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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-11-2005

24 horas para arrasar Tokio

Higinio Polo
El Viejo Topo


 

Para el doctor Hideo Fujita, y para Sachiko Shirao.

Para Cristina Gordo y Maria Sells.

 

 Thirty seconds over Tokyo, Treinta segundos sobre Tokio. As titul Mervyn LeRoy su pelcula de propaganda blica, que se estren en 1944, facturada siguiendo las directrices del Pentgono. Es una cinta convencional, pero importante: estaba destinada al esfuerzo de guerra norteamericano, y narra las peripecias de los pilotos estadounidenses que bombardearon Japn en represalia por el ataque a Pearl Harbor. El viejo Spencer Tracy interpreta el papel de James Doolitle, el teniente coronel que estuvo al mando de la operacin, en abril de 1942. Cuando se lanz el ataque que recrea la pelcula de LeRoy, slo haban transcurrido cuatro meses desde la accin sorpresa del ejrcito japons sobre Hawai: desde la base del portaviones norteamericano Hornet, que navegaba a mil kilmetros de distancia del archipilago nipn, una escuadrilla de diecisis bombarderos B-25 se dirigi hacia Japn. Objetivo: bombardear Tokio, Yokohama, Nagoya y otras ciudades japonesas. Estados Unidos entraba en la guerra atacando a la poblacin civil.

La incursin caus estupor en Tokio. No slo porque el alto mando japons no esperaba que aviones enemigos pudieran llegar hasta su pas, sino porque (a diferencia de la agresin sobre Pearl Harbor) la represalia norteamericana no fue lanzada sobre fuerzas militares niponas sino sobre la poblacin civil de las ciudades japonesas. Fueron treinta segundos de bombardeos sobre Tokio. Tres aos despus, seran casi veinticuatro horas: el espanto de aquel ataque del 18 de abril de 1942 apenas haba sido el comienzo, porque la mayor devastacin jams conocida por Tokio todava estaba por llegar. Lo hara el ltimo ao de la guerra.

 

 * * *

 

 El 15 de agosto de 1945, el emperador Hirohito negaba su supuesta divinidad y anunciaba la rendicin de Japn. Sesenta aos despus, este verano pasado, otro emperador japons, hijo de Hirohito, se haca eco de los sufrimientos de la poblacin civil, dcadas atrs, al tiempo que el primer ministro Koizumi peda perdn y reconoca la responsabilidad de su pas en los daos infligidos a China, Corea a y todo el sudeste asitico. Sin embargo, sus palabras no eran convincentes: el primer ministro japons no cit los millones de muertos que causaron sus tropas durante la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en China, ni anunci que dejara de visitar el santuario de Yasukuni, donde se recuerda y se honra, entre otros, a catorce criminales de guerra japoneses ejecutados tras la guerra. No es una cuestin menor: algunos ministros del gobierno de Koizumi estuvieron presentes en Yasukuni, y relevantes sectores de la vida japonesa siguen, si no negando el carcter criminal del fascismo japons, al menos, relativizando su actuacin. No fue ninguna casualidad que Yomiichi Murayama, primer ministro japons en la dcada pasada, reconociera, pocos das despus, que las constantes visitas de Koizumi al santuario de Yasukuni haban herido a los pases vecinos, puesto que no podan interpretarse ms que como un homenaje a los criminales de guerra japoneses all enterrados. Japn sigue conviviendo con el fantasma del fascismo y esa sombra entorpece las relaciones con sus vecinos, con Pekn, Sel, Pyongyang, Singapur y otros. Pero que buena parte de la poblacin japonesa, como de la alemana, apoyase el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, no poda justificar los criminales represalias sobre la poblacin civil que lanzaron las oleadas de bombarderos norteamericanos en 1945.

Desde el lado japons, algunas pelculas recuerdan tambin los bombardeos de la guerra. En los aos cincuenta, por ejemplo, el director de cine Kaneto Sindo, film en Hiroshima el documental Los hijos de la bomba atmica, e Isao Takahata rod, en 1988, La tumba de las lucirnagas, basada en el conmovedor relato del mismo ttulo de Akiyuki Nosaka. Sin embargo, no deja de sorprender que, en la memoria colectiva, en Japn y fuera de l, se recuerde el horror de Hiroshima y Nagasaki, pero apenas se mencione el bombardeo de Tokio. Porque, en Tokio, murieron ms personas que en Nagasaki. Y porque aquella operacin sobre la capital japonesa sigue siendo el mayor xito de la aviacin militar de cualquier pas a lo largo de toda la historia humana: jams se haba conseguido matar a tanta gente en tan poco tiempo. Todava hoy, la Fuerza Area norteamericana puede jactarse de ese siniestro palmars.

Las bombas destruyeron cuarenta kilmetros cuadrados de Tokio, en sus barrios ms poblados: cuesta creerlo, pero, en una sola noche, los bombarderos norteamericanos mataron a cien mil personas. Apenas un mes despus de la destruccin de Dresde, donde tambin fueron asesinados decenas de miles de ciudadanos, los aviones estadounidenses provocaban, en un solo da, la mayor matanza de civiles de toda la historia de la humanidad. Su operacin fue un gran xito, y as lo consider el gobierno norteamericano. Los pilotos y sus jefes fueron tratados como hroes, aunque fueran vulgares asesinos ejecutando matanzas nunca vistas por el gnero humano. Aunque algunos sospecharon que sus actos no estaban justificados por la guerra, ni por la lucha contra el enemigo: Claude Eatherly, el piloto que eligi Hiroshima para que el Enola Gay lanzara all la primera bomba atmica, no pudo superar nunca los remordimientos. Washington justific su actitud alegando una supuesta locura. Pero no estaba loco, como muestra su correspondencia con el filsofo Gnther Anders. Los incendios prendidos por los bombardeos crearon un horno en medio de Tokio que alcanz una temperatura de mil grados: all se derritieron miles de mujeres, ancianos y nios. El general norteamericano Curtis LeMay, satisfecho, se jact de su xito: Los hemos tostado y horneado hasta la muerte, dijo. Durante muchos aos, la mayora de los japoneses supervivientes guardaron en silencio el horror de los das pasados.

 

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The Center of the Toyo Raid and War Damages es un pequeo museo sobre el horror, que casi nadie conoce, escondido en un barrio de la capital: los propios habitantes de Tokio ignoran su existencia. Causa sorpresa visitarlo, porque, en su interior, apenas se ve nada sobre los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Es un museo pobre, con pocos recursos, digno. Llama la atencin que Japn, una potencia econmica capaz de construir gigantescos y modernos centros culturales, haya sido tan mezquino para recordar sus propios sufrimientos. Yo haba llegado hasta all acompaado por el doctor Hideo Fujita, un superviviente de los bombardeos de 1945. Dentro, los funcionarios nos ofrecieron ver un reportaje britnico: es lo ms importante que tienen. En las paredes, vimos fotografas de cadveres carbonizados, irreconocibles, imgenes de los amasijos de ruinas donde trabajaban, con picos, miembros de los equipos de rescate; los escombros donde se quemaban las vctimas.

Se conservan pocas imgenes del bombardeo, por eso vimos ms dibujos que otra cosa, pero las que tenan eran atroces. Me detuve ante una foto area de las bombas norteamericanas cayendo sobre Tokio, y ante una imagen de los refugios abiertos en las calles. Los incendios empezaban a cundir por todas partes. Despus, vi los montones de cadveres, abandonados entre las ruinas. Los bombardeos causaron 100.000 muertos en una noche, en una sola noche, y decenas de miles de heridos. Me impresion ver la nieve sobre las ruinas de la ciudad: repar en un ciclista que llevaba tapada la boca para defenderse de las epidemias que empezaban a cundir, y que se desplazaba con un pobre zurrn a la espalda; y en las oleadas de los B-29, que volaban como buitres emisarios de la muerte. En el documental britnico que nos pasaron se vea gente corriendo, tras el estruendo de las alarmas, las bandadas negras de los aviones, y las bombas que caan sobre Tokio. Los britnicos rodaron ese testimonio treinta aos despus de los hechos, aprovechando imgenes filmadas por los norteamericanos. No es extrao: estaban orgullosos de su hazaa.

Mientras veamos el documental, a veces, el profesor me hablaba, explicando escenas, dando nombres. Es el doctor Hideo Fujita, profesor honorario de la Risshyo University y vicepresidente de la Asociacin por la Paz del N 5 Fukuryu-maru. Esa entidad (que traduce su nombre al ingls como Peace Association of 5th Lucky Dragon), cuenta con otro pequeo museo en el que se exhibe el barco que le da nombre, N 5 Fukuryu-maru, o 5th Lucky Dragon, que fue una de las ms de mil embarcaciones afectadas por las pruebas atmicas que Estados Unidos hizo en el atoln Bikini, en el ocano Pacfico, el 18 de marzo de 1954. Buena parte del Pacfico qued contaminada, y todava hoy se ignora cuntas personas murieron a consecuencia de las pruebas nucleares norteamericanas. Pero esa es otra historia, aunque forme parte de la misma maldicin de la guerra. La asociacin del doctor Fujita realiza ahora una meritoria labor de explicacin y denuncia de los peligros del armamento atmico.

En el documental, vimos escenas del comandante norteamericano que mandaba los aviones, fumando, preparando el crimen. Despus, las cuatro rutas que siguieron para destruir Tokio. Los objetivos estaban perfectamente definidos por el alto mando: haba que matar a la mayor parte posible de la poblacin civil. La accin no tena grandes riesgos para los pilotos: no haba apenas defensas japonesas, y los norteamericanos lo saban, por lo que sus aviones pudieron volar a baja altura y precisar con cuidado los lugares donde descargaran las bombas. Vi a la mujer, y o sus palabras, que avisaba con sus clavijas sobre un panel los lugares bombardeados por los B-29.

La operacin haba comenzado el 9 de marzo de 1945: en las islas Marianas, vemos a los soldados ducharse, cargar bombas de napalm, al tiempo que se oye msica de jazz. Casi podra decirse que todo es normal, anodino, la vida diaria. Mientras tanto, decenas de miles de japoneses no saban que apenas les quedaban unas horas de vida. Primero salieron 54 aviones. Despus, 271 bombarderos ms. Tenan menos de 24 horas para arrasar Tokio. La accin estaba planeada para las 0 horas del 10 de marzo: era la forma de atrapar dormidos y desprevenidos a los habitantes de la ciudad, porque el alto mando saba que, a esas horas, causaran un mayor nmero de muertos. Bombardear por la noche siempre es ms mortfero para la poblacin civil. Haba antecedentes: en 1941, el general George C. Marshall, que bautizara al clebre plan que lleva su nombre, ya propuso quemar las zonas ms pobres de las ciudades japonesas.

En Japn, la penuria de la guerra haca estragos: los soldados coman bien, pero los civiles pasaban hambre. La comida era una obsesin, dice una anciana que formaba parte de los equipos de rescate, entrevistada tantos aos despus. Pocos han hablado con los supervivientes: todava hoy, slo este pequeo museo lo hace. Cuando relatan sus recuerdos de aquel 10 de marzo de 1945, algunos testigos callan unos segundos: estn volviendo a vivir las escenas que los marcaron para siempre. Fue un infierno, dice un obrero. La mayora de las vctimas murieron por falta de oxgeno; otros, achicharrados, y muchos murieron en el agua de los ros. La mayora sigue recordando los vientos huracanados que creaba el fuego. Los supervivientes hablan, poco a poco: Estaba en casa, dice uno, oa la radio. Descansaba, dice otro, y un tercero afirma: Sent que algo se acercaba a Tokio. Despus, les vuelven a la memoria las imgenes: las explosiones, el ruido, la confusin. Los incendios empezaron enseguida, porque las casas eran de madera, apretadas unas junto a otras: todava hoy hay muchas as en Tokio, contruidas despus de la guerra. Los norteamericanos conocan su trabajo: haban aprendido en Alemania: ya haban destruido, con los britnicos, Dresde, Hamburgo y decenas de ciudades alemanas. Las mochilas de la gente que hua, ardan, dice otro testigo. Pareca un desfile de antorchas humanas. Los incendios se extendan por Tokio. Quienes se vean envueltos en las llamas, en treinta minutos estaban muertos. El emperador Hirohito se escondi en los stanos del Palacio Imperial. Las llamas llegaron hasta los jardines.

En el documental, tras los bombardeos, se ve a unos hombres sobre un plano que informan de las familias muertas en cada calle: son casi todas. Van tachando en rojo los nombres de las familias que ya no existen. Dos terceras partes murieron. Despus, cada da aumentaba el nmero de muertos, hasta hacerse imposible de calcular: ya no tena sentido contar los muertos. Un mdico dice ahora: Toda mi preocupacin era recuperar los cadveres del agua, que no fueran al mar. Parece mentira, pero, hoy, el 10 de marzo es un da festivo en Japn.

En la pantalla, aparece la casa del general Curtis LeMay. Se ve una enorme piscina, los jardines de la residencia. LeMay es el hombre que dirigi las operaciones de bombardeo sobre Japn en 1945, entre ellos la incursin del 10 de marzo sobre Tokio. En ese ataque, Lemay lanz 325 aviones B-29 cargados de bombas incendiarias. Parece un hombre educado, sensible. En el documental, le preguntan: Por qu bombardearon una ciudad? El general vacila, pero contesta: No tengo nada que decir, estoy retirado. Hace mucho tiempo de ello, remata. Cuando le hacan esas preguntas, corra 1978. Es un hroe: el gobierno colaboracionista japons le condecor 19 aos despus de los bombardeos. Vemos las condecoraciones, porque los asesinos fueron tratados como hroes: todava lo son. El anciano LeMay que declaraba no recordar aquella matanza de 100.000 japoneses en un solo da, se convirti despus de la accin sobre Tokio en un duro partidario de la guerra nuclear, y propuso en los aos sesenta, cuando era el jefe de la Fuerzas Areas norteamericanas, bombardear Vietnam hasta hacerlo regresar a la Edad de Piedra. Esos son los hroes de la guerra. Robert McNamara, que fue uno de los planificadores de los bombardeos sobre Tokio y que despus llegara a ser secretario de Defensa con Kennedy y Johnson, reconoce en un reciente documental (The fog of war, La niebla de la guerra, de Errol Morris) que el general Curtis LeMay, a cuyas rdenes l se encontraba en 1945, le confes que si Japn ganaba la guerra seran conducidos ante un tribunal como criminales de guerra. McNamara cree hoy que aquellos bombardeos sobre Tokio y otras ciudades japonesas no estaban justificados.

No slo Tokio fue castigada: los norteamericanos golpearon ms de 100 poblaciones en todo Japn, y llegaron a elaborar una lista de la muerte, con los nombres de las ciudades elegidas para ser destruidas. Arrojaron napalm, bombas incendiarias, y pocas bombas convencionales. Slo disponemos de las cifras norteamericanas, cuyos estadillos afirman que lanzaron 1.665 toneladas de napalm. Japn, por su parte, cree que se destruyeron 268.358 casas, que hubo, en total, 1.008.005 vctimas, de las que 100.000 murieron, junto a 40.918 heridos (aunque es una parte del total: nunca se pudieron contar). Sin embargo, los historiadores actuales tienden a aumentar las cifras de vctimas. En todo Japn, los incompletos estudios realizados hasta ahora estiman que murieron cerca de 700.000 personas en las sesenta y seis ciudades que fueron incluidas en la lista de la muerte. Era una lgica consecuencia: el Pentgono consideraba oficialmente a toda la poblacin civil japonesa comoobjetivo militar legtimo.

Sobrecogidos, vimos despus la exposicin del pequeo museo. Nos detenemos ante la propaganda militarista japonesa. Al lado, se ve una bomba de napalm, oxidada, junto al piano donde esa misma bomba arranc unas astillas, en el teclado: hay una partitura de Schubert. Me detengo ante el equipo uniforme, botas, casco, pertrechos militares de un soldado japons. Exponen tambin una mscara de gas hecha, no de goma, sino de fibra textil. Y otra enorme bomba, con restos de napalm en su interior. Insisten en que toque una de las bombas, oxidada. Hay tambin vajilla derretida, tazas, platos. Vemos, en la pared, fotografas de la matanza: filas de muertos tendidos en el suelo, ahogados, que parecen dormir.

El profesor Fujita nos relata despus su propia experiencia personal. Habla de los bombardeos de Guernica, de Nanking, de Chongquing. En 1945, viva en una zona de Tokio que fue bombardeada, pero, en ese momento, se encontraba fuera de su barrio, no lejos de la ciudad: desde all, pudo ver el paisaje de los bombardeos, mientras senta el terrible viento creado por los incendios y le llegaba el olor de la destruccin. El da del bombardeo sobre Tokio tena 13 aos, y an acuda a la escuela, como otros nios de su edad. Tuvo suerte: su casa se salv. Recuerda algunas escenas: iba caminando, haba un puente y vio los cadveres, y tambin caballos muertos, que eran muy importantes entonces para el transporte, porque no haba gasolina. Vio a una mujer y a su hijo, carbonizados, vio cmo la gente intentaba apagar intilmente los incendios, sin apenas recursos. El profesor se detuvo un instante para decir que vio a una mujer muerta que haba metido la cabeza en un recipiente con agua, como si as pudiera salvarse del fuego. El recuerdo todava le estremeca.

Otra forma de morir era ahogarse en los canales, o en el ro. En el ro Sumida, el nio que entonces era el profesor Fujita vio que haba muchos cadveres en las orillas. Cuando lleg a su escuela no quedaba apenas nada, slo dos lugares se haban salvado: el cuarto de los maestros y el gimnasio: all estaban las fotos de los emperadores, y los maestros intentaban preservarlas, como signo de su devocin. Entonces, para la mayora de los japoneses, el emperador Hirohito era semejante a un Dios: su imagen era lo ms importante de la escuela. La gente pensaba entonces que deba morir por el emperador y por Japn. Recuerda que, los das siguientes, los equipos de rescate se aprestaban a apilar montaas de cadveres, que, despus, quemaban: Hideo Fujita no olvidar nunca el olor de esas hogueras. El profesor, que hablaba sereno pero cuya voz pareca un susurro en medio del recuerdo de la muerte, nos dijo que, sorprendentemente, en aquellos das de marzo de 1945, no senta lstima por nada ni por nadie. Ni siquiera poda llorar: era a causa de la conmocin en que se encontraba.

 

* * *

 

El peligro del fascismo japons y la necesidad de ganar la Segunda Guerra Mundial no justificaban esas matanzas. Cuando termin la guerra, las sesenta y seis ciudades japonesas ms importantes, que formaban parte de la lista de la muerte, haban sido destruidas, pero esos crmenes de guerra quedaran impunes. Pese a las justificaciones, insostenibles hoy, Estados Unidos sigue manteniendo que esos bombardeos criminales eran imprescindibles para derrotar al Japn. Tambin lo dicen sus propagandistas. El ltimo ejemplo es de Michael Ignatieff, quien en abril de 2005, en el diario La Vanguardia, contestaba:

-La bomba atmica sobre Hiroshima, la considerara usted un mal menor? -As lo consider Truman en aquel momento, pues una invasin terrestre de Japn hubiese comportado ms vctimas. Pero eso es algo que jams podremos saber. Y era un mal menor la invasin de Iraq? -As lo creo, y abogu por ella. Presenci el genocidio de Saddam contra los kurdos.

Esas palabras, y otras semejantes, continan siendo la justificacin de la barbarie. Porque, adems, no fueron los Estados Unidos los que derrotaron a los japoneses: aunque el detonante final para la rendicin fueron las bombas atmicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, el imperio nipn se haba debilitado en China, y un milln y medio de sus soldados murieron all, casi las tres cuartas partes del total de sus prdidas. Hoy, a la vista de las tentaciones militaristas y de la relativizacin de los crmenes japoneses en China y en Corea, es comprensible la preocupacin de Pekn ante las visitas de ministros japoneses al santuario de criminales de Yasukuni. No en vano, los sufrimientos que China padeci por la agresin japonesa casi alcanzan a los que soport la Unin Sovitica (27 millones de muertos) por el ataque nazi: China vio morir a veinte millones de personas a causa de la ocupacin japonesa, y las prdidas materiales ascendieron a 600.000 millones de dlares. La resistencia china fue vital para derrotar al fascismo japons. Pero los criminales bombardeos britnicos y norteamericanos sobre Alemania, o sobre Japn, fueron justificados por la naturaleza del enemigo al que se combata: si el nazismo era el mal absoluto, todo estaba justificado para derrotarlo, si la poblacin japonesa haba sido reducida por la maquinaria de guerra a la condicin de simple objetivo militar, la destruccin de Tokio, Hiroshima y Nagasaki estaban justificadas. Defender esos bombardeos contina siendo una infamia: nada justificaba atacar a la poblacin civil, y los gobiernos de Washington y de Londres lo saban.

  En La tumba de las lucirnagas, Akiyuki Nosaka nos cuenta la desoladora historia de dos pequeos hermanos, Seita y Setsuko, que sobreviven durante unos pocos das entre las ruinas de la destruccin de Kobe, bombardeada por los norteamericanos. La historia est basada en hechos que el propio Nosaka contempl: l mismo era un muchacho de quince aos que sobrevivi como un vagabundo en Kobe. La pequea Setsuko, de cuatro aos, morir de debilidad, de hambre, en una cueva: la ciudad es una montaa de ruinas. Su hermano Seita muere en una estacin, un mes despus, como un perro abandonado. Ese era el destino reservado a la poblacin civil japonesa por el alto mando norteamericano: morir abrasados, o perecer de hambre, o abandonados como perros.

Sin embargo, nada justificaba una decisin semejante: ni la necesidad de la victoria, ni el hecho de que una buena parte de los japoneses o alemanes hubiesen apoyado el fascismo nipn o el rgimen nazi. Slo hay que recordar que la Unin Sovitica, el pas que ms sufri las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, nunca lanz bombardeos indiscriminados contra la poblacin civil. La decisin de lanzar esos criminales bombardeos contra ciudades indefensas, contra la poblacin civil, hermana a Hitler con Churchill, con Roosevelt, con Truman. Tanto el rgimen nazi como el alto mando britnico y norteamericano decidieron, violando el derecho internacional y las propias leyes de la guerra, aterrorizar a la poblacin civil, transformar al enemigo en un monstruo inhumano que mereca ser convertido en humo.

 



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