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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-02-2018

Reimaginar la revolucin

Amador Fernndez-Savater
Lobo Suelto


Dice el filsofo Gilles Deleuze: hay imgenes de pensamiento que nos impiden pensar. Es decir, tenemos imgenes de lo que supone pensar (un esfuerzo de la voluntad, un trabajo acadmico) que bloquean el pensamiento. Podramos decir igualmente que hay imgenes de cambio que nos impiden cambiar? Imgenes de lo que supone el cambio (en este caso, social o poltico) que bloquean en la prctica el cambio mismo.

Estas imgenes de que hablamos son modelos difusos, ideas preconcebidas. Organizan nuestra mirada: lo que vemos y lo que no, lo que valoramos y lo que no. Y tienen a la vez una funcin de orientacin: nos ayudan a movernos en lo real, en lo que pasa (o nos desorientan, si no son adecuadas). Son al mismo tiempo lente y brjula.

Hay imgenes de pensamiento que nos impiden pensar. Hay imgenes de cambio que nos impiden cambiar. Entonces, para pensar o cambiar, necesitamos dotarnos en lo posible de otro imaginario: depsitos o semilleros de imgenes que organicen nuestra mirada de otro modo, que nos orienten en sentido diferente. Otras lentes, otras brjulas.

La imagen revolucionaria de cambio

La imagen de cambio por excelencia durante al menos dos siglos -pongamos, desde 1789 hasta 1976- ha sido sin duda la imagen revolucionaria. Nunca consisti en una sola imagen, sino ms bien en una constelacin: imagen de cambio, pero tambin de militancia, de conflicto, de objetivo, de organizacin, etc. Es decir, una determinada concepcin de la transformacin social implica una red o un haz entero de imgenes: modalidades de compromiso, formas de antagonismo, figuras del enemigo, esquemas organizativos, etc. La imagen de cambio es siempre imagen de imgenes.

Cmo caracterizar la imagen revolucionaria de cambio? Podemos tomar un primer apoyo en Hannah Arendt. En los primeros captulos de su libro On revolution, al preguntarse por el significado de la revolucin, Arendt destaca dos detalles de la Revolucin Francesa: la ejecucin del rey y el nuevo calendario (como se sabe, abolido el viejo mundo, la Revolucin marca el ao I de la nueva era y cada mes es rebautizado: Brumario, Pluvioso, Germinal, Termidor, etc.). Esos dos smbolos (bien materiales) nos remiten muy directamente a una cierta imagen del cambio revolucionario: consiste en el derrocamiento del orden antiguo y en un nuevo comienzo, un comienzo absoluto.

La imagen revolucionaria de cambio est determinada por un corte, una discontinuidad radical entre lo viejo y lo nuevo. Todo ello atravesado por la idea de necesidad histrica que Arendt detecta en las metforas de los discursos revolucionarios: corriente irresistible, tempestad irrevocable, vendaval imparable, etc. La revolucin es un cambio radical y al mismo tiempo necesario.

No por casualidad la filosofa hegeliana ser el lenguaje del cambio durante dos siglos: su sistema de imgenes (dialctica, negacin, superacin) permite sostener y resolver esa aparente paradoja de un cambio absoluto y a la vez absolutamente necesario. Mi amigo Juan Gutirrez habla del pasodoble del No marxista y hegeliano: la negacin de la negacin (la negacin de lo que niega la humanidad) nos conduce a la afirmacin (un mundo y un hombre nuevos).

Las utopas pedaggicas de la Revolucin Francesa

En los trabajos del historiador Bronislaw Baczko sobre las utopas pedaggicas de la Revolucin Francesa, podemos encontrar algunos desarrollos empricos concretos a los anlisis de Arendt. Aunque la mayora de proyectos educativos revolucionarios slo se pusieron en prctica con posterioridad (y con las mil limitaciones y contradicciones que impone lo real a los sueos), las utopas pedaggicas nos dan a ver muy claramente cules y cmo eran las imgenes revolucionarias en accin entonces.

Cul es el mayor desafo de la Revolucin? La revolucin es ruptura y discontinuidad radical, pero para persistir, reproducir y durar tiene la necesidad de crear un pueblo nuevo, un pueblo completamente emancipado del peso del pasado. El objetivo principal de la Revolucin es formar al Hombre nuevo para la Ciudad regenerada. Hombres nuevos liberados al fin de los prejuicios, hechos a la medida del tiempo que se abre, modelados como arcilla por una potencia educativa considerada casi omnipotente.

El primer paso es eliminar los viejos errores, las viejas supersticiones, los viejos tabes. Slo as puede edificarse un mundo enteramente purificado, en todos sus detalles. Hay que destruir el pasado hasta en sus ltimos vestigios. No se trata de unos cuantos cambios, de un puado de reformas. Por cualquier mnima rendija puede colarse el viejo mundo de nuevo, con su lote de ignorancias y opresiones. De hecho, los revolucionarios nunca dejaron de achacar el fracaso de sus aspiraciones al complot siempre renovado de lo viejo (que justificaba el recurso terrorista a la guillotina como pedagoga suprema).

Es en la Escuela donde se juega el porvenir de la Repblica. All se corregirn los errores y se transmitirn nuevos saberes. Pero no slo: la Escuela debe apoderarse de la imaginacin y las pasiones humanas, generar nuevos comportamientos: maneras francas, lenguaje sin grosera, el temperamento y el porte de un hombre nuevo.

Un debate crucial se abre enseguida: el sueo de formar al hombre nuevo presupone al formador ideal, pero dnde encontrarlo? Quin instruir a los instructores? Algunos van todava ms all: no es la misma idea de Escuela otro vestigio del pasado? Es lo que argumentan los ms radicales seguidores de Rousseau: la sociedad (revolucionaria) misma es la mejor escuela. El nuevo orden debe poder respirarse a cielo abierto, en las asambleas revolucionarias y las sociedades populares, en el nuevo calendario y la nueva toponimia, en las fiestas cvicas y el recin creado sistema de pesos y medidas. La educacin del hombre nuevo no debe tener lmites espaciales ni temporales, sino poder absorberse directamente de las cosas, en lugares de formacin permanente, ser ubicua.

En cualquier caso, la escuela (como modelo de sociedad, sostenida en una fuerte organizacin estatal y una nueva lite de maestros-legisladores ilustrados) y la sociedad revolucionaria (como escuela de costumbres) asumen el principal reto revolucionario: romper con la vida orgnica (la familia, las comunidades de nacimiento) y elevar las almas al nivel de la Constitucin; colmar la brecha o el intervalo entre el hbito y la ley, entre la vida como es y la vida tal como debiera ser; imaginar la perfeccin y realizarla enseguida.

Los nios, la infancia, sern el objeto principal de las utopas pedaggicas revolucionarias, como pgina en blanco sobre la que puede escribirse infinitamente. El nio como pueblo por venir. El pueblo como el nio que educar (o reeducar). La Revolucin Francesa es, segn Michelet, la gran revolucin de la infancia.

El ngel de la Revolucin Cultural china

La idea-imagen de la revolucin inaugurada en 1789 no se agota all, sino que impregna (como modelo de referencia e inspiracin) dos siglos de tentativas revolucionarias de transformacin social (en muy diferentes versiones, segn los contextos).

Acerqumonos por un lateral a la Gran Revolucin Cultural China de Mao-Zedong. En 1975, dos intelectuales y militantes maostas franceses, Guy Lardreau y Christian Jambet, publican El ngel, un libro que se plantea hacer balance de la experiencia del maosmo francs. Una experiencia que se vuelve masiva curiosamente despus de la revuelta profundamente libertaria de Mayo del 68. Cientos de jvenes rompen entonces con su medio (familiar, geogrfico, social) e ingresan en las fbricas francesas, donde tratan de mezclarse con el proletariado industrial y ayudarle a superar el marco organizativo clsico de la CGT, el cors que haba asfixiado la potencia subversiva del Mayo.

En 1974 se disuelve la gran experiencia organizativa maosta de la Gauche Proltarienne (Izquierda Proletaria) y la crisis de sentido se apodera de los militantes prochinos. Enseguida empezarn a llegar y socializarse adems los testimonios disidentes sobre la China que ellos idealizan, pues se relacionan ms con un mito inspirador que con una realidad histrico-social. El ngel pretende ser al mismo tiempo una revisin autocrtica (pero no arrepentida) de la experiencia y una reactualizacin de su apuesta: el ngel que anunciamos ha sido siempre vencido, terminar triunfando en una revolucin inaudita. Un libro extrao y original, violento e intenso, hermoso a su manera (fra, metlica) que nos permite captar algunas imgenes de cambio del maosmo.

Para elaborar el balance, los autores toman apoyo en una relectura de los textos del cristianismo antiguo, planteando una analoga entre la experiencia maosta y la de los primeros cristianos. En qu sentido? En ambos casos estamos ante movimientos de masas: uno (asctico) en el mundo helenstico, otro (poltico) en el capitalismo moderno. Los dos consisten en una revolucin cultural -ms all de la revolucin poltica e ideolgica- que pretende alcanzar al hombre en lo que tiene de ms profundo. Y en ambos hay una visin dualista/maniquea del mundo segn la cual existen dos Vas y dos Espritus (la Luz y las Tinieblas) y entre ellas se trata de zanjar, decidir.

No hay que esperar el comunismo como desenlace automtico de la dinmica de los modos de produccin, la revolucin es el gesto colectivo que rompe en dos la historia del mundo: ese voluntarismo radical es la diferencia entre el maosmo y otras corrientes marxistas-leninistas.

Entonces, por un lado, violencia y furor en la inversin deliberada de todos los valores, lucha sin cuartel contra los restos ideolgicos del viejo mundo. Un esfuerzo titnico por extirpar aquello que se reproduce desde la noche de los tiempos, anti-cultura radical donde la posicin del revolucionario se confunde en un primer momento con lo salvaje y lo asilvestrado. En el caso del cristianismo, la furia destructora pasa por el rechazo del trabajo, el odio al cuerpo y al sexo mismo; en el caso del maosmo, por el odio al Pensamiento (el deseo de saber por saber, la curiosidad vana), el olvido de los padres y el desasimiento del Yo.

Tenamos el deseo de amnesia soberana () Hubisemos deseado quemar la Biblioteca Nacional para sufrir como es debido () Convocbamos a todos aquello de los que se poda esperar la amnesia. Decamos con Mao: dejad que se acerquen a m los nios, que son como el sol a las ocho o nueve de la maana.

Por otro lado, voluntad de pureza absoluta. El combate se libra en el interior del ser humano, cada alma se desgarra en dos, que combaten la una contra la otra. No hay instante indiferente en la lucha contra las viejas cosas, las viejas ideas. Como nadie es rojo (o santo) de nacimiento, todo el mundo tiene necesidad de ser reeducado. El mundo, la carne, est en manos del demonio (capitalista), hay que marcharse al desierto o a las fbricas. La libertad es un ejercicio radical de desarraigo de los rganos y lo orgnico. Entre los cristianos, pasa por el rechazo del matrimonio y la procreacin, la prctica de la caridad; entre los maostas, por el rechazo de los valores burgueses del egosmo, el distinguirse y la vanagloria, la prctica de la crtica y la autocrtica, el auto-examen permanente.

Y cmo orientarse, cmo elegir entre los dos mundos, las dos ciudades, los dos seores? Cualquier militante maosta puede llegar a ser un hroe de la revolucin mediante el estudio del pensamiento mao-zedong y emulando a otros hroes (que a su vez emularon a otros y as hasta llegar al hroe por excelencia: el propio Mao). El pensamiento de Mao se resume en el famoso libro rojo, prcticamente un manual para la vida diaria del militante escrito a base de sentencias semi-poticas: los logia o logiones, piedras preciosas de la concisin.

Simplicidad y pureza: en el pensamiento mao-zedong no queda ya nada del mundo antiguo. Hay que rumiarlo incesantemente: ante cualquier problema, ante cualquier dificultad, ante cualquier decisin (si no estudiis al Presidente con asiduidad/ viviris en la oscuridad/ Estudiad bien sus obras de verdad/ y un sol rojo iluminar vuestros pensamientos). Pero es un pensamiento que no puede entenderse si primero no se siente. Lo que hace falta para comprender el pensamiento Mao no es saber, erudicin, inteligencia, sino fe en la va. En verdad, el pensamiento de Mao no es el criterio para elegir el camino, sino el camino mismo.

Desplazamiento

La Revolucin Cultural China funciona como analizador-revelador por su extrema radicalidad. Las cosas no llegaron tan lejos en la URSS: el debate entre Lenin y el proletkult se resuelve a favor del primero (naturalmente). No es posible crear de la nada un orden nuevo, dice Lenin, hay que edificarlo a partir del tesoro del pasado: la cultura burguesa. Y el propio Stalin responde la demanda de crear una nueva lengua que lanza Maiakovski. Si la infraestructura ha cambiado, argumenta el poeta llevando el marxismo al extremo, cmo no va a hacerlo la superestructura? Stalin contesta: el lenguaje est ms all de la lucha de clases. Y fin de la discusin.

Hara falta ms trabajo y espacio para asentar bien estas intuiciones. Pero por ahora se trata slo de sealar algunas de las estrellas que conforman la constelacin de la imagen revolucionaria de cambio: la revolucin es una guerra a muerte entre dos mundos; el militante es la fuerza de voluntad que empuja lo que es hacia lo que debe ser; el objetivo es el Hombre Nuevo; la organizacin es la vanguardia consciente (organizada en Partido, embrin de Estado) con visin de conjunto y de la finalidad; el tiempo de la revolucin es pensado como discontinuidad radical, a la vez absolutamente necesaria; etc.

Ciertamente, no pueden confundirse las imgenes de cambio revolucionario y lo que efectivamente es la revolucin misma, un proceso siempre impuro, contradictorio, imperfecto, imprevisible, incontrolable. Pero lo que nos interesa aqu son las lentes y las brjulas. El objetivo no es juzgarlas o analizarlas crticamente (por su responsabilidad en el terror de Estado, por ejemplo), sino entenderlas. El balance de las revoluciones del siglo pasado lo dejamos pendiente para otro momento y lugar. En todo caso, puede decirse (con Alain Badiou) que ese balance habr de ser necesariamente interno para quienes nos colocamos subjetivamente del lado de las revoluciones y no aceptamos la conclusin de que la misma idea de transformacin radical de la sociedad es indeseable y criminal. Lo que ha quedado definitivamente enterrado bajo los desastres del comunismo autoritario no es la idea de cambio social, sino la vieja constelacin de la vanguardia consciente, el cambio planificado desde arriba, la tbula rasa y el Hombre nuevo. Ahora no nos interesa tanto la crtica como proponer un desplazamiento.

Imgenes-zombi

En la Puerta del Sol recin ocupada por lo que luego se conocer como movimiento 15M, alguien saca un cartel que pronto se har clebre (viral): nobody expects the spanish revolution. Significa esto la revitalizacin del imaginario revolucionario, tras dcadas de consenso en torno al fin de la Historia: la democracia representativa y la economa de mercado como horizonte insuperable de la humanidad? No lo creo. La frase es slo un desvo humorstico de un famoso sketch de los Monty Python: nobody expects the spanish inquisition. Esta manera metafrica, vago e irnica de hablar de la revolucin es ms bien sntoma de un agotamiento, el agotamiento de un imaginario de dos siglos.

Entonces? Podemos decir que los movimientos polticos actuales (como el 15M y el resto de movimientos de las plazas) son movimientos simplemente reformistas que buscan algunos pequeos cambios en el marco dado de lo posible? O bien este agotamiento del imaginario revolucionario debe conducirnos al pesimismo (ya no es posible cambio alguno)? Ni una cosa ni la otra, ambas son de hecho tributarias de la centralidad del imaginario revolucionario.

Pensamos ms bien (con autores como Alain Badiou o Santiago Lpez Petit) que atravesamos un periodo de intervalo o un impasse. Ese intervalo o impasse tiene que ver con un desacople entre las nuevas formas de politizacin y los imaginarios existentes de cambio. Las prcticas colectivas experimentan nuevas vas, pero casi a tientas. Y las viejas imgenes de cambio, an saturadas y agotadas, siguen sobrevolando las cabezas y los cuerpos, como imgenes-zombi.

Cul sera el problema de este desacople? Por un lado, mirndose en el espejo-modelo de las viejas imgenes revolucionarias, los movimientos obtienen de s mismos un reflejo desvalorizante, despotenciador, entristecedor. Las imgenes-zombi separan a las experiencias vivas de lo que son y de lo que pueden.

El mismo 15M nos ofrece un ejemplo muy claro: a pesar de ser uno de los movimientos con mayor impacto en la sociedad espaola de los ltimos 40 aos (cuestionando profundamente la arquitectura poltica y cultural heredada de la Transicin, desplazando los umbrales de percepcin y sensibilidad social, neutralizando la tentacin fascistoide que crece en toda Europa), el lamento y la queja nunca han dejado de acompaarlo: no ha cambiado nada. Sin otras lentes y otras brjulas, apegados a las antiguas imgenes, se reenva una y otra vez la capacidad de transformacin social a las formas y frmulas ya conocidas: el partido que, tomando el poder (por va electoral esta vez), cambia las leyes y los marcos jurdicos, la macropoltica. El cambio social es un cambio por arriba o no es.

Por otro lado, las imgenes-zombi debilitan las prcticas efectivas y las experiencias vivas dando valor slo a ciertos aspectos de las mismas en detrimento de otros: se privilegia lo masivo, los momentos de insurreccin abierta, lo pico, lo hper-visible, etc. Se hace necesario y urgente otro imaginario de cambio. Imgenes adecuadas para ver y pensar un cambio social complejo, no lineal, con sus mareas altas y bajas, procesos y eventos, continuidades y discontinuidades. Capaces de dar valor y visibilidad a las transformaciones invisibles y silenciosas, intersticiales e informales, imprevisibles e involuntarias, micropolticas y afectivas, bastardas e impuras. Imgenes en las que encontremos compaa, valor y potencia.

Y no slo necesitamos nuevas imgenes, sino tambin otra relacin con ellas. Los viejos imaginarios revolucionarios cristalizaron demasiadas veces en un mito tecnificado (Furio Jesi): trascendente, rgido, inmvil. Precisamos entonces, no tanto de un sistema de imgenes (acabado y coherente), como ms bien de una especie de tejido, un patchwork infinito y en construccin permanente, siempre susceptible de ser modificado y alterado, donde todo suma y nada sobra, porque cada jirn (cada imagen) puede tener su momento y su ocasin. De hecho, ni siquiera se trata de negar o descartar las viejas imgenes revolucionarias de cambio (pueden ser un jirn ms del patchwork), sino de complementar, multiplicar y enriquecer el repertorio de lo posible.

La guerra de posiciones segn Antonio Gramsci

Dnde podramos empezar a buscar imgenes inspiradoras para reimaginar el cambio social? Propongo ahora, simplemente a modo de indicacin, tres fuentes posibles. Voluntariamente, se trata de tres experiencias del pasado. La imagen revolucionaria de cambio fue tal vez hegemnica pero no la nica y el pasado es un depsito de saberes siempre actualizable desde el presente. El nuevo imaginario de cambio no necesita cortar con el pasado, sino ms bien aprender a recrearlo, traducirlo y resignificarlo.

La primera fuente de inspiracin posible es la obra de un autor: Antonio Gramsci, el filsofo-militante italiano. Gramsci es un nombre completamente interno al pensamiento marxista-leninista, pero sin embargo su obra es un terreno fecundo en claves nuevas. Cmo es posible? En parte se lo debemos a Mussolini. Gramsci tuvo que inventar un lenguaje encriptado para esquivar la censura en las crceles del fascismo italiano: hablaba de filosofa de la praxis para referirse al marxismo, etc. Ese mismo lenguaje encriptado nos llega hoy, dcadas despus, como lenguaje potico con multitud de lecturas y significados posibles. Eso mantiene a Gramsci a salvo de convertirse en una lengua muerta, como ocurre con la mayor parte del marxismo-leninismo.

Otra razn de la actualidad de Gramsci es su concepcin del cambio social. En la crcel, Gramsci reflexiona largamente sobre un fracaso repetido. La revolucin pensada como guerra de movimiento (caracterizada por la velocidad, el asalto frontal al poder, su carcter minoritario) ha funcionado muy bien en Rusia, pero choca contra un muro en Europa occidental: aplastamiento de la revuelta espartaquista en Alemania, de los consejos obreros en Italia, etc. Qu ocurre?

La guerra de movimiento, piensa Gramsci, slo tiene xito all donde la sociedad es relativamente autnoma del Estado y la sociedad civil (las instituciones que construyen el consenso social: medios de comunicacin, etc.) es primaria y gelatinosa (como en la Rusia zarista). Sin embargo, en Europa occidental la sociedad civil es slida y protege el orden del Estado como una robusta fortaleza de casamatas, resistente a las irrupciones catastrficas del elemento econmico inmediato: crisis, depresiones, etc.

Ni misticismo histrico (la revolucin como fulguracin milagrosa), ni determinismo econmico (el hundimiento econmico desencadena el proceso revolucionario), Gramsci propone reimaginar la revolucin como guerra de posiciones. El rasgo clave de la guerra de posiciones es la afirmacin y el desarrollo de una nueva visin del mundo. En cada gesto de la vida cotidiana hay una visin del mundo implcita. El proceso revolucionario consiste en difundir una nueva visin del mundo (y por tanto otros gestos) que vaca y desplaza poco a poco el poder de la antigua. Es lo que Gramsci llama construccin de hegemona: no hay poder sin hegemona, sin control sobre los gestos de la vida corriente. Sera un poder sin legitimidad, reducido a pura represin, al miedo. A la toma del poder le debe preceder, concluye Gramsci, una toma de la sociedad civil.

Para ilustrar esta otra idea de revolucin, Gramsci recurre al ejemplo de la Revolucin Francesa. Su mirada contrasta con la de Arendt: Gramsci no se fija en la ejecucin del rey y el nuevo calendario, sino en el movimiento previo de la Ilustracin. Durante dcadas, a travs de los salones, los clubs y las enciclopedias, la Ilustracin disemina la idea de una igual dignidad de las personas en tanto que seres dotados de razn. La nueva concepcin del mundo desplaza a la antigua, minando los pilares del Antiguo Rgimen sin que nadie se de cuenta. Finalmente, cuando se hace la Revolucin, viene a decir Gramsci, se ha ganado ya antes. La dominacin carece de legitimidad, es slo una cscara vaca que de desploma al primer golpe.

Es verdad que en Gramsci funcionan todava ideas muy clsicas: el Partido como cerebro que dirige un cuerpo, pregonero y organizador de la nueva visin del mundo, intelectual colectivo. Pero la imagen de la guerra de posiciones puede resultarnos hoy muy inspiradora: como una infiltracin ms que un asalto, un lento desplazamiento tectnico ms que una acumulacin de fuerzas, un movimiento colectivo y annimo ms que una operacin minoritaria y centralizada, una forma de presin indirecta, cotidiana y difusa ms que una insurreccin concentrada y simultnea (aunque Gramsci no excluye el recurso a la insurreccin, lo subordina a la construccin de hegemona).

La revolucin se gana antes de hacer la revolucin, en el proceso de elaboracin y expansin de una nueva definicin de la realidad: lo que cuenta y lo que no cuenta, lo que que vale y lo que no vale. Definicin no escrita en los libros, es decir, no slo ni principalmente cuestin de ideas, sino inscrita en los gestos, en los comportamientos, en las relaciones entre los seres, con las cosas y el mundo.

La revolucin social anarquista

La segunda fuente de inspiracin posible es una filosofa en movimiento: el anarquismo. Nos interesa ahora tal y cmo ha sido releda y traducida al presente por Daniel Colson, filsofo e historiador libertario.

En su Pequeo lxico filosfico del anarquismo, Colson recuerda cmo los anarquistas se alejaron muy pronto de la idea-imagen de Revolucin, demasiado asociada para ellos a un golpe de Estado, a la transformacin social pensada como toma del poder y cambio de rgimen constitucional (proceso constituyente, etc.). A la Revolucin poltica, los anarquistas opusieron su revolucin social. El adjetivo indica un cambio de sentido. En tres aspectos por lo menos.

En primer lugar, la revolucin social nace y se desarrolla en el interior mismo de la sociedad: en el terreno de las clases y las diferencias, de la propiedad y la justicia, de las relaciones de autoridad y las modalidades de asociacin, ah donde se juega el orden o equilibrio de la sociedad, de una multitud de maneras y a travs de una transformacin de conjunto (multiforme). No se trata de derribar o apoderarse del Estado, ni de desposeer a los propietarios del capital a travs de una dictadura de los representantes del proletariado: la revolucin social es un cambio desde dentro de las mismas relaciones sociales y de poder.

En segundo lugar, la revolucin social, a diferencia de la revolucin poltica, no se identifica nica, exclusiva o principalmente con episodios excepcionales, movilizaciones callejeras, coyunturas insurrecionales, sino tambin con procesos silenciosos y cotidianos (creacin alternativa de instituciones, relaciones sociales y subjetividades) de los que en ltimo trmino depende la eficacia de transformacin. La Grand Soir (gran noche) del imaginario anarquista no remite al corte (brusco, inmediato, instantneo) entre lo viejo y lo nuevo. Es ms bien la expresin o la manifestacin final de una potencia acumulada con anterioridad. Como el fruto que el rbol madura, no como un relmpago en el cielo vaco o el asalto voluntarista de una minora al poder.

Por ltimo, la revolucin social no depende de una estrategia clsica (la lgica medios-fines) que unos disean y otros ejecutan (la vanguardia consciente y las masas). Es ms bien un proceso horizontal y no segmentado jerrquicamente entre lo principal y lo secundario, la tctica y la estrategia. Donde cada momento y cada situacin valen por s mismos y en s mismos, no como partes de un todo o momentos de una lnea del tiempo, ni con arreglo a su posicin en un mapa diseado desde el exterior. Cada lugar y cada instante tienen un valor prefigurativo (lo que queremos es ya lo que hacemos) y no transitivo (lo que pasa aqu no tiene ms valor que el llevarme all). La estrategia anarquista no consiste en ordenar, segmentar y dirigir, sino en amplificar y conectar las distintas situaciones hasta conseguir una vibracin de conjunto.

Recapitulando, la imagen anarquista de la revolucin es 1) social y no poltica, se da en el interior mismo de la sociedad como campo de fuerzas (no nica o principalmente en el poder poltico o los aparatos del Estado), 2) es un proceso y no un evento, la gran noche es la precipitacin final de una condensacin de potencia (no el origen, la causa, el momento de la verdad); y 3) es horizontal y prefigurativa , sin jerarqua estratgica, remite a otra racionalidad y a otra tica. La gran aportacin del pensamiento anarquista a la estrategia (que desbarata todas las estrategias) es la indistincin radical entre los fines y los medios.

La revolucin cultural de las mujeres

La tercera fuente de inspiracin posible son los movimientos de mujeres durante el siglo XX (como movimientos y como pensamiento: el feminismo). Sin organizacin nica o centralizada, sin toma alguna del Palacio de Invierno, los movimientos de mujeres han desencadenado transformaciones poltico-antropolgicas de una magnitud inaudita, redefiniendo radicalmente las relaciones hombre-mujer y, con ello, el orden masculino de lugares, funciones y cuerpos: lo pblico y lo privado, lo personal y lo poltico, la produccin y la reproduccin, etc.

Lo que nos interesa aqu ahora es resaltar cmo, en sus formas mismas de accin y organizacin, los movimientos de mujeres proponen un ms all del imaginario revolucionario clsico: el sujeto (heroico) contrapuesto al mundo y que lo empuja en la buena direccin; la libertad entendida fundamentalmente como desarraigo radical de la vida orgnica; la realidad como arcilla o pgina en blanco a nuestra disposicin, para moldear o escribir en ella infinitamente; la accin como intervencin exterior que modela y da forma; el cambio revolucionario como producto de una tcnica revolucionaria, etc.

Es decir, los movimientos de mujeres no slo plantean una renovacin radical de los contenidos, sino del paradigma mismo de la accin poltica revolucionaria, viril y masculino. Cmo? Me limito tan slo a dar cinco apuntes.

Haciendo palanca en la pluralidad. La diversidad de corrientes, versiones, grupos, revistas del movimiento feminista ha sido enorme. Siempre en tensin y disputa, pero sin voluntad de unificacin en una sola Visin u Organizacin, sino buscando ms bien un equilibrio dinmico y conflictual, un equilibrio de lo heterogneo.

Cambiando la vida desde la vida. Dando la pelea en el tejido mismo de la vida cotidiana (sin aceptarlo tal y como es, pero sin buscar tampoco un mundo ideal aparte): trastocando los espacios domsticos, los lugares de trabajo, las relaciones amorosas, el cuerpo y la maternidad, la sexualidad, los cuidados y la reproduccin de la vida

Vinculando el pensamiento a la experiencia. El feminismo es un pensamiento que elabora la experiencia vivida. El esfuerzo por dar nombre, concepto y relato a los malestares comunes y cotidianos (en los grupos de autoconciencia, etc.). Se deconstruye as la relacin jerrquica entre el pensamiento (como proyeccin de modelo, de ideal, de deber ser) y la accin (como ejecucin, como realizacin).

Poniendo el cuerpo. El feminismo cuestiona radicalmente el primado de la conciencia de la teora poltica clsica. El cambio no puede fiarse slo a un cambio ideolgico, sino que pasa por la alteracin de los comportamientos cotidianos. El cuerpo no es lo que hay que domear (la organicidad que se trata de someter a la razn y al ideal), sino la fuerza (vulnerable) de la que partir.

Dando valor a lo invisible. La poltica de transformacin no obedece el mandato hollywoodiano luces, cmara y accin. Las prcticas de resistencia son muchas veces cotidianas, invisibles, calladas: la anestesia sexual practicada informalmente por muchas mujeres como control informal de la natalidad, la huelga sexual, la huelga de vientres, etc. El feminismo permite ver y valorar tambin como luchas prcticas de abstencin, de sustraccin, de silencio.

Los movimientos de mujeres han engendrado, en definitiva, una verdadera revolucin cultural, una autntica mutacin antropolgica que va mucho ms all de un mero cambio poltico o ideolgico, pero evitando justamente todo lo que hizo de las revoluciones culturales del pasado una empresa normativa, coactiva y finalmente terrorista: el primado del ideal y del modelo al que hay que someter la realidad.

Repensar el conflicto y la enemistad

Gramsci, el anarquismo y los movimientos de mujeres: tres fuentes que pueden contribuir a elaborar otra racionalidad y otra imaginacin poltica, ms compleja, ms rica y menos lineal, capaz de acompaar un cambio social sin sujeto (como causa o autor), sin espacios o tiempos privilegiados, sin fe en un corte mayor en la historia (aunque haya discontinuidades y estas sean decisivas).

En las tres insisten (de modos distintos) algunas ideas-fuerza importantes para nutrir una concepcin pos-revolucionaria de la transformacin social:

la afirmacin: no surge otro mundo posible de la negacin del viejo (la violencia liberadora, la negacin de la negacin como afirmacin), sino ms bien de una redefinicin de la realidad (encarnada en nuevas maneras de hacer, ver y vivir) que se amplifica, expande y propaga por todas partes.

lo indirecto: los momentos picos y visibles son puntas de iceberg, concentrados y compuestos de otras cosas, espuma que corona una ola de fondo. Resultantes indirectos (involuntarias, no intencionales) de luchas y cambios procesuales, cotidianos.

la multiplicidad: el cambio se desarrolla en una pluralidad de tiempos y espacios, a travs de una diversidad de actores y escalas, que no se trata de unificar, sino de equilibrar. Un equilibrio siempre conflictual y dinmico que no busca resolver las contradicciones, sino elaborarlas como tensin productiva.

En las tres fuentes hay tambin elementos para repensar el conflicto, el antagonismo y la figura del enemigo (problemas polticos de primer orden). En la lgica tradicional, la existencia de un mundo pasa por la destruccin total del otro: es la polarizacin viejo/nuevo, antiguo rgimen/ciudad ideal, burguesa/proletariado. El conflicto se imagina como gesto radical de corte y separacin. Por ejemplo, un autor contemporneo como Zizek, que trabaja en el reciclaje de las viejas imgenes de cambio, lo piensa a menudo de ese modo: un Acto (as en maysculas) de autonoma y desconexin.

En cambio, Gramsci propone una inclusin subordinada del adversario: ya no se trata de eliminarle, sino de poner su fuerza al servicio de otros fines (de otra visin del mundo). El anarquismo, tal y como lo explica Colson, funciona segn una lgica situacional de la enemistad y el conflicto: no hay enemigo en lo absoluto, sino obstculos a la propia potencia que aparecen en tal o cual situacin. Amigo y enemigo (alianzas y obstculos) dependen de la situacin y pueden cambiar, redistribuirse de otros modos. Finalmente, los movimientos de mujeres no sealan al hombre como su enemigo, sino ms bien a las condiciones y estructuras (patriarcales) que determinan y sostienen la desigualdad. Los hombres concretos pueden ser amigos y aliados.

Se trata de otro imaginario del cambio: ya no es la guerra de dos mundos entre los que hay un antagonismo absoluto, sino que hay un solo mundo comn en el que los diferentes tenemos que convivir en igualdad. El otro ya no es un Otro absoluto que se trata de excluir o eliminar, sino que estamos vinculados a l por una cierta relacin de interdependencia y reciprocidad.

Imgenes rebeldes de cambio

Se pueden investigar tambin imgenes pos-revolucionarias de cambio en autores contemporneos. Pienso por ejemplo en la lgica de red segn Margarita Padilla, en la estrategia sin estrategas de Foucault, en las grietas de John Holloway, en las potencias de variacin de Lazzarato, en los procesos recombinantes de Franco Berardi (Bifo) y un largo etctera a explorar.

O tambin en movimientos. El zapatismo, por ejemplo, ha hecho un esfuerzo enorme por nombrarse y contarse con palabras propias, por destilar su experiencia en conceptos, por elaborar y compartir nuevas imgenes de cambio. Por ejemplo, la distincin entre el rebelde social y el revolucionario: Un revolucionario se plantea fundamentalmente transformar las cosas desde arriba, no desde abajo, al revs del rebelde social. El revolucionario se plantea: vamos a hacer un movimiento de rebelda, tomo el poder y desde arriba transformo las cosas. Y el rebelde social no. El rebelde social va planteando demandas y desde abajo va transformando sin tener que plantearse el tema del poder. O la concepcin anti-vanguardista, incluyente y colectiva de la transformacin social: Todos los mtodos tienen su lugar, todos los frentes de lucha son necesarios y todos los grados de participacin son importantes. El problema de la revolucin [ojo con las minsculas] pasa de ser un problema de la organizacin, del mtodo y del caudillo [ojo con las minsculas] a convertirse en un problema que atae a todos los que ven esa revolucin como necesaria y posible, y en cuya realizacin todos son importantes.

Me pregunto, ya para acabar, si las imgenes que necesitamos no remiten a un desplazamiento radical de perspectiva, civilizatorio incluso. Una salida de cierto paradigma occidental. En sus libros, el filsofo y sinlogo francs Franois Jullien explora una y otra vez el contraste entre (lo que podramos llamar) la imagen griega del mundo y la imagen china del mundo (en relacin al tiempo, el pensamiento, el arte, el cuerpo, la estrategia y la eficacia, etc.).

Occidente, explica Jullien, divide el mundo en dos: lo que es y lo que debe ser. Es el gesto platnico por excelencia La idea occidental de eficacia se deriva de aqu: se trata de proyectar sobre la realidad lo que debe ser (en forma de Plan o Modelo) y tratar de materializarlo (llevarlo a la prctica, aterrizarlo). Entre el ser y el deber media la voluntad humana de colmar esa brecha y enderezar la realidad (ponerla derecha, es decir, segn el Derecho, la Ley, lo que debe ser). El entendimiento abstrae y modeliza, la voluntad aplica y ejecuta. En el caso del arte militar de la guerra, el Estado Mayor propone el Plan y los ejercitos rompen las resistencias que opone la realidad. La batalla campal donde se lucha por aniquilar completamente al enemigo es el momento decisivo en el que se juega todo: la esencia de la guerra.

Tambin la revolucin se ha pensado desde ese molde: la vanguardia (que posee la ciencia de la sociedad y la historia) desvela y decreta lo que debe ser, la revolucin es la lucha final en la que impondremos el plan a la realidad. De hecho, en un artculo de los aos 80 publicado en la revista aut aut, el italiano Lapo Berti argumenta que la idea moderna de revolucin es un concepto tributario del modelo cientfico propio de la mecnica clsica: la sociedad es una mquina que tiene leyes propias que se trata de conocer para poder desde ah planificar un conjunto de acciones (estrategia) con fines de cambio.

La imagen china del mundo, segn Franois Jullien, propone una inspiracin muy diferente: no se trata de proyectar un plan y ejecutarlo (imaginar la perfeccin y realizarla enseguida, como se deca en la Revolucin Francesa), sino de activar todos los sentidos para captar las potencias que ya trabajan lo real y acompaarlas, desplegarlas con cuidado, sin voluntarismo alguno.

Si pensamos el cambio social con la imagen china que nos propone Jullien, la constelacin de imgenes que resulta es muy diferente: el militante ya no sera la fuerza de voluntad que colma, mediante un esfuerzo agotador, la brecha entre el ser y el deber ser, sino quien est comprometido o implicado en una situacin particular y con unas potencias particulares; la vanguardia se transforma ms bien en retaguardias capaces de detectar y acompaar procesos que ellas no dirigen ni crean; la estrategia es un trabajo de cuidado, como el de un jardinero; la organizacin poltica es la serie de dispositivos que justamente dejan pasar la potencia, sin trabarla al someterla a un ideal previo; la temporalidad de cambio es el tiempo de un proceso, el tiempo adecuado a la maduracin de un potencial de situacin, sin batalla final; el conflicto es el desbloqueo de la fuerza afirmativa, no la negacin de la negacin que trae un mundo nuevo, etc.

Y la sensibilidad sera la cualidad principal del rebelde, como la fuerza de voluntad lo fue del revolucionario, porque ya no se trata de imponer a lo real un sentido previo, sino de abrirse a sentir por dnde circula la potencia y ser capaz de acompaarla sin forzar, con tacto.

Referencias:

Sobre la revolucin, Hannah Arendt, Alianza Editorial (Madrid, 2013).

Utopies pdagogiques de la Rvolution franaise, Bronislaw Baczko, revista Libre (Pars, 1980).

El ngel; por una cinegtica de la apariencia, Christian Jambet y Pierre Lardreau, Ucrona (Barcelona, 1979).

El siglo, Alain Badiou, Manantial (Madrid, 2008)

Guerre de mouvement et guerre de position, Antonio Gramsci & Razmig Keucheyan, La Fabrique (2012).

El captulo El compromiso de Antonio Gramsci en el libro En compaa de los intelectuales, Michael Walzer, Nueva Visin (1993).

Petit lexique philosophique de lanarchisme, Daniel Colson, Le livre de poche (2001).

Revolucin en punto cero, Silvia Federici, Traficantes de Sueos (Madrid, 2013).

Mujeres en el mundo; historia, retos y movimientos, Mary Nash, Alianza (Madrid, 2012)

EZLN: documentos y comunicados (tomo 5: la marcha del color de la tierra), EZLN, Editorial Era (Mxico DF, 2003).

Tratado de la eficacia, Franois Jullien, Siruela (Madrid, 1999).

Rivoluzione o? Considerazioni sul problema della trasformazione sociale, Lapo Berti, en aut aut, n. 179-180 (1980).

Y, sobre todo, las conversaciones con Franco Ingrassia, Juan Gutirrez, Lenidas Martn y las compaeras de la Escuela de Afuera.

Fuente: http://lobosuelto.com/?p=13117

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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