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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-12-2017

Democracia y momento populista: de Amrica a Europa

Carlo Formenti
El Viejo Topo

Nota edicin: Acaba de publicarse en Espaa La variante populista, un libro de Formenti cuya aparicin en Italia dio pie a una importante e intensa discusin poltica. Un libro que, en palabras de Pablo Iglesias, reivindica el populismo como instrumento de autodefensa de las clases subalternas. El presente texto es una ponencia presentada en la Escuela de Verano de la Universidad de Trieste.


En una entrevista concedida al Corriere della Sera en noviembre de 2016, el director del Wall Street Journal, Gerard Baker, dijo que, en el futuro, la confrontacin poltica no ser ya entre progresistas y conservadores, sino entre globalistas y populistas. Releda hoy, la afirmacin suena como una declaracin de guerra. Eventos como el Brexit, la eleccin de Trump, la derrota de Renzi en el referndum sobre las reformas constitucionales y las preocupaciones suscitadas por el ascenso de lderes polticos como Tsipras (antes de su rendicin a los dictados de la Troika), Bernie Sanders, James Corbyn, Pablo Iglesias, Jean-Luc Mlenchon y Marine Le Pen, han dado lugar a que se constituyera un poderoso frente mundial anti-populista. Los medios de comunicacin han orquestado una masiva campaa propagandista en apoyo a los gobiernos dirigidos por las fuerzas polticas tradicionales (conservadores, liberales y socialdemcratas), invitndolos a coaligarse contra la amenaza de las fuerzas genricamente populistas sin distinguir entre las radicales diferencias entre ellas en cuanto soberanistas, proteccionistas, estatalistas y antiglobalistas, contrarias a la libre circulacin de las mercancas y del capital y por ello enemigas del sistema democrtico, identificado tout court con el mercado. La sustancial adhesin de las izquierdas europeas no pocas veces tambin las radicales a este llamamiento anti-populista de las lites polticas y econmicas neoliberales y de los medios de comunicacin mainstream, introduce uno de los temas de fondo que intento abordar: el llamamiento ha tenido acogida porque las izquierdas consideran el soberanismo como una ideologa ms peligrosa an que el neoliberalismo. Antes de examinar este planteamiento hay que deconstruir el sentido del trmino populismo.

La narracin predominante presenta el populismo como una visin unitaria del mundo, que se contrapone a la neoliberal del mismo modo que lo haca el comunismo. Esta tesis es insostenible si se tiene en cuenta que no existe un cuerpo de textos fundadores que definan principios, valores y objetivos de esta presunta ideologa. Si pasamos despus a la descripcin cientfica del fenmeno, vemos cmo ella se basa en un conjunto de caractersticas la hiper-personalizacin de la figura del lder, el vnculo directo entre el lder y las masas, el nacionalismo, el lenguaje simplificado, el estatalismo, el interclasismo, la polarizacin entre el pueblo y las lites, la polmica anticasta (contra los polticos profesionales, los acadmicos, los financieros, etc.) y un posicionamiento anti-institucional que se ha ido compilando en los aos 60 del siglo pasado sobre la base del estudio de los regmenes latinoamericanos de la mitad del siglo XX. Se trata de un elenco de escaso valor heurstico teniendo en cuenta que algunas de esas caractersticas son tpicas de todos los movimientos en sus inicios que desaparecen cuando van madurando y que pueden combinarse de formas muy distintas dando origen a regmenes muy distintos. Si despus nos referimos al estilo populista1 como tcnica de comunicacin poltica es evidente que se trata de una modalidad adoptada por todos los partidos en esta poca caracterizada por la mediatizacin, la espectacularizacin y la personalizacin de la poltica. Entonces qu? Mi respuesta es que, para comprender el fenmeno populista hay que entender la naturaleza de rebelin (frecuentemente prepoltica) de las masas populares frente a la guerra de clases desde arriba2 iniciada en los aos 80 del siglo pasado. Detrs del trmino populismo se esconde un conjunto articulado y complejo de fenmenos que podramos definir como la forma que la lucha de clases asume en la era neoliberal.

El momento populista es de hecho la reaccin social a dos procesos: por un lado, a los efectos de la financiarizacin de la economa y a una revolucin tecnolgica que han agredido a la sociedad moderna, hacindola explotar y convirtindola en un polvo de sujetos individualizados y, por otro, una revolucin cultural que intenta legitimar las nuevas formas de explotacin capitalista y la transformacin de los sistemas liberal-democrticos en regmenes oligrquicos. Estos procesos han provocado un trgico empeoramiento de las condiciones de vida de las clases subalternas: desempleo, salarios de hambre, precarizacin del trabajo, desmantelamiento de los sistemas sociales mediante recortes del gasto pblico y privatizacin de los servicios, aumento exponencial de la desigualdad entre una minora de multimillonarios y una masa creciente de clases medias proletarizadas. La reaccin era inevitable y de hecho, en unos veinte aos, hemos asistido al ciclo de las revoluciones bolivarianas en Amrica Latina, a las primaveras rabes, al 15M espaol y al Occupy Wall Street en los EEUU, adems del nacimiento de los movimientos antiglobalizacin de distintas orientaciones ideolgicas, pero que comparten la reivindicacin de la reconquista de alguna forma de soberana popular y nacional.

Comencemos por Europa. El ordoliberalismo alemn, sobre cuyos principios se funda todo el edificio comunitario, como han explicado Dardot y Laval3, no cambia la idea de que el mercado es un dato natural y espontneo sino, al contrario, lo considera como una construccin de la que el Estado debe hacerse cargo, garantizando el respeto del principio de competitividad. El Estado, evitando interferir directamente en el proceso econmico pero impulsando un programa radical de privatizacin de los servicios pblicos y aplicando los principios de la gestin privada a la gestin de la administracin pblica debe perseguir la estabilidad de los precios y eliminar todo obstculo al despliegue de la libre competencia. El respeto de estos principios es impuesto a los pases miembros a travs de un rgido sistema de normas que vacan de contenido las legislaciones nacionales, reglas que funcionan realmente como una Constitucin europea a travs de una serie de Tratados vinculantes (vase la reforma del artculo 81 de la Constitucin italiana que impone el equilibrio presupuestario, llegando a prohibir toda poltica industrial que comporte inversiones pblicas e imponiendo adems al Estado la enajenacin del patrimonio pblico que an quede sin privatizar). La Unin Europea no es, como se obstinan en argumentar los europestas progresistas, un proceso inacabado a la espera de su perfeccionamiento poltico que debera permitir su democratizacin, se trata de una superestructura paraestatal que, por un lado, mantiene restos de la forma clsica del estado de cada pas y, por otro, establece un orden nuevo subordinado al mercado, una estructura de gobernanza multinivel. Adems, la UE se presenta como un mega-experimento moral y antropolgico, una verdadera y propia utopa que se propone crear el hombre nuevo del orden neoliberal. De aqu una pedagoga social y poltica que aspira a formar ciudadanos que se consideren emprendedores de s mismos y uniformicen su propia vida a las reglas y los principios que presiden la gestin de una empresa. La utopa europesta impulsada por la Europa real no es la de Altiero Spinelli sino ms bien la de von Hayek, el cual, entre las dos guerras mundiales, so la construccin de una entidad supranacional y supraestatal que, adems de posibilitar un sistema monetario uniforme y reglas jurdicas comunes, salvaguardase tales reglas de las presiones indebidas de las organizaciones de los trabajadores y de los ciudadanos titulares de la soberana democrtica sobre bases nacionales. El nivel de violencia que sta utopa ordoliberal est dispuesta a ejercer frente a toda fuerza que se oponga a su proyecto se ha visto claramente en la ferocidad con la que se ha destrozado la resistencia del pueblo griego que haba votado contra los acuerdos leoninos exigidos por la Troika para sanear la economa y la deuda griegas. Ese ejemplo ha demostrado de una vez por todas que la democracia es incompatible con el neoliberalismo.

Los efectos combinados de financiarizacin y hegemona ordoliberal en el sistema poltico configuran de hecho un proceso de des-democratizacin que busca vaciar la democracia de la sustancia sin suprimir la forma4. La filosofa que inspira tal proceso remite al pensamiento de Friedrich von Hayek y de los elitistas de primeros del siglo XX como Mosca, Pareto y Michels. Para todos ellos el objetivo estratgico consiste en reforzar el poder ejecutivo, ponerlo al abrigo de los estados de nimo vacilantes de los ciudadanos-electores que provocan la inestabilidad, cuando no la ruina, de los regmenes democrticos: por ello no consideran la democracia como un fin en s misma sino como un instrumento para la seleccin de los grupos dirigentes. Las instituciones polticas forjadas en estos principios no configuran ni siquiera lo que Lenin defina el comit de los negocios de la burguesa, sino un sistema de poder que integra completamente a las lites econmicas y las lites polticas. Basta pensar en fenmenos como el que en Estados Unidos fue bautizado como el sistema de puertas giratorias, es decir, la prctica por la que los manager de las grandes empresas privadas, los bancos y las sociedades financieras, reciben importantes encargos pblicos o son nombrados, adems, ministros, o los efectos de aquel proceso de financiarizacin que hace que ms de la mitad de los miembros norteamericanos de la Cmara de Representantes pertenezca a la lite de los multimillonarios.

Concentrando la atencin en la complicidad entre lites econmicas y polticas, se corre, sin embargo, el riesgo de analizar el fenmeno desde un punto de vista moral, como si se tratase de la corrupcin de la poltica por las finanzas. Por el contrario, hay que partir del anlisis de la utopa ordoliberal que hemos referido antes: la convergencia entre lites no es solo cuestin de intereses, ni la transicin al rgimen post-democrtico es asunto de la traicin a las reglas, estamos ante un lcido diseo poltico que impone a los estados la uniformizacin a las normas del derecho privado, configurando la propia legislacin en base a los principios de la competencia econmica. As, la democracia liberal es vaciada de contenido y los dirigentes de los estados, comenta Crouch, no responden ya ante los ciudadanos, sino que son sometidos al control de la comunidad financiera internacional, los organismos especializados y las agencias de rating5. Y adems, los estados son considerados unidades productivas como las otras en una vasta red de poderes poltico-econmicos sometidos a normas similares6. La inevitable consecuencia de esta filosofa es la privatizacin de los servicios sociales: de conformidad con el principio en base al cual la dimensin de la eficiencia y del rendimiento financiero debe ser asumida como referencia de toda actividad social, el estado abandona su actividad propia para destinarlas al mercado. La privatizacin de los servicios es una de las etapas fundamentales del proceso de construccin del hombre nuevo neoliberal, el ciudadano, de hecho, observa Crouch, una vez convertido en cliente del servicio privatizado, no puede ya plantear al gobierno cuestiones relativas a la prestacin del servicio, porque la prestacin fue subcontratada fuera, el servicio se hizo postdemocrtico.

En la misma direccin avanza el proceso de transformacin de los partidos. Mientras el partido tradicional se presentaba como una sucesin de crculos concntricos (de fuera a dentro: electores, simpatizantes, militantes, funcionarios, dirigentes y lder), el partido post-moderno parece ms bien una elipse en la que los simpatizantes y los militantes pierden peso hasta casi desaparecer, los funcionarios disminuyen numricamente y llevan a cabo funciones casi exclusivamente tcnicas, mientras el lder ocupa uno de los puntos de definicin de la elipse alrededor del cual gira todo el resto e instaura una relacin directa con las masas electorales que pasa casi solamente a travs de los canales mediticos. Especialmente Crouch ha llamado la atencin en la rapidez con la que los partidos socialdemcratas han mudado la piel para adecuarse a la nueva situacin: en una primera fase, se vieron castigados por el debilitamiento de su base tradicional, compuesta por obreros y empleados de los servicios pblicos, despus, una vez tomado el camino de la tercera va trazada por Tony Blair y Bill Clinton, comenzaron a recoger el apoyo transversal de todas las categoras sociales y, conforme hacan suyos los principios neoliberales, a conseguir el apoyo financiero de las grandes empresas, a las que intentaron demostrar que la socialdemocracia no slo puede prosperar en un ambiente capitalista liberal, sino que en tal ambiente produce tambin un grado de liberalismo ms elevado que el del liberalismo tradicional dejado a s mismo7.

Se trata de comprender por qu la mayora de las izquierdas europeas se niegan a tomar nota de lo que se ha dicho hasta ahora y consideran todas las posiciones populistas tambin las de izquierda que asumen un punto de vista soberanista como antidemocrticas. A ese fin intentar reconstruir en grandes lneas el secular debate sobre la cuestin nacional que ha atravesado toda la historia del marxismo. La clebre frase mordaz del Manifiesto en la que Marx dice que los trabajadores no tienen patria tiene un significado ambiguo en cuanto asocia al rechazo del patriotismo burgus el concepto de privacin de una patria que los proletarios deben ganarse, elevndose a clase nacional. Es sin embargo innegable que el punto de vista juvenil de Marx se mantena anclado en una visin economicista que atribua a la burguesa la misin civilizatoria de romper todas las barreras que se oponen al desarrollo de las fuerzas productivas, incluyendo las barreras de las fronteras nacionales. Este posicionamiento ser superado cuando Marx tuvo que hacer las cuentas con los efectos de la opresin colonial del pueblo irlands por parte del imperialismo britnico. Su posicin pasar de la idea de que slo la revolucin del proletariado ingls podra restituir la libertad a los ingleses, al punto de vista opuesto: solo una victoriosa lucha de liberacin del pueblo irlands liquidando las condiciones de relativo privilegio de los proletarios ingleses podra crear las condiciones de una revolucin proletaria en Inglaterra. De la conviccin de que la revolucin es fruto de las condiciones objetivas que existen solo en el punto ms alto de desarrollo de las fuerzas productivas, se pasa por tanto al reconocimiento de que al capitalismo se le puede atacar mejor all donde se acumulan las contradicciones polticas ms radicales.

Lenin polemizando con las posiciones de Rosa Luxemburg y Len Trotsky, cercanas a las del Marx del Manifiesto ir ms lejos, innovando las ideas del Marx maduro mediante el anlisis de la fase imperialista: la creacin de grandes imperios coloniales por parte de las potencias ms importantes crea condiciones completamente nuevas, que exaltan el papel de las luchas de liberacin nacional en el marco de la lucha mundial contra el capitalismo. Encontramos una anloga evolucin del pensamiento gramsciano: cercano a las posiciones del joven Marx hasta que el sistema capitalista pareci evolucionar hacia la unificacin del mundo, Gramsci cambi de punto de vista conforme el estado nacional burgus volva a dominar la escena poltica (tras el final de la primera globalizacin y el fracaso de las revoluciones socialistas en el centro de Europa). En la guerra de posiciones que opone burguesa a proletariado en estas nuevas condiciones, Gramsci, sin renegar de la perspectiva internacionalista, se concentra en la necesidad de construir un bloque social que solo puede moverse en el contexto nacional (en lo que fue definido como el giro nacional-popular de Gramsci).

Los ecos de este debate se apagaron hasta desaparecer a partir de los aos 70 del siglo pasado. Se podra justificar este giro porque en las dcadas posteriores a la II Guerra Mundial se realiz el proceso de liberacin de la mayor parte de los pases del Tercer Mundo del yugo de la opresin nacional. Pero se trata de un error de perspectiva: es precisamente a partir de aquellos aos, como ha explicado Samir Amin8, que las burguesas nacionales de aquellos pases, despus de haber sido protagonistas forzadas por las rebeliones de sus pueblos de las luchas de liberacin nacional, vuelven a desempear el papel de agentes mediadores de los intereses del capital transnacional, en un contexto que no contempla ya la ocupacin militar directa de sus respectivos territorios sino la integracin en el proceso de globalizacin impulsado por la unificacin de Occidente bajo la hegemona estadounidense. Y es precisamente este retorno de la tendencia a la unificacin mundial de los mercados lo que va a deslumbrar a las izquierdas occidentales encerrndolas de nuevo en una visin economicista. Nace as un pensamiento nico en las izquierdas occidentales sobre la cuestin de la relacin entre la lucha anticapitalista y la cuestin nacional que rechaza las tesis de Frantz Fanon, el ltimo gran exponente del punto de vista que fue ya del Marx maduro, de Lenin y de Gramsci. All donde Fanon contestaba la relacin automtica entre progreso y Occidente, acusando al cosmopolitismo y al universalismo burgueses (travestidos de internacionalismo) de ser armas dirigidas a destruir la resistencia de los pueblos coloniales, la mayora de los intelectuales de izquierda occidentales asumen un punto de vista de un internacionalismo doctrinal y abstracto, junto a la tesis segn la cual la superacin del capitalismo puede darse solo donde las fuerzas productivas alcanzan su nivel ms alto de desarrollo (un punto de vista que, entre otras cosas, ignora que hasta hoy las nicas revoluciones socialistas se han llevado a cabo por las clases obreras en formacin de los pases perifricos aliadas con las grandes masas campesinas). Si se exceptan las reflexiones de aquellos autores que como Arrighi, Wallerstein y Samir Amin han asumido como central la contradiccin centro-periferia en su anlisis del sistema mundo, todos los otros exponentes de la inteligencia marxista han acabado por considerar negativa o hasta reaccionaria todo tipo de reivindicacin de la soberana nacional. Contra esta visin pretendo proponer un punto de vista que no solo reivindica la validez de las reivindicaciones soberanistas de los pases perifricos, sino que afirma que la lucha por la soberana nacional puede asumir un carcter progresivo tambin para los pueblos europeos (sobre todo para los pueblos mediterrneos). Antes debo aclarar qu entiendo exactamente por soberana nacional y por qu considero posible distinguir entre los diferentes significados que el concepto asume en el campo populista.

Si la cuestin nacional ha vuelto a ser el centro de atencin de los movimientos que declaran una orientacin socialista desde los regmenes bolivarianos en Amrica Latina a los partidos europeos como Podemos y la formacin francesa dirigida por Jean-Luc Mlenchon o la red de fuerzas que en los EEUU apoyaron la candidatura presidencial de Bernie Sanders no es solo porque el pndulo de la historia parece que ha comenzado a oscilar en la direccin opuesta al proceso de globalizacin: lo importante es que el ataque del capitalismo global no se dirige tanto contra el Estado, que como hemos visto sufre, por el contrario, un proceso de reforzamiento, sino contra la Nacin, de la que se teme su naturaleza de mbito territorial en el que pueden hacerse valer ms fcilmente las razones y las relaciones de fuerza de las clases subalternas. Por un lado, un capitalismo cada vez ms concentrado y agresivo necesita de los servicios de un estado supranacional, por otro se multiplican las fuerzas que ven en la reconquista de formas de autoridad territorial el nico instrumento para embridar aquellos flujos incontrolados de capital y de mercancas que amenazan las condiciones de vida de las poblaciones.

El autor que mejor ha sostenido que cualquier paso hacia el socialismo es imposible sin una desconexin del sistema capitalista global es, de nuevo, el economista egipcio Samir Amin9.La idea de que la integracin de las economas locales en el sistema mundial sea por s mismo un factor positivo de desarrollo, sostiene Amin, ignora una realidad evidente: mientras que en el centro el proceso de acumulacin se gua por la dinmica de las relaciones internas, en las periferias ello est en gran medida determinado por la evolucin del centro, no est dotado de una autonoma real. Las mutaciones inducidas por el capitalismo global de los monopolios, argumenta Amin, han anulado el poder de las viejas clases dirigentes perifricas, a las que han incorporado nuevos estratos dominantes de agentes de negocios que cumplen el papel de intermediarios locales de los intereses de las lites econmicas y polticas globales. Esta descripcin no vale solo para las periferias de los pases ex coloniales, sino tambin para aquellos pases de Europa del Sur que sufren hoy la hegemona del imperialismo alemn mediante el proceso de integracin europea: tambin ellos viven condicionados por una economa constreida por la divisin desigual del trabajo a producir mercancas de rango inferior con un trabajo de menor remuneracin (basta pensar en el desmantelamiento de la gran industria italiana progresivamente sustituida por los distritos de pequeas y medianas empresas que trabajan para las grandes empresas alemanas o al ms general proceso de terciarizacin de nuestro pas que, al igual que Espaa, se ve cada vez ms obligado a contar con el turismo como principal fuente de recursos). Si todo esto es verdadero es evidente que la lucha anticapitalista no puede pasar hoy ms que por las periferias y su desconexin del centro, lo que implica reconquistar la soberana popular y nacional.

La abundancia de referencias a la soberana tanto por la derecha como por la izquierda del campo populista plantea, sin embargo, un problema semntico. Es evidente que este trmino representa un campo de batalla discursivo en el que se decide quin tendr la hegemona. Ni tampoco faltan los instrumentos conceptuales para distinguir: la idea de nacin cambia de sentido y de naturaleza segn est ms o menos identificada con la de etnia, el patriotismo democrtico, republicano y antifascista reivindicado por fuerzas como Podemos, el partido de Mlenchon y la red de Sanders que no tiene nada que ver con el de formaciones abiertamente xenfobas y racistas. Mientras que en la derecha la idea de soberana evoca el cierre de las fronteras a los emigrantes, en la que la oposicin a los flujos de personas es objetivo prioritario ms que la regulacin de los flujos de mercancas y capitales, en la izquierda se reivindica en primer lugar el derecho de las comunidades polticas locales a gestionar la propia vida de forma autnoma de las interferencias internas, as como se reivindica la reintegracin de los ciudadanos en el Estado del que han sido realmente expulsados (un Estado que incorpore nuevas instituciones de democracia directa contra el Estado transnacional construido por las lites globales). Pero lo dicho no es an suficiente. Para profundizar en el asunto hay que dar un paso atrs, volviendo al anlisis de la categora de populismo.

Parto del anlisis del fenmeno populista efectuada por el filsofo argentino Ernesto Laclau10. Mientras que el sistema liberal democrtico funciona, argumenta Laclau, las necesidades de los distintos grupos sociales son satisfechas de forma diferencial, por lo que faltan los presupuestos para que se instaure una frontera arriba/abajo, lite/pueblo. Y viceversa, cuando el sistema es incapaz de absorber de forma diferencial las necesidades, las demandas insatisfechas se acumulan y entre ellas puede establecerse una relacin de equivalencia, que Laclau denomina cadena de equivalencias, y en este punto surge la crisis populista, mientras nuevas fuerzas polticas pueden surgir para lanzar un llamamiento populista. Para que ese llamamiento encuentre su correspondencia, es necesario que las demandas sean unificadas mediante un denominador comn capaz de encarnar la totalidad de la serie, por lo que se necesita que una demanda particular adquiera la centralidad. Laclau llama hegemona con una explcita referencia al concepto gramsciano a esta asuncin de un significado universal por parte de la particularidad. Lo que atribuye tal rol hegemnico a una determinada demanda son los factores contingentes, circunstanciales. Laclau no cree, por tanto, que exista una necesidad histrica que atribuya a priori el papel hegemnico a una especfica clase social, aunque admite que el potencial antagonismo deba inevitablemente residir en las subjetividades externas al sistema, en la masa de marginados, de los abandonados y de los diferentes generada por el abanico de conflictos y de contradicciones econmicas, polticas y sociales producidas por el capitalismo financiarizado y globalizado. Esta pluralidad antagonista no est, sin embargo, en condiciones de dar autnoma y espontneamente vida a un sujeto unitario si no es unificada mediante alguna forma de sobredeterminacin poltica: la crisis populista no tiene, por tanto, solucin sin un sujeto poltico en condiciones de gestionarla. Si surge un sujeto de ese tipo, se activa un potencial de ruptura sistmica, en la medida en que el populismo seala una fractura entre la tradicin liberal y la tradicin democrtica. La tradicin liberal se basa en el gobierno de la ley, en la proteccin de los derechos humanos y en el respeto de las libertades individuales; la tradicin democrtica, por el contrario, apela a las ideas de igualdad, identidad entre gobernantes y gobernados y soberana popular. Que hoy la democracia venga concebida exclusivamente en trminos de estado de derecho y de defensa de los derechos humanos, mientras las ideas de igualdad y de soberana popular hayan sido marginadas, confirma que la relacin entre tradicin liberal y tradicin democrtica no es una necesidad sino el producto de una articulacin histrica contingente. El populismo, con su reivindicacin de soberana popular, encarna por tanto la irrupcin del elemento democrtico en un sistema representativo que aparece ya replegado exclusivamente en la tradicin liberal, y es precisamente por esto que puede representar un paso de discontinuidad sistmica.

El pueblo de Laclau no es una entidad transhistrica fundada en bases tnicas y/o antropolgicas preexistentes a la poltica y que, como en la ideologa de las derechas, la poltica cumple solo la tarea de encarnar/representar, el pueblo es una construccin poltica, es el producto de la operacin hegemnica de un proyecto poltico capaz de unir a sujetos distintos en un bloque social unitario (aqu Laclau es explcitamente deudor de las categoras gramscianas de bloque social, hegemona y guerra de posiciones). Pero si el pueblo es una construccin poltica, esto tambin vale para la Nacin, que no puede existir si no es en referencia al pueblo y, con ms razn, vale para los conceptos de soberana popular y nacional. Esta retorsin gramsciana de las tesis de Laclau ha encontrado aplicaciones tanto en el proyecto poltico del Mas (el partido de Morales y de Linera) y del Estado boliviano, como en la evolucin de Podemos de movimiento anti-casta a partido titular de un proyecto radical de transformacin socialista de la sociedad espaola. Son dos experiencias que nos interesan aqu especialmente, en cuanto ambas han de medirse con la presencia, en sus respectivos pases, con identidades tnico-lingsticas que reivindican la propia autonoma poltica del Estado nacional centralizado, una situacin que les ha permitido interpretar el tema de la soberana nacional desde un punto de vista que acenta posteriormente las distancias de las ideologas nacionalistas de derecha. La Constitucin boliviana reconoce explcitamente el carcter multinacional del pas, yendo ms all de un genrico multiculturalismo y la concesin de limitadas autonomas a las comunidades indias; por su lado, Podemos ha estrechado las relaciones tanto con los movimientos municipalistas como con las formaciones polticas de la izquierda radical comprometidas en la lucha por la independencia poltica de los pueblos vasco y cataln. Todo esto significa que soberana popular y nacional pueden y deben funcionar a diversas escalas, planificando la construccin de nuevas entidades territoriales con confines que resulten, al mismo tiempo, permeables a las personas y cerrados a los flujos de mercancas y del dinero por estar en conflicto con los intereses de las comunidades locales. Construir pueblo, construir nacin, construir comunidad, por el socialismo y contra la hegemona del capital global.


Ponencia presentada en la Escuela de Verano Crisis de la democracia? Lxico poltico para el siglo XXI de la Universidad de Trieste. Traduccin de konkreto

Notas

  1. Sobre el concepto de estilo populista cfr. M. Tarchi, Italia populista, il Mulino, Bologna 2015

  2. Cfr L. Gallino, La lucha de clases despus de la lucha de clases, Laterza, Roma-Bari 2012

  3. Cfr. P. Dardot, C. Laval, La nueva razn del mundo. Crtica de la racionalidad neoliberal, DeriveApprodi, Roma 2013

  4. Tomo esta definicin de Dardot y Laval (op. cit.)

  5. Op. cit., p. 371

  6. Ivi, p. 372.

  7. Cunto capitalismo, cit., p. 156. Hay que sealar que Crouch, an criticando esa mutacin, no renuncia a la esperanza de un renacimiento de la socialdemocracia, aunque sea en forma adaptada a los nuevos escenarios socio-econmicos .

  8. Cfr. S. Amin, La dconnexion. Pour sortir du systme mondial, La Dcouverte, Paris 1986

  9. Cfr. S. Amin, op. cit

  10. Cfr. E. Laclau, op. cit

Nuestra fuente: http://www.elviejotopo.com/articulo/democracia-momento-populista-america-europa/



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