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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-01-2018

Violencia, mujeres y silencio

Laidi Fernndez de Juan
La Jiribilla


Aunque no todos los medios que difunden noticias desde, sobre, o acerca de Cuba sean confiables, al menos un par de impactantes informaciones recientes contienen visos de triste verosimilitud: dos mujeres, una en Cienfuegos y otra en Camagey, han sido brutalmente asesinadas por hombres. Los hechos, espeluznantes, si bien no tienen que ser recreados con el morbo de una prensa llamada amarillista, compulsan a ser divulgados, dada la gravedad que representan. El trmino prensa amarilla o amarillista, al parecer se origin durante la batalla periodstica entre el diario New York World, de Joseph Pulitzer y el New York Journal, de William Randolph Hearst, entre 1895 y 1898, y pertenece ms bien a una de las muchas curiosidades del mundo reporteril. No es til, en ningn sentido, aprovecharse de la maldad humana para edificar reportajes atemorizantes.

Sin embargo, existen determinados actos violentos que exigen ser del dominio pblico, por su naturaleza, y, ms que nada, por el posible escarmiento que llevan implcito, una vez que se conozca el castigo impuesto a los delincuentes. Y dicho esto, llegamos al punto lgido del cual muchos no quieren hablar: en Cuba no existe una Ley contra la violencia de gnero, y de hecho, apenas se menciona el trmino femicidio o feminicidio. Este concepto tuvo un largo trayecto antes de ser admitido, y aunque no es propsito de esta estampa ahondar en todas las aristas de su origen y desarrollo, conviene aportar elementos que resaltan su importancia. La palabra feminicidio fue incorporada en la 23 edicin del DRAE, y segn reportes, surgi en Mxico como una adaptacin del trmino ingls femicide, cuya traduccin literal sera femicidio. El feminicidio representa el extremo del terror antifemenino que incluye una amplia variedad de abusos verbales y fsicos, tales como: violacin, tortura, esclavitud sexual, abuso sexual infantil incestuoso o extrafamiliar, golpizas fsicas y emocionales, acoso sexual, mutilacin genital, operaciones ginecolgicas innecesarias, heterosexualidad forzada, esterilizacin involuntaria. Siempre que estas formas de terrorismo resultan en muerte, se convierten en feminicidios. Lo verdaderamente crucial es resaltar la diferencia entre homicidio, vocablo que resulta neutro, y en cambio, utilizar feminicidio, que reconoce y visibiliza la discriminacin, la desigualdad y la violencia sistemtica contra la mujer.

En nuestro pas se han librado meritorias batallas desde hace ms de 50 aos, cuyos resultados saltan a la vista: no existe diferencia salarial entre hombres y mujeres; el aborto libre, gratuito y seguro constituye un derecho legtimo de la mujer; no hay menoscabo en nombre de la condicin sexual al nombrar cargos de direccin; no somos vctimas institucionales, ni se nos niegan derechos en cuanto a responsabilidades, ocupaciones, estudios, ni expresiones artsticas. Tampoco podra afirmar que la violencia antimujer alcance en Cuba los visos dramticos que sufren sociedades como la espaola, la mexicana y la argentina, por solo citar tres ejemplos cercanos. Sin embargo, padecemos del mal, y ocultarlo no hace ms que conferirle impunidad permisiva a la monstruosidad. El silencio acta como resorte complaciente, y ello estimula y agrava la situacin, a la vez que minimiza el esfuerzo por alcanzar justicia a travs de la ley. La escritora Brbara Kingsolver, cuya fabulosa novela La biblia envenenada hemos ledo en Cuba, sentenci que todas las mujeres somos hijas de la misma tierra cicatrizada, y tambin que existe un amplio y cenagoso terreno entre lo que es justo y la justicia.

Sabias meditaciones que vienen muy a tono con el tema que abordo: todas, absolutamente todas las mujeres, somos vulnerables, y todas, lastimosamente todas, nos encontramos a la intemperie, en un limbo legal que no acoge nuestros reclamos. Ni los rganos policiales saben cmo actuar en casos de violencia de gnero (la consabida expresin entre marido y mujer nadie se debe meter perpeta la indiferencia ante situaciones de agresiones intrafamiliares), ni existen suficientes ni eficaces casas de acogida, refugios temporales, abrigos donde una mujer amenazada o agredida pueda resguardarse, evitando, como sucede hasta el presente, regresar justo al sitio donde su torturador la espera.

Hace un ao, participamos en el lanzamiento de Sombras nada ms, la primera antologa cubana sobre la violencia contra la mujer, que recoge 36 narraciones referidas al tema. En varios de sus lanzamientos, constatamos dos hechos significativos: inters por parte del pblico (mucho mayor del que imaginbamos, dado el ocultamiento, como ya he dicho, de tales agresiones), y confesiones dichas en voz baja a quienes encabezbamos las presentaciones.

No me corresponde hablar en nombre de mis colegas, pero s me lanzo al ruedo contando que tanto unos pocos hombres como algunas mujeres, sintieron la necesidad de desahogarse, a raz del conocimiento de dicho libro, ya en sus manos. En el caso de los hombres, uno me dijo que haba sido un abusador, pero que la vida lo premiaba (sic) con tres hijas hembras, y que por ellas, arrepentido de sus actos (confieso que no tuve fuerzas para escucharle detalles), estudiara los cuentos recogidos, como parte de su autocastigo. El otro, arremeti contra la violencia de gnero de otros pases, colocando la que sufren nuestras mujeres en un plano casi descartable. Las mujeres, en cambio, susurraban dolores propios, sufridos en el pasado, o, peor an, contaban abusos que sus hijas y sus nietas estaban soportando actualmente, sin saber a quin ni adonde acudir. Lejos de satisfacerme por haber logrado la primera antologa sobre la violencia contra la mujer en nuestros predios, sent la abrumadora vergenza de no tener respuestas, sugerencias, ni siquiera posibles alivios ante la perversidad sufrida, que me confiaban esas representantes de una agona que muy pocos (y pocas) quieren ventilar.

Cuba, que es ejemplo de resistencia a nivel mundial, tiene que disponer de una infraestructura capaz de garantizar el pleno derecho de la mujer, no exclusivamente a actividades laborales ni a reconocimiento social, sino, sobre todo, a la seguridad de su vida, de su existencia digna, sin el temor a ser agredidas, y en ltima instancia asesinadas, mientras el resto de la sociedad contempla impasible dichos atropellos, carentes de una ley que reprenda, desde sus instancias constitucionales, esos hechos repugnantes que ahora mismo se limitan a engrosar la lista de delitos comunes. No seremos un verdadero pas admirable mientras el silencio ante tales abusos contine extendiendo su manto protector sobre los culpables, y las mujeres seamos potenciales vctimas, sepultadas bajo la lpida de la impunidad machista.

Fuente: http://lajiribilla.cu/articulo/violencia-mujeres-y-silencio



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