Portada :: Cultura
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-01-2018

The Deuce
Periferias

Guillermo Paniagua
Hala Bedi/ SerialK


Entre las mltiples entradas analticas desde las que se pueden abordar una ficcin, y ms aun si esta aspira a un siempre tan problemtico realismo, una opcin bien podra ser la de evaluar la estrategia de flirteo desplegada con respecto a los clichs y sus aclitos. Figuras retricas desterradas de la caja de herramientas de todo artista que se precie, los clichs son sntomas, es bien sabido, de una capacidad creativa esclerosada que opta por la reiteracin gratuita, torpe, facilona y machacona de una ocurrencia, alguna vez quizs ingeniosa, pero que tras el constante manoseo ha perdido todo su brillo. Al contrario de otra bestia proscrita, la caricatura, que en una lgica microscpica amplifica lo singular y realza obscenamente lo diferente hasta deformarlo, el efecto del clich sobre lo retratado es la negacin por reiteracin de su singularidad, como una desesperada avalancha besucona buscando recrear el encanto de un primer beso o, peor an, como la magia de aquel juego infantil que consista en repetir incansablemente una palabra hasta la desactivacin de su significado, hasta que aparezca un cuerpo inerte, materialidad pura y dura, la del significante: un simple ruido. El problema es que no contenta con ser el arma predilecta de los que carecen de poder esttico, el clich o, en este caso, su principal esbirro, el estereotipo -especie de monstruo agazapado debajo de cualquier signo, como deca Roland Barthes- es tambin el arma predilecta de los que poseen el poder de determinar la naturaleza de lo que somos, de lo que nos une; en pocas palabras, de los que detentan el poder poltico. En efecto, siempre atravesados por jerarquas instituidas e instituyentes, estos paquetes semnticos consagrados y repetidos no son definidos aleatoriamente sino en relacin funcional con la reproduccin del poder establecido, aquel que determina en ltima instancia la composicin del sentido comn, es decir de los lugares comunes que lo pueblan.

Pero si conspiran militantemente en contra de la realizacin de las Bellas Artes y de la consecucin del Buen Vivir, los lugares comunes nos recuerdan tambin y seguramente bien a su pesar, dos elementos claves de nuestra condicin sociolingstica. Por un lado, nos recuerdan que la reiteracin de bloques semnticos precocinados es constitutiva de las reglas de juego del lenguaje mismo. Dicho un poco bruscamente, nos entendemos porque repetimos. Aunque le duela a algunos, hablar se asemeja ms a lo que hace un DJ, suerte de patchwork ms o menos logrado que a la imagen idlica e ingenua de un manantial siempre caudaloso y renovado que emanara de las infinitas ocurrencias de un poeta lrico. Por otro lado, el clich nos recuerda tambin, nada ms y nada menos, el carcter reiterativo y montono de toda vida social. Un animal de costumbres es un productor de lugares comunes de primer orden; la cultura, al fin y al cabo, es el resultado de significados y prcticas colectivas sedimentadas por repeticin. Los secuestros sociales en comidas familiares, ascensores, pausas laborales o interminables juergas etlicas son unas de sus ms chirriantes manifestaciones ritualescas.

Por lo tanto, el problema de los clichs y sus aclitos es que son operadores que hacen de la necesidad virtud. Aceptan burdamente las reglas de juego mediante las cuales se producen significados y textura social pero se olvidan de que como toda norma estn hechas para que se juegue con ellas. Librada a los antojos de estos promotores del conservadurismo esttico y poltico, la realidad -en su esencia tan singular como repetitiva- permanece as incomprendida y maltratada.

Ante semejante panorama, ante el acecho de estos parsitos, existen dos estrategias de confrontacin. Una casi insurreccional, vanguardista y arriesgada, de superacin frontal y definitiva de la esclerosis, estrategia de la que, por ejemplo, David Lynch se hace cargo en la tercera y perturbadora temporada de Twin Peaks. Otra, ms comedida, negociadora, tctica pero no menos arriesgada, de la que David Simon en su ltima propuesta, The Deuce (2017), se convierte en genial vocero.

As es como con la habilidad de un malabarista, o ms bien de un juglar, David Simon nos cuenta en su ltima serie una historia muchas veces transitada, la de la fauna urbana setentosa de Nueva York, decadente y transgresora, donde conviven prostitutas y proxenetas, mafiosos y policas, msica y alcohol, neones y humo, violencia y sexo. Unas tpicas parejas de baile pero que logran, al son de la batuta adiestrada de Simon y sobre todo de una impecable coreografa, ondular fluidamente y dibujar un mundo contradictorio, estilizado en su miseria, humorstico en su tragedia, hasta cruel en su ternura. Un tour de force hecho posible por este gran guionista al haber osado poner en rbita a sus personajes alrededor de un explosivo eje narrativo como lo es el nacimiento de la tan polmica como desconocida industria pornogrfica. Un nuevo actor que en aquella turbulenta poca logr sumarse alegremente a la histrica, irreverente y contracultural embestida padecida por el puritanismo anglosajn a la vez que asumi acoplarse cnicamente a la igual de histrica embestida de un Capital ubicuo capaz de mercantilizar mafiosa y inescrupulosamente todo, incluso los deseos de los hombres y, sobre todo, los cuerpos de las mujeres. Un espacio, por lo tanto, que se ofrece como potente catalizador de contradicciones sociales y narrativas a un David Simon, consagrado cronista de lo urbano (The Wire, Treme, Show Me a Hero), diestro explorador de aquellas periferias -ms sociales que geogrficas- donde se evidencian explcitamente las miserias y grandezas de nuestra especie.

Para ello, David Simon no reniega del cotidiano repetitivo y establecido de lo que es ser una prostituta, un camello, un camarero o un polica. Sencillamente porque si no, no serian ni prostitutas, ni camellos, ni camareros, ni policas. Lo que hace es exponer paulatinamente y sutilmente el contexto resbaladizo que les hace ser lo que son al mismo tiempo que abrirles las posibilidades para no seguir siendo exactamente lo que son. Como el otro gran exponente del realismo social estadounidense, John Ridley y su superlativa American Crime, Simon sabe perfectamente que para contar una buena historia hay que hacerse cargo tanto de la infinita carga estructural a la que tenemos que rendir cuentas como del margen de maniobra que tenemos para encauzar nuestra condena. Quizs la trama de este relato coral que mejor encarna este compromiso con la contradiccin poltica y narrativa es la evolucin de "Candy", prostituta genialmente interpretada por Maggie Gyllenhaal que encuentra en el nacimiento de la industria una forma de escapar de un cotidiano callejero mortfero y aspirar a convertirse primero en actriz y despus en ducha e ingeniosa directora de las pelculas de este rubro. Una pretty woman de las periferias que teje nuevas complicidades tan frgiles como el reconocimiento recibido, crudo indicador de que no encontrar ni salvador, ni redentor, ni siquiera en el arte. Una mujer, madre y prostituta que juega a conciencia con unas cartas marcadas, sola, movilizando su instinto de supervivencia individual, ltimo recurso cuando en cuestiones de emancipacin lo colectivo brilla por su ausencia.

David Simon firma as otra gran obra, otro gran fresco realista donde conviven singularidades y repeticiones, otra gran historia poblada de lugares comunes que acogen sin concesiones tanto a la regla como a la excepcin.

 

Fuente: http://halabedi.eus/2018/01/25/serialk-periferias-deuce-guillermo-paniagua/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter