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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-12-2005

El ocaso del proletariado y de la casera en Asturias. El resurgir del esclavismo en Espaa

Carlos X. Blanco
Rebelin


Considero que pueden tener cierto inters las siguientes reflexiones a la hora de crear condiciones adecuadas para establecer un debate terico dentro de la izquierda asturiana.

Nacin s, nacin no, federalismo, autodeterminacin, lengua, independencia, etc., todos ellos son conceptos que separan a la izquierda real en nuestro pas, pues hay una izquierda nacionalista y hay otra izquierda centralista. Me refiero, claro est a la izquierda que no ha renunciado al combate efectivo contra el capitalismo, la que no ha renunciado a los ideales republicanos y al establecimiento de un rgimen socialista o, lo que en otros trminos, a mi me gusta denominar Democracia Econmica, como contradistinta de la mera Democracia Formal.

Mi nimo en este debate es constructivo, y estoy lejos de desear cerrarlo en falso o adoptar una determinada pose. Lo que deseo, ante todo, es clarificar, vale decir, ayudar a mi pas a salir de su modorra y postracin.

Llama mucho la atencin al asturiano proletario que sus puestos de trabajo, propios de una economa industrial, se hayan destruido (as en la mina, el astillero, la siderurgia, etc.) mientras que en el sur, centro y levante florezca la economa sumergida y un desarrollismo basado en la explotacin del emigrante, de un estilo cuasi-esclavista.

Hay que clarificar, ante todo, el tema de la esclavitud moderna. Hay esclavitud en el sur, centro, y levante peninsulares? La hay adems en continuidad histrica con formas precedentes en siglos anteriores en esa misma zona? Por qu no la habido apenas nunca en la zona nrdica de la pennsula?

Es evidente que no estamos hablando de una continuidad generacional de las formas de esclavitud, sino de tendencias econmicas que suelen aparecer como constantes en unos determinados territorios, acaso porque la conjuncin de los modos productivos agrario-comerciales con las formas de explotacin laboral, constituyen de por s un conglomerado, una pauta repetida con analogas sorprendentes en su morfologa social, pese a que las superestructuras dominantes sean bien distintas (Imperio Romano, Califato, Taifas, Reino de Castilla, Estado Espaol, etc.). Ese conglomerado es caracterstico del contexto btico y mediterrneo desde hace milenios.

El hecho de que, en la actualidad, los dos elementos que, por mor de anlisis, podemos disociar del conglomerado, a) los geoclimticos, y b) la forma de explotacin de trabajadores esclavos o, por lo menos, hombres en condicin servil, desprovistos de tierras y libertades en un grado o en otro, me parece que no obedece a un azar, ni a un factor nico, ya sea ste de ndole natural, psquica, racial, etc. Me atengo a la explicacin materialista de la historia, en la lnea de Marx, segn la cual una Totalidad Social conforma un organismo imposible de deducir a partir de un factor reductivo, ni siquiera el econmico, ya que un modo de produccin es ms bien una estructura o esqueleto que da cuenta de las articulaciones o nexos entre elementos de diversa naturaleza. La forma jurdica en que estos trabajadores sin tierra y, en ocasiones, sin derechos ni libertades, evidentemente ha cambiado segn la superestructura dominante en una poca. No es el mismo el mundo antiguo, el medieval, el siglo de oro... el siglo XXI. Incluso estas periodizaciones son problemticas en la historiografa, y se constatan pervivencias y latencias de modos productivos ms viejos, tericamente muertos, que se resisten a morir del todo en la prctica y condicionan formas jurdicas que no encajan segn en qu territorios. Por ejemplo, en la monarqua asturiana, las menciones en las crnicas referidas a revueltas de esclavos (o siervos) se contextualizan por la mayor vigencia del derecho romano y de estructuras esclavistas de este imperio fenecido en la zona de Galicia, en agudo contraste con la matriz del reino, Asturias y, en buena parte, Cantabria. La misma precaucin sobre los grandes periodos histricos nos cabe mantener en cuanto al dominio musulmn sobre la pennsula en los primeros siglos del medievo. Justo cuando en el mbito franco-germnico se estaba fraguando el feudalismo, ese sucesor de los imperios antiguos, que fue Al-andalus, y esa capital que fue Crdoba, mantuvo una estructura esclavista, as como una dicotoma campo-ciudad, propia de las civilizaciones imperiales y precisamente formada en el molde del esclavismo y la explotacin comercial, cuasi-capitalista, del agro. Adems de esclavos capturados en las guerras con el norte, obtenan abastecimiento de mercanca humana del Africa negra, gentes procedentes de todos los puertos mediterrneos, incluso de centroeuropeos y eslavos. Este esplendor de la Espaa Meridional, este refinamiento de la civilizacin mediterrnea en el que, es cierto, pervivi mucha de la cultura clsica, y muy notablemente, la medicina y la filosofa, se hubo de asentar sobre el ms degradante y abyecto modo de produccin, el esclavista. No me gust nunca la historiografa covadonguista, pero tampoco admito el filo-islamismo, hoy tan en boga.

En esos siglos lejanos, la distincin filolgica entre esclavo y siervo es muy difcil. Cuando la superestructura poltico-jurdica es fuerte y centralizada, de tipo imperial (Roma, Crdoba), el prototipo de explotacin se acerca ms al esclavismo clsico. Cuando ocurre como en el mbito germnico, o incluso en el latino y musulmn, en momentos en que el poder central pasa por horas bajas, la condicin jurdica de esos trabajadores disminuidos en libertades y derechos se acerca ms a la del siervo. En todo caso, y voy a hablar de forma un tanto coloquial, el factor relevante reside en que estos seres humanos cuentan ms en el inventario de los medios de produccin, junto con el ganado, el arado o los aperos, que en el de trabajadores vendedores de su fuerza de trabajo. Y esto sucede incluso en el caso, tan paradigmtico hasta hoy en el agro andaluz, de los jornaleros. Su inactividad estacional no es otra cosa que su disponibilidad anual para que un seor les ponga a trabajar en fechas muy concretas. Igual que si yo tengo mi fesoria (azada, em lengua asturiana) colgada de un clavo casi todo el ao, esperando a ser utilizada cuando su dueo, rena ganas de trabajar en el jardn unos pocos das de verano.

Que el ltimo esclavo ibrico se muri en tiempos de Maricastaa es una afirmacin formalmente fcil de hacer. Las condiciones jurdicas de estos trabajadores del agro capitalista-comercial sureo y levantino no siempre han sido idnticas. No pueden serlo. La superestructura global de una formacin social y sus contenidos en una poca concreta no admiten disonancias, busca siempre un sistematismo. Hoy en da, por ejemplo, pretendemos hablar un lenguaje polticamente correcto y, en trminos jurdicos, esta correccin formal se busca con escrpulo. Un trabajador magreb, rumano o ecuatoriano, contratado en la vendimia, en el plstico de los invernaderos, o en la recogida del ajo o de la fresa, no ser llamado esclavo por nadie, salvo por quienes denuncian su explotacin. El trmino trabajador engloba maliciosamente todos los infinitos modos de explotacin y privacin de derechos humanos imaginables. El marxismo intenta investigar las condiciones materiales de ese trabajo y de esa explotacin, y no tanto la ubicacin de los distintos colectivos dentro de categoras formales aceptadas por la superestructura vigente. Por ejemplo, hoy se habla mucho de empleados sin papeles o con papeles, trminos que aluden a la superestructura jurdica y que no hablan por s mismos de la medida en que stos son explotados y las condiciones materiales en que se les saca el jugo. El mismo espejismo (aunque no niego una efectividad real a las mutaciones jurdicas, progresista o reaccionaria, segn los casos), se planteaba tradicionalmente en torno a la consideracin laboral de las prostitutas. Estn afiliadas o no a la seguridad social, a la UGT o a CCOO, por cuenta ajena o como autnomas, estas transformaciones formales no son ms que una parte de la realidad social (ms que laboral) que el marxismo debe analizar, y ante la que debe ser radical, la prostitucin. La dominacin de base que unos seres humanos ejercen sobre otros, como justamente ocurre en un contrato de trabajo, es la que se debe estudiar, para luego subvertir tal dominacin, atacarla de raz y superarla por otra realidad nueva.

Volviendo al tema que nos ocupa, un dueo o poseedor de tierras y (de derechos sobre) hombres, obtena pinges beneficios a travs de la explotacin comercial de los frutos obtenidos en esas vastas extensiones de tierra cultivable, y con capital infraestructural suficiente para garantizar los regados (crucial en medio de los secarrales del sur pensinsular), almacenaje, habitacin de jornaleros, transporte, etc. Este dueo sola ser aristcrata, sancionado y protegido por una superestructura imperial, que contaba con l (con su clase patricia) como agente abastecedor de los grandes ncleos urbanos. Este tipo de agricultura centrada en el beneficio mercantil cuenta con una vasta tradicin en el rea de que hablamos, y es exigua su presencia en el rea nrdica que incluye a Asturias. Este latifundio estaba muy lejos de tener como finalidad el autoabastecimiento caracterstico de la casera cantbrica, o sus equivalentes atlnticos o centroeuropeos, a saber, las granjas familiares basadas en la independencia econmica que fueron surgiendo tras el declive de la presin feudal, ya seorial, ya monacal y eclesistica. En estos pases templados, la huella de la romanizacin fue menor, y el peso de la tradicin comercial, el capitalismo antiguo ya practicado por fenicios, griegos, etc., casi inexistente.

El norte peninsular, ya se sabe, fue ajeno a ese gran capitalismo antiguo. Slo hay restos arqueolgicos de ciertas explotaciones romanas de entidad de tiempos en que la autoridad central llegaba con toda su fuerza a las provincias, incluyendo aquellas que no eran del todo civilizadas. Las pervivencias romanas no deseo en ningn momento minusvalorarlas. Resaltan nada menos que en nuestra lengua nacional, el asturiano, y en muchas de las instituciones que compartimos no ya con los dems pueblos ibricos, sino europeos. Dichos vestigios, digo, estuvieron presentes y vivos en toda la edad media, con las adaptaciones que en lo que hace a economa agraria hubo de suponer la descentralizacin seorial del poder (aunque nunca un feudalismo sensu stricto, como suceda en territorios francos y bajo influencia poltica franca, caso cataln y pirenaico).

Una vez pasada la fase de latifundios, seoriales y eclesisticos, al llegar a la edad moderna esta herencia fue cediendo, y los concejos fueron obteniendo su emancipacin, cuando no la disfrutaban ya de antiguo. As surge, con todo su esplendor, el modelo de granja, la casera, que hunda sus races en toda Europa, nada menos que en la edad de hierro. La franja norte peninsular, claramente indoeuropea, conoci este modelo de explotacin desde tiempos prehistricos, aunque fueron las distintas superestructuras polticas las que tallaron o recortaron sus rasgos bsicos. Este modelo de granja es comn en lo esencial con el modelo atlntico y centroeuropeo. Por naturaleza es ajeno a todo gnero de esclavitud o de servidumbre feudal, y supo sobrevivir frente a estas pseudomorfosis impuestas. Empleo el trmino de Spengler, autor de tan poco agrado a la izquierda oficial y al marxismo de escuela, porque me parece sumamente descriptivo. Ciertos pueblos y naciones hubieron de sufrir la influencia superestructural de civilizaciones que, si bien un da se le impusieron por la fuerza, al decaer stas, dejaron formas desligadas del nervio autntico de los pueblos otrora sojuzgados que podan recuperar su independencia gracias a la debilidad de los imperios. Astures, cntabros, galaicos, vascones, y en definitiva, todos los dems pueblos clticos de la Europa atlntica, renacieron con la decadencia de Roma y su extincin, por ms que dejaron estructuras rgidas o intrusiones, a modo de cuerpos extraos, que slo los siglos en su lento transcurrir, podrn asimilar o, finalmente, secretar.

Adems, para m, otra idea de Spengler, sumamente frtil, a pesar de lo discutible que es este autor, tan incompatible con el materialismo histrico en muchos puntos, es precisamente sta: la casa del campesino como documento ms genuino o, si quiere, esencial, para la inteligencia del modo de ser de un pueblo. Mirad como son sus casas, y aado, sus pautas generales de habitacin en la naturaleza, de asentamiento en un territorio, y comprenderis su antropologa. La casa campesina asturiana es ese documento vivo, que junto a la msica, los modos de trabajo y ocio, los mitos, y mil elementos ms, nos ponen en contacto con los crculos culturales atlnticos, dicho esto sin querer minusvalorar los contactos e influjos sureos.

La casa aldeana, su organizacin en aldeas y villas, la antiqusima democracia concejil, el aprovechamiento ecolgico de los recursos, respetuoso con el medio, rasgos tpico de la Asturias secular, son propiedades incompatibles con una generalizacin de la servidumbre o la esclavitud, aunque se hubieran dado de forma minoritaria estas instituciones en el pasado. Si echamos un vistazo comparativo, esta casera, unidad de habitacin y produccin, no tiene nada que ver las pautas de vejacin de la naturaleza, que desde antiguo ya se constata en los mbitos mesetario, sureo y levantino. En estos no se permiti la convivencia de bosque, pradera, huerto, etc. del modo multifactico en que siempre se practic en la franja nortea. Aqu se puede ver que no soy partidario del determinismo climtico. Precisamente, el clima extremo, extremadamente seco, a veces semi-rido, que caracteriza la mayor parte de eso que se llama Espaa no es un factum, no es un hecho bruto que hay que aceptar sin ms y sobrevivir con l. Esa realidad tiene un origen antrpico, histrico. Las tendencias climticas y geogrficas de hace miles de aos han sido agudizadas y extremadas por la accin vejatoria, depredadora, anti-natural, de los diversos pueblos o civilizaciones que han pasado por esas tierras.

En el norte, es cierto, han colaborado factores como la orografa compleja, la inaccesibilidad, la poca aculturacin de sus pobladores. No obstante, ningn pueblo se desenvuelve en aislamiento, salvo los ms salvajes del registro antropolgico. Desde hace milenios, las corrientes civilizatorias atlnticas y ultrapirenaicas llegaron a nosotros, amn de las sureas. No existieron en Europa pueblos etnogrficamente puros.

Ya en el medievo, los reconquistadores cristianos de esas tierras mesetarias, sureas y levantinas, venidos como eran del norte, no pudieron sino imponer una caricatura de los modelos de explotacin agropecuaria y de casa que ellos conocieron. Pues el origen militar de sus heredades, vale decir, depredatorio, la anmala distribucin de la propiedad y el aprovechamiento de bolsas de poblacin dominada por la espada, modificaron las relaciones sociales de produccin, tanto o ms que los factores geoclimticos. Se puede observar una caricatura del casero norteo, si se quiere, en el cortijo andaluz, siempre que tengamos ganas de hacer comparativas extremas. Las caricaturas se basan en una hipertrofia de alguno de los rasgos. La tierra reconquistada (yo quitara el prefijo re) aun tiene muestras por doquier de la caricatura de la casa nortea en el mundo agrcola de esas tierras que un da se arrebataron a los moros.

En los caseros norteos, en la casera asturiana, no se dejaron de dar servidumbres rurales, puede que influidas por el derecho romano, puede que influidas por el uso germnico. De todas maneras, las grandes explotaciones seoriales tardorromanas y medievales han dejado algn resto arqueolgico que, en modo alguno, constituye un antecedente las granjas familiares autosuficientes y multifacticas (enemigas del monocultivo) que son nuestras caseras.

Las grandes explotaciones monocultivadoras no son producto de un pueblo, no tiene nada que ver con la cultura nacional o la etnografa aldeana. Son, ante todo, hijas de un comercio altamente desarrollado, de una dinmica capitalista cosmopolita que ya ha disuelto o marginado las formas de explotacin indgenas en una buena medida. Hace muchos siglos que se repite una pauta en la que un seor alojaba en barracones o cuarteles a sus trabajadores, de forma un tanto estabularia, a modo de cuadras o ergstulos, repletos de hombres separados de sus familias gran parte del ao, a tenor de las obligaciones estacionales de su labor. Este tipo de pauta ya fue sealado por D. Julio Caro Baroja como una caracterstica del sur peninsular, de todo punto imposible de hallar en la franja nrdica (al menos hasta el momento). Hoy vuelve con la explotacin de extranjeros, pero es el mismo capitalismo agrcola comercial que usa y abusa de una mano de obra abundante y barata. Su condicin de ilegalidad (puede un ser humano ser ilegal?), como antao otros tipos de desamparo, hacen que estos sean tratados como material de inventario en los medios de produccin de una gran explotacin rural, no importa si sus identidades personales son rotatorias y sustituibles.

El uso que hago del trmino esclavismo para referirme al modo productivo de este agro mediterrneo, es elstico y exhibe una finalidad polmica que no pretendo ocultar. Pero no es un uso coloquial. Semnticamente, evoca etapas de la historia muy distintas a la actual, pero sirve para incluir la actual en esa nmina de modos de produccin y superestructuras ya rebasadas. Por ello, con esclavismo o cuasiesclavismo, me refiero a la existencia continuada de esos barracones de trabajadores, sin tierra y sin familia, ora sin libertad, ora sin derechos, en cualquier caso seres claramente desarraigados del territorio, enajenados de las relaciones econmicas vigentes, en las que participan slo como masa de productores para la explotacin de unos latifundios o empresas de agricultura intensiva sobre las que necesariamente flotan, como ingrvidos a cualquier nexo jurdico, a cualquier raz cultural, a cualquier vnculo social. Slo necesitan tener cuerpo, manos. Los temporeros son, por definicin, material desechable, sustituible, animalizado. Con frecuencia su justificacin ante la sociedad bienpensante, especialmente local, se hace a travs de apelaciones a la estacionalidad de ciertas labores de recogida, y a usos especficamente mediterrneos del suelo, donde la agricultura familiar de subsistencia casi ha desaparecido. El puesto que hoy desempean los nuevos jornaleros extranjeros, explotados ciertamente en un contexto de capitalismo agrario, fue antao ocupado por los jornaleros andaluces y extremeos, por ejemplo. Ms atrs, en tiempos post-romanos, se han podido dar tales prcticas en tiempos de los musulmanes, en la poca de la repoblacin y reconquista cristiana, en todo el Antiguo Rgimen. Ya fueren esclavos sensu stricto, o gentes desposedas de tierra y derechos, como los moriscos, gitanos, o simplemente nmadas que en su da fueron vctimas de la rapia seorial, la procedencia no importa tanto como su efectiva condicin de servidumbre al entrar al formar parte de esas cuadrillas. En el franquismo, por cierto, se dio un notable retroceso a las situaciones serviles ms viejas y resistentes a desaparecer.

En el norte, al salir de las crisis medievales, se pudo crear una amplia capa de campesinos libres, aunque pobres muchos de ellos, al inicio de la edad moderna. La libertad de stos ha de entenderse en forma relativa y comparativa, dentro del Antiguo Rgimen. Libres de seores de la alta nobleza, libres del seoro eclesistico. Campesinos no de vida holgada, pero s dotados de tierras y recursos propios. Una abundante hidalgua rural, una red de explotaciones familiares autosuficientes, la lejana con respecto a las tierras conquistadas por la rapia, y respecto a bolsas humanas cuasi-esclavizables, como los moriscos, etc., todo ello hizo que la mentalidad depredatoria y proto-capitalista no arraiga en territorio astur. Quien, psicolgicamente, estuviera predispuesto a dicha mentalidad, tena va fcil alistndose a los ejrcitos de Castilla, y no debieron ser pocos los que adems dejaron descendientes de estos asturianos al sur de nuestros lmites. Pero la sociedad asturiana, de puertas adentro, al entrar en la edad moderna debi ser mucho ms igualitaria que la sociedad neo-castellana que, militarmente, se estableci al sur. Otro tanto se diga de los territorios tan islamizados, hasta fechas no tan lejanas, del Reino de Valencia, y de su prolongacin hacia el sur. El militarismo depredador, y la coexistencia de pobladores vencidos y repobladores que se hacen los dueos y estn a la rebatia de las tierras frtiles no pudo ser buen comienzo para el igualitarismo, y s para una profunda estratificacin social. De nuevo lo afirmo, el rincn asturiano, tan alejado de la frontera y de la expansin fcil, fue ms igualitario, entiendse que slo por comparacin, y siempre dentro del contexto de la sociedad medieval y de su prolongacin en el Antiguo Rgimen. Haba una nobleza poderosa, haba una cpula clerical, etc. Como en el resto de Europa. Pero la democracia concejil era en nuestra Asturias vigorosa en grado extremo, y por fuerza, por tesn, por compra o, por herencia ancestral, las libertades juridco-polticas locales fueron ganadas o disfrutadas. Nunca hubo una libertad ni igualdad proclamada universalmente hasta la Revolucin Francesa en ningn sitio de Europa, y las distintas civilizaciones siempre jeraquizaron sus sociedades: celtas, romanos, cristianismo. Por lo que hace a los hbitos castellanos, militaristas y depredadores en un primer momento, pero parasitarios y rentistas en la fase de decadencia, stos non calaron en nuestro pas, a pesar de su pertenencia forzada a esta corona. Pues el aislamiento, repito la tesis, conserva las estructuras culturales nacionales, para lo bueno y para lo malo.

Como he argumentado en artculos anteriores, los asturianos han participado de las corrientes histricas y culturales europeas generales (atlnticas y ultrapirenaicas), lo que supona un contrapeso y una alternativa a cualesquiera influencias sureas avasalladoras. Esta inclusin cultural, esttica, lingstica, etc. en unas corrientes que en Castilla y el sur se desconocan, no ser nunca un hecho a desconsiderar, y marc los ltimos siglos medievales. Despus, con el apogeo de la casera en la edad moderna, y la mejora diettica que supusieron los cultivables de origen americano, se consolid esa cultura nacional asturiana y esa autonoma de facto.

Los latifundios y la presencia de masas de jornaleros estabulados no fueron rasgos de nuestro agro, ni lo son ahora. La agricultura intensiva, basada en el regado o en tcnicas punteras en lo que hace al aprovechamiento de suelos semiridos, se presta a la inversin de capitales y a los modos capitalistas de agricultura, y no tiene nada que ver con nuestras tradiciones basadas en la ganadera vacuna explotada de forma familiar, en la adaptacin suave al clima ocenico, y a sus efectos en un pas templado y hmedo. La orografa tambin es un obstculo en Asturias para las grandes explotaciones de monocultivo. El uso de jornaleros o de criados tuvo lugar en las caseras ms ricas o en las casonas nobles, especialmente en las coyunturas de bonanza econmica, pero nunca en un nmero demasiado abultado, siendo insignificante como clase social o fraccin especfica, y nunca se pudo tomar a esta gente como separada socialmente del resto del campesinado, dndose frecuentes casos de matrimonios dentro de la misma casa entre propietarios y criados. Los asturianos de la sociedad tradicional no fuimos igualitarios del todo, pues ningn pueblo de la Europa pre-revolucionaria lo fue ni lo pretendi ser. Pero con todo, nuestra cultura nacional astur ha sido una de las ms igualitarias de la pennsula, puestos a comparar, y desde la ptica actual, en la que vemos que el mundo se va volviendo ms jerrquico y desigual en trminos globales, es este un dato del que podemos estar orgullosos, y del que no pueden presumir, por ejemplo, en Almera o en Sevilla.

El centralismo no es lo mismo que el colonialismo?

Existe una idea tpica segn la cual las colonias han de ser ultramarinas con respecto a las metrpolis. Tambin existe un espejismo, en el que cae cierta izquierda jacobina segn el cual la igualdad formal o jurdica equivale siempre y ante todo a una igualdad real. En este punto, organizaciones como Izquierda Unida y otras, ingresan inmediatamente en el redil de la socialdemocracia y aun del liberalismo derechista. Al decir que Asturias ha participado de pleno derecho en la vida democrtica espaola, se quiere uno ante el desarrollo desigual que ha planificado el estado central junto con los burcratas de Bruselas, que ha dejado a Asturias abandonada y aminorada, slo con el fin de satisfacer a otras comunidades ms pobladas y con modos especficamente hispanicos de acumulacin de capital, regiones por tanto, ms decisivas en la aritmtica de los votos, suma de electores que da la visin ms formal y ms injusta de una Democracia aparente como la nuestra. Que un pas como Asturias haya podido tomar sus propias decisiones en los ltimos 30 aos dentro de la autonoma otorgada por la vigente Constitucin es una idea que me da risa, por lo lejos que se encuentra de la realidad. Y es un hecho aplastante que me produce pena al compararlo con otras comunidades del estado, que s han ido protegiendo su medio interno ante las decisiones exteriores, venga de Madrid o de Bruselas. As, como ya he puesto de relieve en otras ocasiones, la modernizacin de nuestra industria, la rentabilizacin de nuestro campo o pesca, etc. hubieran sido puntos corregidos desde Asturias, de forma no violenta y siempre pensando en la proteccin de nuestros trabajadores y en la conservacin de nuestro potencial productivo, justo lo contrario de lo sucedido. Nacionalismo tambin es, por tanto, equivalente a hablar de proteccin.

Enriquece el marxismo con nacionalismo? Es compatible el nacionalismo con el ecologismo? Los que nunca cremos en un proletariado abstracto universal, siempre hemos preferido en anlisis de la realidad concreta, una totalidad social, que debe ser nica en su trayectoria histrica, composicin social, potencialidades de lucha y de superacin. Por ejemplo Asturias es esa totalidad social que, imbricada en la dinmica capitalista mundial y europea, presenta una especificidad que hay que conocer. En este sentido, el marxista se aproxima al asturianista, pues como pensador y como revolucionario no est exento de conocer y estudiar su patrimonio ecolgico, su historia social, su cultura, lengua, etc. como valores que ve suyos y que debe defender y proteger. Precisamente su anlisis dialctico le lleva al diagnstico de que la mejor manera de defender la hermosa naturaleza astur, o la rica cultura tradicional de su patria, se debe hacer luchando contra la burguesa internacional, y contra sus agentes locales, comprometidos como estn en medrar al amparo de los grandes capitales. Desde lo local, se puede hacer mucho por identificar a estos agentes del capitalismo (o globalizacin). Identificar su pensamiento totalitario (nico), rechazar su modelo de democracia, puramente formal, su simulacro de autogobierno, su falta de democracia econmica. No s dnde puede verse en un programa as, una falta de solidaridad con otros pueblos, o un etnicismo violento. Aqu me parece que hay gente de Izquierda Unida, por ejemplo, que tienen en estos temas el mismo discurso que Aznar. Pues vyanse a Crdoba o adonde sea con sus siglas, en buena hora. Yo por mi parte creo que lo ms solidario con los dems pueblos del estado, y del mundo, sera darles ejemplo de resistencia y de lucha por su propia emancipacin econmica y por su propia independencia poltica.

* Gracias al colectivo editorial Glayu, a la revista la Haine, y a las crticas de Diego Daz.

 



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