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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-09-2017

Grito de Lares, Puerto Rico
Con el 23 de septiembre en los corazones...

Rafael Rodrguez Cruz
Rebelin


En medio de toda la situacin tan difcil que vive Puerto Rico con el impacto del huracn Mara, es importante sacar un minuto en nuestros corazones para recordar la gesta patritica del Grito de Lares, que se conmemora todos los 23 de septiembre. Ese da, hace 149 aos, un grupo de valientes patriotas boricuas se alzaron en pie de lucha en contra del coloniaje espaol para proclamar la Repblica de Puerto Rico. Aunque fracasaron, pues era una empresa que solo habra podido lograrse con mejor preparacin castrense, las heronas y hroes de Lares marcaron con su accin un hito fundamental en nuestra historia. Al reclamar el derecho a la libertad poltica de Puerto Rico, anunciaron al mundo entero el despertar de nuestra nacionalidad y de nuestro sentimiento de amor a ese pedacito de tierra que llamamos Borinquen. An ms, lo hicieron pregonando al mundo que ramos (y somos) un pueblo noble que aspira a la igualdad y justicia social. De ah que, contrario incluso a la Declaracin de Independencia de Estados Unidos de 1776, la proclama del Grito de Lares afirm de entrada la abolicin de la esclavitud. En la grandeza de nuestra humildad geogrfica, el Grito de Lares enunciaba derechos civiles que la propia constitucin original de Estados Unidos no contemplaba. Y es que los puntos de referencia del pensamiento patritico de Betances eran, por derecho propio, las revoluciones de Hait y Cuba, ambas libradas por grandes masas de antillanos de origen negro. Lares no es, como se quiere proyectar, un da que ejemplifica nuestras debilidades frente a los imperios abusadores, sino una efemride que marca la afirmacin, bajo condiciones terribles, de nuestro derecho a una cultura y nacionalidad propia. Es da de conmemorar virtudes, no defectos.

El impacto del huracn Mara nos obliga a reflexionar sobre Lares no desde una perspectiva poltica estrecha, sino desde lo ms hondo de nuestros corazones. Si algo ha quedado claro, durante estos dos das de tormenta y huracn, es que la fuente mayor de nuestra fortaleza y espritu de sobrevivencia ha sido la cultura que nos define. Gran parte del dolor que sentimos hoy brota de ver cmo la lluvia y el viento han atentado en contra de los fundamentos de la cultura boricua en todas sus manifestaciones, fsicas y espirituales. Los edificios, las plazas, y todas esas cosas materiales que siempre hemos dado por sentado en das normales, son elementos en que se expresan y se materializan la cultura de un pueblo. Lo son tambin las formas de organizacin social y de vida diaria, con sus defectos y virtudes. Por eso, cuando en los medios de prensa comerciales de Estados Unidos cuantifican el dao material del huracn Mara en Puerto Rico, como si fueran mera cosa de madera y cemento, para nosotros y nosotras, boricuas de corazn, lo que est en juego es mucho ms; es todo lo que nos ha definido y define como pueblo. No creo ser el nico que siente un dolor terrible al ver desaparecer, golpeados por la lluvia y el viento, las casas, calles e instituciones que son el contenido de todas las memorias que habitan en nuestras mentes. S, quiero ver a mi familia, con quien no hablo desde hace varios das, tan siquiera escucharlos, pero quiero tambin ver a mi Guayama como lo vi de nio o como lo vi hace apenas un mes atrs, lleno de ese denso aburrimiento que nos hace tan nicos a los brujos del pueblo de Pals Matos. Esta madrugada, al igual que a los hijos e hijas de tantos otros pueblos de mi isla, se me ha llenado el alma de una sbita nostalgia de lo que apenas hace semanas daba como inalterable. Es como si me estuvieran robando el derecho a los suspiros y alientos de vida. Un ro inmenso e imparable de angustia y dolor inunda mi cuerpo entero.

En realidad, como puertorriqueo nacido en Estados Unidos, no puedo sino pensar en otro evento catastrfico de gran envergadura que golpe brutalmente a nuestra gente. Me refiero a la emigracin, masiva y forzada, de decenas de miles de familias boricuas entre 1937 y 1960. S, es correcto comparar, como hacemos hoy, el impacto de Mara con el de tormentas poderosas del pasado, como San Ciriaco y San Felipe; pero tambin hay que pensar en otras instancias que, aunque no surgidas de eventos atmosfricos, han provocado un trauma similar para grandes masas de nuestra poblacin. De ellas, la emigracin forzosa de boricuas al exterior entre 1937 y 1960 es la que viene a mi mente con ms fuerza. El surgimiento de lo que hoy, eufemsticamente, llamamos la dispora fue un evento terriblemente doloroso, que no cabe ni mucho menos en los lmites estrechos del vocablo. Fue una tormenta tan grande como Mara.

No caigo en mezquindad al reprocharle al imperio, y sus agencias de ley y orden, el que gran parte de esa emigracin, entre 1937 y 1960, fue artificialmente provocada por un empeo prepotente de trastrocar el profundo sentimiento patritico en nuestra isla para los tiempos de Albizu. Sea como sea, al igual que hoy con el huracn Mara, familias enteras de emigrados boricuas se vieron de un da para otros despojados de lo que siempre haban dado por cotidiano: su medio cultural, sus barrios, sus familiares cercanos, las calles de sus pueblos, las plazas en que se divertan, los flamboyanes de los cuales hacan gallitos, las palmas de coco, los ros en que se baaban y los paisajes sublimes de Puerto Rico. Si la dispora de hoy, particularmente en lugares como Nueva York, siente en carne viva el dolor de nuestra gente en la isla, es porque ella tambin pas por la experiencia amarga de ver su realidad cotidiana sbitamente demolida ante sus ojos. Ac vemos a Puerto Rico con los ojos con que mucha gente en la isla, lamentablemente, no nos vio en el pasado. Nos hermana un trauma muy similar, parte de una misma historia. El huracn Mara se comporta hoy como se comport el imperio entre 1935 y 1960: desgajando de nuestras vidas los fundamentos, materiales y no materiales, de nuestra cultura.

Quiero retrotraerme por un instante al perodo de 1937-1943 a la incepcin del fenmeno de la dispora boricua. Albizu Campos estaba encarcelado en Atlanta por el alegado crimen de conspiracin sediciosa; un vergonzoso fallo judicial resultante de un caso amapuchado por la fiscala federal y las cortes del imperio. Miles de familias boricuas comenzaban a llegar a los barrios pobres de Nueva York, sin ms recursos que las memorias que traan en sus corazones de lo que haban sido sus vidas en la isla. Como nuestras familias hoy en Puerto Rico con la tormenta, buscaban entonces un punto de referencia para mantenerse unidas ante la adversidad de llegar a un pas que les era cultural y racialmente hostil. Algunas familias intentaron abordar los aviones con sus gallos; otras, traan semillas de palos de pana y, las que mejor se orientaron sobre las complejidades emocionales del exilio, cargaron con sus tambores y cuatros. En medio de toda esa convulsin social de barrios boricuas recin creados en la urbe de Nueva York, y a fuerza de luchar da a da, se aferraron a la cultura como una tabla de salvacin.

No estara escribiendo esto yo si no encerrara un cuento fabuloso de nuestra historia como pueblo sometido al coloniaje. Pues bien, adems de todo lo anteriormente mencionado (los gallos, las semillas de pana, los cuatros y los tambores), las familias boricuas se trajeron la celebracin del Grito de Lares para mantener a Puerto Rico vivo en sus corazones. Dejemos que sea el gran escritor cubano Jorge Maach, amigo entraable de Albizu Campos y profesor de Columbia University entre 1937 y 1943, quien nos hable de la figura de don Pedro y el significado de la celebracin del Grito de Lares para la dispora boricua de Nueva York:

Para la poca en que todava (Albizu) purgaba su condena, cumpla yo mi exilio en los Estados Unidos, enseando en la universidad de Columbia. Al otro lado del parque Morningside, bajando la abrupta meseta en que la universidad se hallaba enclavada, se extiende el hormiguero humano de Harlem del Harlem puertorriqueo. Lo visitaba yo a menudo nada ms que por or espaol en las calles. Sola detenerme en esquinas y comercios a escuchar las conversaciones gesticulantes de los emigrados puertorriqueos sobre la poltica de la isla. Casi todos, al parecer, eran independentistas. En alguna ocasin, con motivo creo recordar, del aniversario del Grito de Lares, se celebr un acto en un teatro de la calle 110 y se me invit a hablar en l. Evoqu recuerdos de Albizu al modo como le he venido haciendo en estos artculos y proclam mi lealtad de martiano al noble ideal separatista. El pblico inmenso era un mar de voces y de gestos exaltados hasta el frenes. En el barrio puertorriqueo de Nueva York, apretado y promiscuo, para el cual no se ha hecho ninguna de las bendiciones democrticas de los Estados Unidos, el pitiyanquismo no ha penetrado. (Jorge Maach. Recuerdos de Albizu. Revista Bohemia, La Habana, 12 de noviembre 19 de 1950, Ao 42, nm. 46, p. 88).

Esto me lleva a un comentario final sobre la importancia de mantener la efemride de Lares en nuestros corazones. El otro da, apenas par de horas antes de que llegara el huracn Mara a las costas de Puerto Rico, logr una breve comunicacin electrnica con una muy admirada amiga, una artista del baile de bomba. Le pregunt, un poco angustiado, en qu poda ayudarla, estando yo ac tan lejos y ella tan cerca del peligro inminente. Sin titubear me contest, como si sus palabras resumieran los anhelos mayores de nuestra gente: Mantener la cultura viva, trabajemos ahora ms que nunca en eso. Y en esas ando, con mi cultura muy viva en mi corazn y conmemorando el Grito de Lares.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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