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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-06-2004

La confusin del sentimiento ciudadano y la caza de chivos expiatorios
Populismo histrico

Robert Kurz
Rebelin


Traduccin: M. Alonso
Ttulo original en alemn: Hysterischer Populismus

El juego preferido de nuestra sociedad es la caza de culpables. Si algo ha fracasado en gran escala, es normalmente imperativo no cuestionar el asunto en s, sino ir a la busca de ciertos individuos a quien echar la culpa. No se considera oportuno, ni siquiera es posible, echar la culpa a dudosos objetivos, a relaciones sociales destructivas o a estructuras sociales contradictorias; el desastre tiene que ser achacado a individuos faltos de decisin o incapaces o hasta con mala intencin. Es mucho ms fcil seguir cortando cabezas que subvertir la situacin actual y reestructurar las formas sociales.


La predisposicin de la conciencia no reflexiva a deshacerse de problemas echndole la culpa a determinados individuos se acomoda a la ideologa liberal: en principio, el liberalismo tiende a subjetivizar las causas de los problemas sociales. El orden social vigente ha sido ascendido al rango de dogma, se ha convertido en una ley natural y, por lo tanto, inaccesible e intocable para cualquier juicio crtico. As pues, la causa de una experiencia negativa tiene que encontrarse en el individuo, en el entorno inmediato de su existencia. El individuo es el responsable de sus problemas y fracasos peronales; pero los individuos tambin pueden ser responsables de las crisis y los desastres sociales. Nunca se le puede echar la culpa al sistema; siempre es alguien que se ha equivocado o incluso cometido un crimen.


Este tipo de reflexin es profundamente irracional, pero es un alivio para la conciencia, porque no tiene que esforzarse en analizar y ser crtica de las condiciones de su propia existencia. Los problemas esencialmente impersonales de la estructura de la sociedad y su desarrollo se identifican con determinados individuos o grupos sociales, etc., o se desplazan simblicamente a estos. En el Antiguo Testamento ste es el procedimiento del "chivo expiatorio", en el que la sociedad deposita simblicamente sus pecados para seguidamente abandonarlo en el desierto. Esta tcnica de personalizacin superficial de problemas y calamidades puede tomar dos caminos.


El primero consiste en echar la culpa a los individuos, grupos o instituciones implicadas: o los subordinados denuncian a sus jefes y a sus organismos de direccin como intiles e incapaces o, si los acusados pueden dar la vuelta a la sartn, stos culpan a su vez a sus subordinados de ser ineficientes, de no tener el coraje necesario, etc. En la poltica moderna, este mecanismo de atribucin de culpa es un elemento bsico de su forma de operar. El pueblo denigra a los polticos y los polticos denigran al pueblo. Como ya se sabe, nunca ningn partido de la posicin achacar los problemas sociales al sistema poltico y su estructura subyacente de (re)produccin social, sino que siempre afirmar que se deben a sus competidores que en ese momento lleven el timn del Estado y a su poltica "equivocada".


El segundo mtodo es an ms irracional y peligroso. Generalmente, lo que se hace es proyectar los problemas socials en uno o varios grupos a los que se identifica como el Mal y que deben convertirse en el smbolo del enemigo pblico universal. Todas las ideologas --que segn Marx siempre suponen una falsa conciencia, una imagen distorsionada de la realidad-- funcionan de una u otra manera personalizando al enemigo pblico. Si el liberalismo como ideologa bsica es relativamente pragmtico en su bsqueda de culpables y sustituye sin reparo alguno un rasgo "maligno" por otro, segn requieran las circunstancias ( las "aspiraciones absurdas" y la pereza de los pobres, por ejemplo, la "mala educacin" de los criminales, etc) sus descendientes se inclinan ms por una imagen unidimensional de su enemigo. La ilusin social ms infame y trascendental incubada en el seno de la sociedad es la del antisemitismo, que culmin en las masacres de judos en la Alemania nazi.


Lo opuesto a una bsqueda irracional de culpables sera una crtica social emancipadora que no apuntase a grupos o individuales particulares, sino que estuviera dispuesta a transformar las formas imperantes de reproduccin y de relaciones sociales. Indudablemente, la teora marxiana es la que sigue teniendo el mayor potencial para conseguirlo. Tambin es verdad que las ideas del movimiento obrero -que ya alcanzaron sus lmites- fueron esencialmente personalizadoras en la medida en que las contradicciones sociales eran atribuidas a una especie de "voluntad de explotacin" de los "propietarios de los medios de produccin" y no a las fuerzas y leyes ciegas del sistema moderno de produccin de mercancas. Irnicamente, este enfoque terico reduccionista tiene sus races en la herencia liberal del marxismo del movimiento obrero, que reduce cualquier problema a una cuestin de intenciones. Sin embargo, la teora marxiana proporciona un enfoque mucho ms amplio para efectuar una "crtica del sistema" que sea realmente digna de este nombre y que no confunda las crisis estructurales con las "malas intenciones" de individuos o grupos sociales.


Sin embargo, tras el colapso del socialismo de estado y el triunfante avance de la ideologa neoliberal, la crtica social no slo no prosigui esta lnea de pensamiento, sino que fue casi totalmente silenciada. El sistema social y su estructura tambin se convirtieron en un tab ms formidable que nunca; pero si las formas prevalentes de relacin social no pueden ser objeto de crtica, los problemas sociales se agravarn cada vez ms y las teoras de conspiraciones seguirn proliferando. No es nada extrao que durante los ltimos veinte aos, a la par del decaimiento del marxismo, estn surgiendo con fuerza nuevamente ideologas racistas y antisemitas que intentar explicar las miserias del mundo con diferentes personificaciones del Mal.


Tambin los medios oficiales de las sociedades democrticas buscan chivos expiatorios cada vez ms descaradamente. En Alemania, un libro titulado "Incompetentes en trajes de rayas" (Nieven in Nadelstreifen), del periodista de negocios Gnter Ogger, ha sido un xito de ventas. En este libro se califica a los empresarios de fracasados y se les acusa de ser los causantes de los crecientes problemas socioeconmicos con su incompetencia colectiva,. Sin embargo, los salvadores y los hroes de hoy son los perdedores y los acusados de maana. Algunos medios ya publican listas de "ganadores y perdedores de la semana" en el mundo de la poltica, los negocios, el deporte y el espectculo. El tiovivo del personal gira cada vez ms vertiginosamente: al ritmo de crisis, fracasos y quiebras, individuos "personalmente responsables" tienen que dimitir... para ser inmediatamente sustituidos por otros que no lo pueden hacer mejor.


La sombra sensacin de amenaza universal ya no puede apaciguarse con el sacrificio de peones o reinas; intentando hallar alguna forma de expresarse, esta sensacin genera fantasmas. Las sociedades occidentales, incapaces ya de reflexionar crticamente sobre s mismas, crean figuras mticas para simbolizar el escurridizo Mal de su propia estructura.


Una de estas figuras mticas de lo negativo es el terrorista. Cuanto ms misteriosos y arbitrarios son los atentados bomba de los confusos, los frustrados, los guerreros de Dios o de las bandas mafiosas, ms se parecen al ciego e impersonal "terror de la economa". Hace ya tiempo que la lnea divisoria entre los grupos terroristas, la administracin del Estado y los servicios de inteligencia se ha difuminado. Cada vez que se mira en el espejo, la sociedad democrtica ve la imagen del terrorista. Esta imprecisa y oscura figura del terrorista es muy adecuada para externalizar el Mal que reside en la "sociedad de ciudadanos decentes" como un enemigo abstracto.


Este mecanismo de proyeccin es especular: al igual que el terrorista con su percepcin del mundo ve el Mal del capitalismo encarnado cuando mira a las elites en funciones, el poltico democrtico explicar la inseguridad ciudadana como resultado de la "amenaza terrorista". Ambos bandos, terroristas y el aparato de seguridad, utilizan el mtodo de la "caza" de individuos para presentar orgullosamente sus cuerpos como trofeos al pblico, escenificando el "terror de la virtud" (Robespierre). Mientras tanto, la existencia real o fantasmagrica de terroristas se convierte en la condicin legitimadora de las democracias de la economa de mercado en todo el mundo.


Algo muy similar sucede con el mito del especulador, que comenz a florecer en los aos 90 paralelamente con la expansin de la burbuja econmica mundial. Como ya se sabe, la sorda agitacin contra las ganancias especulativas se aproxima mucho al antisemitismo, que identifica a los judos con los aspectos negativos del dinero. Si bien el mito adquiri un rostro en la persona de George Soros, todava sigue representando una amenaza annima; la sociedad de trabajo capitalista barrunta que se est quedando anticuada y proyecta el problema en un Mal personificado que supuestamente est preparndose para destruir el "trabajo honrado". Cuanto ms obvio se hace que el sistema de trabajo es autodestructivo y que la poca de especulacin es una de sus consecuencias, ms urgente es la necesidad de encontrar un sujeto mtico aparentemente responsable. La condicin para que la proyeccin pueda encarnarse es que esta explicacin irracional prospere en la percepcin de las personas que apuestan su ltimo dlar o euro en la bolsa. Tras el crac de los mercados tecnolgicos, los medios se apresuran a declarar al "pobre inversor privado" como vctima de los siniestros poderes financieros que manejan las cuerdas entre bastidores.


Otra figura que junto con la del terrorista y la del especulador est alcanzando la cumbre de la proyeccin irracional y que se ha convertido en la encarnacin ms reciente del Mal es la del abusador de nios. En ninguna invocacin mgica del demonio puede faltar el componente sexual. Paralelamente al supuesto "abuso de la seguridad social" por parte de gorrones (preferiblemente extranjeros), el abuso sexual se ha convertido en un tema de moda. Difcilmente se puede encontrar un terapeuta que no intente hacer creer a sus pacientes que han sido objeto de que "abuso sexual" en su niez. Hasta ahora la clasificacin de los "tos malos" sigue siendo vaga, pero es imposible no advertir su parecido con el antisemitismo. Los nazis aseguraban que los judos hacan de los humanos una mercanca, y al mismo tiempo los pintaban como demonios lascivos que perseguan a inocentes nios y nias de la mayor capa social. Una vez ms, la sociedad oficial necesitaba externalizar y personificar uno de sus aspectos estructurales como smbolo del Mal. Pero la mayora de los abusos sexuales tienen siempre lugar en el "acogedor" mbito del dulce hogar. No se debe olvidar que Dutroux, el asesino de nios belga, suministraba a los crculos ms prominentes con sus vctimas para satisfacer su lujuria. De todas formas, hace ya mucho que la sociedad capitalista es enemiga de los nios, como tambin es enemiga del placer hasta la mdula. El eslogan de la "liberacin sexual" de 1968, cuyos protagonistas no fueron capaces de superar las formas sociales prevalentes, ha conducido nicamente a la sexualizacin abstracta de los medios y de la publicidad, mientras que la vida sexual del individuo consumidor de mercancas es ms miserable que nunca.


La presentacin de crmenes sexuales como smbolo irracional de las contradicciones sociales se hace cada vez ms odiosa y maligna. Cualquier diferencia entre ellos es allanada para poder despertar as el espritu de los pogromos. En los debates sobre poltica sexual de los aos 70, la tensin sexual entre adultos y jvenes descrita en la literatura por autores como Vladimir Nabokov en su novela Lolita o Toms Mann en su Muerte en Venecia, se aceptaba como una variante dentro del espectro de comportamiento sexual que puede hallarse en muchas civilizaciones, a condicin que ello tuviera lugar con ternura y sin violencia. Actualmente, el "sano sentimiento popular" representado en los medios de comunicacin equipara inmediatamente este aspecto del erotismo con la prostitucin infantil, la violacin de nios o su asesinato por criminales maniticos.


El motivo legtimo para denunciar y combatir la violencia masculina --intensificada en todo el mundo en crisis-- contra las mujeres y los nios, se invierte y se transforma en una herramienta para demonizar el fenmeno, en lugar de analizarlo para descubrir sus races. Esta mana de proyectar califica de abusadores sexuales a los mismos nios. En Estados Unidos, un joven de dieciocho aos que se escap de casa con su novia de catorce fue conducido esposado ante el juez. Lo mismo le ocurri a un nio de once aos, al que una vecina mojigata haba visto jugar inocentemente a los mdicos con su hermanita de cinco.


Las figuras mticas del Mal son necesarias para descargar la energa negativa de la crisis social de una manera irracional y antiemancipadora. Lo que tienen en comn el terrorista, el especulador y el abusador de nios es que atacan en la oscuridad, lo mismo que las fuerzas annimas de la competencia. Pueden ser cualquiera y nadie. En su clsica pelcula "M: el vampiro de Dusseldorf", situada en Berln con la crisis econmica mundial de los aos veinte como teln de fondo, Fritz Lang muestra de una manera angustiosa como la caza de un delincuente sexual no identificado provoca un sndrome de psicologa de masas, con un reguero de sospechas, denuncias y ciega violencia. La sociedad muestra su cara fea, no menos terrorfica en absoluto que la del asesino mismo.


En la actual crisis mundial puede percibirse el mismo sndrome en una escala mucho mayor gracias a la expansin de los medios electrnicos de comunicacin. Los polticos y los medios han tomado un camino de populismo histrico que se asemeja al linchamiento. Cuando en la prensa amarilla inglesa se publicaron los nombres y las direcciones de los supuestos abusadores de nios, una furibunda muchedumbre empuj a varios de ellos al suicidio y destroz la consulta de una pediatra debido a su incapacidad para distinguir entre pedofilia y pediatra (una muestra elocuente de la calidad del sistema educativo britnico). Tales sucedidos revelan a qu punto de paranoia social hemos llegado. Una sociedad que ya no muestra inters por su propio secreto est condenada a la caza de brujas.







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