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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-12-2017

Los supervivientes que hundieron a los genocidas
Vivir para contarlo

Natalia Chientaroli
eldiario.es


Negro, si zafs de esta, que no se la lleven de arriba. Era la primera vez que Victor Basterra vea con sus ojos el rincn infecto en el que los prisioneros del rgimen militar argentino permanecan secuestrados en la Escuela de Mecnica de la Armada. Hasta entonces solo haba podido intuirlo y olerlo al otro lado de su capucha. El Negro, como lo llamaban sus amigos, entendi esta frase de otro detenido como un mandato clarsimo: si sobreviva, deba luchar para que los responsables del horror pagaran por ello. Cumpli. Y el mircoles pasado, 40 aos despus, Basterra estaba all, en los tribunales, mirando a la cara a aquellos que lo haban secuestrado y torturado, a quienes haban asesinado a sus compaeros, mientras el juez lea sus condenas: 29 cadenas perpetuas y otras 19 penas de 8 a 25 aos de prisin.

Los miraba detrs del cristal, con caras preocupadas, algunos tratando de burlarse, cuenta Basterra. Con l, una sala repleta de familiares de desaparecidos y supervivientes. Al otro lado de la pantalla, un pas siguiendo en directo la culminacin de un juicio histrico. Y en el banquillo, figuras clave del aparato de represin y muerte de la dictadura, finalmente derrotados por una justicia y un pas que los seala como culpables.

Teniendo en cuenta que el 80% de las 5.000 personas que se calcula que pasaron por la ESMA fueron asesinadas, salir de all con vida no era lo ms probable. Pero Basterra cumpli su promesa. Su testimonio y el material fotogrfico que consigui sacar de aquel infierno en el que vivi casi cinco aos han sido fundamentales para la causa. No, no soy un hroe, protesta. Esto no es una victoria individual; es la sumatoria de un montn de voluntades.

Despus de 20 aos de impunidad con las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, en los que nuestra nica esperanza era un juez espaol [Baltasar Garzn] que quera juzgar a quienes ac la Justicia no quera tocar, conseguimos darle la vuelta y hoy somos un ejemplo, reflexiona Miriam Lewin, periodista y tambin superviviente de la ESMA.

Ms all del hecho de las condenas, fue muy fuerte estar ah, ver a Estela de Carlotto titular de las Abuelas de Plaza de Mayo frente a frente con el gineclogo de la ESMA, el que traa al mundo a los bebs que se robaban, explica. Decenas de mujeres dieron a luz en cautiverio durante los aos en los que funcion el centro de detencin, y sus hijos fueron entregados a familias afines a los militares, que los criaron como propios. Los mdicos Jos Luis Magnacco y Carlos Capdevila han sido condenados a 24 y 15 aos de prisin.

Para Lewin, otra pieza clave en esta causa gracias a su investigacin periodstica sobre los vuelos de la muerte, la sentencia s tiene algo de victoria personal. Muchos de nosotros cargamos durante aos con la culpa de haber sobrevivido. Esto es un regalo de la vida y una ofrenda que le pude hacer a los familiares de esas mujeres que encontraron el peor de los finales.

La vida en Capucha

Las sesiones con picana eran dolorosas, pero duraban solo durante los interrogatorios. La verdadera tortura era diaria: pies engrillados, manos esposadas, encapuchados, escuchando el grito de los compaeros torturados, golpeados, sucios, humillados. As describi ante los jueces Lzaro Gladstein, que estuvo 400 das detenido, el infierno de la ESMA. El mismo lugar al que fue a parar Vctor Basterra cuando lo secuestraron, el 10 de agosto de 1979.

Lo acomodaron en uno de los cubculos de Capucha, en el tico del Casino de Oficiales. El edificio, situado en un complejo de 17 hectreas, en un acomodado barrio de Buenos Aires, se haba transformado para albergar la actividad represiva del llamado Grupo de Tareas de la Armada. Las celdas eran unos espacios minsculos separados por tabiques de madera en los que caba una persona acostada. No haba luz natural y todo el da funcionaba un ruidoso extractor de aire, que consegua acallar los quejidos de los secuestrados ms que eliminar el hedor de ese espacio en el que poda haber hasta 40 personas a la vez.

Un guardia en la puerta registraba las entradas y salidas. Y otro acompaaba a los detenidos cuando tenan que ir al bao, siempre encapuchados y esposados, arrastrando grilletes de 20 eslabones, recuerda un detenido-desaparecido. Esa era la nica razn por la que podas salir de Capucha. Esa o que, en un mircoles de traslados, el guardia dijera tu nmero adjudicndote un billete directo a la muerte. Lo ms cruel de todo es que haba compaeros gritando desde sus cuchas que los llevaran a ellos; nos repetan que los traslados eran a granjas de rehabilitacin en la Patagonia, y no era difcil imaginarlo como un paraso frente al horror de Capucha, recuerda Lewin.

Pero muchos no tardaban en darse cuenta del engao. Ricardo Coquet, que estuvo recluido en la ESMA entre marzo de 1977 y diciembre de 1978, lo descubri de la peor manera. Como sus ropas estaban destrozadas, el Tigre Acosta, jefe del Grupo de Tareas, orden que le consiguieran algo decente que ponerse. Lo llevaron al lugar donde guardaban las pertenencias de los asesinados, y all vio el pantaln y la camisa de Nancho, su mejor amigo, que haba sido trasladado unos das antes. Cmo no iba a reconocer esa ropa? Era ma! Vivamos juntos, ramos como hermanos. Y l llevaba eso puesto el da que lo secuestraron. Unos vaqueros oxford, una camisa escocesa roja, blanca, azul y verde. Lo recuerdo como si fuera hoy. Ah me di cuenta de que los traslados suponan la muerte. Y desde entonces viva en el terror de que cantaran mi nmero: 896.

Todava hoy se me pone la piel de gallina cuando escucho esa palabra: traslado. Aunque me digan que es un traslado de miles de dlares a mi cuenta, me genera rechazo, bromea Coquet. La irona y el humor son herramientas tiles para hablar de aquello, para exorcizar el espanto. Yo no soy un tipo triste se justifica Coquet y no podra serlo despus de la que pasamos: de los 5.000 de la ESMA sobrevivimos 200 o 300.

El fotgrafo de la ESMA

De Capucha se sala para ser torturado o para morir. Sin embargo, unos pocos secuestrados salan a trabajar todos los das: los militares necesitaban mano de obra esclava para sostener el mecanismo de terror que haban creado. Por su trabajo en una imprenta, Basterra conoca los rudimentos de las impresiones de seguridad, de modo que lo asignaron al gabinete de documentacin, en el stano, donde se elaboraban documentos falsos para los militares.

Cerca del laboratorio donde Basterra empez a pasar la mayor parte de su da, al final de un pasillo al que llamaban avenida de la alegra, estaban las salas de tortura. Para acallar los gritos, un tocadiscos gritaba a todas horas la misma msica, en bucle. Durante todos los meses que estuve haciendo tareas en el stano solo se oa una cosa: el single Satisfaction, de los Rolling Stones. Una y otra vez, recuerda Coquet.

Los prisioneros del staff, como los llamaban los militares, tenan un enorme privilegio: podan ver a la cara a sus captores. As, un da en que Basterra tom la fotografa de uno de ellos para un documento, se le ocurri la primera de una serie de temeridades que acabaron convirtindose en pruebas fundamentales para condenar a los represores. Hizo, en lugar de las cuatro copias que necesitaba, cinco. Y guard la ltima entre papel fotosensible, que saba que los militares no tocaran para no velarlo. Despus entreg los negativos, buscando cimentar una confianza que sera clave.

Con el tiempo, esa confianza se convirti en permisos peridicos para visitar a su mujer y a su hija. Y entonces cometi la segunda temeridad. Aprend en la vida que todos los sistemas, por muy rgidos que sean, tienden a flexibilizarse, explica Basterra. Y cuando descubr que las revisiones a la salida ya no eran tan estrictas, escond la primera de las fotos entre mis genitales. En el momento en el que el guardia nos dio a mi mujer y a m un momento a solas, se la entregu y le ped que la escondiera. De esos encuentros furtivos naci el Archivo Basterra y tambin la segunda hija de la pareja, a la que su madre llam Soledad.

La liberacin del fotgrafo de la ESMA tuvo que esperar a la llegada de la democracia y el desmantelamiento del centro clandestino de detencin. Haba estado ms de cuatro aos secuestrado, y an le quedaba mucho para sentirse libre: segua vigilado por la Armada en pleno gobierno de Ral Alfonsn.

En mayo de 1984, cinco meses despus de la creacin de la Comisin Nacional sobre la Desaparicin de Personas (Conadep) la investigacin que reuni en el informe Nunca Ms los testimonios que sirvieron para condenar a las Juntas Militares Basterra cometi la temeridad definitiva. Prepar una carpeta con el material y fui hasta el edificio donde funcionaba la Conadep, con un compaero que me haca el contraseguimiento. Entr corriendo, con la cabeza gacha, para que nadie pudiera reconocerme, relata.

Entreg ms de un centenar de fotografas de militares y desaparecidos. Cuando consigui poner a su familia a salvo, los documentos se hicieron pblicos en una rueda de prensa a la que solo asisti un pequeo peridico, que agot dos ediciones en un da. Segua habiendo mucho miedo, explica Basterra, que sin embargo justifica su propia osada: Y si vivs con miedo no cruzs la calle.

Su testimonio en el Juicio a las Juntas fue el ms largo: cinco horas y cuarenta minutos.

La Pecera y los Skyvan

Yo no s si la ESMA fue el centro de detencin ms cruel o el ms sangriento, como dicen. S creo que fue el ms perverso, sentencia Miriam Lewin a sus 60 recin cumplidos. Tena 19 aos cuando fue chupada en la calle por fuerzas de seguridad vestidas de civil. Llevaba militando en agrupaciones de izquierdas desde los 14 en su colegio, el prestigioso Nacional Buenos Aires. El objetivo de su secuestro era, precisamente, averiguar el paradero de una compaera del instituto que ella llevaba tiempo sin ver.

Para cuando lleg a la ESMA, meses despus, estaba claro que las torturas no iban a traducirse en informacin. De modo que casi de inmediato la llevaron a La Pecera, las oficinas donde la Armada utilizaba a los detenidos para traducir artculos de la prensa extranjera y escribir sus propias informaciones sobre la lucha contra la subversin y la reconversin de los terroristas, que a menudo eran ledas tal cual en los informativos de la televisin.

El objetivo era darle un perfil poltico al jefe de la Armada, el comandante Massera; convertirlo en el nuevo Pern, explica. Esas horas sin vendas ni capucha le dieron la posibilidad de ser testigo de mucho de lo que suceda en la ESMA. Vi a Alicia con su hijo recin nacido en brazos, relata Lewin, que declar en el juicio contra el apropiador de ese beb. Juan Cabandi recuper su identidad gracias a las Abuelas de Plaza de Mayo, y hoy es diputado. Su madre contina desaparecida.

Ser mujer en la ESMA multiplicaba la tortura. El Tigre Acosta condenado a cadena perpetua haba dado expresas rdenes de que los militares dispusieran de nuestros cuerpos. Les pertenecamos, relata Lewin.

En una de las audiencias del juicio, Blanca Gonzlez, otra superviviente, relat los abusos y violaciones constantes: Un da, encapuchada, fui violada por un guardia, tras lo cual ped que me llevaran al bao a lavarme. Cuando lleg al bao los guardias me volvieron a a violar. Nos violaban cada vez que pedamos ir al bao, por eso muchas dejamos de ir.

Los delitos sexuales tienen que tener su castigo, por eso esta pelea judicial tiene que continuar. Muchas compaeras nunca pudieron recuperarse de eso, siguen enfermas de culpa, no consiguen ponerse en el papel de vctimas por haber recibido un mejor plato de comida, explica Lewin.

Esa sensacin de indignidad es un rasgo comn tambin entre quienes hicieron trabajo esclavo en la ESMA. Lewin consigui sacudrselo muchos aos despus, echando mano a aquello que tanto haba servido a sus captores: su talento periodstico.

Su investigacin sobre los vuelos de la muerte, el ltimo eslabn de la cadena de exterminio de la ESMA, ha sido fundamental para sealar, con nombre y apellidos, a los pilotos de los Skyvan de la Armada que arrojaban a las vctimas sedadas al mar.

Nunca voy a saber por qu me salv, nadie puede saberlo, reflexiona Lewin. Pero ahora puedo decir que tuvo un sentido. Algo parecido siente Coquet, que aclara: No me gusta que me llamen superviviente. Soy testigo; el tipo que vio y cuenta.

Y lo siguen haciendo. Una vez al mes, supervivientes guan a los visitantes en el recorrido por el Museo Sitio de Memoria que funciona en la ex ESMA, y relatan en primera persona los detalles de su cautiverio, all donde sucedi. Siempre me pregunto quienes nos visitan se vuelven mejores personas, si la existencia de estos espacios aportan a una verdadera cultura democrtica del Nunca Ms dice Alejandra Naftal, directora del centro y creo que en Argentina, la relacin que existe entre los juicios y los sitios de memoria es fundamental.

Basterra defiende esta idea: Los documentos que consegu fueron importantes para la justicia, pero tambin para la construccin de una conciencia colectiva. Y esa es la parte del mandato que todava sostiene: construir un pas en el que ese horror no vuelva a suceder jams.

Fuente: http://www.eldiario.es/internacional/Sobrevivir-ESMA_0_714278846.html



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