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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-02-2018

Lamento boliviano o breve ensayo sobre cmo criticar a un gobierno progresista

Juan Pablo Neri Pereyra
Rebelin


El objetivo de este breve texto es realizar algunos apuntes que contribuyan a la crtica desde la izquierda boliviana a salir de la encrucijada en la cual se halla. El desafo bsico que se le plantea a la izquierda, en el momento actual, es cmo criticar al gobierno progresista del MAS evitando caer en la recurrente frmula del lamento boliviano. Como reza con elocuencia implacable la cancin: que un da empez, y no va a terminar, y a nadie hace dao. Se trata de un predicamento mayor, primero, porque los elementos que caracterizan a esta frmula y que expongo a continuacin conllevan a una crtica estril y continuamente frustrada, que no logra generar molestia en sus pretendidos interlocutores. Segundo, porque algunos de los elementos que esta izquierda moviliza discursivamente coinciden con la crtica elaborada por los sectores conservadores. La encrucijada tiene que ver, por lo tanto, con que la crtica de izquierda no servil a la lite en el poder recupere su originalidad, su reflexividad y su perspicacia.

La frmula del lamento boliviano se expresa de distintas formas, sin embargo en este caso me refiero especficamente a tres argumentaciones que encuentro especialmente problemticas: 1.- la indignacin por el irrespeto a la institucionalidad democrtica; 2.- la crtica de la personalidad del lder, lo suficientemente atrevido como para considerarse sinnimo del pueblo; 3.- la contradiccin del discurso gubernamental con su prctica (a saber defensa de la madre tierra, vivir bien, falso indigenismo, etc.). Todos estos argumentos se acomodan perfectamente a la frmula sealada del lamento boliviano pues, de una u otra manera, encubren una apologa de la impotencia o la debilidad. Es decir, la crtica a partir de cualquiera de esto argumentos carece de potencia, a causa del deseo esclavo en alusin a la terminologa de Hegel que expresa en ltima instancia.

Defensa de la democracia? No, gracias

Antes de ingresar en la crtica de la defensa de la democracia, realizar algunos apuntes sobre a qu me refiero con impotencia en este caso. De alguna manera, la posibilidad de las relaciones sociales y de la sociedad misma se funda en la apologa de los sujetos por la propia impotencia. Esta es una idea fundamental que atraviesa algunas de las principales reflexiones filosfico-polticas del pensamiento occidental. El consentimiento societal de la propia impotencia supone la aprobacin racional del establecimiento del orden social/simblico/objetivo y, por lo tanto permite la co-existencia entre los sujetos. Esto es, la anulacin de la potencia en favor de la potestas siguiendo a Spinoza, o la castracin en favor del orden simblico siguiendo a Lacan. En este sentido, la impotencia no debe ser comprendida como algo absolutamente negativo a priori, sino en la medida en que no obedece a una tica universal, acaso a relaciones desiguales de poder, de opresin y de explotacin. La impotencia es, entonces, una forma paradjica de alienacin, siendo que es necesaria y a la vez peligrosa.

La cordialidad o lo que generalmente se entiende como trato civilizado por ejemplo, es una buena muestra de la apologa de la impotencia como forma paradjica de alienacin. La cordialidad, se supone, reprime o evita el espontneo despliegue de actitudes abyectas entre las personas. Lo contrario a la cordialidad sera el cinismo, incluso en los trminos vindicativos del cinismo filosfico propuestos por Michel Onfray, cuando realiza una analoga con los perros: sin importar las circunstancias, cuando los perros se desean, cogen enfrente de todos, pelean, cagan, mean, incluso violan colectivamente, sin ninguna observancia de los dems (lo cual no quiere decir que sean completamente libres, sino todo lo contrario*). Por fortuna no somos perros y se supone podemos identificar socialmente las actitudes abyectas, condenarlas y censurarlas. En este entendido, un cierto nivel de alienacin se plantea, a priori, como deseable.

Sin embargo, la cordialidad puede ser tambin una forma terrible de alienacin, por ejemplo cuando una mujer, en una situacin de subordinacin laboral, se ve compelida a aceptar las insinuaciones sexuales de su jefe. La cordialidad la constrie a otorgar falsas demostraciones de aprobacin frente a la obscenidad. En este punto, la impotencia es correlato y corolario de la opresin. El problema se halla en que para la totalidad de los sujetos, es muy difcil distinguir el lmite entre una u otra forma de impotencia. Esto tiene que ver con que es el mismo orden social que otorga las condiciones de bienestar, el que oprime y explota a la vez, y ambas cualidades se hallan ntimamente imbricadas. Es en el mismo orden social que opera como punto de referencia para la afirmacin de la propia subjetividad, que las relaciones de opresin se despliegan como parte de su estructura.

Qu tiene que ver esto con la democracia? Desde finales del siglo XX, con la cada del bloque sovitico y el advenimiento del neoliberalismo, se reconfigura la geopoltica global y, con ello, se emplaza un sentido comn siguiendo a Gramsci propio del nuevo orden hegemnico. En la presente reflexin me refiero a varios de los elementos que conforman este sentido comn que, para efectos didcticos, denominaremos neoliberal. Uno de los componentes de este sentido comn neoliberal es la defensa escatolgica de la democracia como nico rgimen poltico aceptable/deseable. Se trata de una nocin que ha calado tan hondo, y que ha permeado todos los estratos sociales, al punto que parece imposible pensar o imaginar otra cosa. S, la defensa de la democracia en contra de las dictaduras militares fue una parte fundamental de la lucha de izquierda en Sudamrica en los aos 70 y 80, lo cual no quiere decir nunca absoluta clarividencia ni mucho menos total albedro, sino y solamente necesidad histrica. La democracia es, entonces, para Sudamrica, lo que el holocausto para los europeos, y lo que Mahoma para los musulmanes ortodoxos: el objeto pulsional innombrable en la crtica y/o la parodia.

En este sentido, en lo que respecta la defensa de la democracia, la apologa de la propia impotencia se halla en el carcter reaccionario de la frmula. Es el deseo de ver funcionar correctamente a una forma de institucionalidad servil a los intereses de los grupos dominantes, donde la circulacin aparente de fuerzas polticas encubre las verdaderas relaciones de poder que tienen lugar en un determinado contexto social, pero que se supone es el mal menor en comparacin con cualquier otra forma de gobierno. Para consuelo nuestro (?) no somos los nicos que desearamos volver a un status quo en el que una aparente situacin de bienestar es preferible a enfrentar la realidad. El siglo XXI es el siglo de las demostraciones estriles de indignacin. Y todos los que nos pensamos de izquierda hemos sido parte de alguna o varias de estas demostraciones. Incluso algunos todava nos regocijamos en el recuerdo de ese momento participativo y revolucionario que no hizo ms que hacernos gozar el sntoma. Aunque consistan en despliegues de rebelda, estas demostraciones no dejan de ser reclamos cordiales: castrados e impotentes.

Otro tema que sirve para comprender a la defensa de la democracia como apologa de la propia impotencia es el aparente auge de las clases medias, que acompa el proceso histrico de retorno a las democracias y emplazamiento de la hegemona neoliberal. El siglo XXI es tambin el siglo del capitalismo flexible, siguiendo a Harvey, esto es la precarizacin de la explotacin capitalista y el auge del sector terciario. Esto trajo consigo, un auge aparente de clases medias, es decir el crecimiento de un sector de la poblacin, explotado y precario, incapaz de darse cuenta de su lugar en el sistema de desigualdad. Y, es justamente esta fantasa ideolgica de pertenecer a la clase media que explica, en parte, la pulsin de defender la democracia y el Estado de derecho. Mi punto en este caso, y para evitar interpretaciones simplistas y erradas, es que vivimos en uno de los momentos ms violentos de la explotacin capitalista, pero que cuenta con un sinfn de artefactos ideolgicos, que son de sentido comn, y que impiden comprender la realidad en su abyeccin.

El pequeo gran otro

La segunda frmula de apologa de la propia impotencia es la crtica centrada en la persona del lder. Evo el impostor que busca convertirse en el gran otro o la personificacin del pueblo. Entonces, primero vale la pena responder a la cuestin de Cmo se construye esta imaginera de Evo como gran otro? A partir de la continua repeticin de la tragedia que culmina heroicamente y que, de alguna manera, sera el reflejo de lo que sucede en el pas: El lder sindical campesino, pobre, y tardamente indgena, que supera los obstculos (de la derecha, el imperio, etc.) y que llega a ser presidente, que viaja en un avin de lujo y construye una fortaleza lujosa apodada La Casa Grande del Pueblo. Ojo, ninguno de estos aspectos es contradictorio, sino que forman parte de la misma imaginera, promovida cotidianamente por la lite en el poder. Entonces Evo es el pueblo, porque es el reflejo de lo que la sociedad boliviana habra alcanzado en esta dcada: prosperidad, reduccin de la pobreza, desarrollo, sin perder el carisma de lo popular, adems de la recuperacin de valores culturales esenciales. La sinonimia Evo/pueblo es la eficaz construccin del gran otro: el humilde pero clarividente paladn de la democracia (la misma que critico en la seccin anterior).

Cmo criticar al gran otro? Obviamente, no a partir de antagonizarlo. Al antagonizar a Evo se refuerza, indefectiblemente, la figura del gran otro. ste es el error que, paradjicamente, cometen todos los crticos del gobierno, ms all del punto cardinal en el que se siten. En todo caso, siguiendo a Zizek, desmontar al gran otro implica demostrar su inexistencia, la falsedad objetiva de sus relatos, ergo nuestra soledad absoluta. Esto implica preguntarnos si Evo es el pueblo, entonces el pueblo cmo realmente est? Para responder a esta pregunta, un primer paso es evitar la trampa de los datos macroeconmicos, que forman parte del edificio discursivo del gran otro boliviano. Cada 6 de agosto y 22 de enero somos vctimas de cuatro horas de datos macro, comparados en retrospectiva. Ahora bien, evitar la trampa de los datos macroeconmicos no significa, de ninguna manera, el exceso posmoderno de negar su verosimilitud (aunque, efectivamente, a veces sean falseados para su pomposa exposicin). Significa des-fetichizarlos, siguiendo la vieja frmula marxista de descifrar el jeroglfico social que esconden o desmontar el orden velado que imponen.

Entonces tenemos que, para desmontar al gran otro a partir de demostrar su inexistencia, hay que des-fetichizarlo. Esto es, ridiculizar al gran otro a partir de demostrar que detrs de la virtuosa historia que intenta contar se halla la cotidianidad abyecta del pueblo o de lo popular. Un ejemplo eminente de esta paradoja lo encuentro en la pelcula Viejo Calavera (2016). En esta genial obra de Kiro Russo, el personaje de Elder Mamani irrumpe en el marchito pero orgulloso mundo de los mineros sindicalizados de la COMIBOL. En este caso, los mineros son portavoces o representacin de un gran otro: el proletariado revolucionario del 52 que, an en su decadencia, es pilar fundamental de la nacin. Esta nocin se refleja en la disciplina y solidaridad de los mineros, en su compaerismo en el trabajo y la seriedad de los personajes. Entonces irrumpe Elder como personificacin de la realidad: el valeroso pueblo revolucionario no existe, sino el trabajador precario, pobre, hurfano, displicente y antiptico, adems de alcohlico e incapaz de comprometerse. A pesar de que los mineros lo rechazan por ser portador del horror de la realidad, tampoco pueden deshacerse de l.

La pelcula concluye con el desmontaje del orden velado y la aceptacin de la realidad: primero con la borrachera de los mineros, la indefectible abyeccin del sujeto explotado es asentida. Luego en la escena en que Elder cuida de su to minero borracho, y ambos se hallan en la parte de trasera de una camioneta. La libertad no se alcanza a travs de la apologa de la propia impotencia, a saber la afirmacin del orden simblico y de los artefactos ideolgicos que lo legitiman, sino a travs de su contestacin a partir, primero, de reconocer la ficcin. Y ste es siempre el paso ms difcil e, indudablemente, el ms doloroso. En el caso del gran otro que nos ocupa, desmontarlo supone observar ntimamente la vileza de la realidad del pueblo, no bajo el esquema maniqueo de bueno-malo, sino hacindola legible: a pesar del relato del gran otro, el pueblo es desigual incluso ms que antes, ms pobre que rico y, por lo tanto, ms cargado de vicios que de virtudes. El pueblo se muere de hambre encerrado en su casa; asalta a su vecino para robarle los chuos que tena para vender; vende patitas en mal estado porque no tiene otra fuente de ingreso; quema las casas de sus vecinos para tomar sus tierras. Eso es, en realidad lo que algunos idealizan como lo popular.

En este sentido, Evo no es ms que un pequeo gran otro. El auge de sus polticas populistas se basa en la continuacin, disimulada retricamente, de las polticas neoliberales de los gobiernos anteriores. La aparente re-distribucin de la riqueza a partir de programas en su mayora insuficientes y menos grandilocuentes de lo que quisieran hacernos creer, es la carta con la que una y otra vez pretende jugar. La mayora de los logros de desarrollo que ha presentado son fbulas cuya moraleja es, en el fondo, bastante trgica. Por otra parte, se pueden notar otras expresiones del sentido comn que intento desmontar. El otro funcionario del gobierno, que forma parte del relato pueril del gran otro es el vicepresidente. En varias ocasiones circularon videos del vicepresidente, en comunidades campesinas, refirindose en tono paternalista a las personas, explicndoles como si fueran idiotas sobre las tragedias que vendran si Evo dejara el poder; ensendoles como si fueran tarados mentales cmo votar por el MAS. Luego, estas actitudes abyectas son legitimadas por fotos del mismo funcionario sentado de cuclillas, comiendo lawa en otra comunidad. He ah el sentido comn a descifrar. Si un funcionario blanco todava puede referirse pblicamente a los campesinos como si fueran idiotas; y si sigue siendo novedoso e incluso sugerente ver al mismo funcionario comer lawa de cuclillas, es justamente porque nada ha cambiado.

Sentido comn neoliberal o la tragedia de los activistas

La tercera frmula del lamento boliviano, y quizs la ms espinosa, es la denuncia de la contradiccin entre el discurso del gobierno y la prctica. Desmontar el orden velado, luego de una dcada de Estado Plurinacional, implica reconocer que buena parte de la crtica de grupos que se afirman de izquierda, utiliza los mismos cdigos que cimentan la imaginera del gran otro. La gran mayora de los crticos del gobierno, desde la izquierda, y me incluyo en este grupo, hemos cometido el error de reclamar al gran otro el incumplimiento de sus compromisos revolucionarios: cuidado de la madre tierra y proteccin de los pueblos indgenas principalmente. Esta crtica la realizamos esgrimiendo conceptos de moda como extractivismo, pluralismo, ecologa, vivir bien, etc. En ltima instancia, lo que nos ha molestado en los ltimos aos no ha sido el emplazamiento del orden velado del gran otro en cuanto tal, sino que no fuera el gran otro que esperbamos. Esto es, en trminos francos y quizs molestos, que Evo no ocup el lugar que, desde nuestro imaginario profundamente colonial, consideramos que le corresponda: el de ser el presidente buen salvaje. La parafernalia del Estado Plurinacional nunca fue otra cosa que eso (y esto incluye a los defensores escatolgicos del gobierno, que s creen que Evo ha sido el buen salvaje que se esperaba).

Por qu se trata de la frmula ms espinosa? Justamente porque para superarla es necesario admitir, en primer lugar, que los trminos de nuestros reclamos se han fundado en los mismos artefactos ideolgicos de los que se vale el gobierno para construir hegemona, como a sus intelectuales orgnicos les gusta afirmar. Y lo pongo entre comillas, porque ellos mismos no estn libres de la contradiccin. No se trat nunca de una nueva hegemona, sino de la consolidacin del orden hegemnico neoliberal que comenz a edificarse hace tres dcadas. Para comprender mejor este sealamiento, otra pelcula se plantea como ejemplo ideal. En este caso, no una interesante como Viejo Calavera, sino una pelcula absolutamente ideolgica, Avatar de James Cameron. Esta pelcula celebra la visin etnogrfica romntica de los pueblos indgenas que viven en armona con y cuidan a la naturaleza, amenazada por el hombre blanco occidental, evidenciando un aspecto fundamental de la ideologa hegemnica en el presente: la marginalizacin de poblaciones, que antes, en el periodo colonial, ocurra a partir de la imposicin de la diferencia, en el presente se lleva a cabo a partir de la celebracin de la diferencia. Paradoja de la que las izquierdas son especialmente vctimas en el momento actual (en la academia, la militancia y el activismo).

La pelcula fue celebrada como obra anticapitalista par excellence, y el propio Evo Morales sali a elogiarla realizando una tierna analoga con el proceso boliviano, personificado lgicamente por l mismo. Desde luego, algunos activistas indigenistas/ambientalistas no tardaron en desmerecer, no la pelcula, sino el desafortunado paralelismo. Resulta pues paradjico que buena parte de la crtica de izquierda al gobierno se refiere a las mismas nociones antropolgicas obsoletas de las que se vale el propio gobierno para construir la imaginera del gran otro. Por ello es que para algunos de nosotros, durante algn tiempo, hacer resistencia frente al gobierno consisti en reivindicar la virtud de grupos poblacionales marginales, que viviran en comunidad y con economas morales, siendo parte del paisaje natural y ms all del capitalismo. Otros van ms lejos, al exceso de afirmar que los pueblos indgenas salvarn a la humanidad. Pero, al final del da, todos cotorrean dentro de los mismos marcos categoriales e ideolgicos.

Pareciera, entonces, que la izquierda ha perdido la virtud fundamental del pensamiento crtico: la sospecha. Si el corpus discursivo de la crtica moviliza los mismos artefactos que son promovidos por la ONU, el Banco Mundial, el gobierno, las ONG y Hollywood, algo necesariamente anda mal. Pero, ms all de la aparente simplificacin, ya que obviamente no se puede equiparar la reivindicacin culturalista del presidente con la de grupos poblacionales marginales, el punto es que justamente esta reivindicacin culturalista impide dar cuenta de los aspectos estructurales reales: desigualdad y opresin. En este marco, des-fetichizar al gran otro implica primero des-fetichizar las nociones y visiones con las cuales fundamentamos nuestras diatribas. En ltima instancia, el gran otro no es Evo pueblo, sino el orden ideolgico que lo determina tanto a l como funcionario del Estado Plurinacional, como a los activistas que contestan las polticas pblicas del gobierno.

En efecto, basta con observar la prosa de muchos grupos de activistas, e incluso de algunos acadmicos reconocidos, para comprender que la relacin lgica ha sido pensar que la agenda neoliberal se opone a la existencia de las formas de vida indgenas: Proyectos de infraestructura que amenazan territorios; Explotacin de recursos naturales, etc, que amenazan al sujeto antropolgico clsico: el buen salvaje. El problema es que esta prosa activista es incapaz de comprender que el sistema hegemnico se vale, justamente, de la emergencia de una multiplicidad de resistencias fragmentadas para llevar a cabo su agenda. Esta es quizs la tragedia del enamoramiento del activismo con la palabra resistencia: las resistencias se despliegan siempre dentro de los marcos de la hegemona, y son en ltima instancia dirigidas por los grupos dominantes. Esta es la tragedia del trmino resistencia, la ilusin de transgresin que refuerza el orden dominante.

Adems a esta contradiccin se debe sumar la participacin creciente en la interpelacin al gobierno, de grupos reaccionarios, utilizando los mismos razonamientos crticos. Esta problemtica la refieren trabajos crticos serios, como Adam Kuper en The Return of the Native, quien al igual que Luis Vzquez sealan que la demanda de derechos especiales por determinadas poblaciones, a partir de la idea de lo nativo se funda en el mismo razonamiento que los grupos reaccionarios de derecha utilizan en el presente para rechazar la llegada de inmigrantes. El principio cristiano medieval de prior in tempore potior in iure (los primeros en tiempo son los ms fuertes en derecho), planteado por el papa Bonifacius VIII, en el siglo XIV. En este sentido, la paradoja sistmica de la modernizacin neoliberal por un lado, y reconocimiento de derechos culturales para pueblos indgenas por el otro es quizs una de las principales amenazas/contradicciones de nuestro tiempo. Y, la crtica desde la izquierda ha sido, ingenuamente, una de sus principales portavoces.

En suma y a modo de redondear la contradiccin del sentido comn neoliberal que caracteriza a buena parte de la crtica desde la izquierda, no slo en Bolivia sino a escala global: Incluso las posturas radicales de rechazo rotundo de las negociaciones a partir de las concesiones propuestas por el neoliberalismo multicultural, caen en la misma trampa de pensar que este rechazo provendra de espacios societales con albedro clarividente y ms all del gobierno neoliberal (o lo que Huasca Salazar denomina: la constelacin de organizaciones sociales en lucha con horizontes polticos diversos). Esta postura es tan peligrosa e ingenua como el esencialismo de pensar que si los indgenas ganaran terreno en el establishment neoliberal sus intereses se veran servidos.

En La ideologa alemana, Marx criticaba el quehacer filosfico de los neohegelianos como una lucha estril entre frases, que en nada afectaba al mundo real existente. Sin embargo, pareciera que en el presente nos hallamos en la situacin opuesta, todos quieren actuar para cambiar el mundo real existente, y a nadie parece importarle el ejercicio filosfico de luchar contra frases, a saber, pensar, discutir, sospechar. Desde todas las direcciones aparecen individuos y colectivos de activistas, todos dispuestos a hacer un cambio. Algunos proponen cosas ms superfluas que otros, y las acciones consideradas ms radicales acaban siendo las demostraciones estriles de indignacin a las que me refiero al inicio. Que en Bolivia hace falta una agenda poltica desde las clases subalternas no cabe la menor duda. La pregunta crucial es cmo se construir esa agenda y cul ser su contenido ideolgico. Hace falta, para pensar en ello, dejar de lado categoras, ms rimbombantes y confusas que funcionales, a saber movimiento social, lo popular, resistencia, entre otros, y sumergirse en discusiones serias que partan de la autocrtica. Una verdadera agenda de izquierda no ser la construccin de puentes para la articulacin de lo diverso.

Salir de la frmula del Lamento Boliviano ser un ejercicio doloroso, pues implicar desprenderse de nociones que incluso le han dado sentido a buena parte de nuestra vivencia poltica, de pretensin crtica. Pero pienso que es el punto de partida para enarbolar una crtica sera, propiamente de izquierda y que genere una molestia real en las estructuras del poder. Y esta es una encrucijada que atae a todos los niveles donde se elabora la crtica.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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