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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-09-2017

Lo que aprend del pueblo mexicano

Ral Zibechi
La Jornada


Tuve la inmensa  fortuna de haber estado en Ciudad de Mxico el 19 de septiembre. A las 13.15 horas estbamos con el compaero y amigo Luis Hernndez Navarro cerca de la colonia Jurez. En los das siguientes estuve con compaeros y compaeras en Ciudad Jardn y en la calle Zapata, donde haban colapsado edificios mientras otros presentan severos daos, compartimos con los voluntarios y vecinos sus dolores y afanes para superar el difcil momento.

Lo vivido y convivido esos das en la capital mexicana, y luego en el estado de Chiapas, me inspiran cuatro reflexiones, breves e incompletas.

La primera es comprobar la solidaridad del pueblo mexicano. Maciza, extensa, consecuente, absolutamente desinteresada, sin el menor afn de protagonismo. No se trata de caridad sino de responsabilidad, como seal Gloria Muoz en una breve conversacin. Una actitud profundamente poltica, que dijo a las autoridades algo as como vyanse, nosotros nos hacemos cargo porque no les creemos.

En los puntos de derrumbe que pude visitar haba hasta tres mil voluntarios que compraron sus palas, cascos y guantes, que recorrieron decenas de kilmetros con sus motos, a pie o en bicicletas llevando mantas, agua, comida y todo lo que podan. Es probable que ms de 100 mil personas se hayan movilizado, slo en la capital. Cantidad y calidad, energa y entrega que ningn partido poltico puede igualar.

Interpreto esa maravillosa solidaridad como hambre de participacin para cambiar el pas, como un deseo profundo de involucrarse en la construccin de un mundo mejor; como una actitud poltica de no delegar en las instituciones ni en los representantes, sino de ayudar poniendo el cuerpo. En la cultura poltica en que se form mi generacin, esa actitud se denomina militante, y es lo que permite intuir que un pas tan golpeado como Mxico tiene an un futuro luminoso.

La segunda es el papel del Estado, desde las instituciones hasta las fuerzas armadas y la polica. Llegaron a los puntos crticos al da siguiente del sismo y lo hicieron como mquina de impedir, de bloquear la participacin de los voluntarios, de rechazarlos y enviarlos a otros sitios. Esta labor de dispersar la solidaridad la hicieron con esmero y con esa disciplina que caracteriza a los cuerpos armados, que no sirven para salvar vidas sino para proteger a los poderosos y sus bienes materiales.

Me llam profundamente la atencin que en los barrios pobres, como Ciudad Jardn, el despliegue de uniformados era mucho mayor que en los barrios de clase media, aunque el drama humano ante los edificios colapsados era similar. Dira que las clases peligrosas fueron rigurosamente vigiladas por los militares, porque sus patrones saben que all anida la revuelta.

La tercera es el papel del capital. Mientras los armados se dedicaban a dispersar al pueblo solidario, las empresas empezaban a lucrar. Dos mil edificios daados en la capital es un bocado apetecible para las constructoras y el capital financiero. Las grandes empresas hicieron grgaras de solidaridad. Fue tan grande la marea solidaria que el capital tuvo que hacer como que dejaba de lado su cultura individualista, para disfrazarse de una cultura que le es ajena y le repugna.

Vale registrar la divisin del trabajo entre el Estado y el capital. El primero dispersa al pueblo para que el segundo pueda hacer sus negocios. Jugando con las palabras, podemos decir que la solidaridad es el opio del capitalismo, ya que neutraliza la cultura del consumo y frena la acumulacin. Aquellos das de desesperacin y hermanamiento, muy pocos pensaban en comprarse el ltimo modelo y todo se focalizaba en sostener la vida.

La cuarta cuestin somos nosotros y nosotras. La actitud del pueblo mexicano, esa generosidad que an me hace temblar de emocin, se estrell contra los diques del sistema. Los de arriba expropiaron buena parte de las donaciones concentradas en los centros de acopio y desviaron la solidaridad: cuando se trataba de una relacin abajo-abajo, la invirtieron para convertirla en caridad de arriba-abajo.

Sabemos que el sistema se sostiene destruyendo las relaciones entre los abajos, porque dinamitan el esqueleto de la dominacin construido sobre los pilares del individualismo. Pero an nos falta mucho para que las relaciones entre los abajos se desplieguen con toda su potencia. Es cuestin de autonoma.

En los das posteriores al sismo tuve largas conversaciones con dos organizaciones de la ciudad: la Brigada Callejera y la Organizacin Popular Francisco Villa de la Izquierda Independiente. En ambos casos encontr una actitud similar, consistente en rehuir los centros de acopio para trabajar directamente con los afectados. Nos reservamos, dijo una dirigente de Los Panchos en la comunidad Acapatzingo, en Iztapalapa.

La solidaridad se dirige a quien la necesita, pero funciona por capas o crculos concntricos. Primero atiende a los miembros de la organizacin. Luego a los miembros de otras organizaciones amigas o aliadas, y tambin a las personas que no estn organizadas, pero en este caso es tambin directa, cara a cara, para evitar desviaciones.

El mundo nuevo ya existe. Es pequeo si lo comparamos con el mundo del capital y del Estado. Es relativametne frgil, pero est mostrando resistencia y resiliencia. Nuestra solidaridad debe recorrer los cauces de ese mundo otro, fluir mediante sus venas, porque si no lo hace se debilita. La tormenta es un momento especialmente delicado, como comprobamos desde el 19 de septiembre. El sistema est empeado en destruirnos y para eso est dispuesto, incluso, a fabricarse un camuflaje humanitario.

La increble solidaridad del pueblo mexicano se merece un destino mejor que engrosar los bolsillos y el poder de los poderosos. Pero eso depende de nosotros, porque de ellos ya no podemos esperar nada. Si es cierto que la solidaridad es la ternura de los pueblos, como escribi Gioconda Belli, debemos cuidarla para que no la ensucien los opresores.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/09/29/opinion/032a1pol



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