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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-12-2017

Sin novedad en Afganistn
Seguimos esperando

Andrew J. Bacevich
TomDispatch


Un pas adicto a la guerra

Introduccin de Tom Engelhardt

Ha pasado durante muchos aos... los predadores movindose en busca de su presa. Alguna atencin se ha prestado al fenmeno y al efecto devastador que sus actos han tenido en sus vctimas, pero en realidad eso no ha importado. La carnicera no ha hecho ms que ampliarse. 

Oh... antes de que contine algo ms, permtame el lector que aclare una posible pequea confusin. No estoy hablando de Charlie Rose, Roy Moore, Donald Trump, Harvey Weinstein ni de ningn otro de esa nueva panda de predadores, Me refiero a los asesinos robot de Estados Unidos, los drones que hace tiempo fueron tristemente llamados Predator (retirados este ao) y sus primos ms avanzados, los Reaper (como en la literatura; la Parca) los que se hicieron cargo de la que alguna vez fuera una actividad ilegal en Estados Unidos el asesinato poltico e hicieron de ella la ley suprema de este pas y en cada vez ms extendidas partes del globo. 

En estos aos de rapia, el presidente todos los presidentes se ha convertido en un asesino en jefe. George W. Bush empez la historia con 50 ataques con drones en el Gran Oriente Medio durante sus aos en la presidencia. Barack Obama multiplic por 10 esa cifra. l, incluso tuvo su propia lista de condenados a muerte y sus encuentros cada martes del terror en la Casa Blanca solo para decidir quines deban ser incluidos en esa lista. Donald Trump no ha hecho ms que dar permiso a las fuerzas armadas de Estados Unidos y a la CIA para que manden esos drones al sitio que les parezca. Hoy en da, esos ataques con drones son moneda corriente tanto en una zona que comprende Yemen (casi un ataque diario en los meses siguientes a la entrada de Donald Trump en el Despacho Oval), Afganistn (donde a la CIA se le ha otorgado, por primera vez, licencia para atacar a discrecin), Pakistn (donde recientemente se ha intensificado ese tipo de incursiones), Somalia (23 ataques en 2017), Iraq... y Nger (donde de la vigilancia estadounidense con drones se ha pasado a los drones con bombas y cohetes). En esta actividad blica en todo el Gran Oriente Medio y partes de frica, Estados Unidos no solo ha eliminado a sospechosos de terrorismo sino tambin a importantes nmeros de civiles, entre ellos nios y ciudadanos estadounidenses (dos de ellos eran menores). Los drones, que aterrorizan a las poblaciones all donde vuelan, han resultado ser feroces asesinos, capaces de cruzar fronteras en un abrir y cerrar de ojos y sin respetar soberana nacional alguna, por no hablar de su notable capacidad para reclutar nuevos integrantes de grupos terroristas. 

Y no olvidemos que esas interminables campaas de asesinatos con drones no son ms que una pequea parte de las guerras estadounidenses de los ltimos 16 aos, unas guerras financiadas por el estado de seguridad nacional que han alcanzado nuevas cotas y transformada a Washington en la capital de la guerra permanente. 

Hoy, Andrew Bacevich, colaborador habitual de TomDispatch, se pregunta cundo de verdad se dar cuenta de este pas que los Predators de Estados Unidos alguna vez en el extranjero, finalmante, en las ltimas semanas, estamos vindolos en casa.

--ooOoo--

Ha llegado el momento Harvey Weinstein para las guerras de Estados Unidos?

En qu consiste un momento Harvey Weinstein? El hoy cado en desgracia magnate de Hollywood de ninguna manera es el primer poderoso que ha sido acusado de abusar de mujeres. Los predecesores de Harvey son una legin, su prominencia iguala o excede a la de aqul y los delitos de los que se les acusa son al menos reprensibles.

En el pasado relativamente cercano, la lista de delincuentes destacados incluira a Bill Clinton, Bill Cosby, Roger Ailes, Bill ORielly y, por supuesto, a Donald Trump. Si agregramos a deportistas, maestros, altos jefes militares, catedrticos acabaramos con una lista bastante importante. Aun as, en prcticamente todos los casos, las supuestas transgresiones fueron tratadas como instancias individuales de mala conducta, tal vez mayscula, pero con una resonancia poltica como mucho transitoria.

Sin embargo, todo eso fue antes de Harvey. En lo que respecta a las francachelas sexuales masculinas, podramos comparar la pica de Weinstein con el descalabro burstil de 1929: una semana son los aos veinte en los que todo estaba permitido y a la semana siguiente estbamos en medio de la Gran Depresin.

Cul es la profundidad del cambio? En Massachusetts, donde yo vivo, pasamos el ltimo ao celebrando el 100 aniversario del nacimiento de John F. Kennedy. Si l estuviese todava por aqu para unirse a los festejos, sera un delincuente sexual de Clase A. Pocas veces en la historia de Estados Unidos el paisaje cultural ha cambiado tan rpido y tan radicalmente.

En nuestro mundo post-Harvey, los hombres acusados de mala conducta sexual son culpables hasta que prueben su inocencia, todos los delitos son sancionados con la pena capital y no existe la prescripcin. El que una vez fuera un hueco eslogan corporativo, tolerancia cero, se ha convertido en un grito de guerra.

Todo esto sirve para recordar que, al menos en algunos asuntos, el pblico estadounidense mantiene una admirable capacidad para la indignacin. Podemos distinguir los tolerable y lo intolerable. Y podemos exigir que los poderosos y las instituciones rindan cuentas.

Todo lo que necesitan ganar (otra vez!)

Lo sorprendente es que esa capacidad de indignarse y de exigir responsabilidades no se extienda a nuestra bien establecida inclinacin por la guerra en gran parte del planeta.

De ninguna manera deseo minimizar el dolor, el sufrimiento y la humillacin de las mujeres atacadas por los rprobos que ahora estn recibiendo su merecido. Pero a juzgar por la informacin publicada, las mujeres (y hombres, en algunos casos) acosadas por Weinstein, Louis C.K., Mark Halperin, Leon Wieseltier, Kevin Spacey, Al Franken, Charlie Rose, Matt Lauer, Garrison Keillor, Roy Moore mi compaero de clase en West Point y sus compadres* al menos se las arreglaron para sobrevivir a sus traspis. Ninguno de ellos ha sido acusado de asesinato. Ni ha habido muertes.

Comparemos su culpabilidad con la de los oficiales de alto rango que tenan mando o causaron los variados percances militares de este pas en el siglo XXI. Por supuesto, esas guerras dejaron un saldo de centenares de miles de muertos y acabarn costando muchos billones de dlares al contribuyente estadounidense. Tampoco esos costosos esfuerzos blicos eliminaron el terrorismo, como prometi el presidente George W. Bush cuando los soldados estadounidenses de hoy todava estaban en paales.

Bush nos dijo que, mediante la guerra, Estados Unidos diseminara la libertad y la democracia. En lugar de eso, nuestras guerras han sembrado el desorden y la inestabilidad, creado estados fallidos en todo el Gran Oriente Medio y frica. En su estela han hecho brotar cada vez ms y no menos grupos yihadistas, mientras los atentados terroristas aumentan en todo el mundo. Estos son hechos irrefutables.

Me resulta frustrante volver una y otra vez con esta triste letana de verdades. Me siento un poco como el doctor que le dice a un fumador de toda la vida con un cncer terminal de pulmn que su adiccin al tabaco est afectando negativamente su salud. La respuesta muda del paciente es: Lo s, y no me importa. Nada de la que diga el mdico le apartar de su hbito. Aunque se pregunte por qu, el mdico cumple con las formalidades.

Del mismo modo, la guerra se ha convertido en un hbito al que Estados Unidos es adicto. Excepto para los enajenados en fase terminal, la mayora de nosotros lo sabe. Tambin sabe imposible ignorarlo que, en lugares como Afganistn e Irak, las fuerzas estadounidenses han sido incapaces de cumplir con la misin asignada, a pesar de 16 aos de lucha en la primera y ms de 10 en la segunda.

Por no decir algo peor, no es exactamente una historia de buenos noticias. Por lo tanto, perdonadme por decirlo (una vez ms, todava), a la mayor parte de nosotros sencillamente no nos importa, lo que quiere decir que continuamos permitiendo que se d carta blanca a quienes tienen autoridad en esas guerras; al mismo tiempo tratamos con respeto los puntos de vista de los expertos y las personalidades mediticas que insisten en promocionarlos. Qu ha pasado no cuenta; preferimos seguir fingiendo que el futuro est preado de posibilidades. La victoria est a la vuelta de la esquina.

Por ejemplo, veamos un artculo reciente en U.S. News and World Report. Su titular es: Victoria o fracaso en Afganistn: 2018 ser el ao decisivo; sugiere una ausencia de equilibrio en el texto que sigue, que se lee como un comunicado de prensa del Pentgono. He aqu al completo el prrafo de sntesis de la noticia (las cursivas son mas):

Provista de una nueva estrategia y renovado apoyo de los antiguos aliados, la administracin Trump cree ahora que cuenta con todo lo necesario para ganar la guerra en Afganistn. En un todo de acuerdo con el secretario de Defensa Jim Mattis, los principales asesores militares dicen que podran cumplir con lo que no pudieron las dos administraciones anteriores: la derrota del Taliban por parte de las fuerzas locales apoyadas por Occidente, una paz negociada y el establecimiento en Kabul de un gobierno con apoyo popular capaz de impedir que el pas vuelva a transformarse en refugio de cualquier grupo terrorista.

Ahora bien, si usted compra esto, pensar que Harvey Weinstein aprendi la leccin y que se puede confiar en l para que entreviste, vestido con su albornoz, a jvenes actrices.

Para empezar, no hay una nueva estrategia. Los generales de Trump, aparentemente con el permiso de su patrn, solo estn modificando la vieja estrategia, que a su vez era una extensin de estrategias anteriores ensayadas, desfinanciadas y finalmente descartadas antes de haber sido dadas por malas y eventualmente recicladas.

Las fuerzas armadas de Estados Unidos, imposibilitadas de usar armas nucleares en Afganistn en la ltima dcada y media, experimentaron con casi cualquier alternativa imaginable: invasin, cambio de rgimen, ocupacin, construccin de una nacin, pacificacin, decapitacin, contraterrorismo y contrainsurgencia, por no mencionar varias ofensivas, de diferentes alcance y duracin. Hemos tenido una gran presencia de tropas y otra ms pequea, ms bombardeo o menos, normas de combate restrictivas y otras ms permisivas. En el equivalente militar de ir a por todo, un cuatrimotor a hlice del comando de operaciones especiales de EEUU hace poco tiempo dej caer la ms poderosa bomba no nuclear del arsenal estadounidense en un complejo de cuevas subterrneas en el este de Afganistn. A pesar de que la MOAB hizo mucho ruido, la rendicin del enemigo no se materializ.

Hay que reconocer que, calladamente, los comandantes estadounidenses han aparcado cualquier expectativa de conseguir una autntica victoria definida histricamente como imponer la voluntad propia a la del enemigo en favor de la concepcin ms modesta de xito. En el ao XVII de la Guerra Estadounidense de Afganistn, la esperanza es que el adiestramiento, el equipamiento, el asesoramiento y la motivacin de los afganos para que asuman la responsabilidad de defender su pas permitan que alguna vez las fuerzas de EEUU y sus compaeros de coalicin puedan marcharse. En 2015, ese proyecto de construccin de las fuerzas de seguridad afganas, ya haba consumido por lo menos 65.000 millones de dlares del contribuyente estadounidense. Dadas las circunstancias, este dinero debe ser visto como apenas una primera cuota.

Segn el general John Nicholson nuestro decimosptimo comandante en Kabul desde 2001, las acciones pensadas e implementadas por sus numerosos predecesores han dado lugar a una paralizacin; es esta una generosa definicin, ya que en estos momentos el Taliban controla ms territorio que el que tena en su poder cuando la invasin estadounidense. Algunos oficiales tan capaces como el propio Nicholson, entre ellos David Petraeus y Stanley McChristal, no lo consiguieron. Yo confo en los argumentos de Nicholson.

Fundamentalmente, la nueva estrategia ideada por los generales de Trump entre ellos, el secretario de Defensa Mattis y Nicholson equivale a lo siguiente: qudate un tiempo ms pero no demasiado. Un moderado incremento en el nmero de soldados estadounidenses y aliados en el terreno proporcionar ms instructores, asesores y animadores para trabajar con sus colegas afganos y acompaarlos en el campo de batalla. El plan Mattis/Nicholson tambin prev un aumento en el nmero de ataques areos, algo marcado por la utilizacin reciente de los B-52 para bombardear narcolaboratorios ilegales del Taliban, un escenario que el mismsimo Stanley Kubrick difcilmente habra imaginado.

A pesar de la novedad del empleo de los bombarderos estratgicos para destruir unas chozas de adobe, no hay mucho de muevo por aqu. Si nos remontamos a 2001, las fuerzas de la coalicin ya han dejado caer decenas de miles de bombas en Afganistn. Las acciones conjuntas destinadas a crear unas fuerzas de seguridad afganas eficaces comenzaron tan pronto como el Taliban fue expulsado de Kabul. Del mismo modo, tambin lo hicieron los intentos de reducir la produccin del opio, una actividad con la que se financiaba la insurgencia Taliban, lamentablemente sin consecuencias apreciables. Lo que quieren los generales de Trump es un pblico confiado (y, sorprendentemente, unos congresistas confiados y distrado) que crea que, ahora s, han esbozado una frmula para corregir las cosas.

Doblando la esquina

Con su peculiar capacidad para intuir el xito, el presidente Trump ya percibe una clara evidencia de evolucin. Ya no combatimos solo para estar all, observ en su mensaje del da de Accin de Gracias a los soldados. Estamos peleando para ganar. Y en los ltimos tres o cuatro meses, vosotros habis dado vuelta las cosas como nadie lo haba hecho. El presidente, podramos sealar, todava no ha visitado Afganistn.

Supongo que el comandante en jefe tiene claro el hecho de que en los crculos de las fuerzas armadas, la palabra ganar ha adquirido una notable elasticidad. Trump puede pensar que implica la derrota del enemigo con banderas blancas y ceremonias de rendicin en la cubierta del acorazado Missouri. El general Nicholson lo tiene ms claro. Ganar, dice el comandante de campo, significa llegar a un arreglo negociado que reduce el nivel de violencia y protege a la patria (demos a esta definicin su valor nominal y podemos poner a Vietnam en la columna de los triunfos!).

Nos sorprendera que los generales de Trump, imitando inconscientemente al general William Westmoreland de hace medio siglo, volvieran a decir que ven una luz al final del tnel? En absoluto. Mattis y Nicholson (junto con John Kelly, jefe de personal de la Casa Blanca, y H.R. McMastaer, asesor de Seguridad Nacional) estn siguiendo el guin de Harvey Weinstein: continuar hacia adelante hasta que te obliguen a parar. Ciertamente, con lo que solo puede describirse como cinismo, el propio Nicholson anunci recientemente que habamos doblado la esquina en Afganistn. Por supuesto, al hacerlo est contando con que los estadounidenses no recuerden a los distintos gestores de la guerra militares y civiles, lo mismo da que hicieron el mismo anuncio en los ltimos aos, entre ellos el secretario de Defensa Leon Panetta, en 2012.

De ah en ms, las promesas de progreso se reflejan en dos escenarios: en el frente de lucha, los resultados ao tras ao estn lejos de lo prometido; en el frente interno, un pblico asombrosamente crdulo. Desde entonces, la guerra en Afganistn lleva mucho tiempo instalada en la melancola y una regularidad aparentemente perpetua.

El hecho es que las personas a quienes el presidente Trump les ha confiado la direccin de la poltica de Estados Unidos creen con absoluta certeza que los problemas polticos complicados pueden resolverse con un uso adecuado de la fuerza de las armas. Es a esta propuesta a la que los generales como Mattis y Nicholson han consagrado una parte importante de su vida, no solo en Afganistn sino en todo el mundo islmico. Es tan improbable que cuestionen la validez de ese enfoque como que el Papa ponga en duda la divinidad de Jesucristo.

En Afganistn, la totalidad de la cosmovisin de estos generales por no mencionar el estatus y la influencia del cuerpo de oficiales que ellos representan est en juego. No importa cuntas generaciones pueda durar la guerra, no imposta cunta sangre pueda derramarse intilmente y no importa cunto dinero se despilfarre; ellos nunca admitirn su fracaso; tampoco lo har ninguno de los militaristas sin uniforme que los vitorean desde fuera en Washington, Donald Trump entre los ms entusiastas.

Mientras tanto, la gran mayora de los estadounidenses, distrada su atencin despus de todo, este es el momento de las compras navideas, permanece aplicadamente indiferente a la farsa que se interpreta ante sus propios ojos.

Hace falta una sucesin de escndalos importantes antes de que los estadounidenses despierten de verdad frente al azote del acoso y la agresin sexual. Cunto tiempo har falta para que el pblico llegue a la conclusin de que ya est bien de guerras que no funcionan? Esperemos que sea antes de que nuestro presidente, en un momento de mal humor, desencadene su fuego y furia en el mundo.

* En castellano en el original. (N. del T.)

Andrew J. Bacevich, colaborador habitual de TomDispatch, es el autor del libro recientemente aparecido Americas War for the Greater Middle East: A Military History.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/176361/

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelin como fuente de la misma.



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