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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-09-2017

Entre masculinidades asesinas y feminicidios

Ricardo Orozco
Rebelin


Si se le observa con un fondo de contraste como el que ofrece permanentemente el combate armado directo en contra del narcotrfico, el asesinato de Mara Castilla no parece ser un caso excepcional, con muestras de mayor brutalidad que el que mostraron los ms de dos mil feminicidios anuales cometidos durante el gobierno de Felipe Caldern, o los ms de dos mil quinientos anuales del sexenio de Enrique Pea Nieto. Despus de todo, en aquellos sucesos, a diferencia de ste que en el presente mantiene ocupadas las plumas de los principales opinlogos nacionales, la mutilacin del cuerpo femenino fue una constante que ao con ao se perfeccionaba en sus tcnicas y procesos para supliciar y mostrar el cuerpo torturado.

Por eso, quiz, uno de los rasgos que ms comienza a llamar la atencin sobre el asesinato de Mara Castilla es la resonancia con el que ste se ha posicionado tanto en la agenda de los medios cuanto en el propio debate pblico nacional. Es claro que este no es el primero, el nico o el principal evento que llega a ambos espacios y los satura: las miles de imgenes que saturan la red de inmediato vienen a la mente para recordar que la regla y sus excepcionescuentan con muestras representativas en diferentes espacios y tiempos de los ltimos doce aos (o ms, si se introduce en el debate a casos tan avasallantes como la prolongada experiencia de Ciudad Jurez, Chihuahua).

En este sentido, resulta importante no perder de vista que el factor exponencial en este feminicidio es el hecho de haber ocurrido en una de las situaciones ms cotidianas y prximas a una inmensa generalidad de personas, y de mujeres, en particular: abordar una unidad de transporte personal privado. Y es que, para todos sus efectos, las varias experiencias histricas en el pas dan muestra de que suelen irrumpir con mayor intensidad en lo pblico en proporcin a la percepcin de vulnerabilidad en la que se sientan las personas.

De tal suerte que, entre mayor es la sensacin o la probabilidad de encontrarse en una situacin similar a la que desemboc con el hecho violento mayor es la reaccin inicial de la poblacin. Los miles de feminicidios de Ciudad Jurez, por ejemplo, no estallaron en la Ciudad de Mxico durante mucho tiempo porque la sensacin era que aquella ciudad fronteriza era un enclave con condiciones sociales excepcionales irreproducibles en otras latitudes. De hecho, estos sucesos solo cobraron relevancia en la medida en que la presencia de la guerra contra el narcotrfico replic, con un relativo grado de indiscriminacin, el peligro que se crea propio e irrepetible de Jurez.

Que a Mara Castilla la despojaran de su vida en una unidad de transporte, gestionada a partir de un modelo de negocios cada vez ms aceptado, y cuyos protocolos de seguridad para sus usuarios se daban por sentados, incuestionados; pero sobre todo, en una situacin similar a la de Mara, en la que este tipo de transporte representa una opcin viable para reducir su exposicin personal a un hecho violento, por supuesto estall en los rostros de sus usuarios. Las reiteradas declaraciones de quienes protestan, en marchas o no, que sealan la presencia de un miedo generalizado, y ms an, que indican la latencia de ser vctimas de un delito al caminar solas por la calle, a usar el transporte, a realizar actividades cotidianas que requieran ocupar o transitar el espacio pblico, en amplio sentido, no son simples espacios comunes. Por lo contrario, son indicadores muy concretos de lo prxima que se siente la amenaza a la cotidianidad de quienes esgrimen tales narrativas.

Ahora bien, de estas precisiones es posible extraer una primera reflexin entorno de las estrategias que se deberan estar implementando para evitar que eventos as ocurran sistemtica o espordicamente: cualquier accin que se precie de su efectividad debera ser capaz de reducir esa potencialidad siempre latente en las mayores escalas alcanzables. Ejercer accin penal en contra del agresor particular resuelve el evento de su vctima, pero no el del resto de la poblacin.

El problema es que lograr tales resultados, en lo que respecta a los casos de feminicidios, no es algo fcil, de entrada, por el solo hecho de ser una problemtica atravesada por un debate de mayor profundidad que gira en torno de las relaciones sociales que se desarrollan entre los gneros. En este sentido, es preciso interpelar tres de los posicionamientos ms recurrentes y aceptados en el debate pblico actual.

Primero, es imprescindible rechazar toda poltica segregacionista entre los gneros. Pugnar porque el gnero femenino reduzca (a travs del aislamiento) el estado de vulnerabilidad al que esta sociedad machista y falocntrica lo somete de manera permanente no resuelve el problema de fondo. Contar con transportes rosas (ya desde el color la reproduccin de estereotipos se hace patente), exclusivos para mujeres es una de esas prcticas de segregacin que ao con ao los distintos niveles y rdenes de gobierno mexicanos van ampliando y profundizando. Sin embargo,lejos de reducir las posibilidades de que se cometa alguna agresin en contra de cualquier mujer, este tipo barreras (simblicas y materiales) lo nico que hacen es ofrecer un paliativoque, en el mejor de los casos, funciona slo para el tiempo y el espacio en el que se realiza el viaje.

La cuestin de fondo no radica en que poco a poco se vayan generalizando los espacios de exclusividad para uno y otro gnero, como en una suerte de Apartheid en donde la mxima es que todos los habitantes deben estar juntos pero no revueltos mxima que, de hecho, suele ser centro de crticas por parte de las sociedades occidentales a otras cosmovisiones, como la islmica.Y es que lo cierto es que no hay nada en este tipo de polticas pblicas o prcticas sociales que de muestra de estar desarrollando una pedagoga sobre la manera en que la convivencia entre los gneros debera de estar desarrollndose.

Es decir, en estricto, separar hombres y mujeres con cosas tan banales como poner a mujeres ofreciendo servicios de transporte privado exclusivo para mujeres no abona a los ejercicios que tienen como resultado el mutuo reconocimiento de los gneros y sus experiencias cotidianas concretas. Por lo contrario, en la medida en que se van fortaleciendo y generalizando las segregaciones (y no slo entre gneros) lo nico que se obtiene es el fortalecimiento y consolidacin proporcional de sujetos autorreferenciados, construyendo sus masculinidades y sus feminidades a partir de s mismo, al margen del otro y aqu es necesario acotar que el gnero, como cualquier otro elemento de la identidad personal, no se reduce a dos.

Segundo, es ineludible la tarea de visibilizar que ni hombres ni mujeres son sujetos sustancializados, cuya inmanencia o rasgos identitarios se definan por una suerte de naturaleza de lo masculino y de lo femenino. Los hombres no son, ni por naturaleza, ni por gentica, ni por ninguna otra inmanencia, genricamente ms fuertes, centrados, maduros, malos, crueles etc., que las mujeres; de la misma manera en que stas no son ms sensibles, emocionales, bondadosas, amorosas y socializantes que aquellos. Todo eso que se concibe como el conjunto de rasgos caractersticos del nio y de la nia, del hombre y de la mujer no son ms que construcciones sociales ms o menos interiorizadas y (re)producidas que justo por ser consideradas como naturales son mantenidas en estabilidad por los propios sujetos.

Y aqu, en lo que se debe poner mucha atencin es que ser hombre no se opone con el hecho de ser feminista, del mismo modo en que ser mujer no implica no ser machista e incluso feminicida. Basta con voltear la mira hacia el sexenio de Caldern para darse cuenta de que ser mujer no hizo diferencia en los niveles de brutalidad con el que sicarias torturaban y arrebataban la vida a sus vctimas. Es decir, que si lo que se quiere es ir al problema de raz lo primero en la agenda debe ser la deconstruccin de esas construcciones sociales, y no su separacin, pues, en trminos de potencialidades, hombres y mujeres son igualmente susceptibles de ejercer los mismos grados de violencia.

Tercero, es importante no perder de vista que as como el feminicidio es el asesinato motivado por razones de gnero, en el homicidio tambin est presente la fundamentacin de gnero. El que no se vea porque la manera en la que se construye la masculinidad ya est lo suficientemente interiorizada como para no poner en tela de juicio los motivantes, ms all de los materiales, de un hombre que asesina a otro hombre es diferente. Y es que lo cierto es que justo porque la violencia y la capacidad de despojar a alguien de su vida son rasgostradicionalmente aceptados de lo que constituye una masculinidad por lo menos en la manera occidental de observar a las masculinidades, los miles de homicidios contabilizados hasta la fecha cuentan con algo de esa construccin, para reafirmarla como una competencia ineludible en el marco de la guerra contra el narcotrfico.

En este sentido, continuar con los discursos que observan agravantes del asesinato en el gnero femenino de la vctima est contribuyendo a mantener esa veleidad que no permite observar, en el caso de las masculinidades, que Ser hombre es lo que mata a los hombres, as como Ser mujer fue el motivante de alguien para matar a una mujer.

Por ello, reivindicar la importancia de reconocer al feminicidio como el acto en el que alguien despoj de su vida a alguien motivado en el gnero de la persona es importante para dar voz y visibilidad a esos casos concretos que reflejan una dinmica muy particular, con sus elementos propios que la definen. Sin embargo, esa visibilidad no debe perder de vista que del otro lado de la ecuacin los asesinatos inter pares no est ausente, sino igual de invisibilizado.

El punto aqu no es despojar a los movimientos de protesta en contra de los feminicidios de la autoridad que los reviste para ejercer justo esa protesta, sino defender el hecho de que ambos, homicidio y feminicidio, deben ser causas y compromisos ticos y polticos de todos los gneros, por igual. De modo que, reiterando, no se trata de someter la autoridad de los movimientos feministas (o no feministas, pero en defensa del gnero) a las normas de mando y la autoridad de la masculinidad, sino de articularlas y conjugarlas, porque es en esa correlacin que se deben encontrar los puntos de encuentro y convivencia que permitan a los gneros no violentarse, sin perder, al mismo tiempo, sus luchas polticas en ese terreno de lo comn y lo absurdo que resulta la tolerancia liberal.

​Publica​do originalmente en: https://columnamx.blogspot.mx/2017/09/entre-masculinidades-asesinas-y.html

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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