Portada :: Europa :: Arde Londres, arde Pars
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-11-2005

Hablemos, mejor de explotacin e injusticia

Carlos Taibo
Rebelin


En los ltimos das, y al igual que otros muchos, he procurado escarbar en las causas que vienen a explicar lo que ocurre en tantas localidades francesas. He hablado con colegas, he ledo un sinfn de artculos, he escuchado un buen puado de entrevistas, me he perdido en Internet y he repasado, en fin, lo que ya crea saber.

A decir verdad, no me he topado con pensamiento alguno particularmente original. Esto, que a primera vista es un estmulo para el desnimo, me ha parecido, sin embargo, llamativo: las tesis originales faltan porque, por una vez, lo que ocurre en Francia est razonablemente claro y no levanta dudas mayores. Si acaso queda pendiente de respuesta una pregunta de inters menor: la que se interroga por las razones que explicaran que lo que tenemos entre manos haya estallado ahora y no hace unos aos. Es verdad, s, que, de la mano del viejo Marcuse, podramos otorgarle a la pregunta un inters imprevisto. El filsofo alemn gustaba de afirmar que lo raro en nuestras sociedades no es que la locura atenace a unos pocos de nuestros conciudadanos: lo realmente extrao es que la mayora de stos consiga escapar de aqulla. Eso, y no otra cosa, es lo que merecera una explicacin.

El que ms y el que menos, incluidos los ms reacios a asumir estas explicaciones, acepta hoy que en nuestros emporios de prosperidad y civilizacin son muchos los problemas que quedan por resolver. Nos hallaramos, si as se quiere, ante un trasunto local de lo que algunos hemos apreciado en el magma general de la idolatrada globalizacin capitalista. Es muy llamativo que expertos que hace slo media docena de aos defendan sin pestaear el proyecto correspondiente pareciera como si empezasen a verle las orejas al lobo y hubiesen arribado paulatinamente a una conclusin inquietante: de perseverar una apuesta inmoderada en provecho de la gestacin de un paraso fiscal a escala planetaria, de tal manera que los capitales habrn de moverse sin ninguna cortapisa, arrinconado a los poderes polticos tradicionales y prescindiendo de cualquier consideracin de cariz humano, social y medioambiental, bien podemos adentrarnos en un escenario de caos generalizado que escape del control, y tambin de los intereses, de quienes pusieron en marcha las prcticas correspondientes.

Describamos los hechos as o recurramos a otros trminos parejos, habr que convenir que el discurso de la derecha conservadora --permtaseme la redundancia-- algo tiene de suicida y prepotente. La apuesta, inocultada, por la obtencin del mximo beneficio en el menor tiempo posible se ve con frecuencia acompaada de la firme aseveracin de que los problemas consiguientes se encaran de manera suficiente con disciplina y orden. Por lo que veo, hay quien, en este tronco, se contenta con aguardar presuntos premios electorales aun a costa de ignorar que lo ms fcil es que, con esos mimbres, las cosas vayan a peor.

Es verdad que entre los representantes de esa derecha no faltan quienes disfrutan de un feliz sentido del humor. Ah est, por ejemplo, el alcalde de Marsella, quien, preguntado por las razones que daban cuenta de por qu en su ciudad las algaradas nocturnas se antojaban menores, no dud en responder que haban conseguido controlar saludablemente la informacin sobre los incidentes, tanto ms cuanto que en Marsella se queman automviles todo el ao... Jean-Claude Gaudin agregaba, aun s, que en su ciudad disponan de un arma secreta para plantar cara a los desmanes: el Olympique de Marsella permita arrinconar, rpidamente, eventuales diferencias de criterio en provecho de un sano horizonte comn.

Pero vayamos a lo que, a mi entender, es lo principal de cuanto tenemos entre manos. Que lo que ocurre en Francia en estas horas mucho le debe a los avatares de los inmigrantes y de sus descendientes parece fuera de discusin. Nada sera ms equivocado, sin embargo, que olvidar que hay muchas gentes que padecen la misma miseria y que no son ni inmigrantes, ni hijos ni nietos de stos. En este terreno el diagnstico tiene que ser firme: si nos liberamos de los florilegios retricos al uso, lo que tantos anlisis vienen a decirnos es que slo los inmigrantes, en virtud de sus presuntas taras culturales y formacionales, y acaso de nuestros prejuicios, viviran en la marginacin y protagonizaran, de resultas, altercados. Se olvida que lo que se barrunta es, por encima de todo, la lacra de una explotacin cotidiana que no remite en exclusiva a la condicin de los inmigrantes, sino a la ms general, claro, de los explotados.

Nuestros gobernantes gustan de tolerar, magnnimos, las diferencias

--tnicas, religiosas y de otro cariz--, pero no muestran mayor preocupacin por las injusticias y la desigualdad. Tal vez porque la contestacin de los intereses que estn detrs de estas dos ltimas reclama de una energa, y de una asuncin de riesgos, a aos luz de las exigidas por el tratamiento de las diferencias tnicas o culturales. No nos engaemos: son la explotacin y la desigualdad las que dificultan la 'integracin', y no la existencia de estas diferencias.

Como quiera que el problema radica, pues, no en la inmigracin, sino en la condicin, profundamente injusta, de nuestras sociedades, la conclusin parece servida: hay pocos motivos para ser optimistas en lo que respecta a la resolucin razonable de los problemas de fondo que dan cuenta de la revuelta francesa de estos das.

 

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Poltica en la Universidad Autnoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter