Portada :: Ecologa social
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-12-2017

Los nufragos de Thoreau

Ariel Dorfman
Pgina 12


Los cuerpos yacen desparramados a lo largo de la playa. Darles entierro no es fcil ya que nadie conoce los nombres de los fallecidos, en su mayora mujeres y nios que han huido de hambrunas y pobreza con la esperanza de llegar a una tierra de promisin. Algunos espectadores miran boquiabiertos los escombros de un barco que acaba de naufragar, hecho trizas en las rocas como la cscara de un huevo, mientras otros, sin inmutarse, siguen con sus tareas cotidianas.

En medio de la muchedumbre que contempla estos destrozos, escribe un testigo, haba hombres que laboriosamente recolectaban las algas marinas que la tormenta ha depositado en el litoral, amontonndolas ms all del alcance de la marea, si bien a menudo se vean obligados a descartar pedazos de vestuario de su cosecha.

Esta escena de devastacin e indiferencia parece arrancada de los ltimos titulares y fotos que nos sacuden diariamente, otro grupo ms de refugiados que fugazmente aparecen y en seguida desaparecen con igual fugacidad de nuestras pantallas y de nuestra consideracin. Pero el naufragio de que hablamos ocurri en octubre de 1849 y sus vctimas fueron ciento cuarenta inmigrantes irlandeses que perecieron cuando el St John, el barco en que haban partido al Nuevo Mundo, como lo haban hecho Coln y los Peregrinos ingleses, zozobr durante una tormenta colosal en las orillas de Cape Cod. Y no recordaramos siquiera su existencia ni menos su destino aciago si quien narr su muerte no hubiera sido el gran naturalista y escritor Henry David Thoreau.

Cuando pensamos en Thoreau hoy no es para rememorar ese tipo de historias de desconsuelo. Este ao, que marca el bicentenario de su nacimiento, Estados Unidos ha celebrado una vida consagrada a la naturaleza en su luminosa multiplicidad, adems de sus meditaciones notables acerca de la desobediencia civil. Vale la pena, empero, examinar esa experiencia casi desconocida suya en la costa de Cape Cod, aquella calamidad que sobrevino hace tantsimo tiempo y que, sin embargo, sentimos tan tristemente contempornea, tan grficamente relevante.Porque Thoreau nos est lanzando por encima del abismo del tiempo un desafo que haramos bien en atender.

Lo que ms me sacude en nuestro siglo despiadado es la manera en que Thoreau comprendi y demarc el dilema moral al que se enfrentan quienes presencian en forma cotidiana catstrofes parecidas a las del hundimiento del St. John. Contempla el escritor a obreros que carecen de todo inters humano en el asunto, siguiendo con sus tareas habituales: Por mucho que tantos se haban ahogado, estos hombres no olvidaban que aquellas algas constituan una valiosa carga de fertilizante. El naufragio no haba producido una vibracin visible en el tejido de la sociedad. Y nota que, para un viejo que, junto a su hijo, empujaban un carro de algas despedazadas a su rancho, aquellos cuerpos no eran sino otras algas que la marea haba vomitado, sin valor para sus propsitos.

Thoreau no se pone a emitir juicios respecto a esta actitud, tal vez porque ella refleja, extraamente, su propia perspectiva, animada por un cierto desapego sin pasin. Explica y vaya que era elocuente este autor para escudriar sus vaivenes y contradicciones mentales! los motivos detrs de esta distancia emocional: Si hubiese hallado un cadver tirado sobre la playa en algn sitio solitario, me hubiera afectado ms, agregando que ms que todos los cementerios juntos, es lo individual y lo privado que reclama nuestra simpata.

Es una observacin que incomoda, tanto ms por ser irrefutable. nicamente en este ao del bicentenario del nacimiento de Thoreau, descomunales contingentes de refugiados siguen agonizando sin que tengamos la menor idea de su vida, sueos, rostros. Quin sabe algo tangible sobre los centenares de mexicanos y centroamericanos que, en forma annima, fenecieron solo en el 2017 tratando de cruzar el desierto que, como un ocano vasto y seco y pedregoso, separa a Mxico de los Estados Unidos? O acerca de los Rohingya que se han ahogado en estos das en la Baha de Bengal cuando huan de las masacres en Myanmar? Y acaso no ignoramos por completo la vida y la muerte de los casi tres mil emigrantes de frica y del Medio Oriente que han perecido en el Mediterrneo en busca de santuario en Europa, cien de ellos en las ltimas semanas, incluyendo a veintisis mujeres de Nigeria, la mayora menores de edad que pueden haber sido violadas antes de que se las tragaran las aguas?

No podramos decir de estos refugiados, como escribi Thoreau al contemplar los cadveres irlandeses, Para qu hacerse cargo de estos cuerpos muertos? De hecho, no tienen otros amigos que los gusanos y los peces.

Si Thoreau estuviese vivo, podra sobradamente usar nuestra asombrosa falta de atencin hacia la tragedia ajena como una prueba de qu poco ha cambiado desde que camin las playas de Cape Cod en 1849. Todava estamos confrontados hoy, como lo estaremos maana, por la misma disyuntiva tica que Thoreau formul con elegancia pero que no supo resolver: cmo rejuvenecer las fuentes de la piedad cuando las imgenes de despojos humanos en las costas o los desiertos o bajo las ruinas de una ciudad son tan incesantes e inagotables que terminan convertidos en una nebulosa de cuerpos muertos que nadie puede discernir y procesar de una manera significativa?

Una manera de encarar este colapso de la compasin, segn algunos psiclogos lo han denominado, es seguir una ruta que Thoreau mismo no tom. Los trajines de la Naturaleza, deca l, eran responsables de aquellos decesos, sin mencionar ninguna visible vibracin del tejido social que podra haber impulsado a esas familias a abandonar su patria natal. No identifica (ni en este escrito ni en otro alguno) la hambruna que empuj a tantos habitantes menesterosos de Irlanda a emigrar, una hambruna que fue creada por los seres humanos y no por alguna caprichosa ley de la Naturaleza. La peste que afect a las papas y llev a tantas familias irlandesas a subirse a embarcaciones peligrosas fue exacerbada por aflicciones sociales y econmicas: la explotacin de los predios por terratenientes remotos, los procedimientos que favorecan la crianza de ovejas por sobre el cultivo de alimentos, a lo que habra que agregar la negligencia y crueldad del gobierno colonial britnico que export al extranjero cantidades de comestibles en los mismos aos en que su poblacin se mora de hambre.

Hoy, si cada uno de nosotros no podemos albergar en nuestro corazn la plenitud inmensa de nuestras adversidades contemporneas, es posible, por lo menos, admitir y comprender las causas profundas y prolongadas de tales cataclismos, un paso imprescindible si queremos impedir nuevas desgracias. Guerras civiles, miseria, represin poltica, sequas prolongadas y contaminaciones ambientales no han sido forjadas por la Naturaleza, sino por el Hombre. De hecho, es nuestra sumamente humana depredacin del mundo natural lo que ms tema Thoreau cuando agradeci que los hombres no pueden volar porque, adems de la tierra, arruinaran el cielo y el aire lo que reiteradamente genera los conflictos y la escasez que han compelido a tantos a buscar amparo en pases extraos. Una situacin que va a empeorar: la Organizacin Internacional para las Migraciones (OIM) ha calculado que, para el 2050, los cambios climticos llevarn a doscientos millones de refugiados a huir de sus hogares.

Si Thoreau no analiz la tempestad de males sociales que condujeron a ese naufragio tan desafortunado de 1849 con la paciencia y perspicacia que dedic a rboles y flores y arroyos, nos puede servir, sin embargo, como un modelo de lo que debemos hacer cuando nos sentimos indefensos y sobrepasados por la magnitud de los horrores que nos agreden en forma peridica. Nos urgira, en estos tiempos en que la Tierra que l tanto vener sufre un saqueo insensato, cuando las migraciones forzadas han llegado a definir nuestro siglo violento, que escuchemos su llamado a una resistencia pacfica a la opresin, su profeca de que nunca es tarde para que los hombres honestos se rebelen.

No se trataba, para Thoreau, de meras palabras. Oponindose a las dos iniquidades de su tiempo, las infamias de la esclavitud y de la guerra de los Estados Unidos contra Mxico (cuyo fin imperial era expandir los territorios donde poda prosperar la venta y explotacin de esclavos), se neg a pagar sus impuestos, prefiriendo que lo encarcelaran. Fue esta postura la que condujo a Thoreau a escribir su ensayo sobre La Desobediencia Civil, que iba a servir de inspiracin a Tolstoi y Gandhi, a Martin Luther King y a Prez Esquivel.

Por cierto, muchas veces tales actos de desafo a la autoridad y a la ley tienen consecuencias penosas y a veces letales. Y es igualmente cierto que muchos entre nosotros y me incluyo a regaadientes en esa mayora no poseen ni la fuerza de voluntad ni el coraje para aguantar tales agravios. Eso no significa que estemos condenados a llevar vidas de silenciosa desesperacin que terminan en el cementerio sin haber cantado la cancin que llevamos adentro. Thoreau comprende que el camino del martirio no es para todos. Por el contrario, doscientos aos despus de su nacimiento, sugiere que cada uno de nosotros puede participar a su manera en la transformacin del mundo: Puesto que no importa cun pequeo parece algo en su comienzo: lo que se hace bien tiene efectos eternos.

Thoreau cree que nosotros, como la Naturaleza misma, podemos renovarnos completamente cada da que pasa. Su voz nos alienta para que descubramos aquel mnimo gesto con que contribuir a una sociedad diferente. Es una tarea urgente, ya que aquellos cadveres que infectan las arenas y el mar que tuvo que contemplar Thoreau y que se repiten obscenamente en nuestros das vaticinan, en el lienzo proftico de nuestra imaginacin, el destino colectivo que espera al barco de la humanidad que se dirige inexorablemente a las rocas. Esos muertos abandonados nos estn advirtiendo que es necesario actuar ahora mismo, que hay que cantar esa cancin que todava persiste adentro, antes de que sea demasiado tarde para prevenir el naufragio que amenaza a nuestro daado planeta. Y sin un Thoreau en la playa para que relate cul fue nuestro destino final.

Ariel Dorfman es autor de La muerte y la doncella y, recientemente, de la novela Allegro. Viveen Chile y en los Estados Unidos, donde es profesor emrito de la Universidad de Duke.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/83091-los-naufragos-de-thoreau



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter