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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-11-2017

A propsito de la violencia contra las mujeres, tambin estn el racismo y la exclusin
El mito de la civilizacin

Carolina Vsquez Araya
Rebelin

Los avances tecnolgicos no son la nica muestra de avance cuando hablamos de civilizacin


Si nos detenemos a analizar con los ojos bien abiertos nuestro entorno y ms all, es probable que deseramos pertenecer a una especie distinta. Una noble, una que se desarrolle en armona con la tierra, incapaz de hacer lo que los humanos hacemos a diario: matar por placer, sin ms razones que el hecho de poder hacerlo; acabar con nuestro entorno natural porque nos convencieron de ser superiores a todo y de detentar el poder para disponer de l a nuestro antojo. As es como hemos llegado al extremo de carecer de lo ms esencial: la sensibilidad y la conciencia.

Nuestro concepto de civilizacin, esa palabra tan ambigua como engaosa, es algo muy distinto de su significado real, el cual aluda al conjunto de ideas, creencias, artes y costumbres caractersticos de un conjunto humano determinado. En la realidad, su significado ha variado hacia la capacidad de enriquecimiento de unos a partir de la explotacin de otros. En el lxico de la lucha de poderes entre gigantes por la consolidacin de sus privilegios, significa la imposicin; la capacidad de obtener sin dar a cambio y, por encima de todo, el poder de subyugar a los ms dbiles despus de llevarlos casi a la extincin.

Resulta saludable repasar como uno de los ejemplos ms ilustrativos- la trgica historia del continente africano a partir de las invasiones europeas, la explotacin irracional y sanguinaria de sus recursos humanos, minerales y naturales en un afn expansionista cuyo saldo fue la prdida de identidad de sus habitantes, la esclavitud, las guerras de exterminio, las enfermedades y el hambre. Una estrategia aplicada contra nuestros pases latinoamericanos con similares resultados en la imposicin de dictaduras, abolicin de libertades polticas y la devastacin de las riquezas naturales para incrementar el podero de compaas multinacionales protegidas por los Estados ms poderosos del planeta.

Dentro de este escenario, la violencia de gnero est implcita en la frmula para anular cualquier intento de cambiar las reglas del juego, evitando que una mitad de la poblacin tenga igual poder que la otra. Las mujeres, tanto por nuestra capacidad reproductiva como por el papel central del segmento femenino en la organizacin social a partir del ncleo de familia, entramos en un esquema mucho ms amplio de dominio y en el cuadro general constituimos un bien al cual resultara riesgoso cederle capacidad de decisin en los campos econmico, social y poltico.

Este esquema de poderes se ha perpetuado a lo largo de generaciones. Los importantes avances en la lucha feminista son plidos comparados con lo que falta por conquistar. El voto femenino, por ejemplo, un derecho negado por generaciones, represent siempre una amenaza contra el patriarcado, como tambin lo fue el derecho al trabajo y a la salud reproductiva. En pases como los nuestros, con sus centros de poder atado a las normas de la iglesia y a los estereotipos sexistas de la poca colonial, los derechos de la mujer continan bajo un absurdo y criminal embargo poltico, pero no solo eso las afecta. Tambin su destino como un producto para el contrabando a travs de poderosas redes de trata, trabajo forzado, esclavitud.

La idea de una civilizacin como fuente de riqueza moral, tica, intelectual y cientfica ha sido sustituida por un esquema basado en la riqueza material concentrada en una esfera de poder carente de visin humanitaria y de valores. Volver a plantear su significado a la luz de un humanismo real es otra de esas locas utopas y en ella las mujeres jugamos un importante papel.

Blog de la autora: www.carolinavasquezaraya.com

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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