejante desencuentro, tanto Mario Conde como muchos de los otros personajes de estas novelas se preguntan constantemente: Qu est pasando?. El afloramiento de una delincuencia cada vez ms sofisticada (desde delitos de cuello blanco, corrupcin y trfico de influencias hasta asesinatos con mutilaciones, pederastia, prostitucin espontnea u organizada, robo con violencia, droga, entre otros tantos), el desmembramiento de una tica solidaria (no solo nacional sino barrial), la ruina moral que acompaa al ocaso fsico de la ciudad construida, articulan gradualmente una i-lgica social ante la que se polariza la comunidad cultural: aquellos que reaccionan con asombro ante el cambio sin saber muy bien qu hacer (el ciudadano amparado por el discurso de la nacin, por el relato de la Patria protectora), y los que instintivamente tratan de sobrevivir, sin importarles el costo, en las nuevas circunstancias. A esa pulsin salvaje, a ese umbral dionisaco como alternativa al ciudadano, debe enfrentarse el detective, quien no solo da solucin a delitos y crmenes aislados, sino que intenta restituir la armona perdida por el cuerpo social que La Habana simboliza.

Las abstracciones universales de Amor, Justicia, Solidaridad o Lealtad, atraviesan permanentemente la relacin de Mario Conde con la ciudad y sus habitantes, construyendo un filtro de modelacin entre los orbes de la mirada y la visin de este rol central, el cual se cuida de mantener su estatus de outsider (garanta intelectual desde la que resultan ms legtimos ciertos juicios de valor, implcitos o explcitos en sus reflexiones). Esa modelacin organiza la ciudad como un territorio interior donde el personaje se mueve a sus anchas:

Para Mario Conde, la ciudad tiene varios crculos, quizs concntricos, quizs paralelos, que van aumentando en tamao. Primero, su casa, donde naci; luego su barrio, donde creci y conoci el mundo, especialmente con su abuelo el gallero; luego la zona de La Vbora, donde estudi y se granje las mejores amistades (el Flaco, Andrs, Candito), y luego el resto de La Habana. La relacin con la ciudad es, por tanto, ascendente y muy sangunea, pues cada lugar le va dejando un sentimiento de pertenencia y una especie de deuda con lo que ve y con lo que fue ese lugar. La ciudad es para l lo que existe y lo que sabe que existi, por lo cual siente una especial nostalgia. (Esteban, 2007: 151)

El movimiento narrativo del detective articula, a travs de la memoria, una red que previene contra el descalabro de la realidad. El personaje construye un archivo in extenso que va ms all de las oficinas y los laboratorios policiales. Ese archivo se nutre de testimonios, descripciones, confesiones trasvasadas a la escritura desde el recuerdo o desde una proyeccin idealizada:

Se puso los espejuelos oscuros y camin hacia la parada de la guagua pensando que el aspecto del barrio deba ser como el suyo: una especie de paisaje despus de una batalla casi devastadora, y sinti que algo se resenta en su memoria ms afectiva. La realidad visible de la Calzada contrastaba demasiado con la imagen almibarada del recuerdo de aquella misma calle, una imagen que haba llegado a preguntarse si en verdad era real, si la heredaba de la nostalgia histrica de los cuentos de su abuelo o simplemente la haba inventado para tranquilizar el pasado. (Padura, 2005a: 15)

Solo la armona de los ciclos podra actuar como esfera de garanta para el restablecimiento interdiscursivo de un orden perdido al nivel de la proyeccin narrativa. Quizs por ello las cuatro novelas construyen, desde la historia, ese encuadre de trans-disciplinamiento que intenta trasmitir alguna coherencia al estado general de desestructuracin social, al que se enfrenta el detective:

Mario Conde, por un sentimiento ancestral que escapaba a su razn y por la cantidad de domingos que gast con su abuelo Rufino o con su pandilla de mataperros peloteros, disfrutaba como ninguno de sus amigos aquel ocio dominguero en el barrio, y despus de tomarse un caf, sala a comprar el pan y el peridico y generalmente no regresaba hasta la hora tarda del almuerzo dominical. (113)

Le lleg el retumbar del caonazo que marcaba las nueve en punto de la noche. Era tiempo de cerrar las puertas de la ciudad para protegerla de los piratas y el polica mir su reloj retrasado, como si le importara su precisin. (2005d: 81)

Junto a estos ciclos especficos que marcan un tempo citadino particularmente habanero, se hace referencia a otros procesos rituales (la concepcin, la muerte, el matrimonio, el xodo, el convivio, las estaciones) que arman, de conjunto, un mecanismo de contencin, un aparato purificador de la experiencia incongruente que la narracin nos entrega. Reunido con los amigos del barrio, ante una mujer desnuda, o al despertar con una resaca endemoniada, Mario Conde recurre siempre a los mismos artilugios. Esas pequeas estratagemas, sus viejos trucos del oficio, le permiten siempre una salida airosa o al menos lo proveen de una justificacin para sus fracasos existenciales. El mundo ajeno a ese sentido de la ritualidad, sin control, a la deriva, resulta no solo un ente peligroso, sino tambin un orbe que debe ser domesticado.

El detective se pregunta (y a la vez le pregunta, con una profundidad casi demirgica, a ese mundo del que participa): cundo, cmo, por qu, dnde haba empezado a joderse todo? Cunta culpa tena (si la tenan) cada uno de ellos? Cunta, l? (22). Ms all del reconocimiento de un desequilibrio, introducido mediante un procedimiento retrico transparente, est abocado a cartografiar las causas de esa perturbacin, su gnesis y sus causantes. La restitucin que se demanda a las tareas narrativas de Mario Conde en tanto ejemplares y ejemplarizantes (siempre hay un castigo reservado para el transgresor) resultan parablicas.[2]

Al desplegarse sobre una superficie compleja en la que se solapan los destinos de la ciudad y los de la nacin, la resolucin de la peripecia, su regreso al origen, adquiere una densidad, como relato, que traspasa las fronteras estrechas de lo estrictamente ldicro-narrativo. Exacerbado hacia el final de la serie, ese ndice pedaggico adquiere an ms relieve al regresar sobre el carcter artificioso de la historia: en medio de un huracn que llega y arrasa definitivamente con La Habana (o la purifica, si tomamos en cuenta la alusin a los versos de Jos Mara Heredia al inicio de Paisaje de otoo) el detective, que ha renunciado a la carrera policial, se sienta frente a la mquina de escribir para entregarnos una novela: Pasado perfecto.

Al cerrar el ciclo en todos los niveles narrativos, la escritura nos entrega un modelo que no es solo depositario de una historia, sino que contiene un cdigo discursivo, una gua autorreflexiva en la que se intenta acomodar una experiencia generacional comunitaria: somos una generacin de mandados y ese es nuestro pecado y nuestro delito [] Para nosotros todo est previsto [] Por eso somos la mierda que somos (18).[3]

Frente a un orden que conduce al fracaso (personal, social), el texto intenta construir su propio orden, y este parte de la lgica cultural: el rescate de la escritura, el artificio del relato como membrana que se despliega ajustando los bordes irregulares entre la experiencia y la imaginacin.

Metonimias de la ciudad-novela: callejones, soportales, pasillos

Aun cuando la mirada del flneur parisino de Baudelaire ha quedado en la memoria como el momento clsico en el que se despliega una nueva perspectiva sobre el entorno urbano, nuestra literatura en el siglo xix, y especialmente en su primera mitad, tuvo tambin algunos paseantes ilustres, por no decir que estuvo impregnada de un fuerte sentido de recorribilidad del espacio de la ciudad, movimiento que, como ya hemos dicho, intentaba disear una cierta coherencia para la imagen de La Habana como epicentro del proyecto nacional-identitario. Quizs sea el auge de la prensa peridica el fenmeno que mejor ilustra esa obsesin, textualizada mediante el establecimiento de un declogo concurrente (productos, servicios, familias, emplazamientos, tipologas psicosociales) o por la descripcin minuciosa tanto del entorno fsico como de la regin moral de lo habanero (artculos de costumbres, estados de opinin, relatos urbanos).

Al inicio de este ensayo, destacaba la importancia de atender al desplazamiento, mecanismo narrativo que al activar los sistemas de relaciones espaciales del texto pone en funcionamiento, en paralelo, los enlaces metonmicos entre el espacio textual y el urbano, los cuales oscilan alternativamente entre el punto de vista del narrador (la mirada) y el horizonte abierto de sus deseos y proyecciones (la visin). Como resultado, se produce un espaciamiento social y cognitivo, un sistema de distancias efectivas en el texto, imaginadas en el relato como dimensin utpica del lugar que sobredetermina el grado de transparencia u opacidad de la proyeccin urbana en un texto.

En el ciclo narrativo que conforma la tetraloga de Padura, ese espaciamiento contribuye permanentemente al trazado de una frontera diferencial que recorre el proyecto de lo cubano. La distancia (que se lee como incomprensin, duda, vacilacin, indiferencia) fractura la solidez de aquellos territorios sagrados (seculares, patriticos): Amor, Justicia, Solidaridad o Lealtad.

De aqu sali Rafael Morn, se dijo mientras caminaba hacia el cuarto del fondo. La gloria y la pintura se haban olvidado haca mucho tiempo de aquel casern de la Calzada de Diez de Octubre, convertido en un solar ruinoso y caliente, cada estancia de la antigua mansin se transform en casa independiente, con lavadero y bao colectivo al fondo, paredes desconchadas y escritas de generacin en generacin, un olor a gas imborrable y una larga tendedera muy concurrida esa maana de domingo. La cumbre y el abismo [] Aquella cuartera promiscua y oscura pareca tan distante de la residencia de la calle Santa Catalina que poda pensarse que las separaban ocanos y montaas, desiertos y siglos de historia. (Padura, 2005a: 116. nfasis mo)

La narracin va construyendo encadenamientos por donde la localizacin especfica (de sucesos, de sujetos) pasa de las apropiaciones metonmicas sobre los sistemas de lugares afectivos de la ciudad (la calzada, el barrio, el solar, la avenida), a una metaforizacin memorialstica. El dictum pronunciado en el entorno de las regiones fsicas (la metamorfosis del lugar) se proyecta hacia otro, de carcter ms severo, que enlaza con una regin moral cuyo caos se pasea entre orbes catastrficos: cumbre y abismo, ocano y montaa, o la ahistorizacin, el castigo ms cruel para el lugar. En definitiva, el peor de los destinos consiste en que la ciudad pierda su aura, lase su profunda homogeneidad histrica que, por supuesto, en el caso de La Habana, solo puede ser imaginada, literaturizada.

Entre los sistemas de emplazamiento (casa familiar, solares, oficinas, pasillos, soportales, esquinas de barrio, bares, cuartos, comedores, el Pre) y las rutas de desplazamiento (Calzada de Diez de Octubre, Lacret, Maya, Boyeros, Santa Catalina, Calle G, Paseo, 5 Avenida, Calzada del Cerro) se organiza un mapa mental de la urbe, que es, a la vez, un glosario posible para la lectura del entorno urbano. El texto incorpora en el espacio de su desarrollo como narracin una reproduccin metonmica de las escalas diferenciales que median entre la ciudad como lugar (como sistema de lugares) y como proceso de relaciones (sistema de rutas, de velocidades).

Sometido el entorno de lo real a la mirada-visin del detective Mario Conde, ajustada a ciertos principios de contemplacin (el tempo homogneo, gradual de la historia, de la historia nacional, de la nacin como relato coherente y congruente), la resultante en la proyeccin urbana que nos comunican sus novelas es percibida como un desfasaje que, al avanzar el relato, genera continuamente desencuentros entre la ciudad deseada (asptica, disciplinada, ilustrada),[4] y la dispuesta ante la mirada. Incluso la voz narrativa no puede evitar en varios momentos el reconocimiento explcito de esa suerte de vrtigo que le produce semejante desencuentro: Mir entonces su cuarto vaco y sinti que l tambin daba vueltas, tratando de buscar la tangente que lo sacara de aquel infinito crculo angustioso (115).

Mario Conde es enfrentado, de cierta manera, metonmicamente, a una evidencia insoslayable de la ciudad contempornea, de esa Habana que ha dejado atrs sus comportamientos ms solemnes. Se trata de la crisis de la localizacin unitaria, del sujeto como emplazamiento estabilizado y escenario invariable del juego social. James Clifford ha dicho al respecto que al habitar una frontera, un emplazamiento de cruce regulado y subversivo, el sujeto contemporneo vive en un estado de bilocalidad, una nueva superficie de reconocimiento(s) en la cual

las conexiones descentradas, laterales, pueden ser tan importantes como las que se forman en torno de una teleologa de origen/regreso. Y una historia compartida y vigente de desplazamiento, sufrimiento, adaptacin o resistencia puede ser tan importante como la proyeccin de un origen especfico. (Clifford, 1999: 63)

En el entorno de una superficie nacional sometida histricamente a continuos procesos de asimilacin y desasimilacin identitaria, vertebrada a travs del encuentro, la confluencia, las acumulaciones y los avecinamientos culturales, esa bilocalidad podra ser incluso entendida como mltiple, como convergencia difcil de relatos y narrativas diferenciales ante las cuales el posicionamiento del detective no encuentra otra va que la fuga, el xodo. La mirada de Conde, aun cuando participa de un movimiento anclado al suelo, se proyecta siempre por encima, hacia un ms all que le comunica un profundo afn de pasado.

[D]isfrutar el descubrimiento de aquella otra ciudad existente en las segundas y terceras plantas de las antiguas calzadas de Jess del Monte y de la Infanta [] Aquella costumbre [] le lleg a ser tan necesaria y orgnica que cuando miraba los edificios, sola sentir cmo su fsico y su mente dividan sus tomos ms intrincados, para que una parte de su yo se elevara desde el asiento y flotara a varios metros del suelo oscuro y grasiento de la calle. (Padura, 2005d: 42-3. nfasis mo)

Si retomamos la dicotoma planteada por talo Calvino (2001), en estos textos se produce una polarizacin entre el peso de la vida cotidiana (corporeizada en el mundo ajeno y poco higinico de la calle) y la levedad de la memoria (escenificada como tensin entre recuerdo y deseo, es decir, como evocacin utpica del pasado: back from the future). De manera que la progresin narrativa est planteada como resultante del roce entre esos polos del discurso. Entre el ir y venir desde esa ciudad a ras de suelo (oscura, grasienta, violenta, inflexible en su constante transformacin) y la utpica (que solo existe en/para la memoria, invisible a los ojos del transente) se va articulando la imagen de La Habana que sirve de escenario a estas historias.

Cuando se nos presenta la escena de Mario Conde dispuesto a la escritura de Pasado perfecto, no solo se efecta un cierre discursivo que regresa al punto inicial. Esa elipsis perfecta el movimiento circular, el pasado como superficie ejemplar, la revelacin de la falta, el descubrimiento del culpable se proyecta hasta enlazar los orbes de la mirada y la visin de este sujeto que contempla a la ciudad no solo como un territorio de la experiencia cotidiana, sino, sobre todo, como una superficie existencial donde se depositan proyectos y aspiraciones condensadas en su persona (una persona narrativa en primera instancia, pero marcada tambin como tipologa cultural).

En su relacin con la ciudad, los valores mximos a los que aspira este sujeto son la duracin y la trascendencia. De alguna manera los delitos a los que se enfrenta Mario Conde tienen que ver con la salvaguarda de los principios que engrosan el archivo de buenas prcticas ciudadanas, de lo tpico cubano. Cualquier perturbacin de la coherencia de esos procesos representa para l una violacin del orden que, de algn modo, debe ser resuelta, ya desde el propio ejercicio de memorializacin al que se entrega el sujeto, ya desde una prctica de escritura a la que nos enfrenta paratextualmente el discurso (duracin y economa cultural mximas).[5]

[A]quel preciso y cabrn cicln poda entrar dentro de pocos das por estas calles y demoler la belleza decrpita de esas segundas y terceras plantas, a las que solo l estaba convencido observaba ahora pensando en su lamentable y segura defuncin, preparada por los aos y el abandono. (Padura, 2005d: 44. nfasis mo).

El planteamiento elptico del discurso radica en esta distancia total mediante la cual el individuo se asla de la multitud (recordemos aquella visin del sujeto romntico de Wordsworth en The Prelude o a muchos hroes de la novela decimonnica, quienes contemplan la ciudad desde una distancia que les permite entablar un dilogo silencioso con ella). Si el progreso de la historia, en tanto relato, nos entrega un detective que se mueve por la ciudad y avanza entre los intersticios de un mundo polarizado entre el bien y el mal entre ciudadanos ejemplares y ciudadanos indisciplinados (rebelados contra el orden urbano), la resolucin discursiva del texto (de la secuencia narrativa que aglutina como unidad) est planteada desde una dimensin transurbana, interdiscursiva, desde la que no solo se contempla la ciudad efectiva (una experiencia particular de lo habanero), sino que sirve tambin para imaginar una articulacin coherente entre La Habana del pasado (una utopa en reversa) y la del presente. De la superposicin entre esas dos superficies se deriva la proyeccin urbana en estos textos de Padura, cuya resultante puede ser entendida como doble (una positiva, otra negativa) pero que en realidad esconde ms dobleces de los que el texto, sometido a una perspectiva capitalizadora, puede mostrar.

Al imaginar una coherencia que ayude a vivir la ciudad como experiencia efectiva del individuo, Mario Conde intenta dar forma a su propio ciclo existencial, a un recorrido que no pasa ya por la cotidianidad del detective, sino por el sentido de su presencia en el mundo como sujeto (cubano) y ciudadano (habanero):

Le encantaba calcularlo pues tratara de que fuera distinta: aquella larga cadena de errores y casualidades que haban formado su existencia no se poda repetir, deba haber algn modo de enmendarla o al menos romperla y ensayar otra frmula, en verdad otra vida. (Padura, 2005a: 27).

Metforas hogareas: la ltima cena de Mario Conde

En el ciclo narrativo que aqu analizo, llama la atencin un ncleo especfico que establece una especie de ritmo interior en la secuencia de acontecimientos. Se trata de las cenas que prepara Josefina, la madre de El Flaco Carlos, el mejor amigo del protagonista.

Ms all de la construccin casi idlica de Josefina desde la perspectiva narrativa, el rol de una mujer que encarna perfectamente el mismo tipo de resistencia que Mario Conde demanda de la ciudad siempre puede rerse, mantiene inclumes las despensas hogareas en medio de un estado de carencia que comienza a ser severo, sostiene, en fin, el peso de una casa (La Casa) que amenaza con la cada resulta decisivo en tanto sus apariciones regulares marcan el tempo de los apetitos del detective, quien sacia en la mesa hogarea no solo los vacos de su estmago sino tambin los de su desarticulada trayectoria filial y urbana.

Las referencias familiares de Mario Conde se reducen a su tatarabuelo, fundador del barrio, y al abuelo Rufino, a quien remiten muchas entradas del cdigo de valores del detective. La ausencia del lugar sentimental de los padres, ocupado por los amigos y por Josefina como figura materna,[6] refuerza en el discurso la importancia de re-articular un espacio de refugio fuera de la vida pblica, que le permita al individuo la reconexin con un ritmo ritual tambin desestructurado en el contexto en que se desarrolla de la historia.

Recordemos la importancia que, como lugar del relato identitario cubano, haba ocupado, en el siglo xix, la casa familiar, territorio regulador en tanto espacio de comunin fronterizo (indeciso entre lo pblico y lo privado) y marcado por un acontecer ritual: la cena, el baile, la tertulia. Durante el xx hubo un desplazamiento significativo en ese sentido, en tanto la vivienda qued relegada a un segundo orden de atencin de las polticas de vida. El aumento gradual del espacio pblico a expensas del hogar gener, por consiguiente, una mayor intervencin de la ciudad-Estado sobre los asuntos de la casa, acomodando sobre su superficie un trazado paradigmtico que buscaba la coherencia, la continuidad con el espacio de la calle.

Mario Conde, amigo de las mesas abundantes en tiempo de escasez, busca en el hogar de Josefina un refugio para sus digestiones, que parecen el fruto de una ensoacin culinaria. Por aquella mesa desfilan las ms variadas composiciones gastronmicas, cerrando siempre un ciclo perfecto de arroces, viandas, potajes, ensaladas, carnes, postres

Se acercaron a la mesa y el Conde analiz las ofertas de Josefina: los frijoles negros, clsicos, espesos; los bistecs de puerco empanizados, bien tostados y sin embargo jugosos, como peda la regla de oro del escalope; el arroz desgranndose en la fuente, blanqusimo y tierno como una novia virginal; la ensalada de verduras, montada con arte y combinacin esmerada de los colores verdes, rojos y el dorado de los tomates pintones; y los pltanos verdes a puetazos, fritos y sencillamente rotundos. Sobre la mesa otra botella de vino rumano, tinto, seco, casi perfecto entre los peleones. (110. nfasis mo)

Ms all de la clara superlativizacin a la que recurre la descripcin de la mesa un tipo de concentracin que suele ser tradicionalmente explotada por la metfora como vehculo para insistir sobre una propiedad de lo sustituido (bien una textura, un color o una connotacin simblica: la dureza de la piedra, la pureza del blanco, etc.), resulta muy llamativo ese afn estetizante mediante el cual la composicin regresa nuevamente sobre la tensin entre mirada y visin.

Santiago Alba Rico (2004) se ha referido al vnculo entre ese afn estetizante del mundo contemporneo y uno de los mitos de hambre ms antiguos, el del rey Midas. El soberano, traicionado por su visin (la necesidad de ms riquezas), muere por no poder comer bocado alguno. Su hambre es de naturaleza esttica pues, como nos dice Alba Rico, no solo perece por inanicin, sino tambin por demasiado mirar. El mbito de sus aspiraciones, de sus deseos como individuo, es traicionado, digamos, por su mundanidad (168). El mito de Midas regresa metafricamente sobre la importancia de la vida cotidiana a travs de una valorizacin de las metas efmeras por encima de las trascendentes.

Por el contrario, en el caso de Mario Conde, el personaje presta su voz precisamente a un discurso que se pronuncia en favor de lo trascendente, de la dureza de esos platos dispuestos a ser devorados y que la escritura debe registrar como parte, por un lado, de la memorializacin narrativa de la ciudad y sus gestos; y por otro, del archivo extenso de prcticas recurrentes asociadas, por defecto, al cuerpo de la nacin. La descripcin como procedimiento base del conocimiento narrativo, como eje de develacin de opacidades de la historia, se muestra aqu como mecanismo que organiza lo que podramos llamar una poltica del mirar.

En esa poltica tienden a confluir los posicionamientos desarrollados en el texto, que disean, producen, un espacio urbano. Henri Lefevbre (2000) se ha referido a tres aspectos interconectados por la produccin espacial: las prcticas espaciales, las representaciones del espacio y los espacios de representacin. Entre la percepcin como prctica y la concepcin como representacin, nace un espacio abstracto en el que las cosas, los eventos y las situaciones son sustituidos por representaciones. No obstante, el espacio abstracto, como territorio representacional, se presenta como un sitio de lucha y resistencia en cuyo terreno se articulan las contradicciones sociopolticas, en lugar de ser homogneo y cerrado.

As, estas contradicciones resultarn finalmente en un espacio nuevo, diferenciado, pues en la medida en que el abstracto tiende hacia la homogeneizacin, hacia la eliminacin de diferencias o de peculiaridades, acenta la artificialidad de su proyecto y crea quiz como desecho, pero siempre como cuestionamiento la fisura de esa diferencia.

La labor de Josefina, sus cenas recurrentes y salvadoras, en el fondo constituyen un ejercicio de escritura, un tipo de coherencia potica que recuerda cmo la literatura presta tambin sus armas al proceso de construccin de un relato cohesionado de la cultura cubana. Su privilegiada posicin como saber (ilustracin, iluminacin, gracia) es dotada de un poder concedido desde el texto: el declogo de los alimentos, de las viandas y las frutas, de las carnes y las especias, de las bebidas y las infusiones dispuestas para el corte, la mezcla, la combinacin y las fusiones insospechadas: Haca falta una iluminacin como la de Josefina, capaz de provocar el milagro potico de extraer algo nuevo con la mezcla atrevida de componentes olvidados y perdidos (Padura, 2005d: 23. nfasis mo).

Ms all del subrayado que incorporo a esta cita, resulta suficientemente claro el tipo de jerarqua predicativa por la que se interesa el texto. Este manifiesta, desde la sintaxis narrativa que le da cuerpo, las extensiones interpretativas cuyo correlato no es la ficcin misma como cierre significativo, sino la verificacin de un completamiento interdiscursivo dilatado en los territorios ms complejos de una dominante de discursos: el relato nacional (mezcla, sntesis atrevida, de la que nace un nuevo universo de sabores: lo cubano).

Desde el entorno de lo literario, el abordaje de los asuntos sobre la ciudad y la sociedad urbana no puede desligarse de las complejidades que implica esa posicin, sobre todo cuando afecta nociones como nacin o identidad, tradicionalmente arropadas por el discurso cultural. La Habana que puede reconocerse, con mayor o menor transparencia, en las novelas aqu analizadas, da cuenta precisamente de un tipo de escenario que, al entrar inexorablemente a un territorio de prcticas deslocalizadas, de circulaciones no reguladas y desdoblamientos de la pertenencia, ha tenido que negociar las estrategias a travs de las cuales la resolucin misma del texto puede concebirse como continuidad, como entidad reflexiva o como excurso de una tradicin discursiva.

Notas:

[1]. Podra afirmarse que ese archivo de imgenes se convierte en un valor de uso ms all de los regmenes discursivos estrictamente literarios. Logra (re)organizar muchos senderos semnticos de lo cubano alrededor de intereses muy variados: la circulacin y el consumo internacional de la cultura cubana, la atraccin turstica, la conformacin de nuevos tems para el consumo acadmico-disciplinar, etc. Pinsese en lo atractivas que resultan a partir de la dcada de los 90 ciertas tipologas que se derivan directamente de esta nocin del paisaje sin territorio y sin tiempo, un paisaje virginal que se ofrece nuevamente al discurso para ser llenado, re-significado, y puesto a circular bajo el imperio de nuevas nomenclaturas y sintaxis.

[2]. El mismo tipo de parabolismo que parece delimitar las estrategias discursivas de novelas posteriores de Padura, ms ligadas a usos interdiscursivos entre la Historia y la ficcin narrativa: La novela de mi vida, El hombre que amaba a los perros o Herejes.

[3]. Resulta muy interesante esta formulacin textual de un relato comunitario que se concibe generacionalmente como un rol domesticado, sobre todo por situarse en el contexto de una reaccin de signo contrario que Gerardo Mosquera sintetiz en su antolgico texto Los hijos de Guillermo Tell (1991). La parfrasis de Mosquera que toma como base la clebre cancin de Carlos Varela, proclamaba abiertamente, justo a inicios de la dcada de los 90 del pasado siglo, el establecimiento de una ruptura (generacional, pero tambin discursiva) frente a la figura tutelar simbolizada por el Padre pero hipostasiada inmediatamente como Cultura Nacional, Estado o Relato histrico de la nacin. Semejante reaccin supona la reificacin de un gesto de desmarque mucho ms intenso que el que dibuj el llamado florecimiento crtico en la narrativa cubana de la dcada anterior. El desmarque planteado por Mosquera, que no era sino la verificacin de una prctica consolidada como discurso generacional, no haca alusin solamente a la esperada posicin reflexiva de la obra de arte frente a su contexto de produccin, sino a una toma de distancia frente a los modelos que haban sido situados como legtimos y enaltecedores por parte de una dominante de discursos.

[4]. Una esfera del deseo urbano largamente acariciada por nuestra tradicin literaria: Manuel de Zequeira, Francisco de Arango y Parreo, Ramn de Palma, Julin del Casal, Fernando Ortiz, Miguel de Carrin, Nicols Guilln, Alejo Carpentier, Jos Lezama Lima.

[5]. Esther Whitfield (2008) se ha detenido en este aspecto de la economa cultural de nuestra produccin artstica en los aos 90 del pasado siglo, y en cmo se organiza, desde una lgica del mercadeo internacional, un cierto archivo de lo cubano que se muestra tenso entre el pasado revolucionario (por extensin asociado al proceso de liberacin nacional) y el contexto precario del Perodo Especial, marcado por iconografas concretas como el xodo, la ruina, o la isla varada en el tiempo.

[6]. Como una suerte de relato colateral que arma discursiva y narrativamente la dimensin tica del personaje fuera del entorno de la familia. En ese sentido los fracasos y verificaciones de las disposiciones sentimentales del tipo de sujeto que Mario Conde acta a nivel narrativo pueden ser ledas mejor sobre el plano de la ocurrencia social que como una alegora del derrumbe de la familia como ncleo cohesionador de proyectos individuales.

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Whitfield, E. (2008) Cuban Currency: The Dollar and Special Period Fiction. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Fuente: http://www.temas.cult.cu/articulo/1953/back-future-memoria-discurso-y-ciudad-en-leonardo-padura



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