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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-12-2017

La guerra sin dueo

Juan Montao Escobar
Rebelin


Solan reunirse los sbados de verano para hablar de todo menos de asuntos de blicos, ms an si haba otras gentes ajenas a esas tertulias. El orgullo caminaba por dentro, aunque para ellos dejaba en evidencia algo que dejaron por terminar en esa guerra. Beber caf y conversar ya era oficio de guerreros jubilados y en reposo. Mientras los antiguos rebeldes sorban el caf vespertino, muy necesario para que los duendes del bembeteo sostuvieran el fervor de la palabra, el doctor Franklin Tello Mercado vindolos entusiasmados, un da sin precisar, solt la pregunta ms incmoda que les hubieran formulado nunca: Qu buscaban ustedes en esa revolucin, qu pretendan, qu aspiraban, por qu exponan sus vidas, por qu mataban a tanta gente?. Silencio hasta para escuchar el suspiro de amor de las hormigas. El doctor Tello Mercado haba hecho trizas el mayor misterio arrastrado desde la niez hasta este sbado seco y ventoso de octubre. Y ya con el inesperado impulso de valenta, en vez de una encaden cinco preguntas de un tirn y con una voz que aos despus, cuando conversaba para un documental del Banco Central del Ecuador, no crea que fuera la suya. Los dos comandantes y los dos mayores del ejrcito montonero, todos sobrevivientes de la Guerra Civil comenzada en septiembre de 1913, en Esmeraldas, enmudecieron. Ya no hablaron ms, desviaron la mirada hacia puntos lejanos y terminaron por irse casi sin despedirse del mdico. Su padre poltico, Gumersindo Villacrs, demostr su descontento con un obstinado silencio que durara semanas. Los dos comandantes, Vctor Martnez y Tiberio Lemos, y el mayor Simn Plaza le huan temiendo sus preguntas. Aun as Franklin Tello no reprimi al nio sin respuestas y sigui al acecho hasta otra oportunidad.

Y lleg el da en que el mayor Gumersindo Villacrs, vestido de punto en blanco como preparado para esa ocasin le dijo al Doctor Tello: Hoy le voy a dar la respuesta pausa interminable que angustiaba al interesado- Usted, si en vez de los once o doce aos que tena, hubiera sido un joven de, por ejemplo, veinte o veinticinco, tenga la absoluta seguridad que tambin participaba en la revolucin y habra estado entre los que cortaban cabezas a los serranos. Ah hicieron un pacto de olvido, pero con memoria fresca. El doctor Franklin Tello Mercado les gan con largueza a los historiadores por profundidad de anlisis, meditacin deductiva, comprensin ntida de relaciones conflictivas de contrarios en el infinitamente trgico tema de las guerras y su crecimiento con el siglo XX. Aunque saltan a la vista otras causas y otros propsitos, se repite como loro ese despropsito de la revolucin de Concha. O Guerra de Concha. Ciertamente fue una revolucin, liderada por Carlos Concha Torres, al menos como comandante principal, pero quienes la soaban, aoraban y aguardaban eran otros y otras. Los hombres y mujeres negros de Esmeraldas. Y quizs de todo el Ecuador.

Aos despus el doctor Tello Mercado dara cuenta de su testimonio para refutar en ausencia a Abelardo Gutirrez Concha, nieto del lder del Alzamiento. Cmo sera el carisma de mi abuelo, cmo sera la influencia y atraccin que ejerca sobre el negro esmeraldeo, que sin haberles pagado un centavo y sin haberles ofrecido nada pelearon durante tantos aos y le seguan como si fuera su verdadero amo? [1] Orgullo familiar de gamonal. Ya pasaron aquellos tiempos en los cuales los vecinos, mujeres y hombres, se saludaban a grito pelado desde la ventana de enfrente. En la ciudad de Esmeraldas. Pero ha quedado como certificacin inapelable aquello de que en Esmeraldas nos conocemos todos y lo sabemos todo. El doctor conoci la equivocacin mayscula y agobiada de menosprecio de don Abelardo. Ese da le fue tranparente la otra historia, ms verdadera y nunca contada. O negada. No hubo perros de guerra, de ninguna manera, el emperramiento combativo se debi a condiciones culturales, sociales y econmicas, que empuj a centenares de afroecuatorianos a asaltar cuarteles y armarse para esa guerra. Ellos supieron el da del comienzo pero no el de la terminacin ni los lmites territoriales y hasta es posible que se hablara de alianzas y apoyos sin ninguna certeza, porque los coroneles alfaristas estaban en el Gobierno de Leonidas Plaza o en exilio. Los cimarrones negros confiaban en esos coroneles? A la distancia de los acontecimientos hay que dudar de esa confianza y por eso se refuerza su certidumbre en el liderazgo de Carlos Concha.

Los historiadores como los pintores de angelitos blancos se olvidaron de la diversidad de personas participante en las guerras con sus pensamientos, sentimientos, enfoques, solidaridad cultural y decisiones. Todo aquello determinado por la memoria histrica recargada de malos recuerdos, ofensas sin tiempo y olvidos premeditados, en el caso de los afroecuatorianos. Y fue el caso de la provincia de Esmeraldas. Enfocados en el sonido de pocos nombres se ignora las resonancias tiles de miles de personas annimas, hroes que definieron batallas, quienes se arriesgaron para explorar terrenos y mejorar estrategias y enfrentaron con el machete en la mano el mejor armamento de la infantera del ejrcito del Gobierno ecuatoriano de L. Plaza. La guerra de 1913 a 1916, en sus eventos iniciales se muestra tal ferocidad como si se tratara de un desquite largamente esperado y por fin alcanzado. De ninguna manera cabe hablar de una identidad perruna o servil, no tiene seriedad intelectual historiar de esa manera. La guerra seala K. von Clausewitz- por el hecho de que en cada caso concreto cambia de carcter () constituye una singular trinidad, si se la considera como un todo, en relacin con las tendencias que predominan en ella. Esta trinidad est integrada tanto por el odio, la enemistad y la violencia primigenia de su esencia, elementos que deben ser considerados como un ciego impulso natural, como el juego del azar y de las probabilidades [2]

No quise contestarle porque tema que se fuera a disgustar y alterar las magnficas relaciones de amistad que mantena con toda la familia Gutirrez Concha-rememora el doctor Franklin Tello Mercado- pero mi opinin es totalmente diferente. Cuando yo era nio, la provincia de Esmeraldas era un mundo aparte, era un mundo fuera del Ecuador. El retrato costumbrista contina as: La poblacin de Esmeraldas era en un 50 % autnticamente negra [3] . Y esos hombres negros eran castigados, apaleados, puestos en cepos por ms de 24 horas, se les daba ltigo y se les cobraba multas y odiaban con todas sus fuerzas a los blancos provenientes de la Sierra y especialmente a las autoridades. De tal manera, que cuando se inici la Revolucin, Carlos Concha encontr un terreno abonado, una especie de pajonal al cual bast con arrojarle un fsforo. [4] Que nadie olvide la trinidad motora de una guerra: el odio, la enemistad y la violencia primigenia de su esencia

Las rebeliones armadas suelen comenzar por el ataque a cuarteles y la didctica del convencimiento tiene ideas y pretextos tan slidos que los historiadores de rumbo independiente suelen aceptarlos de buena gana. Siempre fue as y esta tambin tena otro propsito y no era el que se comunic a los coroneles y polticos liberales. Dizque era para reconquistar el honor, ahuyentar las desgracias del liberalismo y desquitarse por el arrastre de Eloy Alfaro y sus compaeros. Dicho as un temblor de simpatas debi sacudir a quienes crean que la Revolucin de 1895 tendra una segunda oportunidad en el Ecuador. A los tiros de septiembre de 1913, Carlos Concha los justificaba como rebelin armada para encontrar por otros medios polticos para una nueva gesta liberal y no la emancipacin ilimitada de los cimarrones negros. O sea las proclamas revolucionarias tuvieron tono y nfasis de otras proclamas contra gobiernos ms o menos parecidos. Nada nuevo, pero motivador para los nostlgicos alfaristas y las protestas armadas ocurrieron en algunos puntos de la Costa y con menos importancia en la Sierra. Los pregones son la viva literatura poltica de los coroneles liberales que estn fuera del Gobierno y se resienten a la intemperie del alejamiento del poder. En las proclamas no se mencionan los padecimientos del concertaje (eufemismo por esclavizacin) y las restricciones sociales y econmicas de los afroecuatorianos de Esmeraldas y del pas; el total poltico del liberalismo obviaba las particularidades culturales de los avatares blicos. Las cicatrices del alma ni siquiera son eso; en realidad, son mataduras emocionales incurables.

El apelmazamiento emocional fue el elemento irrenunciable ese 24 de septiembre de 1913 y lo sera ms all de esa fecha. Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones estn necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, sta ejerce, sin embargo, una accin de carcter mayor o menor sobre ellas, y la intensidad de la reaccin depende no del estado de la civilizacin, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles [5] . Las guerras no son hechos aislados o emprendidos por sbitas revelaciones, hay como una prolongada fermentacin del nima colectiva hasta el punto clave emocional. Cundo comenz esa fermentacin? Cundo comenz esta andadura hasta el da en que la vida no vale nada? Dicho as: no vale sino es para perecerla por aquello que se quiere y ama [6] . Los cimarrones, mujeres y hombres, tenan un conteo infinito de vidas faltantes que deban exigir redencin por cada una de ellas: la esclavizacin, aunque para unos pocos casos fuera menos feroz. La continuacin de la esclavitud, aun despus de la independencia, sin que se detuviera durante las primeras dcadas de la repblica y la prolongacin del cruel concertaje despus del triunfo de la Revolucin Liberal de 1895. Esas vicisitudes, por el costado ms trgico, estaban cosidas en el pao gentico, revivan en los sueos sin descanso y por el sistema de oralidad haban ahuyentado el olvido. Ningn olvido alcanzaba a desaparecer la montaa de malos recuerdos que acongojaba a cada uno de los que se apuntaron para esta guerra que jams fue de Carlos Concha, si bien es innegable su liderazgo poltico y militar.

El 25 de julio de 1851, se firm en la Casa de Gobierno de Guayaquil, el Decreto de Manumisin de los Esclavos, por el Jefe Supremo, Jos Mara Urbina. En el Artculo 1 del Decreto gubernamental se mandaba: Mientras el Gobierno se procura fondos necesarios, para dar libertad a los hombres esclavos, queda exclusivamente afectado a este objeto, desde la publicacin del presente Decreto, el producto libre del ramo plvora. Se logr reunir unos 400 mil pesos durante cuatro aos. Una bobera, si se calcula que, para 1747, la fortuna de los Jesuitas, a fuerza de esclavizados, era de 4 millones de pesos. Es posible que cientos de esclavizados murieran trabajando para acumular esa riqueza. El Decreto cre las Juntas Protectoras de la Libertad de Esclavos y autoriz que cada vez que se reunieran 200 pesos de este fondo se proceder a dar libertad al hombre esclavo de mayor edad, por avalo.

No fue un tema de corazones dolientes la manumisin de los esclavizados. Estuvo en la esencia capitalista la discusin que dividi a hacendados y plantadores entre abolicionistas y esclavistas. La discusin realmente comenz con el mandato supremo de Jos Mara Urbina y fue utilizado para oponerse a su Gobierno. Los favorables a la abolicin, en su mayora agricultores de la Costa, saban que los asalariados compran y esas compras obligan a ampliar los negocios. Sus contendores vean la gratuidad absoluta de la mano de obra y cierto ordenamiento divino en el mundo social. Para los abolicionistas (la burguesa costea en ascenso) la nica ley implacable que desea es la de comercio [7] y su rpida expansin hacia otros mercados al aumentar la produccin a bajos precios por la manufactura y no por el trabajo de esclavos.

Los favorables a Urbina llenaban sus discursos con parrafadas filosficas francesas y vigiaban aquello que ocurra en pases gobernados por el liberalismo. Sus adversarios negaban que la igualdad poltica y social pudiera favorecer a negros libertos y peor para esclavizados. El 18 de septiembre de 1 852, en la Asamblea Nacional Constituyente las aproximaciones apenas alcanzaban para discutir si la abolicin era de inmediato o a plazos. La mayora vot por asumir como propio el Decreto de Urbina y detallar los impuestos de indemnizacin a los esclavistas y no a las vctimas. Los liberados quedaron de repente en los cruce de caminos o en las calles de las ciudades con lo que llevaran puesto y la comida de ese da. La justicia no tena nada que ver con algn acto humanitario y s con las fbulas del mercado.

Muchos se resignaron al concertaje, porque el dinero no alcanz y los impuestos irritaron a unos opositores que empezaron a conspirar para derrocar al Gobierno urbinista por las armas. Jos Mara Urbina reclam el favor y con los agradecidos form la milicia de los Tauras o como quiso atemperar su mpetu con una denominacin inofensiva: mis cannigos. El posesivo dejaba abierto un horizonte de amenazas que todos comprendan.

Los que trabajaban en haciendas y plantaciones eran formalmente libres, pero estaban lejos del nivel de los otros ciudadanos del Ecuador y ms abajo de los otros pobres. Lavaban oro a precio de nada, abran caminos por un pago de a mentiras, cultivaban cacao y tabaco a cambio de comida y ropa en desuso, extraan madera sin que menguaran las deudas y a la hora de las revoluciones los coroneles lean unas proclamas esotricas poco antes de mandarlos a ponerle el pecho a las balas. As haba sido desde las luchas por la independencia del pas y la revolucin liberal de 1 895. El da de la rebelin tardaba, pero nadie dudaba de su llegada, porque no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, hasta las de la historia. Y son terribles, porque desde su nacimiento, le resulta claro que ese mundo estrecho, sembrado de contradicciones, no puede ser impugnado sino por la violencia absoluta [8]

El doctor Franklin Tello Mercado a su manera precisa el diagnstico de la Guerra Civil de 1913 a 1916: he llegado a la conclusin de que la Revolucin, mejor dicho el levantamiento de la poblacin no era en contra del Gobierno de Leonidas Plaza. En realidad era la insurgencia, la rebelda, era la protesta violenta, armada cruel y sanguinaria de una provincia olvidada, preterida, falta de todo y a la cual se enviaba autoridades deshonestas y a veces alcohlicas [9] . Al diablo las proclamas liberales, los negros, mujeres y hombres, no solo de Esmeraldas, tenan otras urgencias hostiles en sus mentes. Karl von Clausewitz lo explica de esta manera: Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene que existir un motivo hostil que los haya impulsado hacerlo este motivo permanecer presente y solo dejar de actuar en cualquiera de los dos oponentes por una sola razn, aquella que se prefiere esperar un momento ms favorable para la accin. Los cimarrones haban esperado ese instante decisivo despus del cual solo quedaba el combate con las artes que permita el triunfo y la sobrevivencia. Es falsedad lrica ese fatalismo: vencer o morir. En realidad nadie quiere morir y s vencer; el morir apenas es una posibilidad cierta que no desespera y se entrena el nimo para sobrellevarla con decoro colectivo. A la distancia temporal de la Guerra Civil solo cabe preguntarse por lo justo o injusto del alzamiento blico montonero de Esmeraldas.

El asalto al cuartel de la polica ocurri la madrugada del 24 de septiembre de 1913. Segn el santoral catlico es el da de la Virgen de las Mercedes, pero tambin el da consagrado a Obatal en el calendario de los cabildos de cultos de la religiosidad afroamericana (Cuba, Brasil, Venezuela, etc.). La coincidencia de festejos religiosos de aquellas deidades de alta popularidad entre la poblacin afroamericana podra ser una coincidencia cronolgica, pero no casualidad en los propsitos msticos insurreccionales. La ciudad de Esmeraldas se extenda (an se extiende) a lo largo del estuario del ro Esmeraldas. Los que llegaban por agua se encontraban con una primera hilera de casas solariegas, techumbre de zinc, persianas de madera y portal generoso para guarecerse del sol o las lluvias. Ciudad en crecimiento de calles de tierra batida, pequeas caletas depositaban a pasajeros fluviales en el Malecn y la mercadera mayor se descargaba en el embarcadero de La Barraca. Para ese ao, 1913, Esmeraldas todava conservaba la fama comercial que haba comenzado en 1852, cuando Jos Mara Urbina intent pagar la deuda de las guerras de la independencia con Inglaterra entregndole 400 mil hectreas, con gente y todo, para que los ingleses las explotaran a gusto y voluntad. Esos mercaderes trajeron a otros y pronto en la ciudad hubo casas comerciales alemana, britnica y estadounidense, consulados de Colombia, China, Estados Unidos y Gran Bretaa. El ro Esmeraldas era por lo menos veinte veces ms alto y la navegacin hasta muy arriba se haca sin los tropiezos imposibles de estos das. Se exportaba tagua, madera y cacao. Las exportaciones eran abundantes y favorables. Y los msculos concertados demandaban ninguna exigencia laboral. El mundo urbano, al menos para los blancos, no era idlico, pero se le pareca hasta esa madrugada cuando veteranos de otras guerras, agricultores libres, estibadores marinos, trabajadores de plantaciones y conciertos ofendidos entraron a trompada limpia y se apoderaron del cuartel de la gendarmera, con las armas confiscadas se dirigieron al copamiento del batalln Manab. El da ya estaba claro y con sol, los soldados del Gobierno rechazaron el ataque y los alzados se apresuraron a escapar con los guardiamarinas del caonero Cotopaxi pisndoles los talones. Los cadveres de nueve alzados quedaron atrs, las tropas del Manab tuvieron quince bajas entre muertos y heridos.

El arte de la guerra se basa en el engao [10] . El Gobierno del presidente Leonidas Plaza apenas si sospechaba un alzamiento en Esmeraldas y si lo crea nunca imagin la enormidad del encono blico ni su duracin. La guerra es de vital importancia para el Estado; es la regin de la vida o de la muerte; el camino de la supervivencia o de la ruina. Se requiere estudiarla profundamente [11] . La guerra no solo es importante para el Estado, tambin lo es para los pueblos. Su narracin cultural y poltica previa a los combates no tiene altos lderes, es de palabras que tienen aos de haber sido pensadas con el asombro de romper sbitamente el cristal de la opresin espiritual, meditadas para desterrar el pasmo del atrevimiento, dichas en tono bajitico y preciso, escuchadas con el alma recelosa y el comienzo de unas certezas, repetidas para establecer el convencimiento de vencer lo imposible y forja de la voluntad de combatir. As empez a configurarse el 24 de septiembre de 1913, el mismo da que Obatal atiende las ofrendas o la Virgen de las Mercedes era arrullada.

El artista de la guerra, miles de aos antes, retrata la atrocidad de matarse a voluntad: Luchar con otros cara a cara para conseguir ventajas es lo ms arduo del mundo [12] . Cuando los cimarrones ingresaron al cuartel de la polica jams debieron hacerlo por halagar la vanidad del coronel Carlos Concha o recuperar de las cenizas al Partido Liberal, ellos, al menos, estaban conscientes que ingresaban en la regin de la vida o la muerte; el camino de la supervivencia o de la ruina. Los injustos endosos vinieron despus, pero en esos das la memoria ofendida y vengativa est de cogollo y El pueblo comprueba que la vida es un combate interminable [13] . El da del inicio del alzamiento el Pueblo Negro de Esmeraldas (y del Ecuador) debi sentir que la vida sin libertad es peso muerto insoportable. No requeran de arengas de convencimiento o leerles melosos manifiestos patriticos, no eran para ellos. No los necesitaban. Serviran ms para la gente que tena ciudadana completa antes que para ellos.

Algunos eran pacficos agricultores revenidos de otras guerras con las insatisfacciones de la palabra dada y no cumplida. Otros debieron ser conciertos(o esclavos sin ese reconocimiento). Aun hubo campesinos dejados de sus legitimidades por los planazos de las fuerzas armadas de este y otros gobiernos. De aquello no hay equivocacin: La movilizacin de las masas, cuando se realiza con motivo de la guerra de liberacin, introduce en cada conciencia la nocin de causa comn, (), de historia colectiva [14] . Las batallas de 1 913 a 1 916, no fueron las acciones de un pueblo violento por definicin, sino la nica va de un pueblo violentado por los grupos dominantes de esos aos. As debieron entenderlo los guerreros en reposo de aquella tarde de sbado, pero no se atrevieron a contarlo.

 

BIBLIOGRAFA LEIDA Y CONSULTADA

1. De la guerra , Karl von Clausewitz.

2. El Arte de la Guerra , Sun Tzu.

3. Los condenados de la Tierra , Franz Fanon, Kolectivo editorial.

4. Historia general de Esmeraldas , Marcel Prez Estupin.

5. Des corriendo los velos, Fernando Gutirrez Concha.

6. Primero entre iguales , Elas Muoz Vicua.

7. Cuando los guayacanes florecan , Nelson Estupin Bass.

8. La hoguera brbara , Alfredo Pareja Diezcanseco.

9. La santera en Cuba , C. Romero Bateman.

10. Chang, El Gran Putas , Manuel Zapata Olivella.

 

 

Notas:

[1] Historia General de Esmeraldas, Pg. 298. Escrita por Marcel Prez Estupin, auspiciada por la Universidad Tcnica Luis Vargas Torres.

[2] De la Guerra, de Karl von Clausewitz.

[3] Hay que entender la referencia en el contexto de tonalidad de la piel. Todava subsisten gradaciones de tono epidrmico para acercarse o alejarse de la percepcin negro. Por ejemplo, hay quienes para eludir la denominacin negro o negra dice que es trigueo, canelita, clarito, morenito, etc. Segn sea hombre o mujer.

[4] Op.cit. Pgs. 298-299.

[5] De la guerra, de Karl von Clausewitz.

[6] De una cancin de Pablo Milans, La vida no vale nada.

[7] Tomada del Manifiesto Comunista.

[8] Los condenados de la Tierra, Frantz Fanon, p. 27, Kolectivo Editorial ltimo recurso, Argentina, enero 2007.

[9] p. Cit. Pg. 300.

[10] El Arte de la Guerra, de Sun Tzu. Editora Bussines.

[11] p. cit.

[12] P. Cit.

[13] Los condenados de la Tierra, Franz Fanon. Kolectivo Editorial ltimo recurso, Pg. 73.

[14] p. Cit. Pg. 73.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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