Portada :: Colombia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-01-2018

Las lites colombianas estn convencidas de que ganaron la guerra

Manuel Humberto Restrepo Domnguez
Rebelin


La economa de mercado y el ejercicio poltico ya no se definen ni en la poltica econmica la una, ni en la legitimidad de los propsitos de gobierno, la otra. Las dos estn mezcladas, sacaron del lenguaje la existencia de lo publico y la democracia participativa y funcionan conforme al marco de relaciones de poder local, sin salirse del orden global impuesto por el capital, creador de realidades formales sin sustento material. Las relaciones de poder poltico-econmico-militar, las manejan a su antojo empresarios y financistas globales que definen el funcionamiento del universo sin preocuparse por la destruccin, el dolor y el caos que producen sus ansias de poder desenfrenado. A cada estado le queda un pequeo porcentaje de flexibilidad para organizar las actividades del gobierno guiadas por un apetito de poder insaciable y un afn de acumulacin sin limite.

En el mbito local las instituciones del estado y sus gobernantes y directivos parecen desconectados, desactivados respecto al imperativo constitucional de promover la nueva realidad que debe forjarse a partir del acuerdo de paz. No tienen preocupaciones de fondo por producir cambio alguno, las estructuras del poder poltico, econmico y social y sus instituciones siguen iguales al momento en que por todos los flancos se oan bombardeos, balas y soldados presurosos hacia la emboscada. El exterminio de lideres sigue el orden de la lista diseada y a la muerte de adversarios responden los funcionarios como autmatas leyendo el mismo discurso enajenado. El miedo y el odio continan siendo inoculados con posverdades carentes de sentido y las ganancias de pocos contadas en billones muestran el empobrecimiento de los millones de victimas sin oportunidades. Las Instituciones actan de la misma manera que antes del acuerdo de paz, se organizan igual, cumplen tareas, trabajan por metas fijadas por expertos autistas y plagiadores de informes y planes sin contexto, en sus acciones prevalece el espritu de guerra y de seguridad nacional. Siguen posedas por clientelas de corrupcin que ejercen el dominio y reclaman votos. La clase poltica local controla como antes del acuerdo de paz los cargos y los contratos, manipula presupuestos, decide por los mas dbiles, los usa, los pone a depender de su voluntad a cambio de un salario o una promesa vaca de mejor futuro, penetra y absorbe el grueso de sectores medios atemorizados y atiborrados de reglas policivas que castigan sus bolsillos y mantienen bajo amenaza su estabilidad y tranquilidad impidindoles adelantar juntos un proyecto poltico comn sobre programas de igualdad.

En condiciones de inercia material, aunque haya una relativa efervescencia discursiva, los acuerdos estn siendo paulatinamente relevados de las agendas del estado, para que todo siga igual y los antiguos combatientes se diluyan o se esfumen entre la precariedad y la desesperanza, mientras las elites acomodan lo que les falta para declararse definitivamente ganadoras de la guerra. Llega el primer momento decisivo de la deficitaria democracia con el proceso electoral de la posguerra con las FARC y los militantes del partido poltico, son negados todo el tiempo, invisibilidades, ofendidos, agredidos y rechazados por funcionarios, mientras los empresarios en su papel de dueos de las cosas, los bienes, los billetes de banco, las acciones, las hipotecas, los muebles y los inmuebles, los cargos y las decisiones parecen no estar enterados de que cuando una guerra se acaba otra realidad debe emerger para cambiar la historia y redisear el presente, con otras reglas, con otras maneras de vivir y de desear, no para facilitar que ellos legalicen el despojo y hagan de su voluntad la voluntad popular.

Bastara tan solo con que las elites reconocieran, respetarn y acatarn el cumplimiento de lo acordado para creer que de verdad la paz estable y duradera est en curso con garantas materiales para satisfacer los derechos negados y violentados en nombre de la guerra. Las elites siguen pensando, creyendo y considerando que con la firma del acuerdo de paz ellos ganaron una guerra justa que haban librado contra los insurrectos y que eso los faculta para fijarle precio a lo que conquistaron en esa guerra. Eso creen los partidos y partidarios de la derecha y la ultraderecha, que se ofrecen a reconstruir el pas derrotado por ellos mismos, la una defendiendo la explotacin y su statu quo y la otra defendiendo la tierra usurpada y las mas aberrantes tradiciones de discriminacin que anulan libertades.

Las elites se niegan a aceptar -siquiera por diplomacia- que tambin fueron agresores y sobre todo victimarios que deben aportar a esclarecer la verdad de lo ocurrido y estar dispuestos a recibir la condena que merecen por parte de la justicia especial. Creen al contrario que ganaron la guerra, as lo anuncian, defienden y sostienen por todos los medios empresarios, militares y gobernantes. Hacen creer que la guerra fue entre insurgentes y extraterrestres y que ellos fueron rbitros imparciales que nunca alentaron, decidieron, disearon o empujaron hacia la barbarie y la catstrofe y que por tanto han de ser compensados por la sociedad y recibir en beneficio los bienes que nunca ocuparon como selvas, ros, minas y subsuelo, sea apelando al sistema de justicia (su justicia) como se percibe a travs del fiscal (antes encargado de negocios del mayor potentado) o magistrados que entran del derecho a la poltica o los negocios o viceversa y venden fallos a favor de multinacionales en contra de la nacin o simplemente alientan la fuerza criminal de sus factores armados.

Las elites se portan como conquistadores de nuevo tipo, no actan con la soberbia del antiguo villano, ni con despotismo, seducen, promueven la creatividad, la inventiva y la innovacin, premian a sus mas abnegados sbditos y castigan con fiereza a sus contradictores, actan convencidos que vencieron a sus enemigos por medio del acuerdo de paz y esto les da poder sobre sus vidas, pretenden controlarles sus conductas, sus pasos, sus palabras, sus maneras de ser y de vivir, pero adems asumen que deben aduearse de los territorios ya libres de insurgentes y tomar posesin de las extensas zonas selvticas y campos de produccin minera y energtica. De esta manera se mantienen situados como perpetuadores del mismo poder desptico y permanecen en estado de guerra, de cuya injusticia pueden brotar otras rebeliones que no seran una ofensa si no una admisible manera para reclamar la justicia social que sigue aplazada y con inmensas barreras por derribar. O tambin puede ocurrir que la gente ocupe las calles y haga temblar los cimientos del poder autoritario que lo controla todo y tambin la conducta de su pobladores, lo que crea puede agrupar el descontento y provocar grandes convulsiones o mas sencillo si la conciencia colectiva despierta en esta coyuntura y con eficacia poltica electoral logra derribar el sistema para empezar de nuevo y de otra manera.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter