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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-12-2017

Tambin los medios privados se deben a la gente
El secuestro de la palabra pblica

Flix Talego y Jos ngel Gayol
Atlntica XXII


Era difcil igualar en RTVE la desfachatez del director de informativos Alfredo Urdaci, condenado por la Audiencia Nacional por el nefasto tratamiento que dio a la huelga general de 20 de junio de 2002, y que culmin en una bochornosa lectura literal de las siglas de Comisiones Obreras en la sentencia por la que fue condenado. Un papel poco decoroso desde el punto de vista periodstico pareca difcil de igualar o, incluso, superar. Sin embargo, un mes antes de las elecciones generales del pasado 26-J, el Consejo de Administracin de RTVE aprob diversos cambios en puestos de relevancia. Y el director del ente pblico, Eladio Jareo, convoc al nuevo equipo a una reunin en la que quiso dejar claro que su prioridad era mantener la misma lnea seguida en la televisin pblica hasta el momento, crear una imagen de equipo unido y sobre todo en el que no existiera fragmentacin ideolgica (sic). El proceder de estos directivos se aleja de la imparcialidad exigible, asemejndose a comisarios polticos de la mejor dictadura o la peor democracia, si bien siguen la tnica acostumbrada en las televisiones pblicas desde que se tiene memoria.

Pero el secuestro gubernamental de los medios pblicos es solo un aspecto de la problemtica de los medios de comunicacin. En el caso de las cadenas privadas, podemos advertir la concentracin de diferentes medios de expresin (televisin, radio, diarios) en manos de oligopolios orientados al lucro. Vemoslo con un ejemplo menor: hace aos fue invitado Francisco Umbral a un programa de cualquiera de estas cadenas y, viendo que pasaba el tiempo en lo que debieron parecerle memeces, sin que se hablara de su libro, lo grit intempestivamente: Yo he venido aqu a hablar de mi libro!!. Fue sin duda un exitoso reclamo, pero imprevisto y quiz contra el criterio de los dueos del programa. Porque ya entonces, y aun ms hoy, cuando alguno de estos grupos quiere promocionar un libro de la casa (de una editorial del grupo), se entrevista al autor en el programa cultural de turno y magazines; aparece su efigie en la portada de los noticiarios del da, cual suceso de trascendencia nacional; le vemos en otros medios del mismo grupo empresarial en pintorescos contextos, como revistas de moda, de cocina, de bricolaje, etc y a vender. Porque el objeto de los medios privados es vender, como es natural, que para eso son negocios. Con tal fin gastan ingentes cantidades en publicidad y van formando a la ciudadana, no como ciudadanos atentos a la repblica, sino como consumidores ideales (insaciables). Esto convierte la informacin en pura mercanca.

La actualidad

As que tenemos al frente de los medios pblicos a comisarios ms o menos sutiles y al frente de los privados a buhoneros. Unos y otros encaramados en tecnologas sofisticadas de capacidad ubicua. Y mandando sobre acreditados profesionales en penosas condiciones de alienacin (de autocensura) que solo excepcionalmente burlan. Y las redes de Internet?

Muchas voces crticas con tal panorama de dominio masivo afirman que Internet supone una ventana nueva para acceder a otras informaciones y espacios de deliberacin. No podemos desconocer el papel que Internet ha jugado en los recientes acontecimientos polticos. Las redes sociales en parte reemplazan en parte complementan los antiguos cafs, tertulias y cenculos polticos, en configuraciones ms desubicadas y glocales. As, son ya los principales catalizadores de activismo poltico, conectando el aislamiento que la sociedad de consumo genera en el individuo.

Con todo, cuestionamos que el acceso a las redes de comunicacin virtual suponga, per se, un aumento de la autonoma y capacidad poltica de la sociedad civil: para empezar, porque no toda la poblacin ha adquirido las competencias adecuadas de alfabetizacin digital. Pero, sobre todo, porque estos nuevos medios no pueden producir dos fenmenos polticos fundamentales de nuestras sociedades, la actualidady la mayora. No pueden precisamente por ser reticulares y polifnicos, dando lugar a una algaraba de voces plurales y diseminadas en urdimbre, cual los corrillos que podan verse en las plazas, cuando la comunicacin era todava cara a cara. Pero, tanto los corrillos y grupos ubicados antes en las plazas como los desubicados de ahora en la red, no pueden producir la actualidad, solo hacerse eco de ella. De hecho, casi lo nico que tienen en comn los corrillos es la actualidad.

La actualidad no es obra de cualquier crculo de poder conspirativo, como s lo fueron las toscas censuras de las dictaduras de antao, tan brutales. La actualidad es el conjunto de temas de inters del momento, que va siendo modulado -no concertadamente- por diversos actores, pero, entre ellos, decisivamente, por los mass media. Estos a su vez amalgamados en un conjunto mayor, la llamada industria del entretenimiento. sta, aunque se extiende mucho ms all del mbito de los mass media, tiene en ellos su baluarte fundamental. Porque solo estos llegan a cada uno y a todos los corrillos sociales, a los ubicados de antes y a los desubicados de hoy. Solo ellos son ubicuos. Esta condicin ubicua de los mass media no se debe a que se les otorgue ms o menos verosimilitud, credibilidad o prestigio, sino a que nicamente ellos pueden desplegarse a todo lo extenso del territorio concernido, recoger el acontecimiento, las voces de los protagonistas y el discurso de los jerarcas, a menudo propalado por gargantas o plumas mercenarias (editorialistas, expertos de guardia, tertulianos). Porque la actualidad va siendo construida con la materia prima que aporta el acontecer en el territorio pertinente, que solo los medios de masas desplegados sobre el terreno pueden recoger.

Y son ms ubicuos cada vez, porque, al contrario de lo que afirman quienes creen en el potencial emancipatorio de las redes, su poder se ha acrecentado con la extensin de la comunicacin electrnica y digital: hasta alcanzar la situacin presente, en la que casi lo nico que puede hablarse en comn fuera del mbito ntimo y privado (esto es, en la esfera social y en la esfera poltica), en cualquier autobs, en cualquier frutera, en cualquier esquina del mundo, es de lo que hablan los medios de masas.

Entre los emisores de los mass media la televisin mantiene la posicin descollante: est siempre por medio y nadie le presta atencin, pero en los acontecimientos crticos, magnicidios, golpes de Estado, hecatombes imanta poderosamente la atencin de las masas. Y en los interregnos turbulentos, quien gana su control obtiene, casi decisivamente, la legitimidad (como se ve descarnadamente en los golpes de Estado, ya casi siempre televisados). Por tanto, la actualidad es bsicamente televisiva, si bien no teledirigida, porque es el resultado siempre inacabado y renovado de un proceso complejo: como el ro de Herclito, siempre cambiante y siempre idntica en tanto actualidad; un precipitado inestable de propiedades emergentes -nada conspirado-, pero en el que predominan siempre los compuestos que a la pucha van sucesivamente vertiendo los ms grandes grupos meditico-publicitarios estatales y privados. As, en fin, es esta mixtura vergonzante, en lo que tiene de permanente, la fuerza de socializacin principal de nuestras sociedades, mucho ms decisiva que las escuelas, al menos en lo que refiere a la mayora.

La mayora requiere para existir de la conformacin previa de la actualidad. Es un precipitado sencillo de ella, cualquiera de sus elaboraciones estadsticas ad hoc: la mitad ms uno de los individuos respecto al tema de actualidad. Como tal, la mayora es enteramente un fenmeno de la sociedad de masas.

El espacio pblico

Esta es la realidad actual de los medios de comunicacin, de los amplificadores de voz que diferentes actores sociales utilizan para informar, anunciar, opinar, expresar. Pero tiene que ser necesariamente as? Se ha dicho que ellos son el mensaje; que, ms que informar y comunicar, forman masas; que son instrumentos para vender audiencias a las compaas publicitarias y/o entretener votantes entre elecciones. Todo ello puede ser verdad (acabamos de sostener que esta es su realidad presente) a condicin de que se describa un estado contingente de los mismos. Pero deja de ser verdad si se afirma que sa es su esencia: los medios de comunicacin no necesariamente tienen que ser instrumentos de alienacin y control en manos de Gobiernos u oligarquas. Este ser el caso si las comunidades polticas siguen una deriva autrquica u oligrquica -con independencia de la formalidad democrtica-, pues los medios tendern a reflejar esa correlacin de fuerzas. Pero esta es solo una de sus posibilidades, aunque sea la nica que hemos conocido.

Si creemos que la ciudadana puede, y debe, comenzar a empoderarse, hemos de luchar por un horizonte de medios de comunicacin no usurpados: porque no hay efectiva ciudadana sin unos medios de comunicacin rigurosamente regulados para garantizar el acceso libre y horizontal de la gente; sean medios pblicos o privados, si a ellos no tiene igual acceso la ciudadana plural organizada, la democracia queda gravemente menoscabada: porque la usurpacin de la palabra es la ms grave para la libertad y la democracia; porque no hay igualdad genuina donde no hay igualdad de palabra, aun habiendo estpida y opulenta igualdad de bienestares y cacharrera industrial.

Por eso, la pelea por una ciudadana autnoma, celosa de la palabra propia, ms atenta a la cosa pblica y menos al crecimiento comercial e industrial, tendra que orientarse ante todo a denunciar la usurpacin de los medios de comunicacin por cualesquiera oligarquas o poderes sectoriales.

Por tanto, la palabra en el espacio pblico: he ah la cuestin. Un tratamiento integral del tema -aqu necesariamente sumario- exige atender tanto a los medios pblicos como a los privados, ya que todos tienen su lugar y emiten en el espacio pblico. Y el espacio pblico, al contrario de lo que sostienen las voces liberales (tan bien agasajadas en los medios!), no es una realidad preexistente o prepoltica, sino acabadamente poltica; es un producto de la comunidad poltica, y existe solo por esta y mientras esta exista.

El espacio pblico no es como la bveda celeste o el mar ignoto: dominios de nadie, a los que cualquiera puede lanzar mensajes, en botellas o satlites, por si allende los recoge un aliengena. Es una compleja construccin poltica que la ciudadana constituida en poder pblico conviene en sostener, un lugar interno en el que expresar y deliberar segn las condiciones que entre todos pactemos (o se nos impongan). Esto, en las condiciones estatales y supraestatales de nuestro tiempo, conlleva que los espacios pblicos sean inmensos foros no presenciales, en los que la viva voz no es suficiente para participar efectivamente, sino que son necesarios altavoces desde los que hablar. Estos son los medios de comunicacin, los pblicos y los privados. Todos regulados y amparados por las leyes promulgadas por los Gobiernos que elegimos, y protegidas por las fuerzas del orden dentro del espacio pblico. En razn de ello, las crticas ciudadanas sobre calidad democrtica y tica deben (debieran) dirigirse igual a los medios pblicos que a los privados. No vale excluir a estos del comn rasero aduciendo que son propiedad privada, pues, aunque el micrfono lo sea, la palabra emitida llega al espacio pblico de la comunidad poltica, que es su condicin de posibilidad y su fuente de autoridad genuina.

La tradicin que remonta a Montesquieu, Montaigne y La Botie (y de ellos a los atenienses del perodo clsico, tan cuidadosos de la isegora) nos obliga a denunciar el secuestro de la palabra pblica por corporaciones de buhoneros, camarillas partidarias, jerarquas eclesisticas y contubernios militares, con la consecuente degradacin del espacio pblico y de la ciudadana, rebajada a la condicin de consumidores insaciables, laborantes amedrentados y votantes cuatrienales.

El rescate posible

En fin, si grave es que la palabra pblica la controle el Gobierno, igual de grave es que la controle el dinero. Por tanto, tiene mucho sentido seguir denunciando, como suele hacerse, el control espurio de los medios de titularidad pblica por los Gobiernos de turno, camarillas, jerarquas y contubernios varios. Pero tanto o ms sentido tiene -y se hace menos- denunciar que las oligarquas financieras se valgan del dinero que atesoran para que su palabra se escuche ms y mejor (ecualizada y en tecnicolor) que la del resto de [email protected]

Sus empleados quieren convencernos de que la usurpacin que perpetran del espacio pblico es libertad. Pero es al contrario: la libertad comenzara cuando industriales y banqueros tuvieran que conformarse con los mismos altavoces que el resto de la gente. Y no estamos proclamando la colectivizacin y la superacin del sistema capitalista: atrs ha quedado (va quedando) esa desgracia terica que ha sido el marxismo. Los negocios de usureros, buhoneros y fabricantes de cosas son necesarios y bueno es que ganen su dinero, dentro de un orden y con un lmite. Pero mejor nos ira si les desposeysemos de ese aura que cultivan de avanzados del Crecimiento y el Progreso, y de adalides de la Libertad, para dejarlos como al resto de la gente, pidiendo la vez para hablar en el espacio pblico.

Pero cmo rescatar los medios de comunicacin de las garras de camarillas gubernamentales y emporios de usureros y mercachifles? Si nos convencemos de que merece la pena, hallaremos el modo.


Fuente original: http://www.atlanticaxxii.com/tambien-los-medios-privados-se-deben-la-gente/



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