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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-12-2017

Una generacin de japoneses se enfrenta a una muerte solitaria

Norimitsu Onishi
The New York Times


En un Japn donde se ha degradado el sentido de comunidad y de familia, los ancianos viven cada vez ms solos y a veces fallecen sin que nadie lo note hasta que llega el olor. Esta es la historia de dos personas que quieren evitar la ltima soledad.

Todos los nios japoneses lo aprenden: las chicharras se quedan bajo tierra durante aos antes de salir a la superficie en verano. Dejan sus cscaras en el rbol ms cercano y empiezan su segunda vida. Durante algunos das que comparten con nosotros se aparean, vuelan y cantan. Cantan hasta que sus cuerpos terminan en la tierra, revolcndose en esos ltimos minutos, con las piernas hacia arriba.

Chieko Ito odiaba el sonido que hacan. Las escuchas desde la maana hasta la noche, suspir.

Era la tarde de su cumpleaos 91, inusualmente calurosa: parte de una ola de calor que tena preocupados a los lderes de la comunidad. Los voluntarios de la tercera edad haban estado recorriendo el laberinto de pasillos en estos 171 edificios blancos idnticos para repartir volantes sobre los peligros de un golpe de calor a los cientos de residentes que, como Ito, viven solos. Sin familiares ni visitantes, muchos de los habitantes de mayor edad pasan semanas o hasta meses en sus pequeos departamentos sin que haya rastro aparente de su existencia en el mundo exterior. Y, cada ao, algunos de ellos mueren sin que se sepa hasta que los vecinos perciben el olor.

La primera vez que sucedi o, por lo menos, la primera vez que atrajo la atencin del pas fue cuando el cuerpo de un hombre de 69 aos de edad que viva cerca de Ito fue encontrado despus de haber estado tres aos en el piso de su departamento; nadie haba notado su ausencia. Su renta y sus servicios se pagaban de manera automtica con dbitos de su cuenta. Recin cuando sus ahorros desaparecieron, en el 2000, las autoridades llegaron al apartamento solo para encontrar el esqueleto en la cocina. La piel haba sido comida por insectos, todo a unos metros de los vecinos.

El gigante complejo pblico de viviendas, o danchi, donde Ito ha vivido durante sesenta aos uno de los ms grandes en Japn, emblema de cmo se dispar la tasa de natalidad despus de la Segunda Guerra Mundial y de las aspiraciones a una vida moderna termin siendo conocido por otra cosa: las muertes solitarias de la sociedad que ms rpido envejece en el mundo.

Cuatro mil muertes solitarias al ao, deca la portada de una popular revista semanal este verano, una muestra de la alerta nacional.

Para muchos de los habitantes en el complejo de edificios de Ito, las muertes son la conclusin atemorizante pero natural del rumbo que ha tomado Japn desde los aos 60. Un enfoque casi exclusivo en el crecimiento econmico, seguido de una estagnacin econmica dolorosa, haba erosionado el sentido de comunidad y de familia; el pas qued inmerso en una espiral demogrfica de envejecimiento con menos nacimientos. El aislamiento extremo de los japoneses de mayor edad es tan comn que incluso ha surgido toda una industria a su alrededor, que se especializa en despejar y limpiar los departamentos en los que son hallados los cuerpos en estado de descomposicin.

La manera en que morimos es un reflejo de cmo vivimos, dijo Takumi Nakawaza, de 83 aos, quien ha sido durante tres dcadas el director del consejo de residentes de los edificios donde vivo Ito.

El verano es la temporada ms peligrosa para estas muertes solitarias. Ito no quera dejar nada a la suerte. Fuera o no su cumpleaos, saba que nadie iba a ir a visitarlo, a dejar un recado o a revisar cmo estaba. Naci en el ltimo ao del reinado del emperador Taisho y nunca esper vivir tantos aos. Uno por uno, sus familiares y amigos haban desaparecido o enfermado. Los vivos y los muertos ahora la rodeaban, como fantasmas, en todos los edificios idnticos al que ella y su esposo se mudaron en los aos sesenta, cuando todo Japn pareca ser joven.

Ito dijo que se haba sentido sola cada da durante el ltimo cuarto de siglo, desde que su hija y su esposo fallecieron de cncer en un plazo de tres meses. Ito todava tiene una hijastra, pero a lo largo de los aos se haban distanciado; intercambiaban de vez en cuando llamadas o tarjetas durante las fiestas.

As que Ito le pidi un favor a una vecina que vive en el edificio enfrente al suyo. Podra, una vez al da, asomarse al otro lado del patio y ver hacia la ventana de Ito?

Cada tarde, alrededor de las 18:00 y antes de dormirse, Ito cerraba la cortina de papel. Y en la maana, cuando su alarma la despertaba a las 5:40, volva a abrirla.

Si est cerrada, le dijo Ito a la vecina, significa que he muerto.

Ito se sinti confiada cuando la vecina estuvo de acuerdo y ella comenz a enviarle cada verano una canasta de peras como regalo para recordarle que volteara a verla de vez en cuando.

Si la vecina notaba que la cortina estaba cerrada durante el da, poda alertar a las autoridades. Ito tambin haba preparado todo por adelantado. En su cumpleaos 90, redact su nota final para organizar todos sus asuntos. Esas notas, que se han vuelto populares, aseguran que la muerte sea algo ordenado y sin los.

Tantas cosas en su departamento le recordaban a sus muertos. Los cientos de libros en los estantes que su esposo le haba pedido tirar despus de que falleciera. Un bal de cedro con finos grabados que su hija originalmente se haba llevado cuando se cas tambin estaba ah, despus de haber sido devuelto. En un armario estaban los libros que la misma Ito escribi, entre ellos dos volmenes de lectura seca pero abarcadora sobre la vida de la mujer en el complejo habitacional, al igual que una autobiografa de 224 pginas, que escribi durante un periodo corto de mucha actividad.

Ito, muy meticulosa, incluso dej suficiente dinero para que limpiaran su hogar cuando llegara el momento. Lo nico que faltaba hacer era borrar el color rojo de su nombre en la tumba familiar, donde ya estaba grabado, para mostrar que por fin estaba de nuevo con su hija y esposo.

Todos a mi alrededor han muerto, uno despus de otro, y soy la nica que queda, dijo. Pero cuando pienso en la muerte tengo miedo.

Solos y annimos

El calor empez a cobrar vctimas pronto. Hacia la mitad del verano fueron encontrados dos cuerpos, aparentemente vctimas de las altas temperaturas. La primera muerte fue en la seccin del danchi en la que vive Ito, despus de que una mujer notara el olor que provena de un departamento debajo del suyo. Ninguno de los vecinos del hombre muerto lo conoca, aunque haba vivido ah durante aos. Tena 67.

El cuerpo del segundo hombre fue hallado das despus. Tambin en esta ocasin el olor se haba vuelto tan intenso que su vecino de al lado no haba podido dormir durante tres noches. El hombre fallecido era anciano, haba vivido ah por aos y sus vecinos recuerdan conversaciones sobre las flores de cerezo. Pero ninguno saba su nombre.

Ito se mantuvo ocupada para intentar no pensar en ello. Tomaba largas caminatas afuera del complejo, pasaba una hora cada maana escribiendo sutras budistas para su hija y esposo y ayudaba a despejar los bosques cercanos con un grupo de voluntarios.

Cada mes iba a almuerzos organizados por los residentes para padecer menos el aislamiento y reducir el riesgo de una muerte solitaria. Ya tena una rutina en esas reuniones: se sentaba del otro lado de la mesa de un hombre con piernas temblorosas y un gran apetito, Yoshikazu Kinoshita. Los dos eran muy distintos; ella organizaba casi cada minuto de su da y l solo se levantaba de la cama cuando se le apeteca.

El danchi en el que viven, Tokiwadaira, haba atrado la atencin nacional incluso antes de que llegaran los sacerdotes shinto para purificar el terreno y se pusiera la primera piedra en los sesenta. Los japoneses nunca haban visto algo as: unos 4800 departamentos en un espacio tan amplio que estaba al lado de dos estaciones de tren de la misma lnea.

Los Ito llegaron a mediados de diciembre de 1960, el primer da que se permiti la mudanza. Era un da despejado y lleno de promesas; desde el balcn de su apartamento en el tercer piso sea vea el monte Fuji.

Unos aos despus, cuando Ito dio a luz a su hija, ya estaban bien asentados. Su esposo iba en el tren atiborrado hacia Tokio seis das a la semana. Ella daba clases en una guardera para nios dentro del complejo. La poblacin de nios en el danchi se dispar, al igual que en todo Japn.

Cada Ao Nuevo, la familia posaba para una fotografa con kimonos. Tambin participaban en el da deportivo anual, un ritual de la vida japonesa en la que padres y nios compiten en carreras y otros eventos. En el verano, Ito llevaba a sus hijas a nadar en una de las piscinas del danchi. El complejo incluso tena una cancin propia: Arde con esperanza, lleno de salud y fortaleza, ascendamos todos.

Ito antes se asomaba desde su ventana, la que tiene la cortina de papel, hacia el parque de juegos debajo. Los nios de los edificios cercanos jugaban ah juntos y en el verano lo que ms se escuchaba, ms que las chicharras, eran los gritos de diversin de los nios. Ahora nadie jugaba all. Los nios haban prcticamente desaparecido y en vez de gritos de diversin se escuchaban las sirenas de ambulancias.

Los danchi ya no son un smbolo de familias jvenes que reconstruyen Japn. Casi la mitad de los habitantes de Tokiwadaira tienen ms de 65 aos. Durante una caminata, Ito seal hacia la piscina en sus fotografas. Ahora estaba vaca. El parque de juegos luca desierto.

Ya no est!, dijo. Ah antes jugaban ellas. Y ya no est. Tantas cosas ya no estn.

La primera vez que conoc a Ito, no pens en que nadie la haba visitado o llamado esa misma tarde. No me lo dijo hasta semanas despus, como si se hubiera esperado a que yo fuera quien preguntara, que esa primera visita haba sido justo el da de su cumpleaos.

En vez de eso, aquel da, me dio uno de sus libros: Los 53 aos de Chieko en el danchi Tokiwadaira. Era una enciclopedia de fechas, nombres, eventos y fotografas de 394 pginas. Nadie ms lo haba ledo e incluso ella no poda explicar por qu se haba dado a la tarea de escribir los borradores a mano, transcibirlos a mquina y despus imprimirlos.

En el libro, Ito separaba su vida en el danchi en dos partes. La primera empieza con su boda y termina 32 aos despus con la muerte de su esposo e hija. Da la impresin de que su vida, la verdadera, termin en ese mismo momento. A veces contaba un chiste en el que hablaba de su hija en presente. Cuando se mencionaba su muerte, se mostraba enojada o se quedaba mirando hacia la pared.

La segunda parte lleva el ttulo Mi segunda vida se enfoca en los amigos, viajes y eventos del complejo. Despus de algunas semanas, con el ruido de las chicharras de fondo, Ito concluy que haba escrito el libro para interrumpir su soledad, para no olvidar. Hasta los eventos infelices, dijo. De otro modo estar perdido para siempre.

Un momento glorioso

En el almuerzo mensual para los residentes que viven solos, Ito, que come poco, acostumbraba a darle a Kinoshita la mitad de su comida antes de empezar.

Kinoshita tena 83 aos. Sus piernas eran dbiles. Sala de su departamento quiz una vez a la semana.

Cuando Ito vio cmo viva alert a los lderes de la comunidad: los hombres que viven solos en el danchi, enfermizos por la edad y en departamentos tan desordenados, son los ms vulnerables. Le dijeron a Ito que ya estaban pendientes de Kinoshita.

Hace meses, despus de que nadie lo hubiera visto por una semana, una voluntaria fue a tocar a su puerta. No hubo respuesta, pero se escuchaba la televisin. Preocupada, la voluntaria llam a la polica. Cuando llegaron, Kinoshita despert de un sueo profundo: se senta algo apenado, dijo, pero sobre todo aliviado y quiz algo contento de que alguien haba pensado en su existencia.

Se haba mudado de Tokio haca catorce aos, cuando tena ms de 60 aos, y lleg a Tokiwadaira justo cuando las muertes solitarias comenzaban a ser algo frecuente. El ao en el que se mud al complejo hubo quince de esas muertes. Ahora, los voluntarios estiman que han logrado reducirlas a diez por ao.

Kinoshita lo haba perdido todo antes de llegar al danchi. Perdi su empresa por quiebra y el dinero que le haba pedido prestado a sus hermanos y hermanas. Perdi su casa y a su segunda esposa. Era casi otra de las vctimas del colapso de la burbuja econmica de Japn. Su empresa trabajaba en proyectos pblicos subterrnos, hasta que los contratos pblicos escasearon.

Pero tambin haba tenido un momento glorioso, que todava celebraba. Durante la construccin del tnel del Canal de la Mancha suministr equipo a un contratista parte de una manguera para taladrar cerca del estrecho de Calais. Los ojos de Kinoshita se iluminaron mientras hablaba de esa poca; sac su tarjeta de negocios antigua y dibujos del equipo que suministr, al igual que fotografas de l en ese momento, en una celebracin de la empresa contratista con la que trabaj y de visita en atracciones tursticas en Pars durante su nica visita a Europa.

No imagin que su declive sera tan rpido, como el de Japn. En 2011, cuando Japn fue azotado por un terrible terremoto seguido de un tsunami, Kinoshita intent detener una repisa que estaba por caerse. Desde entonces sus piernas quedaron tan debilitadas que apenas puede levantarse.

Ahora solo sale algunas veces al mes al mercado o a los almuerzos mensuales en los que comparte mesa con Ito.

El mundo de Kinoshita qued prcticamente reducido a su departamento. La basura se acumul y termin por quedarse casi exclusivamente en su cama. Desde ah escuchaba las chicharras. Aunque eran molestas para Ito, l celebraba el sonido efmero.

Cantan de manera desesperada y siguen cantando mientras siguen vivas, dijo Kinoshita.

Una tarde se puso su dentadura postiza y se visti con los mismos shorts y camisa que usa siempre que deja su departamento. Se diriga a una sesin musical organizada mensualmente en una tienda de reparaciones de aparatos electrnicos. Era el nico evento marcado en su calendario para todo el mes.

En la tienda una cantante entonaba estndares de jazz, y Kinoshita mova sus dedos al son de la msica.

Durante un descanso, los otros doce integrantes del pblico, que tambin iban cada mes, comenzaron a conversar y a compartir la comida y las bebidas que haba en una mesa. Kinoshita se qued sentado en una esquina mientras coma vorazmente.

Algunos de los otros asistentes dijeron que nunca lo haban visto antes, aunque l iba cada mes igual que ellos. Quiz los dems nunca haban notado a Kinoshita.

Hacia el otoo

Los lderes comunitarios, a medida que avanzaba el verano, estaban esperanzados con que no hubiera ms muertes solitarias en esa temporada. Los familiares de uno de los dos hombres fallecidos haban llegado a reclamar el cuerpo y a pagar a los profesionales que limpian los departamentos. Pero, aunque haban pasado semanas, la puerta del otro hombre que falleci en la seccin del danchi donde viva Ito segua cercada con cinta y todava se perciba el olor a descomposicin.

Las chicharras comenzaron a caer al piso. Sus cscaras vacas y sus cadveres estaban en todas partes. Ito los encontr en las escaleras afuera de su departamento y una termin justo afuera de la puerta de Kinoshita.

Ito continu con sus visitas semanales a la tumba de su esposo, quitando el pasto y lavando la lpida con agua. Su nombre ya estaba ah grabado en rojo, el color de alguien vivo que planeaba terminar en esa tumba algn da.

Cuando muera, dijo ella, lo nico que deben hacer es quitar el color.

Ya tena planeado que sus restos incinerados fueran enterrados junto con su familia. Sus posesiones, hasta sus autobiografas exhaustivas, probablemente tambin seran incineradas.

Kinoshita, mientras, no tena planes de quedar en la tumba familiar. Dijo que le haba causado demasiado pesar y problemas a sus hermanas y hermanos por la bancarrota.

E incluso si ponen mi nombre en una lpida, dijo, nadie va a visitar la tumba.

l decidi registrarse en una facultad de medicina cercana para donar su cuerpo. La facultad entonces se hara cargo de todo. Lo nico que le preocupaba era tener una muerte solitaria, pues sus rganos, dijo, tenan que ser tiles.

Si les dices que vayan a recoger un cuerpo podrido para la investigacin mdica no van a ir.

En Tokiwadaira, como se haba hecho desde hace dcadas, se celebr la ltima semana de agosto el festival de Obon para honrar a los fallecidos y antepasados. Las tardes y noches ya empezaban a ser notoriamente menos calurosas.

Estaba oscureciendo y los grillos cantaban: un augurio del otoo japons. En el danchi, hacia el departamento de Ito, la puerta del hombre de 67 aos que muri todava estaba acordonada y el olor no haba cedido. Ms adentro, ms all de la piscina y del parque de juegos donde iban sus hijas, estaba la ventana de Ito.

La cortina de papel estaba cerrada, a la espera de que por la maana ella la volviera a abrir.

Fuente: http://www.nytimes.com/es/2017/12/22/una-muerte-solitaria-japon/



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