Portada :: Espaa :: Crisis poltica en Catalua
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-10-2017

Carta de amor a Catalunya

David Torres
Pblico.es


Supongo que esto ya no tiene remedio, que escribo demasiado tarde, pero nunca me perdonara haber callado en estos momentos. No voy a ocultarte que preferira que siguiramos juntos, que creo sinceramente que te ests equivocando, que compartimos muchas ms cosas de las que te imaginas, incluida la repulsa hacia ese espaolismo rancio, corrupto y de brazo derecho que nos ha gobernado durante tantos aos. Barrunto, por no decir otra cosa, que buena parte de los lderes que comandan ahora el independentismo, habiendo recogido la bandera del suelo con el mismo oportunismo que Charlot en Tiempos modernos (aunque no con la misma inocencia, desde luego), son sospechosamente similares a aquellos de los que pretendes independizarte ahora. No, esta carta no va en ese tono. Menos an en el tono amenazante con que muchos pretenden asustarte la soledad poltica, el aislamiento econmico, el corralito como si una relacin se pudiera mantener a base de amenazas.

Estoy seguro de que, ms all de la demagogia nacionalista, los agravios histricos reales y ficticios y el hartazgo institucional, hay una autntica voluntad de separacin, una gana de emprender el camino en solitario. Voy a suponer tambin que esa voluntad es mayoritaria en el pueblo cataln, cosa que, la verdad, dudo mucho. Pero ahora te hablo slo a ti, la Catalunya que quiere irse. Si el nacionalismo es un sentimiento, quiero hablarte tambin de sentimientos. Los mos. Quiero creer, y espero que no suene demasiado arrogante, que hablo en nombre de muchos cuando digo que Catalunya forma parte indisoluble no ya de Espaa, de lo mejor de ella, de su pasado, de su historia, de su cultura, sino tambin de mi propio pasado.

Dos de los msicos ms grandes del nacionalismo espaol, Albniz y Granados, eran catalanes. No es casualidad que, en buena medida, la obra de ambos est cuajada de referencias espaolas. El magno cuaderno pianstico de Albniz, un legado comparable al de Liszt o Debussy, se llama Iberia y ms de la mitad de las piezas tiene un toque andaluz. De las Doce danzas espaolas de Granados, el genio de Lrida, puede decirse otro tanto. El otro gran nombre del nacionalismo espaol, Falla, era gaditano pero dedic casi en exclusiva las ltimas dos dcadas de su vida a poner msica a uno de los poemas capitales de la lengua catalana, La Atlntida, de Jacinto Verdaguer.

Al fin y al cabo, el castellano y el cataln son idiomas hermanos, una constatacin de que son muchas ms cosas las que nos unen que las que nos separan. De la necesidad del dilogo habl mucho mejor que yo otro gran poeta cataln, Salvador Espriu, en su libro La pell de brau (1960):

De vegades s necessari i fors

que un home mori per un poble,

per mai no ha de morir tot un poble

per un home sol:

recorda sempre aix, Sepharad.

Fes que siguin segurs els ponts del dileg

i mira de compendre i estimar

les raons i les parles diverses dels teus fills.

Que la pluja caigui a poc a poc en els sembrats

i laire passi com una estesa m

suau i molt benigna damunt els amples camps.

Que Sepharad visqui eternament

en lordre i en la pau, en el treball,

en la difcil i merescuda

llibretat.

Que suena casi igual de hermoso en su traduccin al castellano:

A veces es necesario y forzoso

que un hombre muera por un pueblo,

pero jams ha de morir todo un pueblo

por un hombre solo:

recuerda siempre esto, Sepharad.

Haz que sean seguros los puentes del dilogo

y trata de comprender y de estimar

las diversas razones y hablas de tus hijos.

Que la lluvia caiga poco a poco en los sembrados

y el aire pase como una mano extendida,

suave y muy benigna sobre los anchos campos.

Que Sepharad viva eternamente

en el orden y en la paz, en el trabajo,

en la difcil y merecida

libertad.

Para m Catalunya no es el Barca, ni el Bulli, ni Pujol, ni Tarradellas, ni el fuet, sino ms bien ese poema de Espriu; ciertos relatos de Quim Monz, que escribe en cataln; ciertos relatos de mi amigo Diego Prado, que escribe en castellano; el modo en que Tete Montoliu acaricia la meloda de A Child Is Born; unos versos terribles de Joan Margarit a la muerte de su hija; los gatos enloquecidos de Josep M. Be en Historias de taberna galctica; los muchos amigos de la llibrera Altar; un poema de Joan Pons que acabo de descubrir esta semana; la rabia inconsolable del Pijoaparte a caballo de su vespa; el vertiginoso Cristo de Dal flotando sobre su cruz; el casi secreto restaurante familiar donde nos llevaron Juan Soto Ivars y su mujer, tras la pinacoteca de escamas del mercado de la Boquera; el monlogo jadeante de La plaza del diamante de Merc Rodoreda; la luz de Figueras una tarde irrepetible en que tropec all con Anthony Quinn; el escalofriante solo de guitarra de Max Sunyer en Cam de Rupit, de Pegasus; las carcajadas bilinges de mi camarada Romn Pia Valls; la madera con olor a vino de una taberna cerca de la Barceloneta cuya duea era forofa a muerte del Real Madrid; la ternura celestial con que Alicia de Larrocha inicia la modulacin en Corpus Christi en Sevilla, de Albniz; la sonrisa triste de Pepe Carvalho echando otro poemario al fuego; los hijos que no tengo y a los que una vez imagin jugando entre los dragones del parque Gell.

Mucho antes que Pepe Carvalho, ya haba gente quemando literatura en Espaa. En el libro ms alto que vieron los siglos, Don Quijote de la Mancha, cuando el cura, en su estilo inquisidor, va expurgando la biblioteca de Alonso Quijano en busca de las novelas de caballera en las que prendi su locura, salva una de las primeras, el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell: Dgoos verdad, seor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo: aqu comen los caballeros y duermen y mueren en su casa y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los dems libros de este gnero carecen. En Barcelona, la nica ciudad que visitan en sus aventuras don Quijote y Sancho, ven por primera vez el mar, un prrafo cuajado de movimiento, de luz, de vida y de alegra. En Barcelona el Caballero de la Triste Figura cae derrotado por la realidad pero an no da su brazo a torcer y proclama que Dulcinea del Toboso es la ms bella dama sobre la faz de la tierra. No, an no quiero creer que don Quijote se aferr a su ltimo sueo en el extranjero.

Fuente: http://blogs.publico.es/davidtorres/2017/10/06/carta-de-amor-a-catalunya/



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter