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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-11-2017

Una reflexin sobre otros modos de concebir (y practicar) el cambio social
A cien aos de la revolucin rusa, reimaginar el cambio social

Amador Fernndez-Savater
eldiario.es


Dice el filsofo Gilles Deleuze: hay imgenes de pensamiento que nos impiden pensar. Es decir, tenemos imgenes de lo que supone pensar (por ejemplo, un esfuerzo de la voluntad o un trabajo acadmico) que bloquean el pensamiento. Podramos decir igualmente que hay imgenes de cambio que nos impiden cambiar? Imgenes de lo que supone el cambio (en este caso, social o poltico) que bloquean en la prctica el cambio mismo.

Estas imgenes de que hablamos son modelos difusos, ideas preconcebidas. Organizan nuestra mirada: lo que vemos y lo que no, lo que valoramos y lo que no. Y tienen a la vez una funcin de orientacin: nos ayudan a movernos en lo real, en lo que pasa (o nos desorientan, si no son adecuadas). Son al mismo tiempo lente y brjula.

Hay imgenes de pensamiento que nos impiden pensar. Hay imgenes de cambio que nos impiden cambiar. Entonces, para pensar o cambiar, necesitamos dotarnos en lo posible de otro imaginario: depsitos o semilleros de imgenes que organicen nuestra mirada de otro modo, que nos orienten en sentido diferente. Otras lentes, otras brjulas.

La imagen revolucionaria de cambio

La imagen de cambio por excelencia durante al menos dos siglos -pongamos, desde 1789 hasta 1976- ha sido sin duda la imagen revolucionaria. Nunca consisti en una sola imagen, sino ms bien en una constelacin: imagen de cambio, pero tambin de militancia, de conflicto, de objetivo, de organizacin, etc. Es decir, una determinada concepcin de la transformacin social implica una red o un haz entero de imgenes: modalidades de compromiso, formas de antagonismo, figuras del enemigo, esquemas organizativos, etc. La imagen de cambio es siempre imagen de imgenes.

Cmo caracterizar la imagen revolucionaria de cambio? Podemos tomar un primer apoyo en Hannah Arendt. En los primeros captulos de su libro On revolution, al preguntarse por el significado de la revolucin, Arendt destaca dos detalles de la Revolucin Francesa: la ejecucin del rey y el nuevo calendario (como se sabe, abolido el viejo mundo, la Revolucin marca el ao I de la nueva era y cada mes es rebautizado: Brumario, Pluvioso, Germinal, Termidor, etc.). Esos dos smbolos (bien materiales) nos remiten muy directamente a una cierta imagen del cambio revolucionario: consiste en el derrocamiento del orden antiguo y en un nuevo comienzo, un comienzo absoluto.

La imagen revolucionaria de cambio est determinada por un corte, una discontinuidad radical entre lo viejo y lo nuevo. Todo ello atravesado por la idea de necesidad histrica que Arendt detecta en las metforas de los discursos revolucionarios: corriente irresistible, tempestad irrevocable, vendaval imparable, etc. La revolucin es un cambio radical y al mismo tiempo necesario.

No por casualidad la filosofa hegeliana ser el lenguaje del cambio durante dos siglos: su sistema de imgenes -dialctica, negacin, superacin- permite sostener y resolver esa aparente paradoja de un cambio absoluto y a la vez absolutamente necesario. Mi amigo Juan Gutirrez habla del pasodoble del No marxista y hegeliano: la negacin de la negacin (la negacin de lo que niega la humanidad) nos conduce a la afirmacin (un mundo y un hombre nuevos).

Hara falta ms trabajo y espacio para asentar bien estas intuiciones, pero por ahora se trata slo de sealar algunas de las estrellas que conforman la constelacin de la imagen revolucionaria de cambio: la revolucin es una guerra a muerte entre dos mundos (lo viejo y lo nuevo); la organizacin es la vanguardia consciente (organizada en Partido, embrin de Estado) con visin de conjunto y de la finalidad; el tiempo de la revolucin es pensado como discontinuidad radical, a la vez absolutamente necesaria; etc.

Ciertamente, no pueden confundirse las imgenes de cambio revolucionario y lo que efectivamente es la revolucin misma, un proceso siempre impuro, contradictorio, imperfecto, imprevisible, incontrolable. Pero lo que nos interesa aqu son las lentes y las brjulas. El objetivo no es juzgarlas o analizarlas crticamente (por su responsabilidad en el terror de Estado, por ejemplo), sinoentenderlas. El balance de las revoluciones del siglo pasado lo dejamos pendiente para otro momento y lugar.

En todo caso, puede decirse (con Alain Badiou) que ese balance habr de ser necesariamente interno para quienes nos colocamos subjetivamente del lado de las revoluciones y no aceptamos la conclusin de que la misma idea de transformacin radical de la sociedad es indeseable y criminal. Lo que ha quedado definitivamente enterrado bajo los desastres del comunismo autoritario no es la idea de cambio social, sino la vieja constelacin de la vanguardia consciente, el cambio planificado desde arriba, la tbula rasa y el Hombre Nuevo. Ahora no nos interesa tanto la crtica como proponer un desplazamiento.

Imgenes-zombi

En la Puerta del Sol recin ocupada por lo que luego se conocer como movimiento 15M, alguien saca un cartel que pronto se har clebre (viral): nobody expects the spanish revolution. Significa esto la revitalizacin del imaginario revolucionario, tras dcadas de consenso en torno al fin de la Historia: la democracia representativa y la economa de mercado como horizonte insuperable de la humanidad? No lo creo. La frase es slo un desvo humorstico de un famoso sketch de los Monty Python: nobody expects the spanish inquisition. Esta manera metafrica, vaga e irnica de hablar de la revolucin es ms bien sntoma de un agotamiento, el agotamiento de un imaginario de dos siglos.

Entonces? Podemos decir que los movimientos polticos actuales son movimientos simplemente reformistas que buscan algunos pequeos cambios en el marco dado de lo posible? O bien este agotamiento del imaginario revolucionario debe conducirnos al pesimismo (ya no es posible cambio alguno)? Ni una cosa ni la otra, ambas son de hecho tributarias de la centralidad del imaginario revolucionario.

Pensamos ms bien (con autores como Alain Badiou o Santiago Lpez Petit) que atravesamos un periodo de intervalo o un impasse. Ese intervalo o impasse tiene que ver con un desacople entre las nuevas formas de politizacin y los imaginarios existentes de cambio. Las prcticas colectivas experimentan nuevas vas, pero casi a tientas. Y las viejas imgenes de cambio, an saturadas y agotadas, siguen sobrevolando las cabezas y los cuerpos, como imgenes-zombi.

Cul sera el problema de este desacople? Por un lado, mirndose en el espejo-modelo de las viejas imgenes revolucionarias, los movimientos obtienen de s mismos un reflejo desvalorizante, despotenciador, entristecedor. Las imgenes-zombi separan a las experiencias vivas de lo que son y de lo que pueden.

El mismo 15M nos ofrece un ejemplo muy claro: a pesar de ser uno de los movimientos con mayor impacto en la sociedad espaola de los ltimos 40 aos, el lamento y la queja nunca dejaron de acompaarlo: no ha cambiado nada. Sin otras lentes y otras brjulas, apegados a las antiguas imgenes, se reenva una y otra vez la capacidad de transformacin social a las formas y frmulas ya conocidas: el partido que, tomando el poder, cambia las leyes y los marcos jurdicos, la macropoltica. El cambio social es un cambio por arriba o no es.

Por otro lado, las imgenes-zombi debilitan las prcticas efectivas y las experiencias vivas dando valor slo a ciertos aspectos de las mismas en detrimento de otros: se privilegia lo masivo, los momentos de insurreccin abierta, lo pico, lo hiper-visible, etc. Se hace necesario y urgente otro imaginario de cambio. Imgenes adecuadas para ver y pensar un cambio social complejo, no lineal, con sus mareas altas y bajas, procesos y eventos, continuidades y discontinuidades. Capaces de dar valor y visibilidad a las transformaciones invisibles y silenciosas, intersticiales e informales, imprevisibles e involuntarias, micropolticas y afectivas, bastardas e impuras. Imgenes en las que encontremos compaa, valor y potencia.

Y no slo necesitamos nuevas imgenes, sino tambin otra relacin con ellas. Los viejos imaginarios revolucionarios cristalizaron demasiadas veces en un mito tecnificado: trascendente, rgido, inmvil. Precisamos entonces, no tanto de un sistema de imgenes (acabado y coherente), como ms bien de una especie de tejido, un patchwork infinito y en construccin permanente, siempre susceptible de ser modificado y alterado, donde todo suma y nada sobra, porque cada jirn (cada imagen) puede tener su momento y su ocasin. De hecho, ni siquiera se trata de negar o descartar las viejas imgenes revolucionarias de cambio (pueden ser un jirn ms del patchwork), sino de complementar, multiplicar y enriquecer el repertorio de lo posible.

La revolucin social anarquista

Dnde podramos empezar a buscar imgenes inspiradoras para reimaginar el cambio social? Podemos empezar por explorar el pasado. La imagen revolucionaria de cambio fue tal vez hegemnica pero no la nica y el pasado es un depsito de imgenes y saberes siempre actualizable desde el presente. El nuevo imaginario de cambio no necesita cortar con el pasado, sino ms bien aprender a recrearlo, traducirlo y resignificarlo.

Pienso por ejemplo en la guerra de posiciones en Antonio Gramsci. O en los movimientos de mujeres a lo largo del siglo XX, que desencadenaron transformaciones poltico-antropolgicas de un alcance inaudito sin organizacin nica o centralizada, sin vanguardia consciente, sin toma alguna del Palacio de Invierno. Pero me voy a detener ahora en el anarquismo como una filosofa en movimiento, tal y como ha sido releda y traducida al presente por Daniel Colson, pensador e historiador libertario.

En su Pequeo lxico filosfico del anarquismo, Colson recuerda cmo los anarquistas se alejaron muy pronto de la idea-imagen de Revolucin, demasiado asociada para ellos a un golpe de Estado, a la transformacin social pensada como toma del poder y cambio de rgimen constitucional (proceso constituyente, etc.). A la Revolucin poltica, los anarquistas opusieron su revolucin social. El adjetivo indica un cambio de sentido. En tres aspectos por lo menos.

En primer lugar, la revolucin social nace y se desarrolla en el interior mismo de la sociedad: en el terreno de las clases y las diferencias, de la propiedad y la justicia, de las relaciones de autoridad y las modalidades de asociacin, ah donde se juega el orden o equilibrio de la sociedad, de una multitud de maneras y a travs de una transformacin de conjunto (multiforme). No se trata de derribar o apoderarse del Estado, ni de desposeer a los propietarios del capital a travs de una dictadura de los representantes del proletariado: la revolucin social es un cambio desde dentro de las mismas relaciones sociales y de poder.

En segundo lugar, la revolucin social, a diferencia de la revolucin poltica, no se identifica nica, exclusiva o principalmente con episodios excepcionales, movilizaciones callejeras, coyunturas insurreccionales, sino tambin con procesos silenciosos y cotidianos (creacin de instituciones, relaciones sociales y subjetividades alternativas) de los que en ltimo trmino depende la eficacia de transformacin. La Grand Soir (gran noche) del imaginario anarquista no remite al corte (brusco, inmediato, instantneo) entre lo viejo y lo nuevo. Es ms bien la expresin o la manifestacin final de una potencia acumulada con anterioridad. Como el fruto que el rbol madura, no como un relmpago en el cielo vaco o el asalto voluntarista de una minora al poder.

Por ltimo, la revolucin social no depende de una estrategia clsica (la lgica medios-fines) que unos disean y otros ejecutan (la vanguardia consciente y las masas). Es ms bien un proceso horizontal y no segmentado jerrquicamente entre lo principal y lo secundario, la tctica y la estrategia. Donde cada momento y cada situacin valen por s mismos y en s mismos, no como partes de un todo o momentos de una lnea del tiempo, ni con arreglo a su posicin en un mapa diseado desde el exterior. Cada lugar y cada instante tienen un valor prefigurativo (lo que queremos es ya lo que hacemos) y no transitivo (lo que pasa aqu no tiene ms valor que el llevarme all). La estrategia anarquista no consiste en ordenar, segmentar y dirigir, sino en amplificar y conectar las distintas situaciones hasta conseguir una vibracin de conjunto.

Imgenes rebeldes del cambio social

Se pueden investigar tambin imgenes pos-revolucionarias de cambio en autores contemporneos. Pienso por ejemplo en la lgica de red segn Margarita Padilla, en las grietas de John Holloway, en los procesos recombinantes de Franco Berardi (Bifo) y un largo etctera a explorar.

O tambin en movimientos. El zapatismo, por ejemplo, ha hecho un esfuerzo enorme por nombrarse y contarse con palabras propias, por destilar su experiencia en conceptos, por elaborar y compartir nuevas imgenes de cambio. Por ejemplo, la distincin entre el rebelde social y el revolucionario: Un revolucionario se plantea fundamentalmente transformar las cosas desde arriba, no desde abajo, al revs del rebelde social. El revolucionario se plantea: vamos a hacer un movimiento de rebelda, tomo el poder y desde arriba transformo las cosas. Y el rebelde social no. El rebelde social va planteando demandas y desde abajo va transformando sin tener que plantearse el tema del poder. O la concepcin anti-vanguardista, incluyente y colectiva de la transformacin social: Todos los mtodos tienen su lugar, todos los frentes de lucha son necesarios y todos los grados de participacin son importantes. El problema de la revolucin [ojo con las minsculas] pasa de ser un problema de la organizacin, del mtodo y del caudillo [ojo con las minsculas] a convertirse en un problema que atae a todos los que ven esa revolucin como necesaria y posible, y en cuya realizacin todos son importantes.

Me pregunto, ya para acabar, si las imgenes que necesitamos no remiten a un desplazamiento radical de perspectiva, civilizatorio incluso. Una salida de cierto paradigma occidental. De hecho, en un artculo de los aos 80 publicado en la revista aut aut, el italiano Lapo Berti argumenta que la idea moderna de revolucin es un concepto tributario del modelo cientfico propio de la mecnica clsica: la sociedad es una mquina que tiene leyes propias que se trata de conocer para poder desde ah planificar un conjunto de acciones (estrategia) con fines de cambio.

En sus libros, el filsofo y sinlogo francs Franois Jullien explora una y otra vez el contraste entre (lo que podramos llamar) la imagen griega del mundo y la imagen china del mundo, en relacin al tiempo, el pensamiento, el arte, el cuerpo, la estrategia y la eficacia, etc.

Occidente, explica Jullien, divide el mundo en dos: lo que es y lo que debe ser. Es el gesto platnico por excelencia. La idea occidental de eficacia se deriva de aqu: se trata de proyectar sobre la realidad lo que debe ser (en forma de Plan o Modelo) y tratar de materializarlo (llevarlo a la prctica, aterrizarlo). Entre el ser y el deber media la voluntad humana de colmar esa brecha y enderezar la realidad (ponerla derecha, es decir, segn el Derecho, la Ley, lo que debe ser).

Tambin la revolucin se ha pensado desde ese molde: la vanguardia (que posee la ciencia de la sociedad y la historia) desvela y decreta lo que debe ser, la revolucin es la lucha final en la que impondremos el plan a la realidad. La imagen china del mundo, segn Franois Jullien, propone una inspiracin muy diferente: no se trata de proyectar un plan y ejecutarlo, sino de activar todos los sentidos para captar las potencias que ya trabajan lo real y acompaarlas, desplegarlas con cuidado, sin voluntarismo alguno.

Si pensamos el cambio social con las lentes y brjulas chinas que nos propone Jullien, la constelacin de imgenes que resulta es muy diferente: el militante ya no sera la fuerza de voluntad que colma, mediante un esfuerzo agotador, la brecha entre el ser y el deber ser, sino quien est comprometido o implicado en una situacin particular y con unas potencias particulares; la vanguardia se transforma ms bien en retaguardias capaces de detectar y acompaar procesos que ellas no dirigen ni crean; la estrategia es un trabajo de cuidado, como el de un jardinero; la organizacin poltica es la serie de dispositivos que justamente dejan pasar la potencia, sin trabarla al someterla a un ideal previo; la temporalidad de cambio es el tiempo de un proceso, el tiempo adecuado a la maduracin de un potencial de situacin, sin batalla final; el conflicto es el desbloqueo de la fuerza afirmativa, no la negacin de la negacin que trae un mundo nuevo, etc.

Y la sensibilidad sera la cualidad principal del rebelde, como la fuerza de voluntad lo fue del revolucionario, porque ya no se trata de imponer a lo real un sentido previo, sino de abrirse a sentir por dnde circula la potencia y ser capaz de acompaarla sin forzar, con tacto.

Referencias:

Sobre la revolucin, Hannah Arendt, Alianza Editorial (Madrid, 2013).

El siglo, Alain Badiou, Manantial (Madrid, 2008)

Petit lexique philosophique de l'anarchisme, Daniel Colson, Le livre de poche (2001).

Revolucin en punto cero, Silvia Federici, Traficantes de Sueos (Madrid, 2013).

EZLN: documentos y comunicados (tomo 5: la marcha del color de la tierra), EZLN, Editorial Era (Mxico DF, 2003).

Tratado de la eficacia, Franois Jullien, Siruela (Madrid, 1999).

Rivoluzione o...? Considerazioni sul problema della trasformazione sociale, Lapo Berti, en aut aut, n. 179-180 (1980).

Y, sobre todo, las conversaciones con Franco Ingrassia, Juan Gutirrez, Lenidas Martn y las compaeras de la Escuela de Afuera.

Fuente: http://www.eldiario.es/interferencias/revolucion-cambio_social_6_706639343.html

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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