Portada :: Cultura
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-12-2017

Llovizna

Edson Lechuga
Topo express


A la memoria de aquellos que no vuelven

El lunes don Bardomiano despert ms temprano que de costumbre, calent agua a lea y tom un bao tibio a las cinco treinta. Haba pasado la noche en vela escuchando el rumor de la llovizna rebotando en las tejas mezclado con los rezos apretados de su mujer, doa Aquilea. Ella, acostumbrada a madrugar desde haca ms de cincuenta aos, se levant y prepar su ropa en silencio. Tendi la cama de tablas, encendi otra veladora a la Guadalupana y continu con el rezo. Cuando cantaron los gallos don Bardomiano ya estaba afeitndose a navaja la barba encanecida frente al trozo de espejo que tena colgado en un puntal del tejabn del patio, a un lado de la pila de agua. La maana estaba igual de triste que ellos, el cielo era una misma cosa plomiza que lloraba tercamente.

Don Bardomiano fue al cuarto y se visti sin nimo, sintiendo que en cualquier momento se le iba a salir la pena por los ojos. Cuando entr al cuartito de la cocina, iluminado apenas por un par de velas y humedecido por las goteras que escurran del techo, encontr a su esposa ms envejecida que nunca. Llevaba puestos los guaraches de hule y el rebozo sobre la cabeza de pelo largo y ceniciento, tena los labios partidos y los ojos desgastados por la ausencia de sueo y el llanto.

―No quedamos en que noms iba yo? pregunt l sin nimo, con la mirada apolillada y gris.

―No me dejates ir a despedirlo, aunque sea djame ir a recogerlo dijo doa Aquilea y su voz era una gotera ms.

Don Bardomiano se acerc a ella e intent una caricia manumisora pero el remordimiento y la culpa detuvieron su mano dejndola absurdamente en el aire. Fue doa Aquilea quien rescat la caricia metindose tmidamente en sus brazos. Don Bardomiano la recibi en silencio y no tuvo corazn para oponerse.

Al salir los recibi la llovizna impertinente de Pahuatln en noviembre. Bajaron por el Camino Real durante hora y cuarto sin decir palabra, acomodando los pasos entre el lodo y los charcos. Don Bardomiano segua escuchando debajo del ruido de sus botines resbalando en las piedras, el rezo apretado de doa Aquilea y le pareci el mismo rezo que haca ya casi veinte aos haba escuchado. Tambin haba sido de madrugada y tambin en ese camino, la diferencia estaba en que entonces ella rezaba por l.

En aquellos tiempos don Bardomiano haba decidido ir a buscar suerte a otras tierras y la nica alternativa que encontr fue el Norte. Noms para hacer un dinerito, Aquilea, y as tener con qu hacerle frente a la vida, le deca. Doa Aquilea se opuso dcilmente a la determinacin que haba tomado, pero don Bardomiano arroj una pregunta contundente: Si no me voy qu chingados vamos a comer?. Y doa Aquilea tuvo que comerse su tristeza. Unas semanas despus vendieron las dos vacas y al mes don Bardomiano ya estaba subido en la camioneta de redilas sujetndose el sombrero para evitar que se lo llevara el viento y rumbo al Norte.

Desafortunadamente el viaje de don Bardomiano haba durado poco, porque nada ms entrar en territorio Yanqui la polica migratoria ya estaba esperando al grupo de mojados con quienes viajaba, y a los pocos das regres a su pueblo, vencido, con el amargo sabor de la derrota metido en todo el cuerpo y con una sensacin culpgena pudrindole las entraas que lo oblig a esconder el suceso como quien esconde la deshonra. A partir de entonces le vino una perniciosa resignacin que lo at a su maizal durante aos, obligndolo a hacer verdaderos milagros para ganarse las tortillas.

Cuando entraron a Pahuatln lo encontraron an dormido, aplastado por aquel cielo grisceo y por aquella llovizna que no terminaba nunca. Al llegar a los portales se detuvieron un momento a resguardarse y a recuperar el aliento. Desde ah se contemplaban los perros husmeando en la basura amontonada en la plaza; el jardn medio oscurecido por las araucarias y los framboyanes donde las urracas se acurrucaban en sus nidos; ms all la calle vaca, la iglesia con el portn de madera an cerrado y con el farol de la calle encendido; luego, la presidencia municipal donde llegara su hijo. Despus de sacudirse la llovizna se volvieron a meter en ella, cruzaron la plaza apretndose uno al otro y al pasar frente a la iglesia doa Aquilea quiso entrar a encender otra veladora, pero se cansaron de tocar el portn sin que les abriera nadie.

―Vmonos, vieja, ha de estar durmiendo el seor cura dijo don Bardomiano. Con este tiempo no dan ganas de despertarse nunca.

Entraron a la presidencia municipal rozando las ocho. Los recibi el juez oloroso a tabaco porque haba pasado la noche fumando inagotablemente, y al verlos tan as, tan enterrados en el desamparo, le pas por la cabeza decirles algo que sirviera de consuelo, pero la fragilidad de sus miradas le hizo pensar que si deca algo, cualquier cosa, ambos se quebraran ah mismo, delante de sus ojos, como si fuesen de cristal.

Busc entonces dentro de su cabeza algunas palabras que no le resultaran tan intiles pero no encontr ninguna y termin diciendo:

―Quedaron de llegar a las nueve, pero con esta agua de seguro se retrasan.

―Podemos esperarlo aqu?

―S ―contest el juez―. Ahorita les traigo un trago de caf.

Doa Aquilea tom asiento en la banca de madera mirando por la ventana la bruma que se extenda sobre los montes y continu con sus plegarias. Don Bardomiano fue a la puerta y mir calle arriba hacia la entrada del pueblo; all, donde se distingua entre la llovizna la primera curva de la carretera hacia Tulancingo, la primera curva de la carretera hacia el Norte.

Meses atrs Francisco les haba dado la noticia. Don Bardomiano y su mujer estaban sentados en el patio desgranando mazorcas, sumidos en el silencio y en el frescor del viento vespertino, cuando su hijo lleg con un brillo diferente en la mirada, se les par delante y dispar a bocajarro:

―Me voy para el Norte.

Don Bardomiano sinti las palabras como perdigones incrustndosele en la carne, levant la cabeza y asom los ojos debajo del sombrero; doa Aquilea parpade despacio y aprovech para encomendarse a Dios, pero ninguno dijo palabra.

―Me voy para el Norte repiti Francisco.

Don Bardomiano se puso de pie con el ceo fruncido, encar a su hijo y pregunt conociendo de antemano las respuestas:

―Cmo que te vas? Para qu? Por qu?

―Para ganar dinero, padre. Ya lo estuve pensando y si no le hacemos de este modo, no vamos a salir de este agujero nunca.

―No es tan fcil, mijo rezong su padre rascndose la nuca y manteniendo en secreto su travesa. Toma ejemplo de doa Leoba, la tlayulera, se le fue el marido para el Norte y a los pocos das ah estaba de vuelta.

Doa Aquilea continu con su tarea, con los ojos humedecidos ech un vistazo furtivo a su hijo y se estremeci porque por un momento lo confundi con su marido. Y poco se equivocaba, ya que las palabras de Francisco sonaban igual de irrefutables que las de don Bardomiano de veinte aos atrs.

―Ya lo s, padre. Pero si no me voy nos vamos a morir de hambre.

―Y cmo piensas irte? musit doa Aquilea con la garganta anudada.

―De mojado asever Francisco. Por ah anda el pollero y dice que cuesta quince mil pesos pasarme al otro lado; y luego all estn los Vargas, ellos pueden echarme una mano mientras me acomodo en alguna chamba.

Don Bardomiano qued pensativo, trag saliva tratando de tragarse su historia frustrada.

―No crees que sera mejor cambiar la siembra de maz por cacahuate? Dicen que para el ao que entra se le va a sacar ms ganancia.

―No, padre. Aunque sembrramos oro, esta tierra no nos va a sacar del hoyo. Ya le estuve dando vueltas al asunto y no hay modo. Adems, me dice el pollero que llegando all tendr chamba en la pizca de jitomate; as luego podr mandarles unos pesos.

Doa Aquilea dej a un lado la mazorca, se puso de pie y abraz a Francisco.

―No te vayas, Francisco, tengo un mal presentimiento suplic. Ayer cuando estaba desjehuitando el patio me piqu el dedo con malamujer. Dicen que eso trae malagero. Mejor qudate, mijo, ya vers como poco a poco la vamos pasando.

―No, madre, lo que no quiero es verla ms rato sobndose el lomo. Ya ver usted cmo en un tiempito hasta le podemos cambiar la teja a su cocina.

―De dnde vas a sacar el dinero? fue don Bardomiano el que pregunt.

―Eso mismo se lo quera preguntar a usted, padre. A ver si usted podra ayudarme con alguito.

Don Bardomiano se quit el sombrero, dio unos pasos haciendo cuentas mentalmente.

―Cunto te hace falta, mijo? pregunt, decantando su fe hacia este nuevo viaje.

―Noms tengo cinco mil contest Francisco.

―Pues va estar difcil, pero le vamos hacer la lucha dijo l evitando la mirada de su mujer y poniendo la vista en el resplandor del sol que se estaba escondiendo ya detrs de los cerros.

Aunque vendieron la chiva que engordaban y dos guajolotes, no completaron los diez mil pesos restantes. Por lo que don Bardomiano tuvo que pedir un prstamo a don Rogelio, el farmacutico, con la promesa de que en cuanto llegara el primer giro de Francisco, se lo devolvera inmediatamente. Don Rogelio, viejo avezado en asuntos de dinero, acept siempre y cuando firmaran un pagar donde se estipulaba el quince por ciento de inters.

―No se le hace usted que es mucho, don Rogelio? pregunt don Bardomiano intentando ablandar los intereses.

Pero el farmacutico no movi su postura ni un centavo.

―sa es la nica forma que tengo de ayudarlo, don Bardo. Usted dir.

Don Bardomiano lo pens un momento, pens en su viaje frustrado haca veinte aos, pens en la nueva oportunidad que tena su hijo, pens en el techo de la cocina de su esposa, pens en los siete pesos que le pagaban por cada cuartillo de maz.

―Est bueno dijo aplastado por la esperanza, y firm el pagar.

El da en que Francisco se fue tambin era de madrugada. Don Bardomiano no permiti que doa Aquilea fuese a despedirlo, alegando que Francisco se debera ir contento, y que sus lgrimas slo lo entristeceran hacindole ms pesada la despedida. As que su madre lo bes en el umbral, le colg un escapulario de la Guadalupana y le dijo mordindose los labios: Que el manto sagrado de la Virgencita te cuide y te guarde, mijo. Mientras tanto, aqu estaremos pendientes de tu regreso. Don Bardomiano lo acompa en silencio escuchando a lo lejos algn ladrido de perros. Al llegar a la salida del pueblo ya los esperaba una camioneta de redilas con otros hombres que cuchicheaban y fumaban impacientes. Se abrazaron con fuerza, apretando los ojos, y por un momento don Bardomiano sinti que era l mismo el que otra vez parta, el que otra vez lo intentaba. Dio una palmada en la espalda de Francisco y lo mir caminar hacia la camioneta justo cuando la maana ya estaba levantando sus prpados y ya dejaba distinguir las caras;

lo mir subir en la batea;

lo mir voltear la cabeza buscndolo;

lo mir levantar la mano mientras se alejaba;

lo mir sonrer tristemente;

lo mir empequeecerse en la distancia y perderse en la primera curva de la salida al Norte, y justo entonces entendi, profundamente, que su hijo se iba.

Quince das despus recibieron con alegra el primer telegrama de Francisco. Deca que an estaba en Mxico, en Reynosa, y que cruzar la frontera resultaba muy complicado, pero que lo estaba intentando y que sobre todo, s era posible. A partir de entonces cada maana despus de dejar preparada la ropa de su marido, doa Aquilea iba a la iglesia a pedirle a la Guadalupana que iluminara el camino de su muchacho.

Tres semanas ms tarde recibieron otro telegrama. Esta vez Francisco les contaba que haba cruzado la lnea, que lo haba hecho nadando y que por fin estaba ya viviendo en la casa de los Vargas, en Houston, Texas. Deca tambin que ah no haba trabajo pero que la siguiente semana otro pollero lo llevara ms al norte, al estado de Tennessee.

Unos das despus de haber hecho el primer pago doloroso de los intereses al farmacutico, recibieron el siguiente telegrama. ste ya no lo escriba su hijo, sino el gobierno de Mxico. Explicaba en tres lneas las causas de la repatriacin de Francisco y el da y la hora en que llegara al pueblo para que fueran a recogerlo.

Frente a la presidencia municipal, don Bardomiano segua mirando fijamente la salida del pueblo, esa misma que haca veinte aos lo haba llevado a su derrota, esa misma donde dos meses antes haba despedido a su hijo. Eran ya las nueve treinta y el cielo todava no abra, la llovizna segua obstinadamente calando los huesos. Entonces, entre la bruma vislumbr a lo lejos una camioneta del Gobierno Federal y supo que se trataba de su hijo:

―Ya viene, vieja sise abatido, sin ganas de decirlo, y nada ms escucharlo doa Aquilea rompi a llorar inconsolable.

Don Bardomiano fue a media calle y clav los ojos en la camioneta, la sinti acercarse lentamente mientras la lluvia le escurra por el ala del sombrero. Doa Aquilea instintivamente fue a su marido y le tom el brazo, temblando, hundindole los dedos en la carne. La camioneta se acerc a ellos lentamente sorteando los baches del camino de tierra y se estacion frente a la presidencia. El juez ya estaba en el umbral, el conductor baj protegindose de la llovizna.

―Quin va a firmar? dijo burocrticamente.

―Yo musit don Bardomiano.

El conductor extendi unos documentos y orden:

―Aqu, por favor.

Don Bardomiano cruz el documento con un garabato sin sentido mirando cmo las gotas que escurran de su sombrero iban borrando las letras. Despus, fueron a la parte trasera de la camioneta, abrieron las puertas de par en par y apareci el atad de Francisco.

Doa Aquilea se ech sobre el fretro ahogada en llanto, sacudida por el dolor; don Bardomiano dio unos pasos tambaleantes hacia atrs, la lluvia segua chorrendole por el ala del sombrero y ya haba borroneado todo el documento de defuncin que apretaba en la mano. Qued mudo, tieso, ensordecido, derrotado para siempre, ludo por dentro. El cielo segua triste, llorando empecinadamente, como si la llovizna no se fuera a acabar nunca.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpress/llovizna/



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter