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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-11-2017

El debilitamiento del Estado de Derecho
Apologa de las fronteras

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Formado en una escuela catlica y habiendo estudiado Teologa, puedo medir el dao que hacen el fanatismo, la represin sexual, la intimidacin metafsica y el adoctrinamiento oscuro y fantasioso, pero tambin apreciar sutilezas de pensamiento que valdra la pena conservar. La Iglesia ensea, por ejemplo, que puede pecarse de pensamiento, palabra, obra y omisin. Cuando era nio esta escala me abrumaba. Yo no perciba ah la voluntad de hacer distinciones entre distintos planos de la realidad y entre distintas maneras de intervenir en ella, sino la de perseguirme con un palo hasta el rincn ms ntimo de mi alma: la de criminalizar, en definitiva, mis introspecciones, mis ensoaciones y hasta mis delirios. Ni siquiera inmvil y en silencio dejaba de ser un pecador. Ahora bien, el hecho de que la religin identifique la realidad con el pecado, as como el control histrico de la Iglesia sobre las conciencias, no debera impedirnos reconocer en esta sutileza curil el embrin mismo del Derecho moderno y democrtico.

Esa distincin catlica entre pensamiento, palabra, obra y omisin implica al menos tres cosas. La primera, es la de considerar reales y horma de la realidad el conjunto de las facultades humanas. Si la teologa habla de pecado es para sealar que no slo lo que hacemos: tambin lo que no hacemos, lo que decimos, lo que slo pensamos importa, deja rastros, transforma el mundo; que nuestros pensamientos, palabras y omisiones son tan acciones como nuestras obras. El problema no estriba en extender la maldicin del pecado al mbito mental; tambin los ateos admitimos la existencia y la importancia de los malos pensamientos; y el valor, por tanto, de la educacin. La cuestin es dnde colocamos el mal. Para la doctrina de la Iglesia, por ejemplo, el pensamiento de los pechos de mi vecina es un mal pensamiento, mientras que para m un mal pensamiento es la idea de la inferioridad de las mujeres, los negros o los musulmanes. Lo mismo con las palabras: la terrible libertad de mentir, inscrita en el corazn mismo de nuestra capacidad lingstica, nos hace responsables de lo que decimos, pero no creo que haya nada malo en la declaracin de amor de un hombre a otro hombre y s en la declaracin homofbica de un obispo. Y otros para las omisiones: no considero pecado saltarme la misa del domingo y s denegar el auxilio a un judo perseguido por el nazismo o a los nufragos de una patera.

La segunda cuestin relevante en la sutileza catlica es que, si considera reales todas las facultades humanas, no las considera reales en la misma medida. Pensar bien o mal no es indiferente, ni para uno mismo ni para el mundo, pero hay una diferencia pecaminosa entre pensar en los pechos de la vecina sin consultarle y tocrselos sin su permiso; o entre mentir a un amigo y dejar de ir a misa. Nos podemos burlar de la casustica jesutica, como con razn haca Pascal, pero considerar cada caso como una confirmacin especfica de la generalidad es una buena manera de evitar el nihilismo. La Iglesia catlica, es verdad, identifica la realidad y el pecado y adems coloca muchas veces fuera de sitio los pecados de este mundo; al mismo tiempo, sin embargo, distingue entre distintos rangos de realidad y de pecado. El detalle, refugio del legalismo dictatorial, nos protege de las tautologas potencialmente totalitarias: todo es igualmente pecado, todo es todo, todo es en definitiva nada. Hay algo extraordinariamente garantista en la idea de la casustica, que nos impide sumir cada pensamiento, palabra, obra u omisin en una gelatina pecaminosa e irredimible.

Pues la tercera cuestin en juego en la mencionada distincin catlica tiene que ver precisamente con la redencin. Hay algo tenebroso en la tentativa, una vez se los ha declarado potencialmente pecaminosos, de penetrar y juzgar los pensamientos. La Iglesia invent para ello un instrumento paradjico: la confesin, cuyo reverso luminoso, casi mecnico, es la absolucin. Qu quiere decir esto? Que el Dios de los catlicos, que considera reales los pensamientos, las palabras, las obras y las omisiones, no identifica a la persona con ninguna de sus acciones: haga lo que haga y piense lo que piense, si hay contricin, arrepentimiento y propsito de la enmienda, es an posible la salvacin. Lutero se indignaba con razn del poder corrupto y chantajista que la Iglesia haba acumulado gracias a esta competencia salvfica, pero la solucin protestante fue la de abolir el derecho de Dios a separar las almas de los actos, la de identificar las personas y sus acciones y la de confundir este mundo con el otro. Es decir, la de renunciar a la idea de redencin de los pecados y de perfectibilidad mundana.

Me permito este largo y extrao prembulo para expresar mi preocupacin ante el desprecio que la derecha catlica y la izquierda atea parece mostrar por las distinciones. Quiero decir que la solucin laica al problema de la realidad y sus rangos chapucera y en revisin permanente es el Derecho, cuyos principios recogen y superan y quiebran algunas de las sutilezas mal usadas por el catolicismo. En qu consiste el Derecho moderno y democrtico? Primero en romper la confusin entre delito y pecado, tpica de las religiones y las sociedades antiguas, y esto con la doble y feliz consecuencia de que (1) se renuncia a regular y penalizar los pensamientos y (2) se abandona el terreno de las prescripciones morales para centrarse en las proscripciones legales: Todo lo que no est prohibido est permitido. El contenido de los cdigos penales, siempre en discusin, con sus avances y retrocesos sociales, debe respetar, en todo caso, esta separacin, la cual impone desde su propia entraa la consideracin no delictiva de todos los pensamientos y de todas aquellas acciones no mensurablemente lesivas para otra persona: no ir a misa no puede ser un delito, pero tampoco la sexualidad libremente consentida entre dos personas adultas. Todos tenemos derecho a reprocharnos cosas que la ley no penaliza (eso que en tierra llaman conciencia, deca el capitn Achab) pero lo que hay que reprocharle a la ley es que coloque mal los delitos: que, por ejemplo, prohba contar un chiste sobre Carrero Blanco y no prohba abandonar en el mar a los que tratan de entrar en nuestro pas huyendo de una guerra.

A partir de esta primera separacin entre delito y pecado el Derecho configura un campo en el que el caso y la generalidad deben reconocerse y apoyarse mutuamente, de manera que se evite la elaboracin de leyes privadas (privilegios positivos o negativos) y al mismo tiempo se tengan en cuenta las diferencias. Dejando a un lado los pensamientos, que ningn poder democrtico puede pretender regular, es fundamental distinguir entre las palabras, las obras y las omisiones: entre la difamacin, el asesinato y la denegacin de auxilio. Y, por lo tanto, atenerse al principio, ya formulado por Beccaria, de la proporcionalidad entre los delitos y las penas. La seguridad jurdica, sostn del garantismo democrtico, se juega en este equilibrio dificilsimo, pero irrenunciable, entre casustica y universalidad.

Por ltimo, el Derecho Penal democrtico, que prohbe la confusin entre delito y pecado y entre formas distintas de delito y rangos de realidad, debe impedir tambin la confusin entre la persona y el delito. En este sentido, como ya lo reconoca Montesquieu, la idea de una Justicia concebida para rehabilitar al delincuente y no para erradicar el Mal (como en el Juicio Final) es mucho ms catlica que protestante. Los cdigos penales democrticos deben juzgar acciones individuales, y ello quiere decir que cada individuo es un caso y, al mismo tiempo, que ese caso no expresa ni agota la vida del individuo juzgado. En definitiva, si soy un hombre que ha cometido un asesinato no soy por ello un asesino y mi destino no es volver a matar; y ello del mismo modo que, si he sido vctima de una tentativa de asesinato, no soy una vctima para siempre ni esa circunstancia me puede exculpar en el caso de que maana, a mi vez, cometa un asesinato. En el marco de esta obsesin jurdica saludable por los detalles, la reincidencia se convierte, como mucho, en un agravante y el dolor en un atenuante. Y es por eso dicho sea de paso que no conviene que las leyes las redacten las vctimas: porque tienden comprensiblemente a borrar las fronteras entre las personas y sus acciones (o sus pasiones).

Se dir que todo esto es slo la teora y que en la realidad los ricos, los hombres, los blancos, los fachas hacen las leyes o las burlan segn sus intereses. Pero si las palabras forman parte de la realidad, y ms las palabras escritas pblicamente y cristalizadas en instituciones, es importante pelear por ellas y saber qu queremos, qu nos falta, qu nos quitan, cundo nos engaan; y cules son las consecuencias, all donde se produce, de este timo legal y penal. Queremos mantener, s, la distincin entre pecado y delito, entre distintos tipos de delito, entre los delitos y las personas que los cometen; queremos movernos entre la casustica y la universalidad; queremos movernos, en fin, entre el legalismo autoritario que afila los detalles y la tautologa totalitaria que los disuelve en una papilla sin fronteras. Esa es una batalla, mucho me temo, que en Europa y en Espaa estamos perdiendo. Pensemos en la naturalidad con que aceptamos leyes concebidas ad hoc que, en nombre de la lucha contra el terrorismo, configuran grupos de riesgo o criminalizan comunidades tnicas o polticas; o pensemos, al hilo de la crisis en Catalunya, en el uso torticero del Cdigo Penal y en esa interpretacin discrecional (del delito de rebelin) destinada a reducir la distincin entre pensamiento, palabra, obra y omisin a una expresin uniforme de violencia. Entre la casustica selectiva (ese privilegio negativo que llamamos derecho penal del enemigo) y la tautologa circular (la indistincin entre delito y pecado) el Estado de Derecho, tan reciente y tan precario, est sufriendo un menoscabo inquietante y quizs irreversible. La izquierda no debera, por despecho o irreflexin, empujar pendiente abajo.

Deca que ningn poder democrtico puede pretender regular lo que ocurre bajo el casco craneal. Ahora bien, por primera vez permtaseme que me detenga aqu un momento se acepta la idea de que la democracia es compatible con la persecucin del pensamiento, una tendencia facilitada por las nuevas tecnologas, que han deshecho materialmente la frontera entre pensar y decir. La iglesia penetraba en los pensamientos a travs de la confesin, que al menos garantizaba la absolucin; hoy el Estado democrtico penetra a travs de Internet, donde todos confesamos de manera espontnea y en medio de una creciente inseguridad jurdica. Se dir que entre nuestra cabeza y un tuit hay una decisin, pero es una decisin muy corta, casi enteramente nada, y ello como resultado de la propia facilidad tecnolgica. Nuestra cabeza es ya la red misma; pensamos directamente en Twitter, sin pasar por nuestro propio cerebro, sin rodeos ni mediaciones ni distancias. Por primera vez el pensamiento de la humanidad es inmediatamente visible para el poder, lo que obliga sin duda a revisar las leyes, pero tambin a extremar las precauciones. Perseguir lo que pensamos en la red con nuestra cabeza digital es volver a una lgica primitiva, prejurdica y eclesistica. La izquierda debera estar muy atenta. No debera reclamar la intervencin del Estado contra un pensamiento racista u homfobo o machista mientras se escandaliza, con razn, porque meten en la crcel al que ha contado un chiste antifranquista o ha hecho un comentario colrico interpretado, de manera laxa, como exaltacin del terrorismo. El peligro de no distinguir entre violencia y no violencia, entre un asesinato y una celebracin de mal gusto, entre una bomba y un chiste constituye ya una amenaza real a la que deberamos oponernos. El pecado est contaminando de nuevo el concepto de delito y borrando asimismo la distincin entre la persona y la accin criminal. As ha ocurrido estos das, por ejemplo, con la reaccin frente a la revelacin de acosos sexuales en Hollywood y la justa reprobacin del actor Kevin Spacey, al que no debera negarse, sin embargo, como ha explicado muy bien Clara Serra, su condicin de gran artista (ni a nosotros la libertad de ver y disfrutar sus pelculas). La izquierda no debera hacer la ms mnima concesin, por mucha razn que tenga, por mucha rabia que sienta, por muy justa que sea su causa, al populismo penal y sus violaciones fronterizas.

La izquierda imagina y trabaja por establecer un mundo espontneamente justo en el que no habr ninguna diferencia entre pensar, hablar, hacer y omitir, porque la realidad, de arriba abajo, de dentro afuera, de la cabeza a los pies, ser transparente, homognea y buena. Tal cosa no ocurrir mientras los humanos sigamos siendo chapuzas opacas mitad carne, mitad lenguaje atravesadas por malos pensamientos, palabras hipcritas, acciones reprimidas y omisiones culpables. Tal cosa no ocurrir nunca. Es peligroso incluso intentarlo. Dejemos a un lado las utopas tautolgicas (Todo es Todo), pues sabemos de sobra que tienden a materializarse como distopas autoritarias o totalitarias en manos de poderes siempre ajenos que acaban encontrando los medios para imponer al pensamiento, la palabra, la obra y la omisin una misma direccin y una misma explicacin. Eso es lo que est ocurriendo en Espaa y en Europa. Frente a este reblandecimiento de todas las diferencias, que no lleva a ms libertad y bondad, sino a ms tirana, slo tenemos el Derecho y sus trabajosas distinciones no-catlicas.

Y, claro, la Educacin Pblica.

Santiago Alba Rico es filsofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos dcadas en Tnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. El ltimo de sus libros se titula Ser o no ser (un cuerpo).  @SantiagoAlbaR

Fuente: http://www.cuartopoder.es/ideas/2017/11/27/santiago-alba-rico-apologia-de-las-fronteras/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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