Portada :: Cuba :: Hasta siempre Comandante!
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-11-2017

La ltima cita de Fidel Castro

Atilio A. Boron
Rebelin


Hace un ao usted se nos iba. Los medios de todo el mundo dijeron, con ligeras variantes, algo as como la muerte se llev a Fidel. Pero, con todo respeto, Comandante, usted sabe que no fue as porque usted eligi el da de su muerte. Perdone mi atrevimiento pero ella no vino a buscarlo; fue usted, Fidel, quien la cit para ese da, el 25 de noviembre, ni uno antes, ni uno despus. Cuando cumpli 90 aos, le dijo a Evo Morales y Nicols Maduro que hasta aqu llego, ahora les toca a ustedes seguir camino. Pero usted tambin sigui su camino, aferrndose a la vida unos meses ms hasta el momento preciso en que haba citado a la muerte para que lo viniera a buscar. Ni un da antes, ni un da despus.

Qu me lleva a pensar as? El hecho de que en cada una de las cosas que hizo desde su juventud siempre transmiti un significado revolucionario. La simbologa de la Revolucin lo acompa toda su vida. Usted fue un maestro consumado en el arte de aludir a la Revolucin y su necesidad en cada momento de su vida, pronunciando vibrantes discursos, escribiendo miles de notas y artculos, o simplemente con sus gestos. Sobrevivi milagrosamente al asalto al Moncada y ah, de pura casualidad, usted aparece ante sus jueces justito debajo de un cuadro de Mart, el autor intelectual del Moncada! Quin podra creer que eso fue un hecho casual? Es cierto: la muerte fue a buscarlo infinidad de veces, pero nunca lo encontr: burl a los esbirros de Batista que lo buscaban en Mxico y sobrevivi a ms de seiscientos atentados planeados por la CIA. Usted todava no la haba llamado y ella, respetuosa, esper que usted lo hiciera.

Un hombre como usted, Comandante, que haca de la precisin y la exactitud un culto no poda haber dejado librado al azar su paso a la inmortalidad. Revolucionario integral y enemigo jurado del culto a la personalidad (exigi que, a su muerte, no hubiese una sola plaza, calle, edificio pblico en Cuba que llevara su nombre) quera que la recordacin de su muerte no fuese slo un homenaje a su persona. Por eso le orden que lo viniera a buscar justo el mismo da en que, sesenta aos antes, haca deslizar ro abajo sin encender los motores el Granma, para iniciar con su travesa la segunda y definitiva fase de su lucha contra la tirana de Batista. Quera de esa manera que la fecha de su deceso se asociase a un hito inolvidable en la historia de la Revolucin cubana. Que al recordarlo a usted las siguientes generaciones recordasen tambin que la razn de su vida fue hacer la Revolucin, y que el Granma simboliza como pocos su legado revolucionario.

Conocindolo como lo conoc s que usted, con su enorme sensibilidad histrica, jams dejara que un gesto como este el recuerdo de la epopeya del Granma quedase librado al azar. Porque usted nunca dej nada librado al azar. Siempre planific todo muy concienzudamente. Usted me dijo en ms de una ocasin Dios no existe, pero est en los detalles. Y en lnea con esta actitud el detalle de la coincidencia de su muerte con la partida del Granma no poda pasar inadvertido a una mente tan lcida como la suya, a su mirada de guila que vea ms lejos y ms hondo. Adems, su sentido del tiempo era afinadsimo y su pasin por la puntualidad extraordinaria. Usted actu toda su vida con la meticulosidad de un relojero suizo. Cmo iba a dejar que la fecha de su muerte ocurriese en cualquier da y sepultase en el olvido la partida del Granma y el inicio de la Revolucin en Cuba? Usted quiso que cada ao, al homenajear a su figura, se recordase tambin el heroico comienzo de la Revolucin en aquel 25 de noviembre de 1956 junto a Ral, el Che, Camilo, Ramiro, Almeida y tantos otros. Usted la cit y la muerte, que siempre respeta a los grandes de verdad, vino a recogerlo puntualmente. No se atrevi a desafiar su mandato. Y sus mdicos tampoco, a los cuales estoy seguro les advirti que ni se les ocurriera aplicarle medicina alguna que estropeara su plan, que su muerte ocurriera antes o despus de lo que usted haba dispuesto. Nadie deba interponerse a su voluntad de hacer de su propia muerte, como lo haba hecho a lo largo de toda su vida, su ltimo gran acto revolucionario.

Usted lo planific con la minuciosidad de siempre, con esa pasin por los detalles y la puntualidad con que hizo cada una de sus intervenciones revolucionarias. Por eso hoy, a un ao de su partida, lo recordamos como ese Prometeo continental que aborda el Granma para arrebatarle la llama sagrada a los dioses del imperio que predicaban la pasividad y la sumisin para que, con ella, los pueblos de Nuestra Amrica encendieran el fuego de la Revolucin y abrieran una nueva etapa en la historia universal. Hasta la victoria siempre, Comandante!

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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