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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-10-2017

Donald Trump y la industria de la guerra: nada ha cambiado

Marcelo Colussi
Rebelin


El [presidente] habl sobre cmo durante su administracin los Estados Unidos sern testigos de la mayor acumulacin militar en la historia del pas. Quin se beneficia? El Pentgono, los contratistas de defensa y los trabajadores en algunos estados particulares.

Donald Abelson, Universidad de Ontario.

Durante su campaa presidencial Donald Trump tuvo la osada (bravuconada?, estupidez quiz?, mal clculo poltico?) de preguntarse si era conveniente continuar la guerra en Siria y la tirantez con Rusia. Probablemente cruz por su cabeza la idea de poner nfasis, en lo fundamental, en el impulso a una alicada economa domstica, que paulatinamente va haciendo descender el nivel de vida de los ciudadanos estadounidenses comunes. Sus afiebradas promesas de hacer retornar a suelo patrio la industria deslocalizada (trasladada a otros puntos del mundo con mano de obra ms barata), no parecen haber pasado de vano ofrecimiento. Unos pocos meses despus, a menos de un ao de su administracin, puede verse cmo la poltica exterior estadounidense sigue siendo marcada por el todopoderoso complejo militar-industrial, y las guerras se suceden interminables. Y el presidente es su principal y alegre defensor.

A unos pocos das de su asuncin como primer mandatario, el 27 de enero emiti el Memorando Presidencial para Reconstruir las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, una ms que clara determinacin de concederle poderes ilimitados a la omnipotente industria militar de su pas. En la Seccin 1 de dicho documento, titulada Poltica, puede constatarse que Para alcanzar la paz por medio de la fuerza, ser poltica de los Estados Unidos reconstruir las Fuerzas Armadas. El mensaje no deja lugar a dudas. Casi inmediatamente despus de la firma de ese memorando, comienzan los grandes negocios de la industria blica.

Empresas fabricantes de ingenios militares como Lockheed Martin (especializada en aviones de guerra como el F-16 y los helicpteros Black Hawk, la mayor contratista del Pentgono), Boeing (productora los bombarderos B-52 y los helicpteros Apache y Chinook), BAE Systems (vehculos aeroespaciales, buques de guerra, municiones, sistemas de guerra terrestre), Northrop Grumman (primer constructor de navos de combate), Raytheon (fabricantes de los misiles Tomahawk), General Dynamics (quien aporta tanques de combate y sistemas de vigilancia), Honeywell (industria espacial), Dyncorp (monumental empresa que presta servicios de logstica y mantenimiento de equipos militares) compaas todas que para el ao 2016 registraron ventas por casi un billn de dlares, teniendo incrementos desde el 2010 de un 60% en sus ganancias se sienten exultantes: la guerra infinita que iniciara algunos aos atrs con la batalla contra el terrorismo, no parece detenerse. La necesidad perpetua de renovar equipos y toda la parafernalia militar asociada promete ingentes ganancias. Todo indica que esa rama industrial sigue marcando el paso de la poltica imperial.

No hay dudas que la pujanza de la economa estadounidense no es hoy similar a lo que fuera en la inmediata post guerra de 1945 y esos primeros aos de triunfalismo desbordado (hasta la crisis del petrleo en la dcada de los 70), cuando era la superpotencia intocable. Ello no significa que est agotado el imperio estadounidense, pero s que comienza un lento declive. De ah que la omnmoda presencia militar en el mundo le puede asegurar el mantenimiento de su supremaca como poder hegemnico al aparecer nuevos actores que le hacen sombra (China, Rusia, Unin Europea, BRICS), al par que dinamizar muy profundamente su propia economa (3.5% de su producto bruto interno lo aporta el complejo militar-industrial, generando enormes cantidades de puestos de trabajo).

El 23 de febrero, un mes despus de haber tomado posesin de su cargo en la Casa Blanca, Donald Trump declaraba provocador fiel a su estilo que Estados Unidos estara reconstruyendo su arsenal atmico, dado que se haba quedado atrs en trminos comparativos con Rusia, y ser el mejor de todos para asegurar que se colocara a la cabeza del club nuclear.

Para darle operatividad a sus altisonantes declaraciones propuso un aumento de casi 17% del presupuesto de las fuerzas armadas. Ello podr hacerse sacrificando con drsticas reducciones presupuestos sociales, tales como educacin, medio ambiente, inversin en investigacin cientfica, cultura y cooperacin internacional.

El actual presupuesto para las fuerzas armadas es de 639,000 millones de dlares, lo que representa un 9% ms de lo destinado a gastos militares en el ltimo ejercicio fiscal del ex presidente Barack Obama. Esa monumental cifra est destinada, bsicamente, a la adquisicin de nuevas armas estratgicas, a renovar profundamente la marina de guerra y a la preparacin de tropas.

Paralelo a esta presencia de la industria blica en los planes estratgicos de la presidencia, es digno de mencionarse cmo determinados personeros militares han ido ocupando puestos determinantes en toda la administracin de Trump. Su jefe de despacho es John Kelly, general de los marines; el asesor de Seguridad Nacional es el general Herbert McMaster, veterano de las guerras de Irak y de Afganistn, muy respetado dentro de la jerarqua militar del Pentgono; el Secretario de Defensa es el general Jim Mattis, igualmente otro marine, conocido por su nada amigable apodo de Perro loco, polmico comandante de las tristemente clebres operaciones en Irak y Afganistn, entre las que est la masacre de Faluya, en Irak, en el ao 2004 (un virtual criminal de guerra).

Junto a esta presencia determinante de la casta militar, Donald Trump ha dado lugar al ingreso masivo de altos ejecutivos del complejo militar-industrial en puestos claves de su gobierno. As, por ejemplo, puede mencionarse a la actual Secretaria de Educacin, la multimillonaria Betsy Devos, hermana del ex militar y fundador de la empresa contratista de guerra Blackwater, Erik Prince. En otros trminos: los generales y los fabricantes de la muerte son quienes fijan la geoestrategia de la principal potencia mundial. La destruccin, patticamente, es buen negocio (para unos pocos!, claro est).

La militarizacin y la entrada triunfal de la industria blica es pieza clave de la poltica del actual presidente de Estados Unidos. Ello puede apreciarse, adems, en la estrategia de seguridad interna, por cuanto Trump rescindi un decreto ejecutivo de la presidencia de Barack Obama que prohiba el equipamiento militar a las policas locales. De este modo, el complejo militar-industrial podr producir y vender a los cuerpos policiales armas de alto calibre, vehculos artillados y lanzagranadas. El negocio, sin dudas, marcha viento en popa.

Si en algn momento se pudo haber pensado que la llegada de Trump con su idea de revitalizar la economa domstica detendra en alguna medida el papel de hiper agente militar y gendarme mundial de Estados Unidos lo que s impulsaba la candidata Hillary Clinton, la realidad mostr otra cosa. Dos fueron los hechos que, de una vez y terminantemente, evidenciaron quin manda realmente: el innecesario bombardeo a un base area en Siria el 7 de abril (operacin militar absolutamente propagandstica, sin ningn efecto prctico real en trminos de operativo blico), y unos das ms tarde el 13 de abril el lanzamiento de la madre de todas las bombas, la GBU-43/B, el ms potente de todos los explosivos no nucleares del arsenal estadounidense, en territorio de Afganistn (supuesto escondite del Estado islmico, igualmente operacin ms meditica que militar, sin ninguna consecuencia real en trminos de operativo castrense).

Es ms que evidente que en esta fase de capitalismo global e imperialismo desenfrenado, la estrategia hiper militarista garantiza a la clase dominante de Estados Unidos una vida que la economa productiva ya no le puede asegurar. Los nuevos enemigos se van inventando, ahora que la Guerra Fra y el fantasma del comunismo desaparecieron. Ah estn entonces, a la orden del da, la lucha contra el terrorismo, la lucha contra el narcotrfico, y seguramente en un futuro cercano la lucha contra el crimen organizado. Como dijera en el 2014 el por ese entonces Secretario de Defensa en la presidencia de Barack Obama, Len Panetta: La guerra contra el terrorismo durar no menos de 30 aos.

El guin ya est trazado. No importa quin sea el ocupante de la Casa Blanca: los planes deben cumplirse. Si en algn momento el errtico Donald Trump pudo haber hecho pensar que no era un buen muchacho que segua lo establecido, la tozuda realidad (lase: los intereses inamovibles de quienes dirigen el mundo) lo pusieron en cintura.

Habr guerra para rato entonces? De todos nosotros depende que ello no sea as. El llamado Reloj del Juicio Final, elaborado por el Boletn de Cientistas Atmicos de Estados Unidos, fue adelantado medio minuto para indicar que estamos a dos minutos y medio (en trminos metafricos) de un posible holocausto termonuclear si se sigue jugando a la guerra. El complejo militar-industrial estadounidense se siente omnipotente: juega a ser dios, juega con nuestras vidas, juega con el mundo. Pero un pequeo error puede producir la catstrofe. En nombre de la supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra debemos luchar tenazmente contra esta demencial poltica. Lo cual es decir, en definitiva, luchar contra el sistema capitalista. Es evidente que dentro de estos marcos es ms fcil el exterminio de toda forma de vida que el encontrarle solucin a los ancestrales problemas de la humanidad. En ese sentido, entonces, son hoy ms premonitorias que nunca las palabras de Rosa Luxemburgo: socialismo o barbarie.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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