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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-11-2005

Quemo todo, por consiguiente existo
La voz de los suburbios

Annamara Rivera
Rebelin

Traducido para Rebelin por Mara Lujn Leiva


No somos la hez sino seres humanos. Existimos. La prueba? Los autos estn quemndose. As, con una frase epigrfica, un sauvageon entrevistado por Le Monde ha resumido la revuelta en los guetos que inflaman el otoo francs. La tendencia a ver la sombra de los imn atrs de cada reivindicacin de las banlieues, la acusacin de comunitarismo que desde hace aos se les endosa obsesivamente a cualquier minora que exija reconocimiento y respeto, pero sobre todo a la racaille (la hez segn Sarkozy) de los barrios llamados sensibles, se revelan hoy por lo que son: miedo a que los descendientes de los colonizados, ciudadanos franceses de jure aunque tratados de facto en modo par a los indgenas de las colonias, decidan existir como seres humanos, rompiendo el muro de la segregacin y hacerse visibles en el espacio pblico.

Hoy lo hacen, ciertamente, de la manera ms desordenada posible, confiriendo a los actos de vandalismo la funcin de decir aquello que por ahora no puede decirse de otra manera: por demasiado tiempo la palabra les ha sido confiscada. En modo irresponsable segn la mayor parte de los observadores y de los polticos, de derecha y de izquierda ocupan el espacio meditico y por consiguiente poltico: hasta ahora inaccesible, extrao, prohibido. En el tiempo en que los medios de comunicacin hacen y deshacen la realidad, ellos, conquistando la escena, hacen vacilar a un ministro que algunos ya vean presidente de la repblica. Los sauvageons, los salvajes evocados por Chevenement en el 98, cuando era ministro del interior, los pequeos terroristas de barrio que Sarkozy quera domar con los instrumentos del antiterrorismo, los voyous (los vndalos) de los cuales hay que sanear los barrios populares con cidos corrosivos, como osa repetir el mismo ministro, constrien la poltica a ocuparse de ellos: una poltica hasta ahora lejana como la luna de las cits espectrales, administradas generalmente como las viejas colonias.

Cierto, las respuestas hasta ahora no son reasegurantes: podando las promesas de la vaguedad, lo que queda es el toque de queda, la detencin indiscriminada de cientos de nios, adolescentes, muchachos sospechados de haber participado en las revueltas, la idea de expulsar a los extranjeros condenados por la violencia urbana, incluso a aquellos con permisos de residencia de larga duracin, la propuesta de bajar la obligacin escolar a 14 aos para hacer posible la entrada al trabajo a la edad de 14 a 16 aos en modo paternalista y solapado, la gran cuestin social que la revuelta ha denunciado se traduce en la condena definitiva de los jvenes de las 752 zonas urbanas sensibles a su destino de despojos.

Para analizar lo menos banalmente posible las races y el sentido de la revuelta de los guetos franceses, es totalmente vana la antinomia entre economicismo y culturalismo que algn docto comentador ha pronunciado polmicamente. La condicin en las cits no podran ser ms ejemplares para mostrar el perverso crculo vicioso que liga la cuestin econmico-social, el racismo colonial, el modelo de integracin, la respuesta identitaria, la etnizacin del conflicto. A tal punto que, si hay una categora que puede restituir el sentido de la condicin de los indgenas de la repblica es la de casta, repropuesta recientemente por la sociloga feminista Christine Delphy, que la entrelaza con las de clase y de gnero; y tomada por quien escribe en el recientemente publicado libro (La Guerra dei simboli. Veli post coloniali e retoriche sullidentita. Dedalo. Bari, 2005). En efecto, para la mayor parte de los hijos y nietos de la inmigracin colonial no hay posibilidad ni esperanza de movilidad social: parecen condenados a heredar el status de sus padres o abuelos, o incluso a ser desclasados. El hecho mismo que estos ciudadanos/nas franceses sean definidos inmigrantes de segunda o tercera generacin es un indicio de cmo el racismo colonial transforme un status, que por definicin debiera ser situacional o transitorio, en una caracterstica casi biolgica y hereditaria. Entrevistado por Liberation, un joven de la banlieu ha declarado icsticamente: Nos hablan de integracin, pero nosotros somos franceses, no tenemos necesidad de ser integrados. Tenemos necesidad de ser insertados socialmente. Pero cul insercin social es posible cuando, como ha revelado una investigacin, quien tiene una apellido que suene rabe o africano tiene una posibilidad seis veces menor de ser convocado para una entrevista de trabajo, con respecto a un coetneo franco-francs?

Si une tal condicin de discriminacin, marginacin y segregacin es por la mayora considerada como natural es tambin porque al imaginario colectivo francs no es extraa una ideologa o al menos un inconsciente de tipo colonial, a menudo enmascarados con la retrica apelacin a la vocacin universalista de la patria de los derechos del hombre. La sombra del racismo colonial, se alarga sobre la misma gestin de la revuelta de estos das: el estado de emergencia y el toque de queda han sido declarados invocando una ley del 1955 que se remonta a la guerra de Argelia.

La revuelta de los guetos franceses muestra al rey desnudo: contribuye a develar que la retrica universalista es hoy una mscara del dominio. El modelo denominado de integracin republicana, fundado sobre el reconocimiento de los derechos individuales universales, evidencia todas sus resquebrajaduras a la par del modelo multiculturalista y del anglosajn. El fuego encendido en las cits consume la ilusin de la asimilacin sin insercin social y exalta la paradoja, en el modo de mayor escarnio posible: dos modelos de integracin que se pretenden opuestos producen efectos sociales comparables y la misma forma de revueltas urbanas. Las instituciones y la cultura mainstream francesa han despreciado siempre el modelo estadounidense como productor de guetos, continuamente evocando y estigmatizando el fantasma del comunitarismo y bien, para descifrar el sentido de la revuelta de las banlieues, la comparacin ms oportuna es la de las revueltas de los guetos negros estadounideses. Con una diferencia, expresada por Fulvio Colombo en un lcido editorial: en ocasin de los incendios de Watts (1964), de Washington (1968) incluso de Los Angeles (1992), a ningn poltico o periodista se le ocurri insultar a los revoltosos.

Quien se ha mofado de Prodi por sus palabras previsoras debera ponerse a reflexionar. Un modelo de welfare state como el francs, ms slido y universal que el de otros pases europeos (para no hablar de Italia), se quiebra bajo los golpes de la globalizacin neoliberal pero tambin pos los automatismos ciegos de la discriminacin y el racismo colonial, en modo tal de producir guetos y revueltas urbanas. All donde las polticas de proteccin social son ms dbiles o inexistentes, donde los pozos de marginacin y de exclusin de inmigrantes y autctonos son propios de periferia del Tercer Mundo, donde el desprecio y el insulto pblico contra los extraos al modelo whasp a la italiana son prctica institucional porqu deberan sentirse preservados del riesgo de revueltas urbanas?

Bastante ms previsor, el Consejo de Europa, en un extenso informe del 2004 sobre la violencia en las sociedades democrticas, pona en guardia sobre el riesgo de desintegracin social: un nmero creciente de personas, escriba, est entrampado en una especie de tierra de nadie social, que est en riesgo de convertise en gueto. La exclusin, agregaba, no es el resultado de incapacidades individuales o de inadaptacin social, sino un proceso de alejamiento de una parte de la poblacin de la esfera productiva. Que al menos se comience a escucharlos, reconocimiento y respeto.

Annamara Rivera: Antroploga y docente de la Universidad de Bari, Italia. Ha publicado en octubre de este ao el libro La guerra dei simboli Veli post coloniale e retoriche sullalterita (Dedalo.Bari.2005) donde analiza el debate pblico sobre el uso del velo en Francia en el contexto de creciente racismo y exclusin.



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