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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-12-2017

El verdadero nombre de la paz

William Ospina
El Espectador


Los estudiosos de la historia de Colombia habrn advertido repetidas veces que los procesos de paz que disea la dirigencia colombiana nunca traen la paz al pas.

A veces logran un alivio momentneo de las tensiones sociales, como en la amnista a los guerrilleros liberales de los aos 50, que fueron despus traicionados; a veces crean la ilusin de un gran cambio histrico, que los meses se van encargando de atenuar, como en la reinsercin del M-19; a veces desencadenan nuevas violencias, como los dilogos con las Farc en tiempos de Belisario Betancur, que produjeron el holocausto de la Unin Patritica, o como los dilogos del Cagun, que intensificaron la violencia paramilitar.

Ello debera ensearnos, no que la paz no es posible, sino que es compleja, y que requiere enfrentar en su profundidad las causas de la violencia y empearse en corregirlas. Mientras los esfuerzos sean parciales, es un error llamarlos la Paz, porque se generan unas expectativas que la realidad no tarda en disipar.

Hasta ahora la caracterstica comn de esos procesos es que siempre procuran sealar la responsabilidad de uno de los bandos: guerrilleros liberales, M-19, Farc, paramilitares, pero la dirigencia nacional siempre se absuelve a s misma. Es ms, siendo grandemente responsable de las condiciones que producen la violencia y que la prolongan, la dirigencia que formatea esos procesos siempre es la que juzga y la que perdona, o la que acusa y prohbe el perdn.

Ms que otras veces, ahora se ha llamado pomposamente paz al proceso de desarme y desmovilizacin de las Farc, aunque nadie ignora que es largo el camino que va de La Habana a una paz verdadera. Por varias razones: una, porque el conflicto con las Farc, siendo tan largo y tan costoso en vidas y en recursos, es apenas uno de los muchos conflictos que vive Colombia. Existen otras guerrillas, existe la violencia del narcotrfico, existen las bandas criminales, el nombre que ahora reciben los paramilitares al servicio del narcotrfico aliados con la delincuencia comn, existen muchas formas activas del crimen organizado, mltiples formas de economa ilegal, algunas altamente depredadoras de la naturaleza, y un creciente fenmeno de corrupcin que agrava el sentimiento de desamparo de las comunidades y su desencanto ante la poltica.

Como la naturaleza, la violencia colombiana le tiene horror al vaco, y en su caldo de cultivo no se puede hacer desaparecer a un actor violento sin que venga otro a reemplazarlo enseguida, a veces con mayor ferocidad. Las Farc, por ejemplo, eran crueles e implacables en su lgica de secuestros y asaltos, pero como necesitaban de los campesinos tenan que obrar como un escudo de proteccin para los pequeos cultivadores desamparados por el Estado, de modo que su desaparicin, en el contexto de un Estado que tiene dificultades para reemplazarlos en sus funciones e incluso para garantizar su segura desmovilizacin, podra dejar a los cultivadores en manos de la violencia sin freno de las mafias.

Es el caso en que males ms incontrolables reemplazan a los males conocidos: un proceso de paz tendra no solo que prever estas cosas sino que estar en capacidad de resolverlas, si no quiere obrar como el aprendiz de brujo que libera una fuerza y despus no sabe cmo contenerla. Adems, de algn modo habra que aprovechar esas fuerzas antes ilegales, que pueden volverse aliadas del Estado, para que contribuyan al avance de una mnima institucionalidad que le sirva a la gente sin violencia y con beneficios reales.

El dilogo reciente careci de un proyecto de juventudes en un pas donde los jvenes son la guerra. La prueba de que este es un conflicto parcial es que el dilogo se centr en asuntos agrarios siendo Colombia un pas donde el 80 por ciento de la poblacin est en las ciudades. Miles y miles de jvenes sin oportunidades, sin educacin, sin un horizonte de vida que les ofrezca dignidad y seguridad, tienen que venderse a la violencia porque slo la violencia les brinda algn ingreso.

Quien est interesado en la paz de Colombia tiene que considerar una estrategia de ingreso social que les brinde a los jvenes la posibilidad de sobrevivir y capacitarse, cumpliendo tareas que fortalezcan su sentimiento de pertenencia a la sociedad y su compromiso con ella. En un momento de la historia en que el mundo entero requiere planes de reforestacin, proteccin de la naturaleza, cambio de paradigmas en el modo de vivir y de consumir, recuperacin de valores esenciales, solidaridad, acompaamiento de sectores vulnerables, liderazgo cultural y reinvencin de los modelos de emulacin social, es prioritario brindar a los jvenes la oportunidad de protagonizar los cambios civilizados, para lograr incluso algo asombroso pero harto posible: que la proverbial abnegacin de los jvenes les permita ser ejemplares para una sociedad que nunca supo ser ejemplar con ellos.

La dirigencia le ha fallado tanto al pas que cierto rechazo popular a los acuerdos se debe a la creencia de que les van a dar a los reinsertados oportunidades que el resto de la sociedad no ha tenido.

Lo alarmante del plebiscito de octubre de 2016 no es que el No haya ganado con el 20 % de los votos, y ni siquiera que el S apenas haya obtenido menos del 20 %, sino que el 80 por ciento de la poblacin le haya dado la espalda a un proceso que era una gran oportunidad para el pas. Porque una indiferencia del 60 % y un rechazo del 20 % prometen poco en trminos de aclimatacin social de una paz que no puede llegar si la ciudadana no se la apropia, una paz que en realidad ni siquiera hay que hacer con la ciudadana sino en la ciudadana. La paz tienen que ser los ciudadanos: slo ellos pueden ser la convivencia y la reconciliacin, slo ellos pueden ser el perdn y la memoria, la solidaridad y la construccin de otra dinmica de la vida en comunidad.

El crecimiento actual de los cultivos ilcitos nos debe recordar que la hoja de coca es uno de los nicos productos de la pequea agricultura colombiana que tienen demanda y consumo en el mercado mundial. Bien saban los funcionarios de Naciones Unidas que formularon el malogrado proyecto de dilogo del Cagun que no sera posible un proceso de paz sin una suerte de Plan Marshall para la reconstruccin del campo colombiano, que no fue arruinado slo por la guerra sino por una poltica de desmonte de la agricultura, un cierre de oportunidades para los pequeos productores y un retroceso de la economa al extractivismo del siglo XVI.

Disear la economa pensando slo en vender las riquezas naturales, explotando el suelo desnudo, despoj de estmulos a la produccin, vulner la tica del trabajo, estimul el culto a la riqueza sin esfuerzo y fortaleci la corrupcin, porque las sociedades vigilan y defienden sobre todo lo que es fruto de su labor, la economa que brinda subsistencia pero tambin sentido de pertenencia y dignidad. Si el mundo quiere la paz de Colombia no puede seguir consumiendo slo su petrleo, su carbn y su cocana, tiene que contribuir a la reconstruccin de la economa real, que podra ser una floreciente alianza de la productividad con el conocimiento, en uno de los pases ms biodiversos del mundo.

Ya la economa cafetera, que le permiti al pas vivir modestamente pero con dignidad durante cien aos, ha demostrado que hay formas posibles muy refinadas de participacin de una sociedad campesina en el mercado mundial. La produccin cafetera, democrtica, sofisticada y ejemplar, tendra que ser un modelo, aunque estoy lejos de pensar que en nuestra poca podamos vivir slo de la pequea produccin campesina.

Pero tambin hay una combinacin alarmante en Colombia: una clase terrateniente que es duea de la mitad de la tierra productiva, pero que no tiene ninguna vocacin empresarial. A nadie le importara de quin es la tierra si produjera lo que puede y tributara lo que debe, pero esos millones de hectreas a la vez confiscadas e improductivas, la csmica ineptitud de un modelo de propiedad que slo adora el alambre de pas, estn en la base de muchos de nuestros males.

La corrupcin de hoy, la danza de los millones en la contratacin pblica, que ha corrompido la ley y la justicia, reposa sobre una corrupcin anterior: la privatizacin de los mecanismos electorales, la construccin de un Estado de privilegios que se reelige manteniendo a la ciudadana en la ignorancia y en la indiferencia. Esa es la otra violencia, que est en la raz de todo, y que hace que cada diez aos haya que hacer una reinsercin de guerreros pero que nunca se haga el urgente proceso de paz entre el Estado y la sociedad, entre la vida y la poltica.

Slo una cosa podemos esperar hoy: que la expectativa que ha despertado en un sector consciente de la sociedad el proceso de dilogo y la desmovilizacin de las Farc, unido al tremendo desprestigio de la dirigencia colombiana, a la que le interesa mucho desarmar a los insurgentes pero no abrirle horizontes de participacin y de iniciativa a la comunidad, despierte en sectores cada vez ms amplios la necesidad de un nuevo proyecto de pas y el afn de hacer realidad unas reformas econmicas y sociales que han sido aplazadas por muchas dcadas, y la condena histrica a una dirigencia que persiste en su mezquindad y en contagiar su discordia. No slo los mercaderes que envilecen la poltica, sino los grandes poderes econmicos que se lucran de la miseria, de la depredacin de la naturaleza y de la entrega del pas al pillaje legal e ilegal.

El verdadero nombre de la paz en Colombia es democracia: el fin de las maquinarias y el diseo de una economa que beneficie por fin a la gente, y sincronizar la agenda nacional con la urgente agenda del mundo: energas limpias, proteccin de la naturaleza, detener y revertir el cambio climtico, poner a la comunidad en el primer lugar de las prioridades, y convertir la cultura en el dinamizador de una sociedad de creacin.


(Ledo el 28 de noviembre en el Coloquio Salida de la Violencia, Construccin de la Paz y Memoria Histrica, en la Casa de Amrica Latina en Pars).



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