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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-11-2017

Hacer la guerra sin autorizacin de los representantes
El idilio del Congreso con la cobarda

Danny Sjursen
TomDispatch

Traduccin del ingls para Rebelin de Carlos Riba Garca


La guerra en la poca de la presidencia imperial

Introduccin de Tom Engelhardt

Diecisiete das despus de la Torres Gemelas se vinieran abajo en medio de una apocalptica nube de humo y ceniza, el Congreso aprob con apenas un voto en contra una Autorizacin para el empleo de las fuerzas armadas o AUMF (por sus siglas en ingls), estableciendo: 

Que el presidente est autorizado a utilizar la fuerza necesaria y adecuada contra aquellas naciones, organizaciones o personas que l haya determinado que han planeado, autorizado, cometido o ayudado en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 o albergado a esas organizaciones o personas con el fin de impedir cualesquiera acciones futuras de terrorismo internacional contra Estados Unidos por parte de aquellas naciones, organizaciones o personas. 

Diecisis aos ms tarde, en las repercusiones de la muerte de cuatro militares estadounidenses por parte de un grupo terrorista afiliado al Daesh en la zona fronteriza entre Niger y Mal donde no rige la ley, los secretarios de Defensa James Mattis y de Estado Rex Tillerson comparecieron ante la Comisin de Relaciones Exteriores del Senado. Estaban all para asegurar a los senadores que, como inform el Washington Post, no haba necesidad de una nueva autorizacin que reemplazara a la aprobada inmediatamente despus de los ataques del 11 de septiembre de 2001. 

No importaba que, durante todos esos aos pasados, Estados Unidos se hubiese visto envuelto en guerras y enfrentamientos de todo tipo de las Filipinas a Siria, de Yemen a Niger, frecuentemente contra grupos que nada tenan que ver con al-Qaeda ni con los ataques del 11-S. Tal como seal Micah Zenko, es deprimente ver con cunta frecuencia algunos senadores y Mattis dicen el enemigo para describir a docenas de grupos diversos en 19 pases. Para los funcionarios ms importantes de la administracin Trump, sin embargo, hace algo ms de una dcada y media el Congreso se limit a cumplir con su tarea; cualquier otra cosa como atestigu el secretario de Defensa, solo poda sealar tanto a nuestros enemigos como a nuestros amigos que dejbamos de apoyarles en su lucha. La revocacin de la hoy antigua AUMF, agreg, creara importantes posibilidades de que nuestros enemigos tomaran la iniciativa.

En otras palabras, tanto Mattis como Tillerson les estaban diciendo a los senadores que cuando se trataba de la obligacin constitucional de declarar una guerra, deban irse a su casa, dormir bien una noche y dejar que los expertos en la AUMF de las fuerzas armadas de Estados Unidos se ocuparan de la situacin tan brillantemente como lo han hecho durante la ltima dcada y media. Sin embargo, tal como hoy seala el comandante Danny Sjursen, colaborador habitual de TomDispatch y autor de Ghost Riders of Baghdad (Los jinetes fantasmas de Bagdad), el consejo de los dos funcionarios de Trump en realidad estaba muy atrasado en el tiempo. Tratndose de los poderes de guerra del Congreso, hace mucho tiempo que los senadores se han ido a su casa. 

Si el lector necesita una evidencia de esto, solo debe remitirse al comentario del senador Lindsay Graham tpico entre sus colegas congresistas despus de las muertes en Niger: No saba que haba 1.000 soldados en Niger, dijo. Por supuesto, l se refera a soldados estadounidenses; adems, deca simplemente que hablando en trminos militares el Congreso no sabe exactamente dnde estamos en el mundo y qu estamos haciendo (si en relacin con la presencia militar de Estados Unidos en frica l hubiese ledo TomDispatch, por supuesto lo habra sabido). Y piense el lector que desde hace bastante tiempo l es integrante de la Comisin de Servicios Armados del Senado. 

Graham y los dems senadores no saban, por ejemplo, que los 8.400 miembros de las fuerzas armadas de EEUU supuestamente dejados en Afganistn al final de la administracin Obama en realidad eran entre 11.000 y 12.000 o que, en la reciente lucha que ya dura varios meses en la ciudad filipina de Marawi, tomada por guerrilleros afiliados al Daesh, los asesores de la Fuerza de Operaciones Especiales y los drones de EEUU han desempeado un importante, aunque muy poco aireado, papel. Y en cuanto a Afganistn, gracias a la poltica militar de la nueva poca Trump, es probable que dentro de poco tiempo los senadores sepan aun menos. Podra continuar, pero el lector ya tiene una idea. Tal como Sjursen lo pone en claro hoy, para Estados Unidos ahora son las guerras presidenciales hasta el final de los tiempos.

--ooOoo--

Hacer la guerra sin autorizacin de los representantes (algo no tan novedoso en EEUU)

El 1 de septiembre de 1970, despus de que el presidente Nixon extendiera la guerra de Vietnam mediante la invasin de la vecina Camboya, el senador demcrata George McGovern, condecorado veterano de la Segunda Guerra Mundial y futuro candidato a la presidencia, se dirigi a los miembros del Senado y les dijo:

Todos los senadores [aqu presentes] somos en parte responsables de haber enviado a 50.000 jvenes estadounidenses a una muerte anticipada... Esta cmara huele a sangre... Ningn representante ni senador ni presidente necesita valenta alguna para envolverse con la bandera y decir nos mantenemos en Vietnam, porque no es nuestra sangre la que se derrama.

Han pasado seis aos desde que la notablemente imprecisa Resolucin del golfo de Tonkin del presidente Johnson cualquier cosa menos autorizada por el Congreso, proporcion un exiguo marco legal para la escalada militar estadounidense en Vietnam. Las dudas sobre la veracidad del supuesto ataque naval norvietnamita a unos destructores de EEUU en el golfo de Tonkn que oficialmente precipit la resolucin nunca se han disipado; tampoco las dudas de que la armada estadounidense tuviese alguna razn que justificara el aventurarse tan cerca de la costa de una nacin soberana. No import. El Congreso concedi al presidente lo que l quera: fundamentalmente un cheque en blanco para bombardear, golpear y ocupar Vietnam del Sur. A partir de ah solo haba algunos pasos para que nueve aos ms de guerra, bombardeo ilegal de Laos y Camboya, la invasin del territorio de ambos pases y, eventulamente, la muerte de 58.000 estadounidenses y ms de tres millones de vietnamitas.

Dejando de lado el resto de este triste captulo de la intervencin de nuestro pas en Indochina, centrmonos solo un momento en el papel del Congreso en las guerras de esa poca. Mirando hacia atrs, Vietnam aparece como un captulo ms en los 70 aos de ineptitud y apata por parte del Senado y la Cmara de Representantes cuando se trat del deber constitucional de conceder poderes de guerra. En esos aos, una y otra vez, el poder legislativo eludi su responsabilidad histrica y legal que le asigna la Constitucin de declarar (o negarse a ello) una guerra.

Aun as, jams en esos 70 aos el deber del Congreso de hacerse valer en cuestiones de guerra y de paz ha sido tan vital como lo es hoy en da, cuando hay soldados de Estados Unidos involucrados y todava muriendo, aunque ahora en nmeros menores en una guerra no declarada tras otra en Afganistn, Iraq, Siria, Somalia y en estos momentos Niger... e incluso vaya uno a saber dnde ms.

De la crisis del golfo de Tonkin, avancemos rpidamente 53 aos para encontrarnos este septiembre con el desesperado intento del senador Rand Paul de exigir algo tan simple como un debate parlamentario sobre la base legal de las guerras eternas de Estados Unidos, que slo obtuvo 36 votos. El debate fue saboteado por un pacto de halcones de la guerra de los dos partidos mayoritarios. Y quin se enter acaso aparte de los obsesivos televidentes de C-SPAN de cmo fue tratado el cri du coeur* de cuatro horas de Paul para denunciar el acuerdo del Congreso con la guerra ilimitada en cualquier momento y en cualquier sitio del planeta?

El senador por Kentucky buscaba algo que puede ser visto ciertamente modesto: acabar con la confianza de una administracin tras otra en la hace tiempo obsoleta Autorizacin para el empleo de las fuerzas armadas (AUMF) posterior al 11-S para toda la multifactico y extendida conflictividad blica estadounidense. l quera que el Congreso discutiera y aprobara legalmente (o lo contrario) cualquier operacin militar futura en cualquier sitio de la Tierra. Aunque esto puede sonar bastante razonable, ms de 60 senadores, demcratas y republicanos por igual, frustraron la iniciativa. Al hacerlo, aprobaron (una vez ms) su renuncia a cualquier protagonismo en el perpetuo estado de guerra de Estados Unidos; adems de, por supuesto, financiarlo con munificencia.

Finalmente, en junio de 1970, con 50.000 soldados muertos ya en el sudeste de Asia, el Congreso se atrevi a revocar la resolucin del golfo de Tonkin, una accin de los dos partidos mayoritarios encabezada por el senador republicano por Kansas Bob Dole. Casualmente, en el senado actual no existe un Bob Dole. Consecuencia: no es necesario ser un cnico ni una marmota de Punxsutawney para predecir seis semanas ms de invierno, es decir, guerra eterna.

En realidad, se trata de una historia muy vieja. Desde el da de la victoria, en junio de 1945, cuando se ha tratado de la guerra, el Congreso ha evadido su explicita responsabilidad constitucional entregando las llaves del empleo eterno de las fuerzas armadas de Estados Unidos a un presidente cada vez ms imperial. Un Congreso a menudo estancado y cada vez menos popular ha agachado la cabeza en las sombras mientras los estadounidenses moran en guerras no declaradas. Juzgando por la falta de escndalo pblico, tal vez pueda pensarse que esto tambin es lo que prefiere la ciudadana. Despus de todo, es poco probable que los ciudadanos deban hacer el servicio militar. No hay servicio militar obligatorio ni necesidad de sacrificar nada en las guerras de EEUU. La nica tarea del pblico es aguantar los rituales deportivos cada vez ms militarizados y decir gracias a cada soldado con el que se encuentre.

Sin embargo, con el quijotesco pensamiento de que no es esta la forma en que deben ser las cosas, presento a continuacin un breve relato de los 70 aos de idilio del Congreso con la cobarda.

La guerra de Corea

La ltima vez que el Congreso declar una guerra de verdad fue durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt, justo despus de que Japn atacara Pearl Harbor y los nazis deban ser derrotados. Sin embargo, cinco aos despus del final de la Segunda Guerra Mundial, en respuesta a la invasin del sur de la pennsula coreana por parte de Corea del Norte con la intencin de reunificarla, el sucesor de Roosevelt, Harry Truman, decidi intervenir militarmente sin consultar al Congreso. Sin duda, no tena la menor idea de que estaba sentando un precedente. En los 67 aos que dura esa intervencin, moriran ms de 100.000 soldados estadounidenses en la guerra no declarada en ese pas; fue Truman quien nos hizo dar el primer paso en este nefasto camino.

En junio de 1950, despus de consultar con sus secretarios de Estado y de Defensa y con el jefe de estado mayor conjunto, anunci una intervencin en Corea para parar la invasin procedente del Norte. La administracin aleg que no se necesitaba una declaracin de guerra, porque Estados Unidos estaba actuando bajo los auspicios de una resolucin unnime del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas nueve votos a favor y ninguno en contra, porque en ese momento la Unin Sovitica estaba boicoteando a ese consejo. Cuando algunos periodistas le preguntaron si en realidad los combates a gran escala en Corea no constituan una guerra, el presidente se cuid mucho para evitar esa palabra, El conflicto, dijo, no era ms que una accin policial en el marco de Naciones Unidas. Temiendo que la Unin Sovitica pudiera responder intensificando el conflicto y que la represalia atmica era una posibilidad que no deba descartarse, est claro que Truman consider prudente cuidar sus palabras, lo que sentara un peligroso precedente para el futuro.

A medida que aumentaban las bajas estadounidenses y la lucha se haca ms intensa fue cada vez ms difcil mantener esa farsa semntica. En tres aos de duros combates, perecieron ms de 35.000 soldados de EEUU. El mbito legislativo no se sinti afectado por esto. Fundamentalmente, el Congreso se mantuvo pasivo frente al fait accomplit** de Truman. No habra una declaracin de guerra ni un debate amplio acerca de la legalidad de la decisin presidencial de enviar topas a Corea.

Por cierto, La mayor parte de los congresistas se unieron para defender a Truman en su... bueno, accin policial. Sin embargo, hubo una voz solitaria en el desierto, un disenso pblico. Si Truman poda obligar a que cientos de miles de soldados fuesen a luchar en Corea prescindiendo del Congreso, proclam el senador republicano Robert Taft, l [Truman] mismo podra ir a luchar en Malasia o Indonesia o Irn o Amrica del Sur. Hoy en da, el recuerdo de la reprimenda pblica de Taft al presidente por su discrecionalidad a la hora de hacer la guerra no existe; solo unos pocos historiadores lo saben. No obstante, qu acertadas sus palabras! (unas palabras apropiadas para la administracin Trump respecto de una guerra con Irn por mencionar uno de los sitios nombrados por Taft si se tiene en cuenta el hecho de que sera sin una formal declaracin de guerra del Congreso).

Vietnam y la Ley de Poderes de Guerra

Para empezar, la imprecisa Resolucin del golfo de Tonkin del presidente Johnson, fue aprobada por unanimidad en la Cmara de Representante y con solo dos votos en contra en el Senado. A pesar de las variadas discusiones y resoluciones posteriores en el Congreso y de algunas figuras sorprendentemente crticas como el senador demcrata William Fullbright, la mayor parte de los congresistas apoy los poderes de guerra presidenciales hasta el final. Incluso en lo ms intenso de la opinin antiblica del Congreso en los setenta, solo un tercio de los representantes vot a favor de las resoluciones para acabar con la guerra.

Segn el Grupo de Estudio de los Representantes Demcratas (HDSG, por sus siglas en ingls), En relacin con las polticas para Indochina y su financiacin, hasta la primavera de 1973, el Congreso concedi al presidente todo lo que l solicit. A pesar del perdurable mito de que el Congreso acab la guerra tan tarde como en 1970, la enmienda McGovern-Hatfield al programa de adquisiciones de las fuerzas armadas, que exiga una retirada de Estados Unidos de Camboya en el plazo de 30 das, fracas por 55 votos contra 39.

Pese a algunas voces crticas (de una ndole casi por completo inexistente en la cuestin de las guerras estadounidenses en el siglo XXI), el poder legislativo como colectivo no se enter hasta que fue demasiado tarde de que las fuerzas armadas de Estados Unidos en Vietnam nunca podran alcanzar sus objetivos, de que los sudvietnamitas se mantendran al margen de cualquier inters imaginable por la seguridad de EEUU y de que para nosotros la guerra civil nunca haba sido una cuestin de ganar o perder. Se trataba de una historia vietnamita, no estadounidense. Desgraciadamente, cuando el Congreso tuvo el coraje necesario para hacer las preguntas ms duras, la guerra estaba en manos del quinto presidente y la mayora de las vctimas vietnamitas y estadounidenses ya estaban muertas.la Resolucin del golfo de Tonkin y al mismo tiempo restringi las operaciones del otro lado de la frontera, en Laos y Camboya. Despus, en 1973, superando el veto del presidente Nixon, incluso aprob la Ley de Poderes de Guerra, Esta ley estableca que, en el futuro, solo una declaracin de guerra del Congreso, una emergencia nacional relacionada con la defensa o una autorizacin especfica del Congreso podran validar legalmente el despliegue de fuerzas armadas en cualquier conflicto. Sin esa sancin, la seccin 4 (a)(1) de la ley estipulaba que todo despliegue militar por parte del presidente estara limitado a 60 das. En ese tiempo, se pensaba que esto controlara para siempre la posibilidad de hacer la guerra de la presidencia imperial, lo que a su vez impedira futuros Vietnam.

En realidad, la Ley de Poderes de Guerra demostr en buena parte ser una legislacin sin garra. Jams fue de verdad aceptada por los presidentes que sucedieron a Nixon ni, en general, tuvo el Congreso las agallas para invocarla significativamente. En los ltimos 40 aos, los presidentes demcratas y republicanos por igual de un modo u otro han insistido en que la Ley de Poderes de Guerra era fundamentalmente inconstitucional. Sin embargo, en lugar de llevarla a los tribunales sencillamente la ignoraron y enviaron tropas adonde queran o bien fueron conciliadores y, en alguna medida, mencionaron las inminentes intervenciones militares en sus presentaciones ante el Congreso.

Muchas guerras que pretendan no serlo, como las invasiones de Granada y Panam o la intervencin en Somalia (1992-1993) se integraron en la primera categora. En cada caso, el presidente de turno o bien cit una resolucin de Naciones Unidas pata explicar su accin (y poderes) o bien simplemente actu sin la autorizacin expresa del Congreso. Esas tres intervenciones menores costaron la vida de 19; 40 y 43 soldados estadounidenses, respectivamente.

En otros casos, el presidente inform de su accin al Congreso, pero sin citar explcitamente la seccin 4 (a)(1) de la Ley de Poderes de Guerra ni el lmite de 60 das. En otras palabras, el presidente avis cortsmente al Congreso de su intencin de desplegar tropas y poco ms. Gran parte de esto dependa de la batalla entonces en curso sobre qu constitua justamente una guerra. En 1983, por ejemplo, el presidente Ronald Reagan anunci que pensaba mandar un contingente de soldados de EEUU a Lbano, pero aleg que un acuerdo con la nacin anfitriona descartaba cualquier responsabilidad de combate. Digmosles eso a los 241 infantes de marina que murieron tiempo ms tarde en el bombardeo a una embajada. De hecho, cuando se produjo el combate en Beirut, los lderes congresistas se comprometieron con Reagan y acordaron una autorizacin de 18 meses.

Tampoco el poder judicial ayud mucho. Por ejemplo, en 1999, durante una continua campaa area contra Serbia en medio de la crisis de Kosovo en la antigua Yugoslavia, algunos legisladores demandaron al presidente Bill Clinton en un tribunal federal acusndolo de haber violado la Ley de Poderes de Guerra por haber mantenido unidades de combate sobre el terreno durante ms de 60 das. Clinton simplemente bostez y manifest que en s misma la ley era constitucionalmente defectuosa. El tribunal federal del distrito Washington acord y dictamin rpidamente en favor del presidente.

Como la nica excepcin que confirma la regla, el sistema funcion ms o menos bien durante la crisis del golfo Prsico de 1990-1991. Un conjunto de legisladores de los dos partidos principales insisti en que el presidente George W. Bush presentase una Autorizacin para el empleo de las fuerzas armadas (AUMF) bastante tiempo antes de invadir Kuwait o el Iraq de Saddam Hussein. Durante varios meses, a lo largo de dos periodos legislativos, la Cmara de Representantes y el Senado deliberaron largamente y finalmente aprobaron la AUMF por un margen tan estrecho que pas a la historia.

Incluso entonces, el presidente Bush incluy una declaracin firmada que manifestaba altaneramente que su solicitud de apoyo legislativo no constitua cambio alguno en posicin mantenida desde hace tiempo por el poder ejecutivo sobre... la constitucionalidad dela Resolucin de Poderes de Guerra. Lamentablemente, dejando a un lado el sarcasmo, este fue el momento ms brillante del Congreso en los ltimos 70 aos de casi invariable despliegue militar y conflictos blicos; por supuesto, esto condujo al pas a una interminable guerra de Iraq, cuya tercera edicin an est en curso.

Aprobacin de la libertad duradera de Iraq

El sistema se vino abajo de un modo desastroso en la secuela de acontecimientos que siguieron al 11-S. Apenas tres das despus de los horrorosos ataques, mientras todava sala humo de los escombros de las Torres Gemelas en Nueva York, el Senado aprob una pasmosa extensin de la AUMF. El presidente podra emplear la fuerza necesaria y apropiada contra quienquiera l determinara que hubiese planeado, autorizado, cometido o ayudado los ataques en Nueva York y el Pentgono. Transportados por la pasin del momento, los representantes de Estados Unidos apenas se molestaron en determinar con precisin quines eran los responsables de la reciente matanza o discutir el mejor curso de accin en los das por venir.

Tres das es un tiempo insignificante para una consideracin seria; estaba claro que ese era un momento para el cierre de filas y la afirmacin de la unidad nacional, no para la deliberacin solemne. En los das siguientes, las votaciones se parecieron a las elecciones de las autocracias tercermundistas: 98 votos a favor por 0 en contra en el Senado y 420 por 1 en la Cmara de Representantes. Ese da, solo una persona valiente la representante por California, Barbara Lee se dirigi a la cmara y expres su opinin. Sus palabras fueran tan profticas como inquietantes: Debemos ser cuidadosos y no embarcarnos en una guerra de final abierto sin una estrategia de salida ni un objetivo determinado... Mientras actuamos, no permitamos que nos transformemos en el mal que condenamos. Lee fue ignorada; as de simple. De este modo, el pecado de omisin del Congreso cre el necesario escenario para las prximas dcadas de guerra global. En estos momentos, en todo el Gran Oriente Medio, frica y ms all, los soldaos estadounidenses, los drones, y los bombarderos continan operando en el marco de la AUMF original, la aprobada tras los hechos del 11-S.

La vez siguiente, en 2002-2003, el Congreso avanz como un sonmbulo hacia la invasin de Iraq. Dejemos a un lado las fallas de los servicios de inteligencia y la falsedad de las razones para la invasin y consideremos solamente el papel del Congreso. Fue una triste historia de pasividad que culmin, justo antes de la innoble votacin de 2002 de una AUMF contra el Iraq de Saddam Hussein, en un discurso que sin duda constituye un hito clsico de la decadencia del poder legislativo. Ante una cmara casi vaca, el ilustre senador demcrata Robert Byrd dijo:

Pensar una guerra es pensar sobre la ms horrible de las experiencias humanas... Mientras la nacin est a punto de batirse, en algn aspecto cada estadounidense debe considerar los horrores de la guerra. Aun as, esta cmara est, es su mayor parte, silenciosa; ominosa, terriblemente silenciosa. No hay debate, ni discusin, ni intento de presentar a la nacin los pros y los contras de esta guerra en particular. En el Senado de Estados Unidos nos quedamos pasivamente mudos, paralizados por nuestra propia incertidumbre, aparentemente aturdidos por el autntico caos de los acontecimientos.

La evidencia dio respaldo a sus palabras. Avanzada la noche del 11 de octubre, despus de apenas cinco das de debate las discusiones similares en 1990-1991 se extendieron durante cuatro meses, el Senado aprob la llamada resolucin de guerra (fundamentalmente una declaracin que daba por buena la decisin presidencial, no una declaracin de guerra del poder legislativo) y la invasin de Iraq se realiz como estaba planeada.

Hacia la guerra perpetua

Con esa historia tan negra detrs de nosotros, con el Congreso hoy hablando interminablemente sobre la revisin de la autorizacin legislativa para enfrentarse a al-Qaeda (pero no, por supuesto, a las muchas organizaciones terroristas islmicas contra las que han combatido las fuerzas armadas de Estados Unidos desde entonces) y que probablemente esa revisin sea mnima, existe algn recurso para quienes no estn a favor de las guerras presidenciales hasta el final de los tiempos? Es innecesario decir que en Estados Unidos no hay un partido poltico que est contra la guerra; tampoco aparte de Rand Paul siquiera una vos ilustre en el Congreso, como las de Taft, Fulbright, McGovern o Byrd. Los republicanos son halcones guerreros, aunque est comprobado que ese espritu se da por igual en los dos principales partidos. Desde Hillary Clintos, una conocida partidaria de la lnea dura que apoy o argument a favor de intervenciones militares de todo tipo cuando era la secretaria de Estado de Obama, hasta el ex vicepresidente y posible futuro candidato a presidente Joe Biden y el actual lder de la minora de Senado Chuck Schumer, los demcratas son en este momento un partido que est por las guerras presidenciales. Todos los mencionados votaron a favor de la Resolucin de Guerra con Iraq.

Entonces, qu activistas por la paz o escpticos por la poltica exterior de cualquier tipo pueden unirse contra la guerra? Si ms de 70 aos de historia reciente son indicacin de algo; cuando se trata de plantarse, ser odos y votar sobre las guerras de EEUU, sencillamente no se puede contar con el Congreso. El lector ya sabe que los representantes habitualmente tiene prisa para aprobar asignaciones de gastos rcord para Defensa como la aprobada por el Senado hace poco tiempo por 89 votos a favor y nueve en contra para dar ms dinero pedido por el presidente Trump la guerra perpetua es una aceptable forma de vivir.

A menos que algo cambie drsticamente, por ejemplo, el sbito crecimiento de los movimientos de base contra la guerra o una decisin importante del Tribunal Supremo (una rara posibilidad!) para limitar el poder presidencial, es probable que los estadounidenses vivan la guerra eterna de cara al futuro distante.

Esta ya es una historia conocida, pero pensad en ella como si fuese en nuevo camino de Estados Unidos.

* Sentidas palabras; en francs en el original. (N. del T.)

** Hecho consumado; en francs en el original. (N. del T.)

El comandante Danny Sjursen, colaborador habitual de TomDispatch, es estratega del Ejrcito de Estados Unidos y ex instructor de historia en West Point. Ha estado destinado en unidades de reconocimiento en Iraq y Afganistn. Es autor del ensayo histrico y anlisis crtico sobre la guerra de Iraq Ghost Riders of Baghdad: Soldiers, Civilians, and the Myth of the Surge. Vive con su esposa y cinco hijos en Lawrence, Kansas. En twitter, puede encontrrsele @SkepticalVet.

[Nota: Los puntos de vista expresados en este artculo son los del autor y completamente oficiosos, por lo tanto no reflejan la poltica oficial ni la posicin del departamento del Ejrcito, ni del departamento de Defensa, ni del gobierno de Estados Unidos.]

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176347/tomgram%3A_danny_sjursen%2C_war_making_in_the_age_of_the_imperial_presidency/#more

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelin como fuente de la misma.



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