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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-09-2017

Una lectura marxista
El referndum del 1 de octubre y las responsabilidades de la izquierda

Ferran Gallego
Rebelin

Conclusiones del encuentro federalismo, izquierda y catalua. CAUM, 16/09/2017 (*)


Es imposible negar la importancia de la crisis poltica que vive Catalunya en estos momentos. Se trata de un ciclo de descomposicin orgnica y de una deslegitimacin del orden constituido, acompaadas de una inmensa movilizacin la ms importante producida desde el inicio de la transicin poltica- cuyo contenido popular sera errneo despreciar. Pero no menos equivocado, y mucho ms insensato, sera renunciar al anlisis del proceso poltico, de la hegemona cultural que lo sostiene, de la posicin subalterna de la izquierda en su desarrollo, del riesgo cierto de una divisin vertical de la sociedad catalana, del peligro grave de una quiebra del proyecto de la Repblica Federal en Espaa, as como de un triunfo de lo que Gramsci llam revolucin pasiva, y que hoy consiste en la recuperacin de la legitimidad institucional, el liderazgo poltico y el poder social por parte de una derecha catalana cuya complicidad en la gestin reaccionaria de la depresin econmica vigente desde el 2008 no ha sido interpelada durante estos siete aos de movilizacin.

1. AUSENCIA DE UN ANLISIS DE CLASE. Uno de los factores ms relevantes de esta crisis, y que ha permitido que las cosas discurran por los cauces polticos e ideolgicos en los que se ha desarrollado, ha sido y es la ausencia de un anlisis de clase. No ha existido la perspectiva que haba de haber ofrecido una organizacin capaz de actuar como intelectual colectivo para examinar la naturaleza y el alcance de la crisis, dotada de los mecanismos organizativos para difundir tal anlisis en reas de sociabilidad concretas, en los espacios tradicionales de la lucha social en los que la experiencia de los trabajadores y las trabajadoras alimentan un proyecto poltico autnomo. Las valoraciones que se han ido realizando adolecen de una carencia absoluta de los habituales instrumentos y perspectivas con los que reconocamos una realidad y ramos capaces de convertirla en saber social y en propuesta estratgica. No se ha dispuesto de los recursos indispensables sobre los que se fundamenta la posibilidad misma de una hegemona cultural y de un liderazgo poltico. Ni siquiera hemos contado con los factores que permiten establecer una lnea de resistencia frente a lo que ha ido tomando la forma de un desfigurado sentido comn en Catalunya.

Difcilmente podra exagerarse esta carencia. Porque las condiciones actuales de la crisis catalana, que es en buena medida una crisis del Estado y de la izquierda espaoles, es resultado directo de dos factores. Por un lado, los efectos devastadores de la depresin econmica sobre las clases trabajadores y las clases populares. Por otro, la movilizacin social contra tales circunstancias, que se ha desarrollado sin que existiera un proceso de politizacin de la protesta que se mantuviera en los mrgenes culturales de las tradiciones emancipadoras de Catalunya; que ofreciera un reforzamiento de la conciencia de clase y que sostuviera la autonoma de los anlisis y propuestas realizados por los trabajadores; que ayudara a comprender la crisis econmica asignando la responsabilidad que en ella han tenido precisamente quienes lideran ahora el proceso independentista. Tal vaco - producto de torpezas y errores, pero tambin resultado de derrotas histricas de las organizaciones de la izquierda obrera- bloque las posibilidades de una movilizacin de fuerzas alternativas en Catalunya: el resultado de las elecciones plebiscitarias de septiembre de 2015 mostr la situacin residual en que se encontraron quienes improvisaron una plataforma comn de distintas reas de la izquierda para constituir Catalunya S que es Pot.

Esta ausencia de un anlisis marxista de las condiciones de la crisis no ha supuesto un dao exclusivamente para una organizacin poltica determinada. Ha provocado que una parte muy importante de la sociedad catalana quede en silencio, y que los principios sobre los que se construy una visin integradora, progresista, democrtica y socialista de Catalunya en la lucha contra el franquismo hayan sido ignorados e incluso olvidados. Un patrimonio de experiencias, anlisis, conocimiento y conciencia de clase han permanecido al margen de esta crisis, por la debilidad de quienes los consideramos vigentes y operativos; por la abrumadora superioridad en capacidad de comunicacin de quienes siempre los han despreciado; por la devastadora congruencia entre el carcter de esta crisis y las respuestas que puede ofrecerle, como en tantas partes de Europa, el populismo nacionalista.

2. REPRESIN Y BIPOLARIDAD. La desmedida represin ejercida por el gobierno de Rajoy, que ha seguido a la imposibilidad de abrir va alguna de dilogo institucional, ha agravado las cosas. Conocemos perfectamente cules son los dficits de cultura democrtica que arrastra la derecha espaola. No tienen que darnos lecciones sobre ello fuerzas nacionalistas que han pactado tan frecuentemente con ella, permitiendo que los trabajadores de toda Espaa tambin de Catalunya- fueran explotados en condiciones cada vez ms ultrajantes por quienes han gestionado las diversas fases de este gran ciclo de crisis econmica y devastacin social. Nuestra defensa de la libertad no depende de quines sean los afectados por la represin, sino de nuestra idea de la democracia. Pero creemos, tambin, que este ejercicio cnico y coherente del poder institucional debe ser condenado en sus justos lmites: es decir, manteniendo el proceso independentista en los mrgenes de su propia naturaleza poltica, sin convertir la movilizacin nacionalista en el espacio exclusivo de quienes luchan por la democracia en Catalunya. La identificacin entre democracia y referndum es algo ms que un abuso: es una operacin de propaganda que va tambin en contra de la libertad de expresin, ya que condena a quienes tenemos trayectoria de izquierdas y argumentos de impecable factura democrtica para considerar que este referndum no debera celebrarse.

Lo hacemos, desde luego, en las peores condiciones para expresarnos. No nos referimos solo al poder meditico del que disponen quienes estn a favor y de quienes lo han proyectado. No referimos, adems, a la dificultad para matizar, a los obstculos para evitar identificaciones injuriosas, a la prctica imposibilidad de invitar a una reflexin sobre un problema de indudable complejidad. Las dinmicas plebiscitarias no estn pensadas para permitir que se elija. Han sido diseadas para establecer una eleccin bipolar, que destruye todos aquellos aspectos sustanciales que dividen a personas y colectivos en una democracia. Es cierto que otros procesos constituyentes han ido acompaados del indispensable acto de refrendo que muestra el ejercicio final de la soberana popular. Pero este es el primer caso en el que un referndum que quiere fundamentar la constitucin de un nuevo Estado se realiza dejando fuera de ese ejercicio de soberana a la mitad de la nacin a la que se reconoce como sujeto, no solo al resto de los espaoles, en cuyas manos debera estar tambin el derecho a decidir sobre la modificacin radical de una comunidad poltica que fue creada y gobernada con el apoyo explcito de los mismos que ahora deciden, de forma unilateral, la posibilidad de romper el orden institucional del que fueron necesarios gestores.

3. HEGEMONA DE CLASE O COMUNITARISMO NACIONALISTA. El proceso de bipolarizacin resulta especialmente amargo porque poda haberse evitado. Y evitar ese trance ha sido norma de conducta de la mejor tradicin de la izquierda catalana y espaola. Es, contra lo que piensan algunos, lo mejor que aport la izquierda y, en especial, el Partido Comunista de Espaa y el PSUC a la transicin espaola. La izquierda nunca puede apoyar una divisin vertical por motivos ideolgicos de una sociedad. Ya que esa divisin implica tambin a los trabajadores y bloquea las posibilidades de ir construyendo espacios ms amplios favorables a las polticas progresistas. Crea compartimentos estancos que aslan a las capas populares atendiendo a rasgos de identidad particulares. Y pone tales rasgos por delante de la experiencia de explotacin social y aspiraciones de derechos en los que puede ir construyndose una gran mayora democrtica. Las clases sociales no se definen por una predeterminacin sociolgica. Se constituyen sobre experiencias polticas, se califican dotndose de una espesura cultural que es inseparable de la existencia colectiva de las personas. No son una situacin, sino una conciencia. No son una realidad pasiva, sino una voluntad de ser. Disputar la hegemona a la burguesa no puede hacerse nunca con rutinarios anlisis de correlaciones de fuerzas a corto plazo, sino disponiendo de un vigoroso proyecto que permita a los comunistas adquirir una representacin nacional y de clase al mismo tiempo. Esta perspectiva aparece con toda su urgencia en momentos de tan grave crisis como la que vivimos, cuando nuestro retroceso abrumador de los ltimos aos ha ido acompaado de la negacin misma de estos dos aspectos complementarios de nuestra tradicin, perfilados con especial precisin en la lucha contra el fascismo. Tal ausencia ha permitido que las aspiraciones de cohesin e integracin nacionales sean sustituidas por el comunitarismo nacionalista. Y que la permanente identificacin de las dinmicas de clase haya sido cancelada en favor de la sumisin a la homogeneizacin aparente del populismo. En un ciclo que se ha caracterizado por la destruccin de espacios reconocibles de sociabilidad, por la prdida de seguridad, por el empobrecimiento y por la conciencia de la ilusoria soberana de los pueblos frente a las directrices del capitalismo globalizado, es lgico que haya aparecido una bsqueda de consuelo en un sentimiento de pertenencia a una comunidad, un deseo de integracin en un mbito nacional que se percibe como proteccin ltima contra las penosas circunstancias de la depresin. En s misma, la movilizacin por la soberana popular ha sido y es una sana respuesta a la forma en que hoy se define la explotacin. Nuestra debilidad se ha hecho patente cuando no hemos podido o no hemos sabido traducir a una poltica nacional y de clase, basada en las tradiciones democrticas y en la viva memoria antifascista de nuestro pueblo, las aspiraciones que han brotado directamente de una etapa de abrumador sufrimiento social. Ponernos a la cabeza de esta movilizacin era indispensable, pero no hemos tenido fuerzas para hacerlo, y no hemos sabido articularlo de forma adecuada en un marco espaol en el que las cosas se han desarrollado con la desigualdad de ritmos que siempre han caracterizado a nuestra historia.

4. ESPAA PLURINACIONAL. Esa asimetra de procesos polticos fue respondida por el PCE y el PSUC hace muchos aos con una doble e inseparable afirmacin: el carcter multinacional de Espaa y la aspiracin a la Repblica federal como marco ms propicio al cumplimiento de la autodeterminacin de todos los pueblos de Espaa. Conviene recordarlo y habr que precisarlo ahora, porque uno de los factores que sealan el desguace ideolgico y poltico de nuestro espacio tiene que ver con la incapacidad manifiesta para proponer un anlisis y un proyecto a las condiciones de esta crisis. Incapacidad que ha sido acompaada de una escandalosa dejacin de nuestras propias propuestas, dejndonos seducir por la peor versin del populismo. No es esta, en efecto, la que afirma la necesaria construccin de un sujeto poltico sobre la base de las experiencias concretas de una mayora social; sino la que exige una desactivacin de nuestra cultura poltica, a la espera de que sea una movilizacin social la que se defina a s misma en su carcter y en sus objetivos. Esa no es una actitud democrtica: es una posicin demaggica, que da por supuesto que la construccin cultural de una clase y la constitucin de un nuevo sujeto poltico es el resultado de una enigmtica toma de conciencia realizada al vaco. La afirmacin del carcter multinacional de Espaa no se ha referido nunca, en nuestra tradicin, a la mera aceptacin de variables locales en una tarea comn. Nosotros nunca hemos despreciado de esa forma la referencia nacional, el marco concreto e histrico sobre el que cobra cuerpo una realidad diversa. La Espaa plurinacional no es una propuesta, sino una realidad, cuya negacin acaba conduciendo a lo contrario: a la uniformidad centralista, por un lado; pero a la deriva nacionalista, por su flanco complementario. Ante esa realidad, propusimos hace muchos aos la Repblica federal. La Espaa plurinacional no es el primer paso para que se propicie un proceso de disolucin, sino la sustancia misma de lo que es la Espaa en la que vivimos y en la que deseamos seguir viviendo. La Espaa multinacional es el marco concreto en el que debe realizarse la libre determinacin de todos los espaoles. Y esta no se realiza en el plazo breve de una voluntad episdica, sino en el largo aliento de los procesos de integracin que hemos experimentado construyendo juntos experiencias democrticas, resistencia frente al fascismo, fraternidad sindical y cultura republicana. Hemos echado en falta esta defensa enrgica de los dos polos de nuestra propuesta nacional cuando ms falta nos haca: en los momentos en que ha sido impugnada, al mismo tiempo, por dos derechas nacionalistas, provistas de una fuerte base social movilizada, y de una consistente ocupacin de espacios de gobierno. La Repblica federal, lamentablemente, ha sido la opcin menos divulgada en el debate que han hegemonizado tales sectores en Catalunya y en Espaa entera.

5.CRISIS ORGNICA Y PROCESO CATALN. El anlisis de las races de este proceso en el largo plazo desborda lo que puede apuntarse en estas breves anotaciones. Pero pueden hacerse consideraciones que se refieren al anlisis de lo que resulta ahora ms importante desde el punto de vista poltico, que es el corto plazo y las perspectivas del inmediato futuro. Porque no estamos ante un grave riesgo para el orden constitucional solamente, como gusta de proclamar con hipocresa la derecha espaola se encuentre donde se encuentre. Estamos ante la posibilidad de cancelar, durante muchos aos, las posibilidades de su reforma en la va que proponemos nosotros y en la formacin de una mayora social, electoral, institucional y poltica alternativa al bloque del PP y de Ciudadanos. En las condiciones de una crisis orgnica, la mirada del largo plazo es tambin reveladora, porque las entraas del sistema se exponen a la luz, aunque lo hacen de un modo que siempre exige su interpretacin y que siempre amenazan con ser falsificadas.

Una crisis orgnica siempre va acompaada de un proceso de recomposicin social, de un reciclaje de las formas de dominacin que, como se indicaba al principio, Gramsci denomin revolucin pasiva. Este proceso de recomposicin se est realizando a escala de toda Espaa. El Partido Popular ha planteado desde hace tiempo, y la ha acelerado desde el inicio de la gran depresin, una revisin del orden poltico espaol. En ese orden, y en lo ms ntimo de los compromisos constitucionales del pacto de 1978, se encontraba la preservacin de los derechos sociales de los espaoles, que definen en ltima instancia la calidad de nuestra condicin de ciudadanos y la naturaleza de nuestro sistema poltico. La crisis ha sido manifestacin y oportunidad de una ofensiva a todos los niveles contra aquellos compromisos. Ha sido fruto de nuestra debilidad y del devastador ciclo histrico abierto en la ltima dcada del siglo XX que no hayamos sido capaces de presentar batalla a esta mutacin que obedece a una correlacin de fuerzas, y determina una correlacin de fuerzas en el futuro. La prdida de nuestra soberana colectiva es una de las ms expresivas consecuencias de esta ofensiva y uno de los factores ms necesarios para la aplicacin de polticas de expropiacin de derechos sociales en Espaa. La percepcin de esta prdida de soberana de todos los espaoles y su utilizacin para el recorte de derechos sociales y la quiebra del compromiso constituyente ha dado pie a una quiebra del sistema de representacin poltica general. Ha generado movilizaciones que han puesto de relieve la necesidad de definir de nuevo el concepto de soberana. Y, naturalmente, ha actuado a un ritmo distinto y con hegemona distinta en la Catalunya movilizada frente a la crisis. El nacionalismo cataln ha sido capaz de ganar la hegemona, y de articularla con singular pericia en este proceso de crisis orgnica, por la especial congruencia entre la conciencia de fractura de soberana, la prdida de derechos y la reivindicacin del autogobierno, que el nacionalismo ha sabido deslizar hacia una muy concreta plasmacin del derecho a la autodeterminacin. Ha aprovechado la movilizacin para orientarse, como lo ha hecho la derecha espaolista, hacia la ruptura del compromiso constitucional. Una ofensiva no se entiende sin la otra. Y, sobre todo, no se comprende sin saber que lo que ha conseguido normalizarse en Catalunya no es la equivalencia entre democracia y repblica, sino la identificacin de democracia y nacionalismo. Nacionalismo frente a republicanismo, secesin y Estado propio que, de ningn modo, implica independencia y soberana nacional- frente a la propuesta de Repblica Federal.

Precisamente porque interviene de forma muy precisa en el plazo corto, incluso en las contorsiones tcticas del nacionalismo, conviene tener en cuenta esta dimensin complementaria de la estrategia de recomposicin de la dominacin del Estado de la derecha espaola y de la derecha catalana. Una estrategia que no debe engaar por la adherencia de opciones socialdemcratas e incluso antisistmicas que contienen en sus flancos. El ala ms conservadora, clientelar, neoliberal, monrquica, antifederalista y autoritaria del PSOE desempea, en la estrategia del PP y Cs, algo muy parecido a la labor legitimadora que sectores de la socialdemocracia catalana, de la CUP y, ahora, para nuestro desconsuelo, de Catalunya en Com- desempean en la estrategia nacionalista. En todos los casos, hay la mezcla de fusin orgnica y de posicin satelizada que aparece en cualquier construccin de una hegemona. Lo importante es que no se trata de una alianza tctica, sino de esa subordinacin que elimina la autonoma futura de los sectores que la aceptan, haciendo que la recomposicin del poder poltico se fundamente en una irrevocable destruccin de cualquier alternativa real al orden que salga de la crisis en la que vivimos.

El ritmo concreto de esta ofensiva nacionalista en Catalunya est determinado por objetivos que nada pueden tener con los de la aspiracin de la izquierda a que las clases populares restablezcan y redefinan su soberana. Por ello, lo ms deleznable del proceso ha sido la coincidencia del llamado choque de trenes, que es, en realidad, el punto en el que se produce el encuentro antagnico de ambas ofensivas neoconservadoras. El nacionalismo cataln ha querido que las cosas discurran por un terreno de visible contrariedad, de falta de acuerdo entre espaoles, de situacin lmite, de impresin de ultraje y de sentimiento de revuelta. Era el escenario que le convena, del mismo modo que conviene a la recomposicin del poder poltico y del diseo ideolgico de la derecha espaolista. En los dos casos, se habla de ponerse al servicio de la soberana popular. En los dos casos, la quiebra de la convivencia de afirma como excusa para reforzar el poder en proceso de recomposicin. En los dos casos, se burla el sentido preciso del concepto y la prctica de la soberana popular.

Si las cosas se han tramitado polticamente procesalmente─ como se ha hecho en Catalunya, no es porque no ha habido otro remedio ni por la ceguera e intransigencia del poder central. Una ceguera y una intransigencia que se acompaa, tambin, de exquisita lucidez para sacar la mejor tajada de este enfrentamiento. Las cosas se han hecho as deliberadamente. No se ha buscado reunir a una mayora social y poltica de los catalanes en la lucha por recuperar la soberana que todos los espaoles hemos perdido desde el tramo final del siglo XX. No se ha hecho una propuesta de consenso, que permitiera reunir en torno al autogobierno a una gran mayora. Se ha buscado la propuesta ms radical, la que se saba que no poda agrupar a todos los sectores populares, la que rompa de forma irreparable la cohesin nacional de Catalunya, tan severamente defendida por la izquierda contra los embates del nacionalismo desde 1980. Se ha construido un proyecto que de forma inevitable, supona la escisin de los catalanes, separndolos ideolgicamente en torno al eje de discriminacin del nacionalismo y en torno al objetivo mximo de una independencia inmediata. En cualquier otro escenario, una conducta de este tipo sera calificada de insensata con respecto a los propios intereses de quien la ejerce. Pero no es as. Se trata de una muy bien meditada asignacin de recursos de movilizacin y negociacin. Se trata de un ejemplar proceso de construccin de una hegemona. Se trata de una aleccionadora plasmacin del concepto de revolucin pasiva. La renuncia a una va ms lenta, de objetivos ms modestos, que mantuviera siempre como elemento esencial la unidad nacional de Catalunya y evitara la dislocacin de las clases populares y la renuncia al proyecto federal para Espaa, no ha sido el producto del azar o de la mera resistencia de la derecha nacionalista espaola. Ha sido un mtodo buscado por el nacionalismo cataln. Plantear un objetivo de parte como si fuera el de toda Catalunya, hacer de la secesin una propuesta inmediata, ha sido la forma de evitar que la movilizacin de los catalanes se realizara al margen del liderazgo de la actual coalicin de gobierno de la Generalitat. Las escenas del debate parlamentario de los das 6 y 7 de septiembre solo pudieron sorprender a los ingenuos: para Junts pel S y ERC, y en buena medida para la CUP y un sector minoritario de los Comunes, las condiciones eran las deseables. Lo que se buscaba era el abandono del Parlamento por quienes no son secesionistas. Lo que se buscaba era su neutralizacin institucional, como forma ms visible de su indefensin poltica. Lo que se buscaba era que la oposicin a la ofensiva nacionalista procediera de instancias estatales y se ejerciera con el discurso nacionalista espaol. De este modo, se construa un bloque histrico sellado por el compromiso de la secesin. Tal bloque histrico precisa de estas condiciones de excepcionalidad, necesita un discurso trgico, se alimenta de una reivindicacin radical, esencialista, tensionada, con manifestaciones pblicas de resistencia a un poder ajeno. Un compromiso por el autogobierno habra descartado esta escenificacin. Pero el nacionalismo siempre ha sido contrario a la idea de cohesin y vertebracin nacional que fue la base de la propuesta de reconstruccin nacional de Catalunya formulada por el PSUC. Ha preferido un marco de ruptura, de divisin de la nacin catalana en nombre de su presunta soberana, pero destruyendo la base real de toda soberana, que es la unidad de la inmensa mayora de los ciudadanos en torno a un mismo proceso constituyente.

Este proceso de divisin no puede ser visto como un primer plazo para la liberacin del pueblo de Catalunya ni para obtener en el futuro la libre federacin de los pueblos de Espaa. No es un primer paso: es un paso en la direccin contraria. Lo que se votar el da 1 de octubre no es la independencia ni la Repblica. Lo que se votar es la adhesin a la recomposicin del espacio nacionalista que ha dominado la poltica catalana desde la Transicin. Lo que se votar, aunque sea votando que NO, es la aceptacin de un liderazgo y la resignacin a una hegemona. Tiene razn Ada Colau: el da 1 no va de independencia. Pero el da 1 no separa a demcratas y autoritarios en funcin de la participacin o la abstencin. Lo que hace es certificar el cautiverio ideolgico de las clases populares catalanas, su radical divisin por motivos ideolgicos, la marginacin de amplios sectores de los trabajadores del rea metropolitana barcelonesa. Lo que hace es afirmar que la recomposicin de la hegemona del nacionalismo cataln se hace mediante un singular y complejo proceso que mezcla la continuidad y la ruptura lo que sucede en toda Transicin, por mucho que quienes denuncian lo sucedido en 1978 se entusiasmen con lo que va a suceder en 2017─. Y lo hace, adems, con una considerable impunidad frente a la interpelacin y la lucha social de estos ltimos aos. Lo hace con admirable impermeabilidad frente a la crtica a la explotacin a la que han sido sometidos los trabajadores de este pas por parte de su propia burguesa, entusiasta gestora de recortes y precariedad, alumna aventajada de las polticas ms reaccionarias del austericidio.

6. IZQUIERDA IMPOTENTE. IZQUIERDA RENDIDA. Es preciso denunciar este ltimo aspecto con especial virulencia. Lo que se ha producido no es una insurreccin popular frente al Estado. La Generalitat es Estado. Y lo es completamente, voluntariamente, con relevante complicidad en la formacin del actual Estado espaol, y con obsceno apoyo a todas las medidas de expropiacin de derechos que se ha producido desde el inicio de la depresin. De no haber dispuesto de los recursos del Estado, la coalicin nacionalista nunca habra conseguido canalizar la protesta social por una ruta identitaria como esta. Nunca habra logrado llevarnos a la encrucijada imposible en la que nos hallamos. El beneficio institucional de cuyas rentas ha vivido este Govern desde 2010 ha sido condicin necesaria para obtener un escenario de hegemona. No ha sido suficiente, desde luego. Porque ha sido precisa una movilizacin causada por el sufrimiento y la indignacin que el nacionalismo asociativo ha sido lo bastante hbil como para hacerlo coincidir con una hoja de ruta gubernamental. Y ha sido precisa la ausencia, falta de coraje, irresponsabilidad e inclinacin a la cursilera de una parte importante de la izquierda catalana, que se encuentra en uno de sus peores momentos de inmadurez, incapacidad de anlisis e invalidez ideolgica, groseramente consolados por la sorprendente euforia con que algunos sectores expresan su dependencia de la hegemona nacionalista y de la recomposicin poltica de la derecha. Hay que indicarlo con la crudeza que el proceso se merece: una parte de la izquierda catalana se ha dejado impresionar por el nacionalismo y ha perdido toda esperanza en la propuesta republicana federal. Esa misma izquierda trata de encontrar un lugar al sol en una ingenua apuesta por participar en el referndum, creyendo que un da u otro podr revertirse desde dentro una hegemona conservadora. Como si en la revuelta de un sector del pueblo cataln estuviera alentando un inexorable desbordamiento. Como si a febrero fuera a suceder octubre. Quienes se suman a esta hegemona nacionalista por su carcter de ruptura con el rgimen del 78 parecen haber aprendido muy poco de los procesos de recomposicin del poder poltico que se han dado en el siglo XX. De hecho, parecen haber aprendido muy poco incluso de ese denostado proceso de Transicin en cuyas frustraciones basan buena parte de su identidad poltica. No advierten que son los mismos sectores dominantes y sus clientelas las que estn definiendo el ritmo y el carcter de este proceso? No se dan cuenta de que la consolidacin de esta hegemona se produce precisamente en el referndum, que es el punto crucial de no retorno? No ven que la rudeza y sectarismo del proceso ha sido buscada, no para integrar a una mayora, sino para depurar una recomposicin del poder, destinado a ser usado y abusado por el nacionalismo? No perciben que la derrota de la izquierda ante Pujol en 1980 pasa a ser rematada en 2017, al haber alcanzado el objetivo de la divisin de los trabajadores catalanes y al haber establecido un nuevo criterio, sectario y excluyente, de definicin de la ciudadana, que atenta contra todo el esfuerzo cultural realizado por el PSUC?

7. EL 1-O. Este referndum no es democrtico. No lo es, ms all de sus factores de procedimiento. No lo es porque es el producto de ese ritmo y naturaleza de la ofensiva nacionalista, que rompe con el frente democrtico por el autogobierno, que destroza la unin de la izquierda en Catalunya y la unin de la izquierda catalana con la del conjunto de Espaa. No lo es, adems, por algo que tiene ver con la construccin cultural de la clase trabajadora espaola y catalana. En las movilizaciones de estos meses, se ha postergado todo recuerdo, tradicin, experiencia histrica y proceso de identificacin que tenga que ver con la memoria de la formacin de la clase obrera catalana: el federalismo republicano, el sindicalismo libertario y socialista, el Frente Popular, la guerra civil antifascista, la lucha contra el franquismo, la Assemblea de Catalunya, el proyecto de reconstruccin nacional. Esta ausencia deliberada obedece a la incomodidad de estas tradiciones para el pensamiento mtico que todo movimiento necesita y que precisa, en particular, una movilizacin nacionalista. No hay recuerdo de lucha por la democracia que no incluya la lucha de los republicanos espaoles. Y en un discurso que busca agrupar al pueblo cataln frente al Estado espaol, hay que recurrir a imgenes de un pasado menos incmodo. Entre otras cosas, porque el autogobierno ejercido por el nacionalismo cataln no ha dejado de ser nunca parte del Estado espaol. Pero, adems, porque el nacionalismo necesita ahora el invernadero de sus propias races: las de una comunidad agredida desde fuera, una nacin ocupada por una potencia exterior, sometida, humillada, a la que se ha extirpado su cultura y se ha impuesto la espaola. Una nacin compacta que se enfrenta a lo que ni siquiera es una nacin, aunque tampoco un imperio; que se enfrenta a un Estado esencialmente corrupto, necesariamente antidemocrtico y claramente extranjero. Las banderas republicanas han sido expulsadas de esos escenarios por primera vez desde 1931: he ah el avance de la izquierda en esta circunstancia. La esperanza de una Repblica federal ha pasado a considerarse utpica por unos e indeseable por otros. Quienes se resignan a que la revolucin social es imposible parecen consolarse con una revolucin nacionalista. Quienes detestan a Rajoy y a la monarqua, se endulzan la jornada con un exilio en forma de Estado propio. Los nicos que de verdad hacen su juego son quienes siempre han despreciado la propuesta republicana federal. Por posiciones reaccionarias, como CiU, o por un secesionismo esencial, como ERC.

El escenario del da 1 manifiesta con toda claridad lo que es el futuro prximo. No nos engaemos ahora. En efecto, el da 1 no va de independencia. El da 2 no tendremos una Repblica catalana. Pero s una clase dirigente que supera su crisis orgnica o, por lo menos, habr de dirimir sus contradicciones en un espacio resguardado. El proceso ha destruido a todos los partidos de izquierda federal en Catalunya: primero el PSC, luego ICV, despus EUiA y, ahora, Catalunya en Com, tras la falta de sintona alarmante entre la posicin en el debate parlamentario y la convocatoria a votar del equipo de Ada Colau. El derecho a la autodeterminacin se habr ejercido de una forma bien curiosa: asumindose como pantalla que impide realizar un anlisis del sistema poltico existente en Catalunya y vinculado a la poltica austericida del bloque dominante en la UE. Al afirmarse como punto de partida y de llegada al mismo tiempo, ese derecho prescinde de lo que, en teora, habra de definirlo histrica y polticamente: como ejercicio de la crtica de la soberana popular. Puede afirmarse que de eso se tratar, cuando la primera condicin es mantener una alianza de silencio en lo sustancial, de coincidencia en el acto de ir a votar que, a sabiendas de la victoria del SI, consolida la legitimidad del poder de la Generalitat, puesto a salvo de cualquier denuncia, movilizacin e incluso interpelacin sobre las condiciones concretas de su gestin? Pero es que, adems, los dirigentes nacionalistas saben que esa Repblica no va a proclamarse con efectividad. Lo que han querido es dar un golpe de fuerza y darlo a solas, sin representar a una gran mayora del pueblo cataln en la lucha por el autogobierno, sino representando solo a los nacionalistas en el combate por la independencia. La participacin ser utilizada para negociar de igual a igual por ilusorio que pueda esto parecer─, ostentando, a partir de ahora, la representacin popular destilada, precisamente, de la divisin irrevocable del pueblo. Poco preocupa esa circunstancia. El nacionalismo cataln est acostumbrado a hacerlo as. Ahora aumenta su apuesta. Y lo hace con la satisfaccin de haber sabido desviar una grave crisis de legitimidad, que poda haber instaurado una mayora de izquierdas y un nuevo ciclo de lucha por el federalismo republicano en toda Espaa. El independentismo cataln no ha venido para irse. Ha venido para quedarse, como ha hecho siempre. Ha venido, en realidad, para frustrar las verdaderas posibilidades de una redefinicin del Estado y de instauracin de la soberana popular. Ha hecho lo que tena que hacer desde el punto de vista de sus intereses de clase. Otros no podrn hacer lo mismo, por mucho que se empeen en su estrafalaria capacidad de disimulo. Ni siquiera la historia los absolver.

(*) Conclusiones redactadas, a partir de ponencias y debate, por Ferrn Gallego.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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