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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-02-2018

Cuaderno de postcrisis (4)
Apuntes sobre la desigualdad: gnero, clase y estructura salarial

Albert Recio Andreu
Mientras tanto


I

El aumento de las desigualdades vuelve a estar en el centro del debate social, aunque, por desgracia, parece ms un tema para llenar las tertulias mediticas que un argumento fuerte de las polticas socioeconmicas. El grueso de las polticas que promueven los grandes organismos internacionales estn en el centro de la creacin de desigualdades. Sin la elaboracin de propuestas alternativas y la generacin de amplios movimientos sociopolticos, es difcil que vayan a producirse cambios profundos en este campo. Ms bien hay pistas de que las cosas an pueden ir a peor.

Cuando analizamos los debates actuales sobre el tema, surgen al menos tres campos en que se ha puesto de manifiesto: el de la desigualdad global entre clases sociales, el de las desigualdades entre los asalariados y el de las desigualdades de gnero. Deberamos aadir, adems, las desigualdades entre pases. Por razones de espacio me voy a limitar a comentar los tres primeros temas y me centrar slo en un aspecto de la desigualdad, el de la renta, aun sabiendo que el campo de la desigualdad abarca otros muchos espacios.

II

El reciente estudio de Oxfam sobre la desigualdad es concluyente sobre el aumento de la desigualdad global. Segn esta organizacin, el 1% ms rico de la poblacin mundial ha captado el 82% del crecimiento de la renta en los ltimos aos, mientras que el 50% ms pobre no ha visto aumentada la suya; los salarios globales slo han crecido un 2% (y de sobra es conocido que la poblacin ms pobre se encuentra entre los no asalariados de la economa informal y la poblacin agraria). Cualquier estudio sobre las rentas adolece de algn margen de error, pero la contundencia de las cifras deja fuera de duda que nos encontramos en una situacin extrema de aumento de las desigualdades. Otros estudios dan pistas complementarias, como el de la cada de la participacin de los salarios en la renta nacional en la mayor parte de los pases desarrollados. Aunque a escala mundial se constata que el crecimiento de China, y en menor medida de la India, ha paliado algo la desigualdad global, lo que parece indudable es que se ha producido un importante trasvase de renta en favor del capital.

Los procesos que han permitido generar esta nueva oleada de desigualdad son variados y no pueden reducirse al mero drenaje fiscal. Se trata, como han explicado con bastante detalle autores como Stiglitz o Standing, de la combinacin de una variada gama de transformaciones que han provocado el aumento del poder capitalista y abierto las puertas a nuevos mecanismos de obtencin de rentas parasitarias. Las polticas macroeconmicas neoliberales, las reformas laborales con la coartada de la flexibilidad, las reformas fiscales, las privatizaciones, la reorganizacin empresarial, la financiarizacin de la economa, la globalizacin sin regulacin compensatoria y el reforzamiento legal de los derechos de propiedad (especialmente sensible en el caso de la vivienda) han configurado una estructura institucional en la que los ricos, y sobre todo los muy ricos, tienen garantizada una enorme tajada del pastel y poseen la capacidad de forzar que el resto de la poblacin compita por las migajas. Han configurado un nuevo modelo de capitalismo rentista que en algunos aspectos parece recordar al viejo orden feudal. Revertir esta situacin exige cambios en muchos mbitos de la organizacin y la regulacin econmicas. No parece, en cambio, que la mera implantacin de una nueva poltica redistributiva, como podra ser la introduccin de una renta de ciudadana, pueda alterar por s misma una dinmica que precisamente se ha consolidado por la enorme densidad de mecanismos complementarios.

III

La distribucin global de la renta entre capital y trabajo, entre pagos salariales (salarios y contribuciones sociales) y rentas del capital (beneficios empresariales, alquileres, intereses financieros), determina una buena parte de la distribucin total, sobre todo cuando se tiene en cuenta que el mundo de los asalariados y los falsos autnomos rene a la inmensa mayora de la poblacin, mientras que el grueso de las rentas capitalistas se concentran en manos de un reducido nmero de personas. Pero, a pesar de ser sta la razn principal de las desigualdades, en el seno de los colectivos asalariados existen importantes diferencias de renta. Y tambin en este caso hay evidencias de que stas estn creciendo.

En el caso espaol, la encuesta anual de estructura salarial (de hecho, la nica fuente estadstica creble en materia salarial) muestra una evidencia clara en este sentido. El ndice de Gini, el indicador de la desigualdad global de los salarios, indica un crecimiento significativo entre 2008 y 2015, pasando del 32,2 al 34,3 (y coherente con los aumentos de la desigualdad medidos por la Encuesta de Condiciones de Vida). Asimismo, se ha incrementado la diferencia entre el 10% de los asalariados con sueldos ms altos y el 10% con sueldos ms bajos (el ndice 9/1), que ha pasado de 3,34 a 3,61 (o sea, un individuo medio del grupo superior cobra 3,61 veces el salario de un individuo medio del grupo inferior). Es posible incluso que este ndice minimice las desigualdades y que sera an ms significativa la comparacin entre el 5% de cada extremo.

Hay tambin pistas de qu ha producido este aumento de la desigualdad. Para empezar, el crecimiento del empleo a tiempo parcial, que desempea un papel significativo a la hora de determinar las rentas ms bajas. En segundo lugar, el campo ocupacional, que tiene dos impactos: el que podemos llamar efecto composicin (se destruyen empleos en sectores de salarios ms altos y se crean otros en actividades peor pagadas) y el que podemos denominar efecto sustitucin, que se produce cuando las empresas renuevan las plantillas con personas que reciben un salario inferior al de aquellos a los que vienen a reemplazar (algo que se consigue por vas muy diversas: los nuevos no cobran antigedad, entran con una categora inferior, no se les reconocen pagos complementarios, entran con contratos temporales que les llevan a realizar horas extras sin cobrar; en el lmite las empresas aplican aunque es ilegal una doble escala salarial). Y el tercer y crucial elemento es la reforma laboral, su impacto en la negociacin colectiva y en la propia aplicacin de los convenios, el aumento del poder empresarial. El impacto de la reforma laboral sobre los salarios ha confirmado lo que algunos economistas y socilogos crticos anticipamos desde el principio (vase, por ejemplo, J. Benach, G. Tarafa y A. Recio, Sin trabajo, sin derechos, sin miedo, Icria Editorial, 2015): que el debilitamiento de los derechos laborales iba a empeorar la situacin de las personas empleadas en los niveles ms bajos de ingresos, porque se encuentran en los sectores de ms difcil sindicalizacin, porque su trabajo es a menudo muy individualizado y porque es donde las empresas tienen ms margen de presin. Al analizar la evolucin de los salarios puede observarse que realmente ha sido en los sectores de menores ingresos salariales donde se ha producido la mayor parte de la devaluacin salarial. Curiosamente, en sectores de servicios en los que menos importancia tiene la competencia internacional (algo que no es exclusivo de Espaa; es lo mismo que ocurri en Alemania con la reforma Hartz).

Reducir esta desigualdad es lo que puede conseguirse con la reversin de la reforma laboral, aunque las cosas nunca son de ida y vuelta y posiblemente haya que elaborar un ambicioso proyecto de reconstruccin laboral.

IV

La tercera cuestin es la de la brecha de gnero, quiz aquella de la que ms se habla en los ltimos meses, gracias al esfuerzo de tantas mujeres que no estn dispuestas a mantener una situacin injusta. Las desigualdades de gnero, especficamente las del empleo asalariado, son tan obscenas que difcilmente pueden soslayarse. Segn la Encuesta de Estructura Salarial, el salario medio de un hombre es un 23,1% superior al de una mujer. Por lo que dir a continuacin, creo que esta desigualdad global es un mejor indicador de la desigualdad de gnero que los intentos de aislar un nico factor de discriminacin laboral (que slo considera discriminacin la diferencia de salarios que se produce entre individuos que tienen actividades, una categora profesional y un horario laboral similares) o la medicin segn salario-hora.

Como ocurre en los otros casos, la brecha salarial es la combinacin de diferentes procesos que tienen un elemento en comn: la presencia activa del patriarcado en el mundo del empleo asalariado. Hay fundamentalmente cuatro mecanismos bsicos que generan esta desigualdad. En primer lugar, el empleo a tiempo parcial, pensado y promocionado como una forma aceptable de conciliacin de la vida laboral (lo cual presupone que son las mujeres las que se encargan del trabajo domstico) y que es una fuente de generacin de working poors. A menudo ni siquiera es una buena medida para conciliar horarios, porque muchos de los empleos a tiempo parcial se justifican para cubrir picos de actividad en horarios especficos (por ejemplo, en el sector de la limpieza, un sector feminizado y donde prolifera el empleo a tiempo parcial, predominan los horarios de trabajo a primera hora de la maana (de seis a diez) o al final de la tarde). El empleo a tiempo parcial explica que numerosas personas no lleguen a percibir unos ingresos equivalentes al salario mnimo anual.

En segundo lugar, la sobrerrepresentacin de las mujeres, especialmente de mujeres con bajos niveles educativos, en los sectores de salarios ms bajos: limpieza, hostelera, comercio al detall, residencias de ancianos y asistencia domiciliaria, servicios personales, actividades de ocio. Esta presencia se advierte incluso en los sectores manufactureros de ms bajos salarios, como el del textil y la confeccin o el del calzado. La coartada oficial es que se trata de sectores de baja productividad que no permiten pagar salarios ms altos. La cuestin de la productividad es ms compleja; es difcil saber cmo se mide, cmo se comparan actividades heterogneas. Y ms bien hay indicios de que la cuestin es la inversa: que consideramos poco productivo lo que hace la gente con menor poder social, que se asocia la productividad al hecho que estos trabajos sean muy intensivos en mano de obra (tambin lo son actividades como la enseanza, pero las desarrolla gente con estudios) y en muchos casos tengan relacin con las labores domsticas. O sea que se paga poco porque es un empleo de mujeres. ste es un campo donde demasiado a menudo la izquierda, tanto la tradicional como la feminista, asume con excesiva facilidad el punto de vista de las lites. Pero el suelo pegajoso (como me aclar hace aos la sociloga Teresa Torns) es la realidad de muchas mujeres, y la forma de salir de l pasa por un aumento sustancial del salario mnimo y, an mejor, por una accin sindical que eleve los salarios y genere reconocimiento.

En tercer lugar, las desigualdades en la carrera laboral; la evidencia de que las mujeres estn no slo infrarrepresentadas en los niveles ms altos de la jerarqua profesional sino que tambin tienden a ser minora en los niveles ms altos de aquellas profesiones donde en conjunto son mayora (como ocurre en la educacin y la sanidad). Aqu se combinan procesos de mera discriminacin sexista en las promociones, de reconocimiento desigual de la complejidad de las tareas (por ejemplo, se da ms valor al profesorado universitario que al de primaria, o a los cirujanos que a los mdicos de familia) y del difcil encaje entre el empleo asalariado y la vida cotidiana. El problema es aqu la forma en que se define el primero, cmo se entiende la carrera profesional y, an ms, cmo se definen los empleos directivos. El capital (y una construccin de lo profesional a la que no son ajenos ni el patriarcado ni la cultura tecnocrtica) ha desarrollado una definicin de lo profesional que en parte se asla del resto de la vida social y tiende a ignorar tanto la necesidad de las tareas domsticas como la participacin en otras actividades sociales. Para muchos empresarios y directivos, las mujeres son siempre sospechosas de no participar de esta mstica profesional y son excluidas, y para muchas mujeres la aceptacin acrtica del modelo es demasiado costosa y sus prcticas de resistencia las excluyen de una carrera competitiva. El resultado es conocido: el techo de cristal que limita a las mujeres educadas a los niveles intermedios de la carrera profesional, generando una importante desigualdad salarial respecto a sus iguales.

El ltimo elemento es la discriminacin pura y simple. Durante aos sta ha estado institucionalizada y se han aceptado salarios inferiores para las mujeres. Ahora que la discriminacin est formalmente prohibida, persiste bajo formas camufladas: distinta evaluacin de los puestos de trabajo, distinto reconocimiento de primas salariales o pago de horas extra, etc. Es tanto el producto de la cultura patriarcal que sigue impregnando al mundo empresarial como el resultado de un hecho ms general: la discriminacin en materia de salarios (como la de los precios de los productos) es una tcnica habitual para aumentar los beneficios de las empresas, y siempre se aplica recurriendo a los diferentes niveles de poder social que tienen las personas. La situacin de los extranjeros en muchos pases es parecida, y no es casualidad que en el nivel ms bajo de la escala salarial se encuentren las mujeres inmigradas en el servicio domstico, pues suman una combinacin de puntos dbiles sociales: son mujeres, a menudo con problemas legales de residencia, realizan una actividad feminizada, negocian individualmente con un patrn, no tienen capacidad de accin colectiva

V

Los tres niveles de desigualdad son relevantes y estn interrelacionados. Lo que ha motivado esta nota es el renovado debate en las ltimas semanas sobre la brecha salarial en un contexto en el que se ignoran el resto de los procesos. Esto no presupone que siempre tengamos que hablar de todo. La desigualdad de gnero tiene por s sola suficiente entidad para exigir una accin contundente. Pero la lucha por la igualdad exige una perspectiva global y pensar en alternativas ms coherentes. Es difcil que se alcancen grandes avances en materia de igualdad mientras persista un modelo organizativo tan jerrquico, mientras la discriminacin forme parte del arsenal de instrumentos del enriquecimiento privado, mientras la organizacin productiva capitalista sea el ncleo organizador de la vida social, mientras los derechos de los ricos se impongan a los de la mayora, mientras algunos trabajos merezcan un infrarreconocimiento y otros, por el contrario, estn exageradamente valorados. No se puede pensar un orden igualitario a trozos, y por ello la impugnacin de las escandalosas desigualdades actuales exige pensar globalmente en una organizacin social en la que hombres y mujeres podamos desenvolvernos en niveles de igualdad aceptables.

Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-165/notas/apuntes-sobre-la-desigualdad-genero-clase-y-estructura-salarial



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