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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-09-2017

Pedro Albizu Campos: "El Maestro"

Rafael Rodrguez Cruz
Rebelin


El 12 de septiembre conmemoramos en Puerto Rico, as como en los barrios boricuas de Estados Unidos, el natalicio del Dr. Pedro Albizu Campos. Tristemente, mi generacin aprendi muy poco sobre l en las escuelas de Guayama, ciudad en que pas mi juventud. No recuerdo ni un solo instante en que se nos hablara de Albizu Campos en las clases, en que se mencionaran sus logros acadmicos o se aludiera al gran respeto que le tenan los intelectuales ms prominentes de Amrica Latina. Tampoco se nos habl de sus viajes por Per, Cuba y Hait. Albizu era tema prohibido en la ciudad de los brujos. Este silencio era ms revelador, pues se trataba de un pueblo que, en 1934, durante la gran huelga caera, deposit en l sus esperanzas de zafarse del yugo de los monopolios azucareros estadounidenses. An hoy trato de imagname a mis tos abuelos en la central Machete, con sus rostros surcados por el sol caliente del corte de caa, escuchando atentamente la voz aguda y sagaz de Albizu Campos, en un mitin rodeado por la polica de Puerto Rico y los vigilantes privados de la familia Cautio. La caa tambin llen de cenizas venenosas el aire de Guayama.

Confieso que fue entre los boricuas del Bronx que vine a conocer sobre la vida y obra de don Pedro. Nada en mi juventud en Guayama me haba preparado para un encuentro tan emocionalmente impactante. En agosto de 1981 llegu al sur del Bronx, a la calle 138 East y la avenida Brooks, no muy lejos del teatro Puerto Rico. El bullicio y la agitacin social eran ensordecedores; todo lo contrario del pueblo que, como deca Pals, se mora de no hacer nada. De mis visitas de nio al Bronx y de mis tos en los proyectos pblicos, solo conservaba la imagen de mi hermana sentadita en la ventana del apartamento, bien arriba, mirando atentamente, y sin inmutarse, a los carros que circulaban por las calles del barrio. El recuerdo llega a m todava como una escena de una pelcula silente, pues la altura del edificio no dejaba que se escuchara ningn ruido. No haba regresado al Bronx desde 1958. Ahora, 23 aos despus, me tocaba volver, por cosas del destino y ms jibaro que nuyorican, al mismo lugar, a la calle 138 y Brooks Avenue. El Bronx, sin embargo, me mostr su temperamento en 1981, ante todo, por el lado auditivo.

Efectivamente, aunque ya el otoo pareca asomarse a fines de agosto de 1981, los boricuas del Bronx se daban por desentendidos. Me recibi un sbado algo fro, y la calle 138 pareca un carnaval o, si se quiere, unas de las fiestas patronales en la Puente de Jobos. Todo el mundo estaba fuera de los edificios, especialmente los jvenes. Lo primero que hicieron mis tos fue darme las instrucciones de rigor, las mismas que les daban a todos los recin llegados: Ponte la cartera en el bolsillo del frente, para que no te jolopeen. Ah, y ten mucho cuidado con los gansos. Lo de proteger la cartera me pareci un consejo obviamente til. La segunda exhortacin no me hizo sentido hasta dos semanas despus, cuando me vendieron en la calle un reloj Seiko que result ser, al abrir la caja, un Seikon. Mir para atrs, pero el vendedor se haba ido con su personalidad urdidora a otra parte. Los gansos de Nueva York, aprend de la peor forma, no eran como los de la finca en Guaman, no graznaban al acercarse. Sea como sea, el primer da, en medio de todo el bullicio y con una cara de jbaro imposible de disimular, sal a la calle.

No recuerdo haber pasado ese da por un solo lugar del sur del Bronx en que no se escuchara a todo volumen, y parejeramente, la voz de Ismael Rivera o la msica de El Gran Combo. Ni en el tren subterrneo apagaban los boricuas las cajas de sonido Boom Box de esos tiempos. Tampoco faltaban las parejas bailando en la acera. Quin era me pregunt, casi sin poder escuchar mis propios pensamientos por el bullicio y los chirridos del tren esa gente que no esconda su puertorriqueidad? Ms an, cmo era eso de que se atrevieran a exhibirla como un regalo de las divinidades? De la negritud ni se diga. Los boricuas del Bronx hacan alarde de ella en sus peinados libres, en su vestimenta esplndida y en la manera, tan nica de los nuyoricans, de sentirse negros y puertorriqueos. Vino a mi mente con cierta pena el recuerdo de Norma, una amiguita negra de mi infancia en la calle Meditacin de Carioca, con sus quejas por las aterradoras y fuertes sesiones de estirones de pasa que le daban en su casa. Tambin desenterr, ahora con rabia, el recuerdo del silencio culturalmente avasallador que nos imponan a nosotros los pobres en el pueblo de Guayama. Las calles de mi ciudad eran, por mero antojo de los ricos de alcurnia espaola, tan apesadumbradas como las tumbas del cementerio. Todava durante mi juventud dominaba aquel espritu viejo, opresivo y atrofiante que describi Pals en su poema Pueblo. Sus versos y estrofas me parecan ahora, en el contexto de la naturaleza extrovertida de la cultura boricua del Bronx, como el recuerdo de un manotazo dado, tiempo atrs, por un puado de familias ricas que dominaban todo en el litoral sur de Puerto Rico. Vivan del azcar dulce, pero lo que nos servan a los pobres era un trago amargo.

Una de las imgenes ms impactantes de esa primera caminata de adulto por el Bronx fue ver tanta ventana abierta y tanta gente asomndose por ellas. Culturalmente, el detalle me impact ms que la mitad de las maravillas de la Gran Manzana. El pueblo de Guayama, con sus hermosas casas de balcones amplios y arquitectura de bizcochos de boda, era una urbe de ventanas y puertas cerradas. Claro, cuando digo pueblo, me refiero, en particular, a lo que en el Guayama de mi juventud se llamaba prejuiciadamente pueblo, o sea, las calles principales que concentraban las residencias de las familias de alto linaje. Hay que imaginar lo que este contraste provoc en mi mente. Crec en Guayama, un lugar en que, al decir de Pals, el sol calentaba en las marismas el agua como un caldo; pero en que a la gente rica le dio, bien temprano en su historia, con mantener las ventanas cerradas y rodear sus casas de elevadas verjas. Estmese, por ejemplo, el hecho culturalmente significante de que fue apenas varias semanas atrs que pude ver, por primera vez, el patio interior de la casa en que dicen que vivi Pals Matos, en la esquina de la calle Duques y la Ashford. All adentro, muy pegadita a la elevada verja que mantena a la gente pobre de la calle Duques sin enterarse de los pormenores las familias que llegaron a ocuparla, estn los restos de lo que en un tiempo fue una linda casa de muecas.

Ms abajito de la interseccin de la calle Ashford con la Duques, en lo que llambamos Hoyingls haba otra casa de muecas, una bien grande y sin verjas alrededor, sin paredes definidas, visible a todo el mundo. Era el barrio entero, lo que inclua nios y nias de la calle Duques, de Magueyes y de la Loma del Viento. All tambin se alimentaban fantasas infantiles, se jugaba con muecas, se corra en carros de bolines y se brincaba a la pelegrina, con o sin tiza. Hasta los perros satos participaban de las aventuras mgicas. Tan altas fueron las verjas que alzaron los ricos de Guayama, tan apretadamente cerraron sus ventanas, que an hoy, aos despus de que abandonaran sus mansiones para entregarlas al apetito devorador de la polilla, el trauma sigue presente en la psiquis de mi pueblo. nicamente el esfuerzo de grupos como la Liga de Poetas del Sur, ha trado recientemente un cierto grado de sanacin colectiva al pasado socialmente estratificado de Guayama, a la humillacin cultural presente hasta en la arquitectura. Estos grupos contemporneos de cultura negrista han conquistado, por as decirlo, las mansiones abandonadas por sus antiguos dueos para all, desde bien adentro, derribar las murallas culturales erigidas por la gente de apellidos de Guayama. Alabanza a toda poesa que nos llegue en forma de baile de bomba.

Sea como sea, y con el corazn agitado por una mescolanza de emociones nuevas y resentimientos aejados, llegu en agosto de 1981 a una esquina del Bronx que cambiara para siempre mi vida. Me dispona a descender a la plataforma del tren subterrneo, cuando not a un joven boricua que atenda un stand de cassettes rsticos grabados por l. En una mesita tena una Boom-box en la cual haba puesto, a todo volumen, una grabacin del Discurso del Da de la Raza, de Pedro Albizu Campos.

Lo recuerdo todo como si fuera hoy. La gente pasaba apresurada y ruidosamente por enfrente del stand y el joven, vendiendo sus cassettes, permaneca como si nada. Me detuve un buen rato a escuchar la alocucin. No saba quin era el que hablaba ni haba escuchado antes esa voz. Era muy poco lo que poda entender, en medio de tanto bullicio humano. Mas lo que s me llam la atencin fue el timbre de la voz del discursante. Se parece a la voz de los boricuas cuando dan testimonio en la isla, pens para mis adentros. Al rato, mir a aquel joven puertorriqueo de bigote fino, casi imperceptible, como el que tenan mi padre y mis tos en las fotos antes de emigrar forzadamente a mediados de la dcada del cuarenta. Aparentando una conducta usual, que no corresponda a mi apariencia de persona acaba de bajar del avin, le pregunt al joven amistosamente: Quin es ese que habla ah?. Tard un rato en contestarme, como si mi pregunta hubiera sido un atropello.

Lacnicamente, como actan todos los neoyorquinos al hablar con extraos, me respondi: Es el Maestro. Me contuve un instante, que sent como una eternidad. Por primera vez not que esa gente extrovertida y alborotadora que me rodeaba mostraba, en su conducta y en el vestir, rasgos culturales ya algo perdidos hasta en la isla: los moos de mis tas abuelas en el campo de Guaman, la vestimenta humilde pero almidonada de mis tos en los domingos de ir a la iglesia bajando de los Bernieles, los bigotes finos y el pelo abrillantando de los jvenes, el acariciarse entre ellos al hablar, la fidelidad a la gastronoma de antao, el gusto por los limbers, la aversin a los sonidos guturales de la lengua impuesta por la fuerza y, sobre todo, el amor a la bandera puertorriquea, a la msica y los instrumentos del campo. Mir de nuevo al joven, y con una confianza acabada de adquirir, le dije en el estilo escueto de la gente de la gran ciudad: Ah, claro, el Maestro.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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