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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-09-2017

El 1-O: rememorizar Espaa

Santiago Alba Rico
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Si fuese cataln, votara sin duda el 1-O. O lo intentara. Ni el Gobierno ni el Govern nos dejan otra salida. Ahora bien, votar S sera apoyar un acto de desobediencia institucional del Govern que, ms que ilegal, es intil y peligroso


Lo malo de dedicarse a escribir es que uno no puede callarse sin que el silencio mismo construya una frase que requiere interpretacin. No he dicho nada sobre Catalunya y eso debe querer decir algo. Quiere decir algo: que no se puede ser ya ni ms tonto ni ms inteligente que los peores y los mejores anlisis, que es difcil saber lo que uno piensa, que ninguna palabra que digamos acercar una solucin y que la situacin misma privilegia la eficiencia de las consignas y los juramentos. Dar, pues, un rodeo fatigoso y acabar con una propuesta intil.

Llevo aos diciendo que la ventaja comparativa de Espaa es su derrota total: la falta de memoria. Cmo puede explicarse que el pas ms xenfobo, el ms homfobo, el ms catlico y el ms machista, recin salido de una dictadura tras una historia imperial, sea hoy la vanguardia antropolgica de los derechos civiles en Europa? Suelo citar siempre el pasaje en que el historiador tunecino Ibn Jaldun (1332-1406) resolva en su Introduccin a la Historia universal el enigma de la parsimonia de Dios, que haba retenido cuarenta aos a los judos vagando por el desierto antes de dejarlos entrar en la Tierra Prometida: es que --dice el historiador-- era necesario esperar la muerte de la generacin ms vieja, la que haba vivido la traumtica experiencia de Egipto, para que entrara en Palestina un pueblo joven y nuevo, liberado de la memoria de la esclavitud. En Espaa, Franco necesit cuarenta aos para liberar a los espaoles de la memoria de la libertad; y la Transicin otros cuarenta de hedonismo de masas y consumo capitalista sin races para que olvidramos tambin este olvido. El resultado fue inesperado y se llam 15-M, un amnsico movimiento por la democracia que se desentenda de la justicia histrica. Para los militantes ms veteranos era muy doloroso asistir a una protesta que lo descubra todo por s misma, sin referentes polticos ni maestros (recordemos la acusacin de adanismo), y que, aparte la desinfeccin de smbolos y banderas, ignoraba los pecados originales de la Transicin (monarqua, consenso de lites, gestin franquista, represin de la memoria histrica) para coger, y criticar, el presente al vuelo. Lo que tuvo de realmente potente el 15-M fue precisamente su defecto estructural: no le importaba nada cmo se haba construido el rgimen del 78: lo que le importaba es que no era suficientemente democrtico. Lo llaman democracia y no lo es, gritaba. Digamos que la saludable vacuna quincemayista es inseparable de esta trgica amnesia inducida. Mientras Europa volva a los aos treinta del siglo pasado muy deprisa, oscuramente memoriosa, los espaoles no tenan ya historia a la que volver, y ello para lo malo y para lo bueno. El proyecto podemita de nueva hegemona y de construccin de un pueblo slo fue posible gracias a este previo despojamiento, tan injusto como inesperadamente fecundo.

Fue esta falta de memoria la que convirti a Espaa, por primera vez en quinientos aos, en una diferencia positiva respecto de Europa y casi en un referente mundial: un pas comparativamente ms tolerante, ms pacfico, sexualmente ms integrador, menos racista. En pleno desmoronamiento del rgimen del 78, fue tambin este cero histrico el que permiti reactivar significantes que la derecha, aupada en su xtasis neoliberal, haba dejado sueltos (como patria) y al mismo tiempo plantear sin terremotos la cuestin tab siempre pendiente, la que nos ha abocado a todos los atolladeros histricos y ha limitado una y otra vez la democracia: la cuestin nacional, que no es la cuestin catalana ni la cuestin vasca sino la cuestin espaola. Espaa, un pas sin hacer, cuya hechura se vio siempre interrumpida o incompleta, que nunca se intent construir bien, se encontraba ante una oportunidad sin precedentes: la de una poblacin desmemoriada que, secundada por unos polticos realmente democrticos y unos medios de comunicacin sensatos e independientes, habra podido resolver la cuestin espaola sin apenas asperezas y con un vasto consenso popular. La cuestin espaola es sa, la de la democracia plena, que muchas generaciones de dirigentes polticos, de derechas y de izquierdas, han vivido como una amenaza para Espaa y no como una posibilidad de refundacin. En la disyuntiva histrica entre Espaa o Democracia, hoy Rajoy quiere hacernos creer que es la Democracia, y no Espaa, la que requisa urnas, registra peridicos y prohbe debates.

Porque el problema es se. La poblacin espaola perdi la memoria de la libertad pero tambin, en la misma andanada, la del patriotismo esencialista con todos sus valores imperiales nacional-catlicos y parafascistas. Salvo la franja ms senil de la derecha espaola, nadie en nuestro pas siente nostalgia de la dictadura o considera amenazadoramente rojos a los que, como hizo el 15-M, tratan de democratizar, y no de espaolizar, Espaa. No queda memoria? S queda. Los nicos que recuerdan todo en este dichoso pas del Loto son precisamente los que siempre han perseguido la memoria. El PP, el partido ms transversal de Espaa, contiene una mitad neoliberal para los tiempos de bonanza y mayoras absolutas, y una mitad imperial-catlica para la adversidad: conserva, bien enquistada en el hgado, toda la memoria mala de nuestra historia para activarla de nuevo contra cualquier proyecto de democratizacin que cuestione su poder. La ventaja paradjica de Espaa oculta tambin este peligro: Espaa es el nico pas del mundo en el que los descendientes de los perdedores de la Guerra Civil han perdonado a los vencedores y han olvidado sus agravios mientras que los descendientes de los vencedores no acaban de perdonar a los perdedores ni dejan de verlos como enemigos. Toda la cuestin espaola --la de la democratizacin o refundacin de Espaa-- pasa por la resolucin de este dilema en la relacin de fuerzas. Podr la mayora desmemoriada imponerse a la minora ideolgica o lograr la minora ideolgica, acantonada tambin en un sector del PSOE, rememorizar y des-democratizar Espaa de nuevo? La irresponsable dinamita ideolgica de algunos medios de comunicacin, ni independientes ni pedaggicos, hace temer lo peor. El gobierno y sus opinantes ancilares estn despertando las clulas durmientes de la memoria negra; y vertiendo en el cero histrico el pasado que convendra no resucitar.

El Pas Vasco y Catalunya formaban parte --y, an ms, la vanguardia-- de esta Espaa desmemoriada, como lo prueba el resultado electoral inslito de Podemos en Euskadi y de los comunes en el Ayuntamiento de Barcelona. Sus respectivas burguesas (de Euskadi y Catalunya), verdaderos pilares del rgimen del 78, hoy juegan papeles distintos por los mismos motivos: protegerse a s mismas. Las dos juegan a favor de la rememorizacin y des-democratizacin desde posiciones diferentes. El PNV, con una arenosa mayora, administra con calma geolgica su pragmatismo un poco autista: es el nico rgimen del 78 que queda. Por su parte Convergencia (hoy Partido Democrtico de Catalunya), jibarizada por la misma crisis de rgimen que ha restado millones de votos al bipartidismo espaol, ha buscado salvarse mediante una ruptura en la que, empujado por las espumosas movilizaciones, por el crecimiento amenazador de ERC y el sincero radicalismo de las CUP, ha acabado por creer. Sobre esto, en todo caso, se ha dicho ya mucho y bien. Ni al PDeCat hay que reprocharle intenciones ni al procs falta de legitimidad. Hay que reprocharles ms bien que hayan conducido a Catalunya a una rememorizacin paralela a la de Espaa --paralela incluso en sus procedimientos antidemocrticos-- sin el apoyo de una mayora social suficiente, dejando ms bien fuera, mediante un falso e imposible referndum, a esa abrumadora mayora que quiere un referndum. El procs no tiene ladrillos para una repblica catalana ni --mucho menos-- para una repblica socialista. Espaa --escriba Guillem Martnez en una de sus formidables crnicas-- es irreformable, pero Catalunya tambin. El 1-O, mucho me temo, abrir una herida y cerrar el carril que en el Estado estaba ya cerrando el escaso tino de Podemos. Si no hay una catstrofe, el 2 de octubre habr que tratar, sobre todo, de olvidar muchas cosas, y ello como condicin para un necesario reordenamiento de las alianzas en torno a la mayora desmemoriada (que, como el dinosaurio de Monterroso, cuando despertemos seguir ah, al menos durante un rato ms).

Sabemos que el responsable ltimo de lo que pasa es el rgimen espaol, que no hay posible equidistancia entre la erdoganizacin del PP y la defensa del derecho a decidir, que la democracia tiene en Catalunya la mayora de su parte. Sabemos, al mismo tiempo, que todo lo que se poda hacer mal, el procesismo lo ha hecho mal. Sabemos que la nica solucin para la cuestin espaola pasa por un referndum en Catalunya y que una y otra vez --la ltima ayer-- Espaa se ha negado a negociarlo. Sabemos que no habr en Catalunya un referndum el da 1-O, pues, por muy democrtico que sea su impulso, su aplicacin no podr serlo. Llegamos al 1-O sabindolo todo y sin poder hacer nada para trasladar a la realidad este saber. Y sin embargo, salvo que ocurra un milagro que haga descarrilar sobre el mismo colchn los dos trenes, ni el Gobierno va a detener su ofensiva rememorizadora ni el Govern va a desconvocar la consulta. De manera que, nos guste o no, tenemos que tomar una decisin: qu hacemos con el 1-O?

Y he aqu mi intil propuesta.

Primero para los espaoles. La reaccin del PP demuestra una vez ms que la cuestin nacional es la cuestin espaola y que la cuestin espaola es la de la democratizacin de Espaa. No podemos, por tanto, permanecer callados frente a esta Espaa turca que persigue urnas, registra peridicos y amenaza con meter en la crcel a cientos de alcaldes en Catalunya, pero que impide tambin reunirse para debatir en Madrid y en Vitoria y despierta nuestras clulas durmientes imperiales, felizmente marginadas hasta ahora. Como bien deca Jorge Moruno, lo que est en juego ya no es slo el derecho a decidir de los catalanes sino las libertades democrticas de todos los espaoles. Lo llaman democracia y no lo es: se impone que los desmemoriados volvamos a salir a la calle contra los memoriosos negros que quieren invertir el trabajoso e incompleto camino recorrido en los ltimos cuarenta aos.

En cuanto a los catalanes, no me atrevera a darles ningn consejo, pero s me aventuro a decir lo que yo hara el da 1 de octubre si fuese cataln. En Catalunya hay tres opciones. Una no votar, otra votar s, otra votar no.

No votar es votar a favor de Rajoy y contra el derecho a decidir. Da igual cul sea nuestra verdadera intencin; el resultado es ste. Tiene razn Javier Gallego cuando distingue entre desobediencia institucional y desobediencia civil (o cvica, como reivindica con fundamento Prez Tapias). Pues bien, convocar un referndum ilegal es desobediencia institucional; votar en una consulta ilegal, en cambio, es un acto individual de desobediencia cvica. La respuesta del Gobierno espaol justifica sobradamente, y aun reclama, este acto de desobediencia. Si fuese cataln, votara sin duda el 1-O. O lo intentara. Ni el Gobierno ni el Govern nos dejan otra salida.

Ahora bien, votar S sera apoyar un acto de desobediencia institucional del Govern que, ms que ilegal, es intil y peligroso, y lo es en la medida en que su aplicacin --cualquiera que sea el resultado-- dejara fuera a ms de la mitad de los catalanes y en ningn caso llevara a una ruptura democrtica. Yo no podra votar S al Govern, a su imposible referndum ni a la Ley de Transitoriedad, muy chapucera y muy conservadora y continuista en el plano institucional.

As que no slo votara No sino que llamara a todos los catalanes, incluidos mis amigos independentistas de izquierdas, a votar No. Votar No es un acto obligado de desobediencia cvica contra el Gobierno y un acto libre de desobediencia poltica contra el Govern, que no est en condiciones de utilizar bien nuestro S. Votando No reivindicaramos el derecho a decidir de Catalunya --y por tanto la posibilidad de la independencia-- al mismo tiempo que impediramos la fulminante des-democratizacin del procs. Entre la espada y la pared, entre el Gobierno y el Govern, el No es un voto y, por lo tanto, un S; pero es un No y, por lo tanto, un No: no al camino imposible --hacia la repblica catalana o la ruptura democrtica-- del pseudorreferndum. Pseudo --aclaro-- no porque sea ilegal sino porque su ilegalidad invalida de hecho, como no-democrtica, cualquier aplicacin de sus resultados.

En los ltimos aos, gracias a los desmemoriados de Madrid y de Catalunya, en procesos desgraciadamente paralelos, se ha conseguido naturalizar, en cafs y tertulias, el debate sobre la cuestin nacional, que es la cuestin espaola, que es la cuestin democrtica. Nunca se haba llegado tan lejos. La respuesta de la minora ideolgica con memoria, en plena descomposicin del rgimen del 78, ha sido la de rememorizar Espaa en detrimento de la democracia. Nuestros errores y la erdoganizacin del Estado pueden cerrar esa puerta an semi-abierta. No s cmo se puede evitar. Espaa es irreformable y Catalunya tambin. Bueno. Pero si aceptamos que el 1-O no va a haber ni tanques espaoles ni independencia de Catalunya --como no va a haber una invasin extraterrestre o una lluvia de ranas--, no nos queda ms remedio que seguir defendiendo la democracia en Madrid y la sensatez en Catalunya; y la sensatez en Madrid y la democracia en Catalunya.

Pero si hubiera una invasin extraterrestre o una lluvia de ranas, o las dos cosas, entonces --claro-- me callo.

Santiago Alba Rico es filsofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos dcadas en Tnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. El ltimo de sus libros se titula Ser o no ser (un cuerpo).
@SantiagoAlbaR

Fuente: http://ctxt.es/es/20170913/Firmas/15003/Catalu%C3%B1a-Proces-Memoria-Espa%C3%B1a-Alba-Rico.htm

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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