Portada :: Economa
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-12-2017

Desigualdad, corrupcin, populismo y derechos humanos

Martn Alonso Zarza
CTXT

Los daos estrictamente econmicos son una pequea parte del total porque la corrupcin, a travs de sus efectos inmediatos y colaterales, es un fenmeno social total que puede representarse metafricamente en la figura de la hidra.


Quin puede evaluar el coste de los daos causados por las prcticas corruptoras de Odebrecht? Para dar una idea, una insignificante esquirla de ese grupo blanque en Espaa 26 millones de euros, el equivalente al importe del salario mnimo anual de 2625 personas. Habra que aadir ceros y ceros para calcular el monto total de lo calculable. Cambiando de escenario, el Eurobarmetro de 2014 revelaba que ms de tres cuartas partes de los entrevistados pensaban que la corrupcin estaba generalizada en su pas; ms de la mitad consideraba que se haba incrementado en los ltimos tres aos. Un estudio de RAND Europa para el Parlamento europeo estima que la UE pierde entre 179 y 990.000 millones de euros cada ao, incluyendo efectos directos e indirectos, debido a la corrupcin. Los cuernos de la horquilla dan idea de la dificultad de afinar en la medida. Hace dos aos la CNMV cifr en 48.000 millones la factura de la corrupcin en la contratacin pblica. Estas ancdotas evidencian la distribucin geogrfica dimensin planetaria y la profundidad sociolgica dimensin sistmica o estructural de la corrupcin. Los daos estrictamente econmicos son una pequea parte del total porque la corrupcin, a travs de sus efectos inmediatos y colaterales, es un fenmeno social total que puede representarse metafricamente en la figura de la hidra.

Como admite un informe de la UE: Sin embargo, el verdadero costo social de la corrupcin no puede medirse simplemente por la cantidad de sobornos pagados o fondos pblicos desviados. Adems de permitir que florezcan las ineficiencias econmicas, la corrupcin afecta negativamente a los objetivos del gobierno, que van desde una mejor distribucin del ingreso hasta una mejor proteccin del medio ambiente. Lo que es ms importante, la corrupcin socava la confianza en los gobiernos, las instituciones pblicas y la democracia en general. En la cartografa oscura de la corrupcin cabe destacar varios planos: tico (destruye la fibra moral de los seres humanos, reducidos a meros medios), social (pervierte las reglas de juego y distorsiona los criterios de justicia para la distribucin de recursos), psicolgico (daa la confianza y la autoestima de la ciudadana damnificada y deshumaniza a los responsables), y poltico, al que se dedicar este artculo.

El 9 de diciembre es el Da Internacional contra la Corrupcin y el 10 de los Derechos Humanos. Esta proximidad cronolgica puede tener algo ms que un alcance simblico. Robert I Rotberg, autor de The Corruption Cure: How Citizens and Leaders Can Combat Graft (2017), propuso la creacin de un Tribunal Internacional Anticorrupcin, habida cuenta de que los sistema judiciales nacionales no pueden ser operativos si los tribunales son permeables a la influencia, y la magistrada guatemalteca Claudia Escobar ha caracterizado la corrupcin como una violacin de los derechos humanos, en la lnea de otras propuestas encaminadas a crear la figura de los crmenes econmicos contra la humanidad, algo que probablemente sera aplicable a prcticas de corporaciones como Odebrecht.

Pero el trmino inicial del crculo vicioso que aqu se ventila no es la corrupcin sino la desigualdad. Eduardo Larraz, exconsejero delegado de Arpegio e imputado en el caso Pnica, y su mujer piden 10.000 euros al mes para subsistencia, porque entienden que es lo mnimo para llegar a fin de mes. Al matrimonio le fueron descubiertos 146 lingotes de oro en un banco suizo. Uno de los efectos del oro es que hace perder el sentido de la realidad (a veces tambin de la humanidad). Los Larraz no deben saber que 10.000 euros son ms de lo se gana en doce meses de salario mnimo. Millet (caso Palau) pagaba el tabaco con billetes de 500 euros. Probablemente ninguno de estos y otros implicados tiene conciencia de la gravedad del delito de corrupcin, arropados en esa especie de creencia implcita de que la corrupcin es un delito sin vctimas. Pero de su gravedad da cuenta desde hace tiempo la literatura sociolgica. En White Collar Crime (1961), Edwin Sutherland sostena que los delincuentes de cuello blanco son los ms peligrosos para la sociedad en cuanto a los efectos sobre la propiedad y las instituciones sociales; son depredadores sociales que minan la moral pblica y destrozan la organizacin social. En la misma direccin y partiendo de la tesis de Robert Putnam sobre el capital social, Mark E. Warren concluye que la corrupcin es capital social malo y que este tipo de capital tiene ms probabilidades de producirse en aquellas condiciones en que quienes soportan los costes de la externalidades negativas las vctimas carecen de recursos para resistirse a ellas. Warren apunta en una direccin congruente con el grueso de la filosofa poltica: la teora democrtica sugiere la existencia de una conexin estrecha entre la distribucin desigual del contexto de poderes (empowerments) y el funcionamiento negativo del capital social. Una consideracin que remite a una apreciacin compartida: la corrupcin es profundamente subversiva para la democracia, porque mina los principios democrticos que estipulan que las personas deben tener las mismas oportunidades para influir sobre el debate pblico y el mismo poder en cuanto a la toma de decisiones.

Pero la corrupcin adquiere una nueva coloracin cuando se la relaciona con otra variable, con la cual mantiene una relacin simbitica porque se refuerzan mutuamente, la desigualdad. El politlogo Eric M. Uslaner ha explorado este campo en un ensayo titulado Corrupcin, desigualdad y confianza y en elaboraciones posteriores. Si la corrupcin funciona como una trampa que genera crculos viciosos, la desigualdad cumple las mismas funciones pero en una escala ms amplia que da cabida a aquella. Segn Uslaner, la desigualdad alimenta la corrupcin por tres vas complementarias: 1) impulsando a los ciudadanos a ver la poltica como un sistema hostil, 2) generando en ellos un sentimiento de dependencia y de pesimismo ante el futuro que mina el compromiso de tratar moralmente a los vecinos y 3) distorsionando las instituciones competentes para garantizar la justicia y la imparcialidad. De este modo se instala un modelo de proceso que funciona como un crculo vicioso: desigualdad → baja confianza en el sistema poltico → corrupcin → aumento de la desigualdad. Uslaner coincide con Warren en que la corrupcin es capital social malo y, a la vez, un capital social que tiende a perpetuarse a travs de malas prcticas, que resultan posibles gracias a la captura de las instituciones por las lites poderosas. Pero para romper ese crculo hay que situarse ms arriba: combatir la corrupcin significa atajar el problema de la desigualdad.

La conexin entre los dos trminos sirve de inspiracin a un estudio detallado de Jong-Sung You. En ese estudio You propone una secuencia causal que enlaza la desigualdad con la corrupcin. El primer impacto de la desigualdad es que escinde la sociedad entre una lite econmica poderosa y una masa empobrecida. La primera ejerce su influencia de dos maneras: la captura y el clientelismo. La captura de la lite poderosa se expresa a travs de prcticas como el soborno o las contribuciones a la financiacin opaca de lderes, partidos y campaas polticas que los benefician. El clientelismo, por su parte, se expresa en versiones distintas de corrupcin poltica y compra de voto, as como el patrocinio y la corrupcin burocrtica. La teora poltica clsica coincide en asignar una funcin social, no meramente individual o egosta, a la propiedad. La tesis weberiana sobre el origen del capitalismo incide en esta direccin subrayando el elemento asctico. El capitalismo que conocemos en este siglo no se reconoce, en trminos generales, ni en su talante asctico ni en su compromiso social. Para Adam Smith en su obra clsica, ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros estn en la pobreza y en la miseria. La desigualdad genera una riqueza que se desentiende de su obligacin normativa de ser til. La corrupcin es una de las funciones de la propiedad sin funcin. De la ascesis que el capitn de empresa se impona a s mismo hemos pasado a la austeridad externalizada.

La desigualdad en la distribucin de los recursos tiene el poder de replicarse, como constat La Botie refirindose a la situacin que provocara la revolucin por excelencia: los tiranos cuanto ms saquean ms exigen; cuanto ms depredan y destruyen tanto ms se les da, se les sirve; y tanto ms se refuerzan y se vuelven cada vez ms poderosos y ms dispuestos para aniquilar y destruir todo. Las respuestas sociales a las desigualdades sangrantes ha sido tradicionalmente dos: la resignacin y la revolucin. La primera, obviamente, no deja huella en los libros de historia. La segunda s. Branko Milanovic, exdirector econmico del Banco Mundial y autor deGlobal Inequality: A New Approach for the Age of Globalization, recuerda que la desigualdad fue determinante en el desencadenamiento de la primera Guerra Mundial y ha resultado igualmente decisiva en las cuatro grandes revoluciones de la era moderna: francesa, rusa, china e iran.

Puesto que la igualdad, en cuanto isonoma, es una nota definitoria de la democracia, sera de esperar que la extensin de este marco poltico acabara poniendo coto a las desigualdades. Pero en el momento presente hay dos fenmenos que interfieren en esta exigencia: el neoliberalismo y el populismo.

Los contornos que ha venido a adquirir esta forma postmoderna de capitalismo que denominamos neoliberalismo hacen sumamente difcil marcar una divisoria clara entre la economa blanca y la negra. El propio sistema dibuja una amplia y elstica zona gris donde la legalidad pierde su brillo y su jurisdiccin. Con la particularidad de que la escolstica liberal es la ortodoxia, econmica y tambin en buena medida poltica, del momento. Los economistas son los sumos sacerdotes. La economa de la oferta es un artefacto de probada eficacia para bombear recursos desde la base hasta la cspide de la pirmide social.

Una persona avezada en estas transacciones tiraba de lxico religioso: madre superiora, capelln, mosn, misales Era un recurso literario. W. Benjamin escribi un artculo, El capitalismo como religin, en el que afirmaba que el capitalismo es, presumiblemente, el primer caso de un culto que no expa la culpa sino que la engendra. Aqu, este sistema religioso se arroja a un movimiento monstruoso. [] El capitalismo es una religin hecha de mero culto, sin dogma. Los parasos otra importacin del lenguaje teolgico fiscales son el ms all venturoso para la cosecha de la desigualdad y hay miles de bufetes de especialistas financieros dedicados al sacerdocio de oficiar transacciones ilcitas y otros tantos de togas doradas encargados de defender a los pecadores pillados. Los tcnicos de Hacienda han identificado hasta 130 parasos fiscales, sin duda un material tentador para aadir a esa soberbia exposicin sobre la cartografa que muestra ahora la Biblioteca Nacional. Gabriel Zucman, catedrtico de la Universidad de California, estima que en torno a un 8 % de la riqueza mundial se oculta en parasos fiscales (The Hidden Wealth of NationsThe Scourge of Tax Havens, 2015). A falta de dogma tenemos los textos sagrados que dan cuenta de su existencia: Papeles de Panam, Paradise Papers (), LuxLeaks, ms otros menos solemnes como la lista Falciani. Por no hablar de cajas B y otros artefactos opacos de esta teologa de la expropiacin.

Naturalmente cada teologa crea su propia legalidad. La desigualdad no es un pecado y la corrupcin oscila entre el mrito o el pecado venial; fcilmente amnistiable. Cuando a Jordi Pujol le comentaron que sus hijos andaban en negocios sospechosos contest que lo hacan mejor que los dems, y as qued la cosa; incluida la historia de la herencia paterna. Las historias del tico de Ignacio Gonzlez implicado en el caso Lezo con el negocio del agua de por medio y los regalos de Mato, son de la misma escuela discursiva. La permisividad y la amnista son la regla en esa zona gris en la que reina un liberalismo amoral.

Se ha caracterizado la democracia como un sistema de controles y contrapesos. Uno de ellos se refleja en la dialctica entre estado (democracia) y mercado (sistema econmico). Es una obviedad que en los ltimos aos el fiel ha basculado brutalmente del lado del ltimo. La trinidad neoliberal desregulacin, privatizacin, liberalizacin ha erosionado hasta lmites insospechados la soberana popular y el zcalo de los derechos sociales. Para ello se ha manufacturado una artillera retrica asentada en el mito de que la gestin privada es superior. Lo que ha llevado a la merma de instancias de titularidad pblica y est erosionando crudamente los pilares del estado social: sanidad, educacin, agua, justicia, dependencia, pensiones. Defender la gestin pblica es pura hereja y proponer gastos sociales pecado mortal. Del mito se desprende, asimismo, de forma natural una cruzada mercantilizadora: nada puede sustraerse al mercado; todo es susceptible de compraventa, de los rganos a los recursos bsicos, de la voluntad a la justicia. Los beneficios de los accionistas y los bonos se han convertido en el fulcro de la actividad econmica. Los trabajadores son relegados al purgatorio de los costes laborales y las leyes no son ms que estorbos que deben ser esquivados, torciendo su brazo o saltndoselas. Los castigos por estos delitos no causan estigma, no parece existir la pena social que correspondera a una transgresin insolidaria. Parecera que la corrupcin misma es parte del mercado hasta el punto de que cabe hablar de un mercado de la corrupcin, con una demanda cada vez ms cautiva por el crecimiento de la asimetra en la redistribucin: Too big to fail, too big to jail. Nada est tampoco por encima del criterio del beneficio. La finalidad econmica se ha convertido en un fin en s misma y ha capturado a la poltica. Las elecciones corren el riesgo de convertirse en un ritual sin mordiente efectivo, porque desde otras instancias rige un dogma inapelable, el de la disciplina de las reformas estructurales y los presupuestos austericidas.

El otro escollo para la democracia es el populismo. El historiador Timothy Snyderescribe (Sobre la tirana. Veinte lecciones para aprender del siglo XX, 2017): Podramos caer en la tentacin de pensar que nuestro legado democrtico nos protege automticamente. Se trata de un reflejo equivocado. Nuestra tradicin nos exige que examinemos la historia para comprender las profundas fuentes de la tirana y que reflexionemos sobre la respuesta adecuada que hay que darle. No somos ms sabios que los europeos que vieron cmo la democracia daba paso al fascismo, al nazismo o al comunismo durante el siglo XX. Aade que los movimientos que desembocaron a la II Guerra Mundial fueron reacciones a las desigualdades y a la incapacidad de las democracias para hacerlas frente. Lderes mesinicos encandilaron a las masas con los mitos de la raza, la nacin o el imperio. As, Weimar sucumbi en pocos aos a las botas etnopopulistas (vlkisch) del nazismo. As, la razn se vio anegada por el mito y las emociones incandescentes que prometan devolver la grandeza perdida a las banderas. Make America great again, nos suena a dj vu: la monserga del destino robado. No somos ms listos pero somos probablemente ms vulnerables. Goebbels no dispona de la divisin de cibermercenarios que han prestado unos servicios al parecer decisivos a Trump, los cruzados del Brexit, Marine Le Pen, Putin, Duterte, y antes a los liguistas, Berlusconi o Fujimori. El etnopopulismo no puede entenderse sin esta instancia de mediacin que a travs de las redes sociales produce realidades y verdades alternativas. Existe tambin un mercado de la (pos)verdad en la misma manzana del mercado de la corrupcin.

Con ello llegamos a la tercera pieza del argumento. Hemos visto la estrecha relacin que existe entre desigualdad y corrupcin. Estudios recientes han mostrado una conexin no menos inquietante entre corrupcin y populismo. Un informe de Transparency International (Corruption and inequality: How populists mislead people) sostiene que el incremento de la percepcin de la existencia de corrupcin en los servicios pblicos y de la impunidad que suele favorecer a los beneficiarios empuja a los pases hacia lderes populistas que hacen del discurso contra las lites y de la promesa de acabar con la corrupcin su bandera. El informe establece que corrupcin y desigualdad social estn estrechamente relacionadas y son una fuente de malestar popular; y aade que el balance de los lderes populistas para hacer frente al problema es deprimente. El estudio avala la tesis de la simbiosis, en trminos ms tcnicos, la bidireccionalidad de la relacin causal: los dos fenmenos interactan en un crculo vicioso en el que la corrupcin favorece la desigualdad en la distribucin de poder y esta asimetra se traduce en una desigual distribucin de riqueza y oportunidades. El ttulo de uno de los apartados no puede ser ms transparente: captura del estado, corrupcin a gran escala y muerte de la democracia. Quizs habra que ir pensando en la figura de los delitos de lesa democracia. Entre tanto, han apuntado bien los organizadores de la marcha contra la vergenza, que ha recorrido varias ciudades israeles el 2 de diciembre pasado, precisamente para protestar contra la corrupcin y el intento de Netanyahu de forzar las leyes para asegurarse la impunidad tras varios casos que le afectan. Vergenza que cabe sentir la ciudadana de cualquier pas afectado por haber elegido a esos polticos y haberlos colocado en las altas instituciones del estado, las que nos representan.

A la vista de ciertos resultados electorales, parece claro que el populismo ha sabido aprovecharse del extendido descontento con un sistema o un rgimen corrupto, presentndose como solucin. Acaso el populismo es una suerte de clientelismo emocional que, como el otro, se aprovecha de la vulnerabilidad de los ms pobres a los que, hurfanos de la proteccin que les debe el estado, no les queda otro remedio que agarrarse a estas soluciones mgicas y peores que la enfermedad. El populista pesca en el caladero de las frustraciones y capitaliza los resentimientos nacidos de la desafeccin hacia la instituciones (incapaces de proveer los servicios bsicos) y la rabia contra la desigualdad (expectativas fallidas). En la medida en que el populismo pone el foco en el lder en vez de en el partido o la organizacin contribuye a menguar la confianza poltica (el lder populista es a menudo antisistema) y a debilitar la responsabilidad del electorado. La confianza es un factor clave. Como sostiene otro minucioso estudio, la corrupcin debilita la confianza en las instituciones polticas y los populistas explotan esa veta del descontento. Por eso la recuperacin de la confianza en la integridad de la poltica es la pieza clave para salir del crculo vicioso.

Conviene mencionar un par de afinidades electivas entre neoliberalismo y populismo. Por un lado, se observa una variante de las puertas giratorias: figuras que han ocupado puestos de relevancia en instancias de las corporaciones financieras se incorporan luego a las filas de las formaciones etnopopulistas. Orban o Netanyahu entran en el lote; pero citar un caso ms novedoso, el de Alice Weidel, economista y empresaria, que inici su carrera en Goldman Sachs y fue figura destacada en la lista de AfD en las elecciones de septiembre. Weidel combate el euro, el centralismo europeo, el islam y la inmigracin. Por otro, a menudo el populismo sirve como hoja de parra para tapar (con frecuencia con los colores de la bandera) las vergenzas de la economa criminal. La demonizacin de los inmigrantes es un variante del mismo fenmeno. A veces los populismos pueden servir para ayudar a los amigos en apuros: la decisin de Trump sobre el traslado de la embajada en Israel coincide con una ola de protestas contra Netanyahu por corrupcin.

La democracia tiene entonces que combatir una hidra de tres cabezas: la desigualdad, la corrupcin y el populismo. El coste social de la desigualdad queda reflejado en estas palabras de alguien tan poco sospechoso de izquierdismo como el conde de Chateaubriand en sus Memorias de Ultratumba. A la pregunta de si un estado poltico donde unos pocos tienen millones, mientras que otros se mueren de hambre, puede subsistir cuando la religin no est ya ah, con sus esperanzas fuera de este mundo, para explicar el sacrificio, responde en vsperas de las revoluciones de 1848: La excesiva desproporcin de las condiciones y fortunas se puede soportar mientras se haya ocultado, pero tan pronto como esta desproporcin es percibida de manera general, el golpe mortal est dado. Recomponer, si se puede, las ficciones aristocrticas e intentar convencer al pobre, pero cuando sepa leer no creer ms; intentar persuadirlo de que debe someterse a todas las privaciones mientras que su vecino posee miles de veces ms lo superfluo. Como ltimo recurso, debern matarlos.

Desgraciadamente el populismo nos ha enseado que no basta con saber leer, hace falta saber lo que se lee y lo que se escucha. El impacto de la corrupcin tambin lo conocemos y no hace falta recurrir a la sofisticacin de los modelos matemticos de regresin y otros que hacen las delicias de los economistas. Yves Mny y Donatella Della Porta (eds. Dmocratie et corruption en Europe, 1995) lo resumen en pocas palabras: La corrupcin pone en peligro los valores mismos del sistema: la democracia es herida en el corazn; la corrupcin sustituye el inters pblico por el privado, mina los fundamentos del Estado de Derecho, niega los principios de igualdad y de transparencia favoreciendo el acceso privilegiado y secreto de ciertos agentes a los recursos pblicos. Se ha dicho que la corrupcin es una de las consecuencias de la desigualdad y que las dos juntas alumbran el descontento (o el cinismo: recordemos algunos argumentos desde posiciones supuestamente progresistas apoyando a Trump) de que se alimenta el populismo, un sntoma mrbido de una crisis poltica, segn Franz Bauman.

No somos ms listos que los europeos de los tiempos de la Repblica de Weimar, pero podemos aprovecharnos de su experiencia. Porque sabemos, no solo que los dolos cados pueden volver a levantarse, como escribi G. Orwell, sino que muy bien estos de pararreligin y pospoltica que son los populismos pueden estar incubando otros hasta ahora desconocidos. En ingls la expresin an elephant in the room hace referencia a un problema grave al que no se presta atencin. Pero ignorarlo no le resta importancia, al revs. La ubicuidad de los efectos y la omnipresencia de las noticias alusivas pueden conducir a una especie de banalizacin por habituacin, pero es difcil exagerar el peligro que augura la hidra. Por eso hay pocas tareas menos urgentes. No conviene olvidarlo estos das en que se habla tanto de Constitucin. Pero sin duda el problema desborda las fronteras nacionales, de modo que convendra atender a dos propuestas que han adelantado algunos expertos: establecer la figura de los crmenes econmicos contra la humanidad y, a la vista del carcter transnacional y global del mal, crear un Tribunal Penal Internacional Anticorrupcin. Acaso no resulte a la postre tan anecdtico que el Da Internacional contra la Corrupcin sea vspera del Da Internacional de los Derechos Humanos.

Martn Alonso Zarza es politlogo, autor de No tenemos sueos baratos. Una historia cultural de la crisis.

Fuente: http://ctxt.es/es/20171206/Firmas/16609/corrupcion-populismo-ctxt-alonso-zarza-constitucion-derechos-humanos.htm?utm_campaign=lecturas-finde-8-dic-suscris&utm_medium=email&utm_source=acumbamail



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter