Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-02-2018

Dialectica de la liberacion nacional

Iaki Gil de San Vicente
Rebelin

Texto escrito para la revista chilena www.marxismoyrevolucion.org


1. PRESENTACION

2. LUCHAS DE NUESTROS PUEBLOS

3. MECANICA DE LO NACIONAL

4. DIALECTICA DE LO NACIONAL

5. PRAXIS DE LO NACIONAL

6. RESUMEN


Pero los inmensos recursos que extrae el pas conquistado de la enrgica resistencia popular causaron una impresin tan grande en Gneisenau, que durante varios aos estudi cmo organizar mejor esa resistencia [] a fin de prepararse para la lucha sagrada de la autodefensa, en la que todos los medios se justifican. Engels [1]

1.- PRESENTACION:

Daro Aranda se pregunta sobre porqu [2] la nacin mapuche es atacada tan virulentamente, respondiendo que la razn es la propiedad de la tierra; cita a Diana Lenton, docente en Universidad de Buenos Aires, que sostiene que la violencia contra este pueblo tiene dos causas: la comn que padecen otras naciones originarias, como el Pueblo Qom, que defienden los mismos derechos sobre la tierra, y el racismo exacerbado contra los mapuches porque los blancos no toleran su dignidad que mira de igual a igual a los blancos: La mirada racista no tolera que un indgena se posicione de igual a igual, sostiene la antroploga. Un racismo al alza en la burguesa argentina. [3]

La dignidad forma parte de la cultura del pueblo. Para acabar con la resistencia que nace tambin de esta cultura, el invasor ha de destruirla encarcelando a quienes recrean la cultura espiritual [4]. La resistencia mapuche tambin nace de la cultura porque interactan tierra y cultura: los grupos de resistencia mapuche tienen por objeto organizar acciones de autodefensa, resistencia, recuperacin y ocupacin de sus tierras ancestrales que les fueron robadas [5]. Segn Llanca Marn tierra, cultura y mujer son una unidad:

E l rol de la mujer ha sido fundamental y protagnico en la lucha por los derechos del pueblo Mapuche. No se puede negar e invisibilizar esto al interior del movimiento. Lo primero que debe erradicarse es la inequidad interna a travs de la modificacin de aquellos usos y costumbres (quizs adquiridos) que perjudican a las mujeres, entenderse que la mujer mapuche ha estado a la par con los hombres, gestando el movimiento, luchando por la consecucin de los derechos como integrantes de la sociedad y sobre todo como mujeres. No es difcil darse cuenta de la invisibilidad. Varias organizaciones y reconocidos dirigentes la promueven. Nombre de producciones musicales denominadas Newen pei (newen: fuerza, pei: hermano hombre). Consignas articuladas desde lo interno... A la lucha pu pei, Marichiwew pei. Nombres de organizaciones con identificacin exclusivamente masculina o el trasplante de conceptos polticos-machistas: Mapuche traducido como hombre/varn de la tierra), Wall mapu traducida como patria. La reivindicacin por los derechos, la justicia, la equidad y el respeto que se exige empieza por casa. Se habla de reconstruir la patria Mapuche y quin dice que debe ser patria que significa lo que es del pater/padre? El seno de nuestra existencia es la Mapu uke, la madre tierra, nuestra MATRIA y nuestro espacio fsico es el wallmapu. [6]

En Nuestra Amrica estn contabilizados en la actualidad no menos de 259 proyectos extractivistas, de los cuales no menos de 246 encuentran resistencias populares de las que 6 son transfronterizos; 141 estn criminalizados por la burguesa [7]. El saqueo extractivista se remonta a la invasin de 1492 como indica Horacio Machado Aroz [8]. Apreciamos la importancia de estas luchas al contextualizarlas en un continente ocupado [9] por las violencias de una globalizacin etnfaga [10], que extermina pueblos mediante etnocidio, enfermedad y cristianismo [11].

L. Peltier lleva 43 aos encarcelado por su resistencia nativa [12] en Norteamrica. Los Sioux sostienen su lucha contra el oleoducto que atraviesa tierras sagradas de Dakota, invasin reactivada por Trump [13]. El sindicalismo de la AFL-CIO apoya el oleoducto y choca de frente con la reivindicacin de los Sioux, reviviendo el debate de 1980 y con l la larga disputa sobre las relaciones entre indigenismo y marxismo [14]. La coherencia de L. Peltier es continuidad de la de los indios que resistieron a los invasores franceses desde comienzos del siglo XVI [15]; y tambin de los grupos de guerreros que en el siglo XIX sin superar el centenar de combatientes cada uno de ellos, mostraron la pica de la resistencia de unas naciones que se negaban a desaparecer [16] causando reiterados fracasos al ejrcito yanqui compuesto de 5000 soldados con el mejor equipamiento de la poca. El racismo blanco nunca olvid estas derrotas. Reagan se propuso ahondar la separacin entre los trabajadores blancos y las minoras nacionales oprimidas, en particular los afroamericanos [17], intensificando la opresin de raza y clase que mostrara sus inhumanidad con el huracn Katrina en 2005 que golpe fundamentalmente a la clase trabajadora no blanca [18].

En frica, el pueblo kung conocido como bosquimano fue expulsado de sus tierras por los Estados y la multinacional holandesa De Brees que controla el mercado diamantfero mundial [19] y tuvo que sufrir agresiones, palizas y torturas para recuperarlas parcialmente. Los kung siguen de algn modo la senda zul que mediante la formacin de un Reino independiente a partir de la unidad de trecientos clanes pacficos que vivan en el neoltico, se fusionaron nacionalmente para resistir a los blancos creando un ejrcito de 40.000 guerreros que con lanzas y escudos de cuero vencieron varias veces el britnico [20].

En Australia, en enero de 2012 un grupo de 400 aborgenes quemaron la bandera de Australia frente al Parlamento en Sydney para denunciar los crmenes sufridos durante 224 aos [21], accin que es parte de la guerra secreta [22] contra el pueblo aborigen desde el inicio de la ocupacin blanca porque los nativos nunca se han doblegado del todo. La movilizacin aborigen aumenta obligando al Gobierno a prometer cambios en la Constitucin [23]. Los hawaianos se movilizan contra Facebook [24] recuperando la dignidad de los pueblos que apenas se opusieron en un principio a la invasin blanca pero que, al sufrir su brutalidad, los conminaban a marcharse inmediatamente [25]. Los tahitianos se sublevaron artos de los atropellos occidentales [26]. Los maores luchaban ferozmente entre s, pero se unieron para repeler la ocupacin. Con el acuerdo de Waitangi de 1840 aceptaban la administracin britnica, pero la imparable ocupacin de sus tierras origin sucesivas insurrecciones, como la de 1843-46 y 1860, causndoles grandes bajas: pero poco podan las hachas de piedra contra el fusil [27]. Las rebeliones de 1883 y 1886 fracasaron porque eran sociedades paleolticas frente al capitalismo industrial.

Hemos citado muy pocas resistencias de los pueblos a las agresiones capitalistas. Es correcto utilizar el trmino naciones originarias, o son grupos pre-nacionales sin Estado, son acciones de indgenas convertidos en campesinos o trabajadores urbanos sin sentimiento nacional [28]? Nuestra respuesta tiene seis partes: en la primera hemos ledo la presentacin; en la segunda expondremos algunas experiencias latinoamericanas; en la tercera analizaremos el dogma que pretendi resolver para siempre el problema nacional; en la cuarta expondremos la teora del concepto; en la quinta veremos algunos casos de praxis nacional de liberacin; y en la sexta, un resumen.

2.- LUCHAS DE NUESTROS PUEBLOS

En la Amrica precolombina muchos pueblos tenan una fuerte identidad bajo la dominacin azteca e inca: los pueblos sometidos y explotados acechaban la ocasin de la rebelin [] el sordo descontento de los pueblos sometidos [29]. La larga resistencia zapoteca - los zapotecas formaban una tribu india muy orgullosa y arisca. Los haban conquistado dos veces y dos veces se haban revelado, matando a los gobernantes aztecas [30] - al expansionismo mixteca una su cultura con la construccin de fuertes defensas, su victoria 1497 asegur la independencia hasta la invasin hispana de 1521 [31], proeza significativa por la importancia de la guerra para obtener esclavos, tributos y tierras [32]. La nacin Tlaxcala nunca fue ocupada por los aztecas siendo un decisivo aliado de los hispanos en su conquista de Mxico [33].

Desde la mitad del siglo XV e l principal motor de esta expansin mexica fue una serie de desastres naturales y aos de malas cosechas, que causaron hambrunas como la de 1450, que dur cuatro aos-- y obligaron a los mexicas a emprender campaas para someter a las vecinas regiones productoras. En este sentido, el principal objetivo fue la frtil regin agrcola de Chalco, cuya conquista dar lugar a una larga campaa no acabada sino hasta 1456. Lo que nos da una slida idea de la tenacidad del pueblo de Chalco en defensa de su independencia. La pujante ciudad de Tlatelolco slo fue ocupada hacia 1473 no sin una tenaz resistencia por parte de los tlatelolcas, mujeres incluidas. En sntesis: La mayora de las campaas fueron realizadas a instancias de los comerciantes, quienes deseaban acceder a nuevas regiones productivas para adquirir bienes y materiales que, una vez transportados hasta Tenochtitlan, les reportaban cuantiosos beneficios. Igualmente beneficiados con las conquistas resultaron sus parientes, quienes fueron instalados por el soberano como gobernantes de los territorios y ciudades sometidas [34]. Los chichimeca resistieron a los espaoles en un una guerra de conquista sin fin [35]: mientras los aztecas fueron vencidos en tres aos el pueblo chichimeco se mantuvo libre en gran parte de sus tierras durante siglos.

En las Antillas, antes de la invasin hispana: Los callinagos posean una utoconciencia tnica expresa y estable que los opona a los habitantes de las Antillas Mayores y a los arahuacas continentales y los una con los galibis de habla caribe (...) El mecanismo del mantenimiento del etnos de los callinagos dispersos por las Antillas Menores, es bastante claro. Quiz su factor ms esencial hayan sido guerras exteriores [36]. Los choques entre pueblos precolombinos del rea arruinaron el proyecto de los quichs de crear un imperio tan poderoso como el azteca, ya que los cakchiqueles ayudaron a los espaoles a derrotarlos [37]. Al sur, antes de la invasin espaola, grupos guaranes atacaron al Inca en el altiplano resistiendo todos sus ataques para expulsarlos. En un principio se llevaron bien con los espaoles porque eran enemigos de sus enemigos, pero las nuevas formas de vida trajeron la dominacin, la explotacin y el rgimen de encomienda debido a lo cual se sublevaron algunas tribus guaranes [38].

Cuando Coln decidi volver a Espaa para preparar una segunda invasin dej 40 soldados en el Fuerte Navidad:

Ordena a sus hombres que durante la estancia busquen oro y lo guarden bien. Estos cumplen escrupulosamente con la orden, saqueando y humillando a los nativos y forzndoles a decir dnde se halla el ansiado metal. Los colonos desconocen a quienes tienen enfrente, menosprecian su color, su apego a la naturaleza y el vivir al da, sin atesorar para maana. La guarnicin se comport de forma abusiva con los indgenas, especialmente con las mujeres, lo cual motiv una furiosa reaccin de caciques vecinos, encabezados por Canoabo; stos incendiaron el fuerte y mataron a los espaoles que all haba. [...] Canoabo ser el primer gran conductor de la resistencia tana hasta su apresamiento y muerte: luego su mujer, Anacaona, contina la lucha hasta que, engaada por el gobernador Ovando, ser quemada viva junto a otros caciques [39].

Espaa choc con los nmadas picaches del Norte de Chile, los puelches en el centro y en el Sur los huiliches. Ninguno conoca la escritura, lo que confirma el mrito de los araucanos, integrados en los puelches, que siempre resistieron al Inca. Un pueblo de cultura oral dispuso de brillantes jefes militares entre los que destac Lautaro, que venci en la batalla del ro Biobo en 1553 a los espaoles y algunos indios aliados, apresando a Pedro de Valdivia, gobernador de Chile. Antes de comrselo lo tuvieron vivo durante tres das: le echaron tierra mezclada con polvo de oro en la boca y lo baquetearon como a un arcabuz, para que se hartara de aquello que con tanta inmisericordia buscaban los llegados desde allende los mares [40]. Espaa no pudo desplazar a los araucanos hasta que multiplic la poblacin blanca y dispuso de las armas de nima rayada, los navos de casco metlico y grandes carros de llanta de acero [41].

En 1586 llegaron los primeros jesuitas y 1609 el cacique guaran Arapisand les pidi ayuda para cristianizar y reducir a su propio pueblo [42]. Bien pronto las encomiendas se hicieron muy rentables, lo que suscit la envidia de portugueses, espaoles y traficantes de esclavos, quienes entre 1612 y 1638 esclavizaron unos 300.000 indgenas [43]. Los jesuitas formaron un ejrcito guaran derrotando a los portugueses en Mboror en 1641. Durante los sangrientos ocho das de guerra, los guaranes estuvieron dirigidos por un compatriota: Nicols eenquiru [44]. Las encomiendas explotaban a indios, mestizos y europeos, los conocidos chacreros que se oponan al poder jesuita y empezaban a tener una protoconciencia base del movimiento comunero del Paraguay con su primera resistencia en 1644 y 1650 [45]. Esta lucha fue una de las razones, adems de los ataques portugueses, por la que los jesuitas unieron su ejrcito al de los ocupantes espaoles para aplastar sucesivas sublevaciones indgenas y comuneras en el primer tercio del siglo XVIII [46].

La poltica educativa espaola fue un eficaz mtodo de desnacionalizacin e imposicin de una identidad sumisa implementando, como mnimo, tres tcticas: Una, se ocultaban sus objetivos ltimos, o sea, borrar la identidad propia e imponer la extranjera de tal modo que no se conociera este objetivo estratgico. Dos, obtener el apoyo e implicacin de los caciques como garanta del proceso, pues los indios desconfiaban inmediatamente de todos los espaoles y de sus promesas, pero no de sus lites, grupos y castas dominantes. Y tres, se recurra a regalos, premios, dinero y otras ganancias inmediatas para mostrar cuantas cosas se podan obtener aceptando la cultura espaola [47].

La Inquisicin era especialmente inhumana cuando estos mtodos fallaban porque: En 1700 los ingresos que provenan de la riqueza de la Iglesia catlica en el Nuevo Mundo mantenan a la institucin catlica en Espaa. Portugal e Italia [48]. La Iglesia no poda permitir que mermara la cuanta del expolio. La conquista de Mxico fue una cruzada religiosa [49] que hasta 1540 quemaba vivos a quienes se resistieran a la cristianizacin, salvajismo que no acab con la visin religioso-identitaria de los vencidos. Entonces la Iglesia opt por subsumir parte de la identidad tnico-religiosa mexica en la nueva identidad invasora, construyendo baslicas e iglesias sobre templos paganos, integrando dioses y diosas en el catolicismo, creando milagros y apariciones de santos y vrgenes, como la de Guadalupe [50].

Aun as, los jesuitas pidieron en 1738-39 al rey de Portugal que declarase la Guerra Justa a la etnia mura, asentada en la cuenca del ro Madeira en la Amazona brasilea, para cristianizarlos. Los nativos resistieron y todava eran paganos en 1755 siendo reprimidos an con mayor dureza. La Iglesia y el Estado dijeron en 1786 que la etnia mura se haba evangelizado, pero muchos relatos de la poca sugieren que los conversos fueron una minora de toda la etnia [51]. Por no alargarnos concluimos en 1902 en Sonora con la ensima rebelin [52] de los yaquis, a los que Mxico slo se pudo aplastar deportando a los supervivientes por tierras lejanas.

3.- MECANICA DE LO NACIONAL

Cmo interpretar estas prcticas de muchas comunidades humanas? Durante casi un siglo el mtodo oficial ha sido la dogmtica establecida por Stalin: Nacin es una comunidad humana estable, histricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida econmica y de psicologa, manifestada sta en la comunidad de cultura [] Slo la presencia conjunta de todos los rasgos distintivos forma una nacin [53]. Una curiosidad de la obra de Stalin radica en que fue la primera en apareci la palabra marxismo en su ttulo. Hasta el ao de su publicacin, en 1913, ninguna obra de autores marxistas o no marxistas, lo haba hecho, de forma que Stalin termin atribuyndose de este modo, por anticipado, una etiqueta de autenticidad [54].

El texto de Stalin pas prcticamente desapercibido hasta que control el poder a finales de los 20. Hasta entonces haba mucha libertad de pensamiento: en 1919 en el texto oficial de formacin bolchevique se escribi: Las enemistades nacionales provienen de una poca muy antigua. Hubo un tiempo en el que las diferentes tribus no se contentaban con luchar entre s, sino que, adems, los hombres de una tribu se coman a los de la otra. Los restos de esta brutal enemistad y desconfianza entre nacin y nacin, entre raza y raza, continan existiendo entre los obreros y campesinos de todos los pases [55]. Lo mismo que haca Lenin en 1900 con el concepto de pueblo trabajador [56], pueblo, clase obrera, masas trabajadoras, etc., aqu nacin, tribu y raza se emplean indistintamente, nada que ver con el dogma de Stalin. El libro fue retirado a finales de los 20 y sus autores asesinados en las purgas de los 30.

Segn nuestros datos, Lenin cit a Stalin slo una vez en sus abundantes escritos e intervenciones sobre la cuestin nacional, y a finales de 1913 [57], antes de que se agudizase la importancia de la cuestin nacional en agosto de 1914 y tras octubre de 1917. M. Lwy expone cinco puntos incluso contradictorios entre ambos: uno, Lenin rechaza el concepto de carcter nacional por psicologicista; dos, la cudruple exigencia de Stalin da a su teora un carcter dogmtico, restrictivo y rgido que no se encuentra para nada en Lenin ; tres, Lenin defiende las asociaciones voluntarias y libres de las nacionalidades que lo quieran dentro de un Estado, mientras que Stalin negaba esta posibilidad, por ejemplo, a los alemanes del Bltico con los de la Transcaucasia; cuatro, Stalin no hace ninguna diferencia entre nacionalismo opresor y nacionalismo oprimido; y cinco, Lenin diriga personalmente sus ataques ms punzantes contra aquellos que capitulaban de manera consciente o inconsciente, directa o indirecta, frente al nacionalismo chauvinista gran ruso [58].

H. B. Davis dedica un poco ms de tres pgina a Stalin, indicando cmo adquiri categora de libro de texto aadiendo lapidariamente: Honor que apenas merece [59]. A Lenin dedica treinta y cuatro apretadas pginas mostrando cmo super en muchas cosas a Marx y Engels, en ninguna de ellas cita la obra de Stalin y slo habla una vez de ste para decir que: Lenin castig sin misericordia a Stalin en un documento que no se public hasta 1956, tres aos despus de la muerte de Stalin [60], y dedica media pgina a citar algunos prrafos de dicho documento. Por su parte H. C. dEncausse se pregunta:

Los esfuerzos tericos de Stalin recibieron la adhesin de Lenin como durante tres dcadas ha pretendido hacer creer toda la escuela stalinista? No lo parece. Si bien en un principio Lenin haba esperado mucho de este artculo (...) se mostr despus mucho ms reservado en la apreciacin del trabajo realizado por Stalin. Aunque no se encuentren comentarios directos del artculo, aparecen en sus obras opiniones contrarias a las de Stalin. El propio Lenin publica en Prosvechtchenie las Notas crticas sobre la cuestin nacional donde cita una sola vez el trabajo de Stalin y slo para remitir al lector a un texto austriaco citado por l. Y lo ms grave es que, en su artculo, Lenin no intenta en absoluto elaborar una teora de la nacin y cuando se refiere a algunas teoras de la nacin cita la de Bauer-Renner y la de Kautsky. En el fondo, an sin moverse nunca de un plano tctico, Lenin se opone en varias ocasiones a ideas defendidas por Stalin en algunos puntos precisos, ignorando al mismo tiempo su teora general [61].

C. Barros sostiene que Stalin utiliza el mtodo descriptivo que Engels haba rechazado. Adems, El concepto condiciones de produccin est ausente de los anlisis de Bauer y de Stalin, concepto que debemos en Borojov y que es bsico para entender la cuestin nacional. Antes de seguir con la crtica a Stalin conviene detenernos en el vital concepto de condiciones de produccin:

Las condiciones de produccin se dividen tambin en materiales y espirituales. Las materiales son el territorio y todas las creaciones culturales y materiales del hombre. De aqu se deduce que las condiciones materiales son en parte naturales, y en parte histricas que se crearon durante el proceso productivo, como los puertos, acueductos, ferrocarriles, etc. Dentro de las condiciones espirituales se incluyen: idioma, carcter, costumbres, usos, comprensin del mundo. La compresin del mundo, como condicin de produccin comn, no tiene aqu el significado de una ideologa particular la cual necesariamente es expresin de una clase necesaria--, sino el de ese conjunto de sutiles matices de pensamiento y formas de expresin que forman parte de la cultura y de la idiosincrasia nacionales: Entre los representantes del capital y del trabajo existe un fuerte vnculo tcnico de lenguaje, y tambin una parte de similitud, en cierta medida, en la ideologa; a pesar de que existe un antagonismo profundo entre la ideologa del patrn y la ideologa del obrero (Borojov) [62].

Este enmaraamiento entre lo objetivo y lo subjetivo exige de la fluidez dialctica slo pensable en su interior e inaccesible para las categoras descriptivas exteriores al problema. La diferencia entre Stalin y Engels y Marx es la siguiente:

Las categoras fluidas de Engels (oposicin a las categoras fijas), en las que un pueblo est contenido en otro, convirtindose en l al llegar a cierto punto las contradicciones progresivas; viene de la lgica hegeliana y son indispensables para entender lo que estamos diciendo sobre la nacin. Interior/exterior, forma/contenido, mediacin/inmediacin, objetivo/subjetivo, etctera, son dicotomas que supone: 1 un punto de referencia, por lo normal implcito, que deciden de primeras, ya que una cosa pueden ser tesis o anttesis segn el punto de observacin; 2 momento dialctico -"principio de todo movimiento, vida y actividad"- el trnsito de un pueblo a su contrario. Un buen ejemplo tenemos, en el apartado acerca de la "liberacin de Irlanda", en la transformacin de las condiciones objetivas de existencia nacional en subjetivas (fenianismo), por motivo del cambio en el contenido econmico de la dominacin inglesa , en la tentativa poltica de transformacin de las condiciones subjetivas de existencia nacional (fenianismo) en objetivas por la va de la lucha por la imposicin de determinadas condiciones de liberacin nacional (reforma agraria, independencia nacional, etctera). La problemtica objetivo/subjetivo est muy presente en la obra de Marx y Engels con esta formulacin y en relacin con otras: teora/practica, necesidad /libertad, etc. [63].

Lo nacional preocup siempre a Lenin, aunque con mayor o menos intensidad segn los momentos. Un ejemplo lo tenemos en el Congreso de Bak de 1920 en el que se exploraron cuestiones que ahora empezamos a valorar, como la adecuacin de lo universal del marxismo a las particularidades y singularidades de cada nacin, rompiendo con el eurocentrismo [64]. Todava en ese tiempo Lenin y el partido en su conjunto no eran muy conscientes de que ya empezaba a imponerse en nacionalismo gran-ruso sobre los derechos nacionales de los pueblos. La tendencia hacia el Estado Sovitico nico aparece expresada por Stalin en octubre de 1920 al exponer la relacin entre el Estado Sovitico nico y las autonomas regionales. Stalin critica a la corriente bolchevique que interpreta la autonoma sovitica, como un mal pasajero que hay que tolerar debido a determinadas circunstancias, pero que debe ser combatido, para suprimirlo con el tiempo [65], pero su denuncia no tiene la contundencia terica y poltica de los planteamientos de Lenin sobre el derecho de autodeterminacin desde 1913.

La recuperacin interna del nacionalismo gran-ruso interpretado desde la izquierda tena un impulso en la profunda crisis socioeconmica de la URSS que se agudizaba justo entonces con sublevaciones campesinas, protestas obreras y sobre todo con la insurreccin de Kronstadt en marzo de 1921. La Nueva Poltica Econmica fue un intento desesperado, pero con el tiempo, desde la crisis alimentaria de 1928-1929 y la agudizacin de los conflictos dentro de la burocracia, el Estado responda centralizndose ms y ms. Con el Segundo Plan Quinquenal de 1932 la planificacin acab consistiendo en un conjunto de objeticos impuestos desde arriba, sobre los que no haba debate posible [66]. Hipercentralizacin, nacionalismo gran-ruso y recuperacin del patriarcado [67] se reforzaban mutuamente. Slo un pequeo sector bolchevique tom conciencia del peligro nacionalista gran-ruso desde comienzos de 1922, siendo Lenin su exponente mximo [68].

La deriva nacionalista gran-rusa era parte de la burocratizacin que impeda cada vez ms que se debatiesen las tesis de un Lenin fsicamente ausente por su enfermedad mortal: La intervencin del comunista georgiano P. G. Mdivani, por ejemplo, fue declarada improcedente en el congreso cuando intent leer parte de una carta que Lenin haba escrito en marzo de 1923, que deca que a Lenin le llenan de indignacin la rudeza de Ordzhonikidze y la connivencia de Stalin y Dzerzhinsky y que iba a preparar unas notas y un discurso sobre los derechos de las naciones oprimidas que iba a presentar en el encuentro del partido [69]. Que la cuestin nacional era parte de un debate estratgico se comprueba leyendo a Lenin en su crtica a Stalin [70] pero dentro de la totalidad de sus textos ltimos.

Unido al nacionalismo gran-ruso iba el auge del eurocentrismo que ya haba sido combatido en dos fases por el marxismo: la primera cuando Marx y Engels se percataron desde la mitad de la dcada de 1870 que Esta vez la revolucin empezar en Oriente, que ha sido hasta ahora fortaleza inexpugnable y ejrcito de reserva de la contrarrevolucin [71], y ms concretamente:

Supieron descubrir correctamente el significado del progresivo desplazamiento del ncleo del movimiento socialista revolucionario del centro hacia la periferia del mundo capitalista: no slo no se opusieron, en nombren de alguna ideologa obrerista, a dicho desarrollo, sino que, al contrario, supieron indicar a la totalidad del movimiento los profundos motivos --el desarrollo desigual y la crisis del capitalismo-- que presidan esa histrica evolucin. (...) Marx y Engels reconocieron abiertamente y teorizaron que el desarrollo del movimiento revolucionario sealaba la tendencia de que el campo asediaba las ciudades del capitalismo. Deducan de esta tendencia la certeza de la crisis del capitalismo y la ineluctabilidad de la revolucin socialista. Los hechos posteriores a 1917 han confirmado plenamente su previsin cientfica [72].

La segunda hacia 1920 cuando Lenin afirm : Si el proletariado revolucionario victorioso realiza entre esos pueblos una propaganda sistemtica y los gobiernos soviticos les ayudan con todos los medios a su alcance, es errneo suponer que la fase capitalista de desarrollo sea inevitable para los pueblos atrasados (...) los pases atrasados, con la ayuda del proletariado de las naciones adelantadas, pueden pasar al rgimen sovitico --y, a travs de determinadas etapas de desarrollo, al comunismo-- soslayando en su desenvolvimiento la fase capitalista [73]. Poco antes haba advertido: Entre la burguesa de los pases explotadores y la de las colonias se ha producido cierto acercamiento, debido a lo cual muy a menudo y quiz incluso en la mayora de los casos- la burguesa de los pases oprimidos, pese a prestar su apoyo a los movimientos nacionales, lucha al mismo tiempo de acuerdo con la burguesa imperialista, es decir, al lado de ella, contra todos los movimientos revolucionarios y las clases revolucionarias [74].

Aqu Lenin estudiaba el comportamiento de las burguesas de las naciones oprimidas por el imperialismo, que hacan lo mismo que las burguesas en 1917 y 1918 en el imperio zarista, por ejemplo en Ucrania: El recurso de la Rada al apoyo alemn fue una de las primeras manifestaciones de una tendencia que deba despus reproducirse ampliamente, especialmente durante la guerra civil, en todas las tierras del ex imperio ruso, pero que encontrara no pocas confirmaciones, en los decenios sucesivos, en otras partes del mundo. La burguesa de cada nacin en particular, cuando senta amenazadas sus posiciones de clase, estaba pronta a subordinar las reivindicaciones nacionales a los intereses de la defensa del propio poder. Su poltica nacional era instrumento de su estrategia clasista [75].

Estas lecciones no impidieron que en verano de 1924 el V Congreso de la Internacional Comunista, bastante controlado ya por la burocracia, buscase alianzas con las burguesas de las naciones oprimidas. A los comunistas chinos se les prohibi armar a los obreros, crear soviets y comprometer a los campesinos en la sublevacin para garantizar el bloque de las cuatro clases (obreros, campesinos, pequea burguesa y burguesa nacional) [76]. En 1926 Bujarin desarroll la idea de que la existencia de la URSS era la nueva y decisiva contradiccin mundial que condenaba definitivamente al capitalismo, por lo que su supervivencia pasaba a ser decisiva, es decir, el movimiento revolucionario mundial y las luchas de liberacin deban supeditarse al desarrollo de la URSS [77]. Esta idea fue aplaudida por la burocracia que la impuso en el sexto congreso de la Internacional Comunista en 1928.

Durante ms de dos aos, los comunistas chinos obedecieron a la burguesa que prepar tranquilamente la masacre de abril de 1927 asesinando decenas de miles de personas en Shanghi, Pekn. Nankin y Cantn. El giro de la revolucin hacia Oriente fue desdeado por la burocracia. Los borradores y apuntes el ltimo Marx sobre el potencial revolucionario de las comunas campesinas, sobre el modo de produccin asitico, sobre una historia no lineal ni mecnica [78], estas perspectivas tan prometedoras chocaban con la mentalidad e intereses de la burocracia que tena en Stalin y en su libro de 1913 la excusa justificadora, pero la tesis de Bujarin de 1926 s la explicaba.

El Debate de Leningrado [79] de 1931 impuso el dogma de la sucesin obligada de etapas que toda la humanidad deba transitar, linealidad incompatible con el mtodo de Lenin resumible en Saltos!Saltos!Saltos! [80]. El Debate de Leningrado rendira sus frutos polticos desde 1935 con el frentepopulismo: En la resolucin del sptimo congreso mundial de la internacional comunista en 1935, la igualacin de los intereses de la revolucin mundial con los intereses de la poltica exterior de la Unin Sovitica fue expresamente consumada con todas las consecuencias e implicaciones prcticas del caso [81]. La liquidacin de la IC en 1943 cerraba el crculo.

Pese a todo, Marx y Engels y el potencial de las comunas campesinas y Lenin y la viabilidad de los saltos revolucionarios y de los soviets de campesinos -La idea de organizacin sovitica es sencilla y capaz de ser aplicada no slo a las relaciones proletarias, sino tambin a las relaciones campesinas feudales y semifeudales [82] -, nos abren un universo de reflexiones sobre la carga emancipadora de los pueblos mal llamados atrasados que supera el espacio disponible. Bstenos decir que las similitudes entre la comuna rusa y el ayllu de los Andes, basadas en la propiedad colectiva de la tierra y un aprovechamiento individual de los frutos del trabajo [83] puede ayudar al salto revolucionario sin tener que sufrir la dureza de fases capitalistas, pero eso sera posible si el capitalismo no se habra desarrollado totalmente. De hecho, en los Andes el capitalismo est rompiendo la unidad comunal al enriquecer a una minora y empobrecer a una mayora lo que debilita la solidaridad comunal [84] en beneficio de la expansin capitalista. A la izquierda se le presenta, por tanto, una prioridad urgente: materializar el potencial emancipados de lo nacional-comunal, por llamarlo de algn modo.

Por el contrario, la doctrina mecnica creada por la burocracia ha servido para justificar la supeditacin de los pueblos al Estado socialista negando en la prctica su derecho a la autodeterminacin e independencia. Un ejemplo reciente de cmo el comunismo defiende el nacionalismo imperialista del Estado espaol lo tenemos S. Armesilla, quien sostiene que es reaccionario balcanizar Espaa mediante la defensa del derecho de autodeterminacin de los pueblos desde posturas de izquierdas y revolucionarias [85] ; que pretende demostrar que Espaa s es una nacin en el sentido pleno de la palabra, mientras que no lo son ni Catalunya ni Euskal Herria [86], lo que les permitira argumentar la necesidad de una Repblica Unitaria, Unicameral, Centralista, Presidencialista, Socialista e Internacionalista [87].

4.- DIALECTICA DE LO NACIONAL

La base del dogma nacionalista de Stalin es el rechazo de la teora del concepto aplicada a la opresin de los pueblos. Es la esencia dialctica de esta teora la que le llev a Lenin a huir de toda definicin cerrada de nacin, pueblo, clase, etc. . Pero qu es la teora del concepto? No es una pregunta pedante sino central, polticamente decisiva. Antes de responderla hemos de decir que la incomprensin de la filosofa de Marx tambin favoreci la supremaca del mecanicismo: Cualquier conocedor de la biografa de Marx y Engels sabe que el peso de la filosofa de Hegel es determinante en su obra intelectual. Marx lleg a muchas de sus conclusiones aplicando la lgica hegeliana al mundo social del que fue contemporneo [88]. Tambin aport a Lenin su estudio de la teora del concepto de Hegel [89], lo que le llev a un cambio cualitativo: la transformacin de la guerra imperialista en guerra civil, en su doble dimensin de lucha de liberacin nacional en las colonias por los pueblos oprimidos, y de la revolucin anticapitalista en las metrpolis [] la transformacin de la revolucin democrtico-burguesa en revolucin proletaria [90] como se demostr en Octubre de 1917.

Comprendemos el choque entre el mtodo dialctico y Stalin [91], y la esencia directamente poltica de la teora del concepto, leyendo esto:

La teora del concepto elabora las categoras de la libertad, de la subjetividad, de la razn, la lgica de un movimiento por medio del cual el hombre se hace libre. Sus universales, pese a que son universales del pensamiento, son concretos [...] La doctrina del concepto expresa la determinacin subjetiva del hombre, la necesidad de hacerse dueo de s. Lo que se elabora en las categoras del pensamiento es la historia real de la humanidad. Que el concepto hegeliano de autorrealizacin se subvierta la revolucin en la traduccin de Marx- o no, lo cierto es que tambin para Hegel constituye una constante transformacin de la realidad y del pensamiento, que prepara un nuevo mundo. De ah, que desde el comienzo de la doctrina del concepto, vemos a Hegel tratando constantemente de separar su dialctica de la de Kant [92].

Por esto mismo, Los filsofos no le han perdonado an a Hegel que colocase a la contradiccin en el centro de la realidad [93]. La realidad tiene el epicentro en la contradiccin, que es el movimiento de la unidad y lucha de contrarios; lo que exige al concepto ser flexible, mvil porque lo real se presenta como moviente, mltiple, diverso y contradictorio [94]. O segn Lenin:

Multilateral y universal flexibilidad de los conceptos, una flexibilidad que llega hasta la identidad de los contrarios, tal es la esencia del asunto. Esta flexibilidad, aplicada subjetivamente, = eclecticismo y sofistera. La flexibilidad, aplicada objetivamente, es decir, s refleja la multilateralidad del proceso material y su unidad, es la dialctica, es el reflejo correcto del eterno desarrollo del mundo [95].

Del mismo modo en que La dinmica histrica del capitalismo produce constantemente lo nuevo, al tiempo que reproduce lo idntico [96], lo nacional es el movimiento de la contradiccin entre lo nuevo y lo idntico en su seno. La dinmica capitalista reproduce la compleja contradiccin inserta en el valor: el valor es un concepto complejo, flexible, multiforme, que expresa la diversidad de los aspectos de la realidad misma. Para desarrollar un concepto multiforme y complejo que exprese la rica multifactica del objeto estudiado hay que aplicar un mtodo con la libertad de movimiento suficiente para seguir las interacciones, contradictorias o no, antagnicas o no, entre las partes del objeto [97]. Es imposible descubrir la riqueza multifactica de lo nuevo y lo idntico en los pueblos desde el mecanicismo dogmtico estalinista porque el eterno desarrollo de lo nacional obliga al pensamiento a un movimiento permanente entre lo viejo, lo nuevo y lo idntico, algo imposible de realizar para la lgica formal, deductiva:

Los conceptos, al expresar las nuevas realidades, se enfrentan con un grave obstculo: o son trminos ya existentes y en este caso estn ligados a realidades viejas, o son trminos nuevos acuados expresamente; pero, si es as, hay que explicarlos recurriendo al lenguaje corriente, igualmente viejo (...) El estudio de entidades emergentes requiere de una lgica no deductiva; requiere una lgica dialctica en la cual las partes son comprendidas desde el punto de vista del todo. En este proceso, el significado de las partes o componentes est determinado por el conocimiento previo del todo, mientras que nuestro conocimiento del todo es corregido continuamente y profundizado por el crecimiento de nuestro conocimiento de los componentes. La lgica dialctica supera la causacin lineal, unidireccional, explicando los sistemas auto-correctivos, de retro-alimentacin y pro-alimentacin, los circuitos recurrentes y aun ciertas argumentaciones que parecieran ser circulares [98].

Alexandre Gutmanova advierte que a veces no se pueden establecer divisiones precisas, por cuanto todo se desarrolla, modifica, etc. Toda clasificacin es relativa, aproximativa, y revela de forma sucinta las concatenaciones entre los objetos clasificados. Existen formas transitorias intermedias que es difcil catalogar en un grupo determinado. Semejante grupo transitorio a veces constituye un grupo (especie) autnomo [99]. Y luego: La evolucin de todo conocimiento, incluida la lgica, se revela en que es imposible meter toda la lgica del pensamiento humano en un solo sistema acabado [100]. La dialctica entre el uso vulgar de un concepto en comparacin a su empleo tpico ha dado paso a la lgica borrosa que, segn M. Hernando Calvio: opera con conceptos aparentemente vagos o subjetivos, pero que en realidad contienen mucha informacin [101].

La lucha nacional es una de las formas de la lucha de clases ms labernticas y complejas pero al mismo tiempo de extrema significacin [102] porque frecuentemente resulta de la sinergia de contradicciones tnicas, religiosas y territoriales dentro de un marco identitario [103]. Sin citar en absoluto a Stalin y a su mtodo, S. Kaltajchian desafa a la lgica formal as: Slo el anlisis dialctico-materialista es apto para demostrar, de un lado, por qu no puede hacerse pasar por su unidad la comunidad nacional de las clases antagnicas, y, de otro, por qu estando escindidas en clases antagnicas, la nacin no deja de existir y, por el contrario, es una comunidad estable [104]

Resolver este aparente galimatas exige un relativismo conceptual flexible y a la vez concreto porque cada fenmeno posee muchos vnculos e interacciones con otros fenmenos y donde la interaccin condiciona que aparezcan ora unos rasgos, propiedades y aspectos de las cosas, ora otros. Por esto tampoco puede la ciencia operar a base de un simple esquema: o verdad o error. Las cambiantes propiedades de las cosas exigen del concepto de verdad una flexibilidad y un carcter concretos mximos, pues tambin el concepto de verdad es relativo: lo verdadero en determinado tiempo y en cierta conexin, se convierte en error en otro tiempo y en una conexin distinta [105].

Marx y Engels, tambin Lenin y [email protected] marxistas, eran conscientes de la dura exigencia metodolgica de la teora del concepto que rechaza hacer una teora mecnica al estilo estalinista. Esto se aprecia ntidamente en Marx, segn S. F. Bloom:

Slo muy incidentalmente Marx fue un terico de la nacionalidad o de la raza. Nunca intent definiciones de la raza o de la nacionalidad que las distinguieran de otros agregados de los hombres. Empleaba trminos como nacional y nacin con considerable vaguedad. A veces nacin era un sinnimo de pas; a veces de esa entidad diferente que es el estado. Ocasionalmente como nacin designaba a la clase dominante de un pas (...) Si Marx se interes slo indirectamente por las teoras de la nacionalidad, se interes muy de cerca por el carcter y los problemas de naciones modernas especficas (...) As vista y as limitada, nacin -en el sentido empleado por Marx- puede caracterizarse como una sociedad individual que funciona con un grado considerable de autonoma, integracin y autoconciencia [106].

Marx tampoco da una definicin exhausta de pueblo como indica Isabelle Garo:

Marx desconfa claramente de toda concepcin orgnica del pueblo, retoma el trmino en varias ocasiones y, en particular, para pensar las luchas nacionales de su tiempo, cuando stas intentan conquistar la independencia contra las potencias colonizadoras. Lo utiliza igualmente para designar las especificidades nacionales, que caracterizan las relaciones de fuerzas sociales y polticas siempre singulares y que, en su opinin, hay que seguir analizando en tal marco nacional. En fin, el trmino de pueblo designa un cierto tipo de alianza de clases en el marco de conflictos sociales y polticos de gran amplitud [107].

La autora estudia las relaciones entre pueblo, proletariado y liberacin nacional diciendo que: Si el trmino pueblo no se convierte, sin embargo, en ocasin de una teorizacin separada, no desaparece del vocabulario marxiano porque solo l permite comprender los movimientos de independencia nacional en tanto que luchas tambin portadoras de universalidad, y esto ms all incluso de su componente proletaria. Este es por supuesto el caso cuando se producen las luchas campesinas contra una potencia colonial [108].

Tambin que: el proletariado no es una categora sociolgica estable, an menos el nombre de un sujeto unificado de la historia, sino una construccin dinmica, siempre definida por su antagonismo con ciertas clases y sus alianzas con otras clases sociales. Este antagonismo tanto como estas alianzas hay que concebirlas ante todo como construcciones polticas, segn una perspectiva estratgica [109]; y esta plasticidad de la nocin, la categora de pueblo se mantiene, con el objetivo de pensar el carcter siempre nacional de tal construccin. Sin embargo, el pueblo no es jams tampoco una entidad sustanciada o fijada. Es, pues, claramente la dialctica proletariado-pueblo, sometida al examen preciso de lo que es en cada situacin histrica, lo que da sentido, es decir abre (o cierra) perspectivas polticas de emancipacin que, por su parte, apuntan claramente, a fin de cuentas, a la humanidad entera [110].

La efectividad de este mtodo tan gil aparece manifiestamente cuando Marx -o Engels- escribe esas verdaderas obras maestras de lo que podemos definir como historia global en accin. Tiene razn D. Bensad cuando sostiene que:

Desde el punto de vista de Marx no existe dificultad alguna en reconocer la existencia de conflictos no directamente reductibles a la lucha de clases. Sus anlisis polticos o histricos concretos estn llenos de antagonismos que se relacionan de manera mediata con las clases fundamentales. Admitida esta autonoma relativa, el verdadero problema consiste en dilucidar las mediaciones y articulaciones especficas de las diferentes contradicciones. Semejante trabajo no debera culminar en el nivel de abstraccin del que derivan las relaciones de produccin en general. Se juega en el nudo de la formacin social, en las luchas concretas, en una palabra, en el juego de desplazamientos y condensaciones donde el conflicto encuentra su verdadera expresin poltica. En este nivel, intervienen no solamente las relaciones de clase, sino tambin el Estado, las redes institucionales, las representaciones religiosas y jurdicas [111].

Desde una perspectiva ms amplia pero con directas conexiones con la opresin nacional, R. Gallissot lo expresa as:

En Marx y Engels, se diga o no, existen fluctuaciones terminolgicas: es que, bajo las mismas palabras, los objetos hacia los que se apunta no son los mismos: la frmula se relaciona, sea con la sociedad capitalista en sus fundamentos generales, sea con sociedades particulares en el seno del capitalismo, sea solamente con la combinacin de las relaciones de clase y de fuerzas polticas en una sociedad dada [...] No hay escndalo alguno en reconocer que, continuamente en Marx y Engels, hay encabalgamiento de vocabulario y de sentido, interferencia entre el uso vulgar (el modo de produccin es la forma de producir la palabra formas se repite), y el empleo tpico [...] subsiste la impresin de que hay usos preferenciales que iran de lo particular a lo general: formas, formaciones, formacin econmica [112].

Marx tambin emplea el encabalgamiento conceptual cuando critica al Estado: Hay ocasiones en las que Marx escribe como si el Estado no fuera ms que un instrumento directo de la clase dominante. En sus escritos de contenido histrico, sin embargo, suele mostrar muchos ms matices. La labor del Estado poltico no es simplemente la de servir a los intereses inmediatos de la clase dirigente: debe actuar tambin para mantener la cohesin social [113]. O sea, en el nivel del modo de produccin en s, cuando Marx debe estudiar al Estado capitalista, centra su foco de atencin en lo gentico-estructural [114], en lo bsico y obligado a todas las formaciones econmico-sociales, es decir, el Estado como pieza clave en general; en el nivel de las sociedades, pases y reas ms especficas, entonces Marx centra el foco de sus investigaciones sobre el Estado en otros matices ms sutiles y precisos que exigen una sofisticacin analtica ms detallista, adaptando este mtodo a las naciones oprimidas.

Al poco de publicarse el Libro I de El Capital, un lector lo la ms rara libertad del mtodo de Marx para moverse entre las contradicciones, virtud que ste atribuy a su mtodo dialctico [115]. S. Garroni ha escrito que: En suma, la totalidad de la que habla Marx, necesariamente, es un objeto desflecado (ausgefranst): si su dialctica permite tematizarlo como un nudo dinmico y no casual de relaciones; su fluidez hace imposible fijarlo, cristalizarlo en una definicin que se pretenda definitiva [116].

No hay que esperar a El Capital para descubrir lo beneficioso de la libertad de movimiento conceptual. Marx desentraa los diferentes nacionalismos en la revolucin de 1848 demostrando que No subestimaba el nacionalismo per se. Raramente se recuerda la principal leccin poltica de los escritos sobre Francia. Sin la menor ambigedad, Marx argumentaba, contra el estereotipo posmarxista, que el nacionalismo marcial era un combustible esencial para la revolucin social, as como una condicin previa para el liderazgo socialista [117]. La libertad de movimiento explica por qu el internacionalismo marxista es concreto y no abstracto [118], porque combate la opresin nacional en su raz concreta.

5.- PRAXIS DE LO NACIONAL

La teora del concepto, que lleva en s la revolucin, niega lo definitivo y esttico porque el movimiento de la totalidad determina que lo nuevo siempre presione sobre lo dado. La tensin creativa identifica al marxismo y anula cualquier definicin cerrada de las luchas de los pueblos. Esto ha sucedido tambin en Nuestra Amrica, en la que el plomizo dogma estalinista ha sido arrinconado por la praxis popular corrigiendo los errores del marxismo [119], como la postura de Marx contra Bolvar [120]. Por ejemplo, las luchas en Cochabamba [121] se comprenden si tambin estudiamos los conflictos sociales antes de la invasin colonial de 1535. Tambin:

La articulacin clase/nacin tiene larga data en Nuestra Amrica. De forma conciente est presente en los orgenes ms remotos del proceso anticolonial e independentista [] Dicha articulacin tambin se manifest de manera ms espontnea: por ejemplo, durante los siglos de resistencia indgena y negra contra el colonialismo. Esa resistencia porta en germen la idea de otra nacin. Una larga historia de rebelda contra la explotacin colonial antecede al proceso independentista: el Negro Miguel, Jos Leonardo Chirino, Caupolicn, Lautaro, Zumb, Tiradentes. Durante la primera invasin inglesa a Buenos Aires, la plebe quera linchar oficiales ingleses (por cierto, Manuela la Tucumana, una mujer del pueblo, mat a un soldado ingls) mientras que la elite portea los invitaba y los agasajaba en sus casonas [122].

La primera invasin inglesa [123] fue en 1806 mostrando la escisin clasista en el interior de Buenos Aires. Pareciera que los pueblos intuyeran ya que el independentismo criollo iba a traicionarles. Sobre las naciones indias, la Independencia consigui que la patria del criollo mirara con consideracin y pena la situacin de las masas indias sin embargo, las razones econmicas de los criollos ligados al sistema de haciendas conducan a que el sometimiento del indio fuese una necesidad [124].

Las resistencias posteriores contra toda forma de opresin, ms el contexto internacional del incipiente auge norteamericano, hicieron que los yanquis respondieran con la Doctrina Monroe de 1823 o Doctrina de tutela de pueblos [125], redactada al final de la ofensiva contra las naciones indias de 1814-1824 quitndoles grandsimas extensiones de tierras mediante el engao, el soborno y la violencia, luego, con la excusa de perseguir a indios y esclavos insurrectos, los EEUU atacaron Florida [126].

Como respuesta Bolvar impuls el Congreso Anfictinico de Panam de 1826 que inici una serie de intentos hasta 1889 fallidos por los sucesivos posicionamientos pro yanquis de las burguesas hispanoamericanas, imponindose la gida norteamericana [127], recurriendo a los mismos mtodos empleados contra las naciones indias: la guerra, el soborno y el engao. Mientras tanto, la articulacin clase/nacin, o clase/raza se confirmaba de nuevo en su expresin ms cruda: la represin en el decenio de 1840 de los libres de color y esclavos, incluidos los domsticos [128], por la conspiracin de la Escalera en Cuba.

Se puede decir que fue Maritegui el primer marxista en recuperar la teora del concepto, aunque con matices que no podemos desarrollar ahora. Para comienzos del decenio de 1920 haba asumido la tesis de que: Despedida de algunos pueblos de Europa, la Libertad parece haber emigrado a los pueblos de Asia y de frica. Renegada por una parte de los hombres blancos, parece haber encontrado nuevos discpulos en los hombres de color [129]. En el lustro siguiente desarroll lo esencia de su aportacin al marxismo latinoamericano lo que le llev a chocar con el mecanismo estalinista dominante. En 1927 explica el valor de la tradicin insistiendo en que la tradicin es heterognea y contradictoria en sus componentes. Para reducirla a un concepto nico, es preciso contentarse con su esencia, renunciando a sus diversas cristalizaciones [130]. Los revolucionarios no deben petrificar la tradicin sino actualizarla con la visin del futuro. En 1928 relaciona la tradicin incaica con el socialismo:

El socialismo no es, ciertamente, una doctrina latinoamericana. Pero ninguna doctrina, ningn sistema contemporneo lo es ni puede serlo. Y el socialismo, aunque haya nacido en Europa, como el capitalismo, no es tampoco especfico ni particularmente europeo. Es un movimiento mundial [] Y los pueblos que ms adelante marchan en el continente son aquellos donde arraigaron mejor y ms pronto. La interdependencia, la solidaridad, de los pueblos y de los continentes, eran sin embargo, en aquel tiempo, mucho menores que en este. El socialismo, en fin, est en la tradicin americana. La ms avanzada organizacin comunista, primitiva que registra la historia, es la inkaica.

No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en Amrica calco y copia. Debe ser creacin heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aqu una misin digna de una generacin nueva [131]

Maritegui no mitificaba al Inka; conoca las contradicciones de la historia y de la tradicin, pero saba que el socialismo sera abstracto, inservible, si no enraizaba en la realidad incluyendo a los indios en el proletariado. Para el estalinismo esto era inasumible porque rompa con el dogma que se haba impuesto en el V Congreso de alianzas con la burguesa nacional: Para la Internacional se trataba, como ya lo anotamos, de luchar por una revolucin democrtico burguesa; para los peruanos, la meta era, con absoluta claridad, una revolucin socialista [132]. Tambin : Maritegui instala una idea que surca la izquierda latinoamericana en su relacin con la cuestin indgena: el tema de la tierra [] La solucin del problema indgena pasa por la tierra, por entregar tierra, por repartir la tierra [133].

Se dice que la tesis de Maritegui era vlida para su tiempo, que su idea no era demasiado desacertada viendo la evolucin posterior pero que las resistencias indgenas se mantuvieron marginales frente a indigenismo ms oficial, integracionista. Pensamos nosotros que la visin de Maritegui es ms actual y necesaria ahora que entonces debido a la agudizacin de la explotacin capitalista [134] porque lo que entenda Maritegui por repartir la tierra es ahora reconquistar la propiedad colectiva en todos sus sentidos. Maritegui es vigente porque cre el marxismo de Nuestra Amrica [135].

Sin alargarnos, tendramos que esperar a la Primera declaracin de La Habana de 1960 que condenaba las agresiones yanquis ejercidas durante ms de un siglo, para una reactivacin de Maritegui. La declaracin elabora una lista de 12 Condenas de otras tantas opresiones e injusticias, otra lista 13 Derechos que hay que conquistar y, por ltimo, postula tres Deberes para obreros, campesinos, intelectuales, negros, indios, jvenes, mujeres, ancianos: luchar por esas reivindicaciones, luchar por la liberacin nacional, y solidarizarse con los pueblos oprimidos [136]. Las Condenas, los Derechos y los Deberes son hoy ms actuales e innegables que hace 58 aos

En 1971 Ly Van Sau, revolucionario de Vietnam del Sur, se reafirmaba en que su pueblo cumpla con el deber nacional [137] de recuperar el derecho a decidir su futuro y de expulsar a un ejrcito invasor de 500.000 soldados. La gran leccin que daba el pueblo Vietnamita al mundo era que, gracias a su herosmo, el superhombre yanqui haba perdido sus poderes. Que la nacin est dividida en dos por la lucha de clases se comprob otra vez en Caracas el 19 de abril de 1972, da de la Independencia, cuando estudiantes sufrieron una brutal represin [138] policial: las dos Venezuelas, la popular y la burguesa, peleando por dos modelos inconciliables de nacin. En 1980, Maurice Bishop, ministro del Gobierno Revolucionario del Pueblo de Granada, explic que son las luchas de liberacin nacional las que hacen temblar al imperialismo [139]. Como sabemos, en octubre de 1983 los EEUU invadieron el pas con una aplastante superioridad de medios, lo que no impidi la tenaz resistencia popular.

La lucha contra la Doctrina Monroe continu de mil modos y maneras diferentes segn los casos, desde la respuesta a la guerra cultural imperialista hasta la actual defensa a ultranza de la independencia de Venezuela, Cuba y tantos otros pueblos. El imperialismo ha respondido con una nueva forma de agresin desde el golpe de 2002 contra Chvez o el de 2009 contra Honduras [140] llamados eufemsticamente golpes blandos [141], y ms recientemente golpes judiciales [142]. El imperialismo sabe que las clases y naciones explotadas, las mujeres oprimidas, las masas expoliadas no se rinden. Ms an, como ya se dijo en 2007:

Se constata la resistencia histrica de los pueblos indgenas y su capacidad de movilizacin y negociacin en defensa de sus territorios, tierras y culturas [] una cultura y organizacin de raz comunitaria y democrtica; en una concepcin ms humanista de la vida y de la conflictividad social (recurdese que persisten y se renuevan formas de solucionar los conflictos bajo principios tradicionales de conciliacin y reparacin de los daos), ms proclive a la preservacin del medio ambiente (la tierra todava recibe ofrendas, mientras la destructividad intrnseca de los modelos basados en la lgica de la ganancia depredan y ponen en riesgo la continuidad de la vida en el planeta); y en unos valores comunitarios todava vivos que buscan renovar y trascender en el campo de la poltica y de la convivencia.

No es una casualidad que el gobierno de los Estados Unidos advierta que para 2020 los pueblos indgenas se habrn convertido en los enemigos nmero uno para los intereses de las grandes transnacionales. La defensa de los derechos colectivos y de estas autonomas es una tarea de la nacin [143].

Rechazamos el idealismo que niega la objetividad de la lucha de clases, proponiendo alternativas que desactivan el potencial revolucionario de lo comn en beneficio del capital [144]; pero valoramos dialcticamente lo que an mantienen de positivo y peligroso para el imperialismo, como se hace en la cita de arriba. Sin duda, es su insercin imparable en el conjunto de la lucha de clases lo que espanta al imperialismo cuando el empobrecimiento golpea ya al 30,7% de la poblacin latinoamericana [145], y va al alza. Es por esto comprensible que suframos un regreso de la Doctrina Monroe [146], si es que alguna vez se fue del todo, vindose el peligro de un retroceso de un siglo [147] en la emancipacin latinoamericana.

6.- RESUMEN

Por su esencia crtica la dialctica del concepto es inaceptable para las ciencias sociales burguesas porque es antagnica con el kantismo en todas sus formas. La opresin nacional es especialmente incomprensible para la sociologa acadmica porque sta no estudia la contradiccin como totalidad mvil sino la quietud como aislamiento. Pierre Vilar, precisando los lmites de la sociologa, de la psicologa, etctera, sostiene que:

El anlisis fenomenolgico del extranjero, el psicoanlisis del patriota, tal vez no son intiles para quien desea interrogar los textos, pero no pueden explicarnos por qu, en tal fecha o en tal lugar, la consciencia de grupo se desvanece o se exalta, se contenta con signos vagos de comunidad o exige por el contrario su soberana, su afirmacin poltica, a veces con las armas en la mano. La capacidad de accin colectiva es, para el historiador, el mejor test, el mejor sociodrama. Y su exigencia cronolgica, la historia alcanza mejor que la sociologa los criterios de origen, de formacin [148].

Qu es la capacidad de accin colectiva? Es la praxis mediante la que la subjetividad confirma que existe como realidad objetiva. Si para el marxismo la clase trabajadora slo existe como sujeto activo, autoconsciente, en la medida en que avanza de su lucha defensiva salarial, a su lucha ofensiva poltica para destruir el capitalismo, otro tanto sucede con los pueblos oprimidos: existen en la medida en que luchan, no importa tanto cmo se les denomine, sino qu hacen. Esta respuesta tambin nos la han dado S. F. Bloom e Isabelle Garo.

Por accin colectiva P. Vilar no entiende slo la violencia defensiva sino la prctica social en la que actan tambin las formas de cocinar, amar, convivir, y sobre todo la lengua, ya que: aparte de su valor caracterizador, puede aportar, al menos, tres niveles de continuidad: el temporal histrico, generalmente plurisecular; el espacial, que trasciende a veces compartimentaciones geogrficas o polticas, y el social, por el que el curso social puede gozar de una cohesin etno-cultural por encima de las clases y frente a otras comunidades etno-lingsticas [149]. La continuidad es la base de lo nacional porque confirma la existencia de las estructuras mentales de larga duracin [150]. Un ejemplo es la lucha mapuche por recuperar su lengua [151].

Desde el materialismo histrico la cultura es el modo como se organiza la utilizacin de los valores de uso [152]. Como valor de uso, necesita conocer lo cualitativo mediante el lenguaje que es un movimiento dialctico: necesidad de comunicacin y comunicacin de necesidades [153]. Por tanto, segn Marx: El lenguaje mismo es tan producto de una comunidad como, en otro sentido, lo es la existencia de la comunidad misma. Es, por as decirlo, el ser comunal que habla por s mismo [154]. Pero el lenguaje tambin es corporal:

Un hito importante de este proceso evolutivo fue la invencin del canto y la danza, porque cuando los grupos humanos flexionan sus grandes msculos y se mantienen juntos movindose y voceando rtmicamente despiertan una clida sensacin de solidaridad emocional que hace que la cooperacin y el apoyo mutuos en situaciones de peligro sean mucho ms firmes que antes [155].

Gastronoma, arte amatorio, cultura y arte, lengua tambin deporte porque es una prctica que expresa la explotacin de sexo-gnero [156] y de clase en lo nacional y la naturaleza ldica de nuestra especie, como es el caso del bisbol en la formacin del nacionalismo cubano [157], por citar un solo ejemplo. Cada modo de produccin da un contenido a estas prcticas por ejemplo, la diferencia entre juego precapitalista creador de cultura [158] y la industria del deporte capitalista creadora de beneficio-, pero existe una conexin profunda que, segn los casos, puede plasmarse en luchas internas y/o externas. Todas las sociedades tienen constantes que identifican la antropogenia y que en casos extremos les impulsan a la rebelin porque El vnculo hombre-tierra viene dado por ser esta la base de la subsistencia individual y comunal y por la fuerza de la tradicin de haber sido el territorio de sus ancestros, entregado a ellos personalmente por los respectivos hroes culturales mticos [159].

A. D. Smith utiliza el trmino nacionalismo como concepto flexible e incluyente : es la resistencia colectiva a la dominacin extranjera lo que le permite demostrar que hititas, hurrios, persas, medos, fenicios, escitas, urartios, arameos, eramitas, kasitas, nubios, etc., eran pueblos con especificidad cultural y contigidad territorial, y ms an, que la guerra de Adad-Nirari (911-891 a.C) contra los enemigos de Asiria era una guerra de liberacin nacional [160], e incluye la cultura y en territorio [161] en la identidad nacional precapitalista. Con sus contradicciones, la memoria colectiva refleja y refuerza esas experiencias, como se aprecia en el discurso funerario de Pericles [162] de hace 2500 aos. No es de extraar, entonces, que los imperios conocieran la relacin entre identidad y defensa:

La mayora de las naciones del imperio haca tiempo que haban dejado de proporcionar instruccin militar a sus jvenes, de acuerdo con la poltica persa. Tras la conquista de Lidia, por ejemplo, se anul cualquier tipo de instruccin militar, y en muy poco tiempo los lidios perdieron todo espritu de revuelta. Incluso en el caso de querer resistirse al imperio no hubieran sabido cmo hacerlo. As pues, la mayora de los mercenarios tendan a reclutarse de naciones que todava permanecan libres. En la antigedad esta palabra se poda usar casi como sinnimo de cualquier sociedad que proporcionara alguna forma de instruccin militar organizada a su juventud [163].

Recordemos que las armas eran el smbolo de la libertad y la independencia como individuo y como integrante del grupo [164], de la comunidad. Las sublevaciones en Grecia a partir de -371 hicieron que en -338 la Liga de Corinto dirigida por Filipo de Macedonia decida acabar con las revueltas siendo el primer tratado entre griegos con esta finalidad represiva [165] y posiblemente el primer plan de coordinacin interestatal de las represiones. Los muy militantes [166] zelotes de Judea mantuvieron una guerrilla nacional contra Roma del -6 al +66 que oblig al imperio a aplicar toda su fuerza. Roma cre el proverbio Quoi servi, tot hostes (Todos los esclavos son enemigos) [167], obligando al vendedor de esclavos a informar al comprador del origen nacional del esclavo porque saban que ciertos pueblos se resignaban menos que otros a las cadenas, buscando matar al amo, huir o sublevarse siempre que podan.

La dialctica entre lo idntico y lo nuevo en varios modos de produccin la vemos en que Los esclavos romanos contaban con una ventaja decisiva sobre los esclavos negros americanos: no tenan marcas distintivas externas. Los intentos de hacerles usar una ropa especial fracasaron por el temor a que ellos mismos se dieran cuenta del poder que les daba su nmero (Sneca, De clementia, 1.24) [168]. Pero en ambos casos, la opresin nacional y de sexo-gnero era la misma en lo referente a evitar que esclavos y esclavas pudieran armarse. El monopolio de la violencia no se aplicaba slo sobre la opresin nacional sino tambin sobre la de clase, como lo demuestra la condena de excomunin a quien usase la ballesta:

Era un arma barata pero poderosa [] podan atravesar las cotas de mayas y as acabar con la superioridad absoluta de las clases guerreras formadas por los ms ricos y poderosos. Naturalmente, a estos ltimos les interesaba impedir que se extendiese el uso de esa arma, pues su divulgacin entre los miembros de las clases inferiores podra poner fin al dominio del caballero medieval. Este miedo queda reflejado en una bula papal de 1139, en la que se insta a los fieles a no usar esta terrible arma contra otros cristianos, sino nicamente contra el turco infiel. Aunque expuesta en trminos religiosos, resulta claro que el propsito de esta bula era impedir que se alterase el orden existente en la sociedad [169].

Al margen de los modos de produccin, la explotacin exige la destruccin de las propiedades colectivas, comunales, lo que supone la aniquilacin del decisivo entronque colectivo en la tierra y el entorno social: La defensa de recursos territoriales ha hecho, en estos casos, ms fcil la etnognesis [170], lo que hace comprensibles los resurgimientos indgenas [171] tras el hundimiento de los imperios y el despertar de las nacionalidades alrededor del ao 1000 en respuesta a las opresiones practicadas por el imperialismo carolingio y detenindose en el caso de Aquitania cita las palabras de J. Dhondt: sus pueblos, vctimas de las rapias y atrocidades de los francos desde el siglo VI, acostumbrados a una relativa autonoma, dieron prueba en la era carolingia de un sentimiento de comunidad, que se tradujo en un autntico poder de resistencia a la dominacin extranjera [172].

Otros autores precisan que: La guerra no es el origen de la nacin, pero s su catalizador [173]. Y segn Maquiavelo: Los suizos son muy libres porque disponen de armas propias , frase integrada en un largo anlisis que no podemos citar aqu [174] porque en los siglos XVI-XVII: Las guerras irritaron el orgullo nacional [175]. O La identidad religiosa o nacional se forma tambin, o en todo caso se consolida, en el seno de un conflicto, de una oposicin. El otro, y con un mayor motivo el adversario o el enemigo, crea la identidad [176].

Entre 1848 y 1914 se intensific la dialctica entre nacionalismo e imperialismo, sobre todo en Europa [177], pero a escala mundial ocurri que: la utilizacin de la deuda externa como arma de dominacin ha jugado un rol fundamental en la poltica de las principales potencias capitalistas a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en relacin con aquellas potencias de segundo orden que habran podido pretender acceder al rol de potencias capitalistas [178]. Rusia, China y Turqua cayeron en crisis irresolubles cuando los altos impuestos para pagar la deuda aceleraron dos revoluciones sociales en Rusia y China y la revolucin poltica turca, todas ellas con vitales contenidos nacionales. Desde 1820 la deuda ha martirizado a Nuestra Amrica pero, con altibajos, muchos pases resistieron a las exigencias estadounidenses y del capital financiero mundial, logrando aminorar los costos del pago aunque desde la dcada de 1980 [179], a raz de la ofensiva neoliberal y del Consenso de Washington, las exigencias imperialistas se han vuelto insoportables, motivando en parte la oleada de luchas nacionales posteriores.

La deuda ha sido una de las detonantes en las dos grandes crisis mundiales que acabaron en dos correspondientes guerras mundiales, pero desde la dcada de 1980 se ha disparado el uso que el imperialismo hace de ella como, entre otras cosas, arma de opresin nacional y de esclavizacin generalizada [180]. Las burguesas se van endeudando cada vez ms, cargando sus desastres sobre las clases y naciones explotadas. La deuda importa [181] porque multiplica la inestabilidad crnica del capitalismo. Otras causas que no detallamos aqu hacen que exista una guerra permanente por la expropiacin de los recursos cada vez ms escasos: en 2017 el 40% de los conflictos responder a la explotacin de los recursos de gran valor [182].

La independencia nacional burguesa prctica no existe porque existe la dictadura del capital. La nacin es slo la forma del Estado burgus como su medio poltico. Por tanto Si es posible que difieran capital y nacin es cuestin de la lucha propiamente clasista [] en el capitalismo lo concreto lo entrega el mercado mundial, el capital mundial, no la nacin [183]. La lucha clasista logra que la nacin trabajadora sea verdaderamente independiente porque rompe con el capital mundial, para lo cual la lucha por el salario, la jornada de trabajo, etc., debe ser lucha por la destruccin del Estado y la victoria de la nacin proletaria [184], que es la red de relaciones procreatico-culturales garantes del sujeto social proletario y popular en general [185]. La emancipacin sexual y la ecologa como valor de uso para el consumo son contenidos fundamentales del nacionalismo revolucionario proletario [186].

Deuda, expoliacin de recursos, monopolio tecnolgico, guerra permanente, tratados de libre comercio, poder del capital financiero las nuevas formas de explotacin y saqueo abarcan prcticamente la vida entera:

En nuestra presente era, los bienes comunales no pueden entenderse ya en el sentido restringido de bienes agrarios, sino que deben englobar bienes tales como el medio ambiente, el aire puro, los espacios pblicos en la ciudades, el patrimonio histrico o el conocimiento. Pero al igual que durante la era del imperio, los bienes comunales, cuya nica lnea de defensa son miles de iniciativas colectivas locales batindose contra viento y marea sin contacto orgnico entre ellas, siguen siendo fundamentales para poder realizar una convivencia humana donde los otros no queden reducidos al nivel de cosas o enemigos [187].

Trotsky expres exactamente lo mismo cuando arengaba al Ejrcito Rojo poco antes de una decisiva batalla: se trata de saber a quin pertenecern las casas, los palacios, las ciudades, el sol, el cielo: si pertenecern a las gentes del trabajo, a los obreros, a los campesinos, los pobres, o a la burguesa y los terratenientes, los cuales han intentado de nuevo, dominando el Volga y el Ural, dominar al pueblo obrero [188].

La lgica imperialista de opresin nacional presente ya en el Sudn de hace -12000 aos cuando no menos de 59 personas fueron asesinadas salvajemente [189] se ha generalizado hoy da. Grupos, hordas, gens, clanes, tribus, etnias, pueblos, naciones deciden matar y morir en defensa de su propiedad colectiva, comn, comunista, no por gusto sdico o locura asesina sino porque saben que el imperialismo les ha llevado al borde del extermino, que ha exterminado a las naciones que no les han resistido, o lo hicieron sin la decisin radical necesaria.

De entrada, diramos que:

El pobre no tiene patria, ni tierra propia, ni casa, ni ms dinero ni ley que la que el rico le otorga. Da igual si es palestino, mapuche, saharaui, esquimal o miembro de pueblo o nacin que no tenga propio estado. Porque siempre la patria del pobre es y ser dominada por el rico y, como tal, por l legislada, gobernada y administrada. El pobre nunca gobierna en su patria ni en su casa, pues a lo ms que le llega es a habitar en ella al modo como le indica y concede el rico que lo gobierna. Nunca fue el pobre dueo ni siquiera de su casa, pues que quien hace las leyes puede de hoy para maana negarle cuantos derechos la tradicin le otorgaba. Mala gente son los ricos. Mala gente que roba casas, tierras y patrias.

Sin temor a equivocarnos podemos afirmar que en el mundo real el pobre no tiene patria. Tiene, eso s, amor a lo que en su interno fuero siente que es su patria: un conjunto irracional de smbolos y recuerdos, de emocionantes momentos, de tradiciones, de lengua, de costumbres, de signos de identidad reales o imbuidos que lleva siempre consigo, que van all a donde l va. De aqu que suela decirse que el pobre lleva la patria en lo ms hondo del alma, en el propio corazn. Que la lleva a donde vaya, que la siente donde est, ya sea como emigrante o ciudadano de hecho o de derecho. De derecho otorgado, cabe sealar, por los verdaderos dueos de la patria, es decir, por los ricos que all mandan y gobiernan [190]

Y aadiramos de inmediato que el pobre, la explotada, necesita y quiere construir en un primer momento su patria sin capitalistas y sin patriarcado, una patria que sea de las palestinas, mapuches, vascas, saharauis, pero que en otra fase segunda y ltima, definitiva, sea simplemente la patria de la humanidad. Y la historia le ha enseado que La nica alternativa vlida para la liberacin nacional: la revolucin socialista [191].


IAKI GIL DE SAN VICENTE

EUSKAL HERRIA 22 de febrero de 2018

Notas

[1] Engels: Los guerrilleros prusianos. Temas militares. Equipo Editorial. Donostia 1968, pp. 274-279.

[2] Daro Aranda: Por qu contra los mapuches? 27 de enero de 2018 www.lahaine.org

[3] Federico Pita: Macri y su orgullo blanco. 13 de febrero de 2018 www.contrahehemoniaweb.org.ar

[4] Sandra Trafilaf: La nueva ofensiva del Estado contra el pueblo mapuche. 20 de enero de 2018 www.rebelion.org

[5] Juan Gerez: Nacin Mapuche: Por qu contra los mapuches? 30 de agosto de 2017 www.resumenlatinoamericano.org

[6] Llanca Marn: La Matria Mapuche y el patriarcado occidental. 1 de noviembre de 2004 www.rebelion.org

[7] Vase www.extractivismoencolombia.org

[8] Informe OCMAL-CENSAT 2016: Minera, violencia y criminalizacin en Amrica Latina. Dinmicas y tendencias. 20 de marzo de 2017 www.extractivismoencolombia.org

[9] Marcelo Colussi: Latino Amrica, territorio ocupado. 7 de diciembre de 2017 www.rebelion.org

[10] Armando Bartra: La conspiracin de los diferentes (Resea de Elogio de la diversidad de Hctor Daz-Polcanco). Contexto Latinoamericano. Bogot, N 2, enero-marzo de 2007, p. 206.

[11] Paloma Vargas: A 121 aos de la extincin del pueblo selknam. 23 de agosto de 2016 www.laizquierdadiario.es

[12] El guerrero indio Leonard Peltier cumple 43 aos en prisiones de EEUU!! Clamor mundial por su libertad. 6 de febrero de 2018 www.resumenlatinoamericano.org

[13] Julia Carrie Wong y Sam Levin: Los Sioux (tambin) se ponen en pie de guerra contra Donald Trump. 29 de enero de 2011 www.eldiario.es

[14] Benjamin Balthaser: Marxismo y luchas indgenas. 11 de diciembre de 2016 www.vientosur.info

[15] Hugo Nstor Pea Pupo: Vindicacin del piel roja. Ciencias Sociales. La Habana 2014. Pp. 24 y ss.

[16] Francisco Garca Alonso: La tierra llora. La amarga historia de las Guerras Indias por la conquista del Oeste . Desperta Ferro. Madrid. Historia Moderna. N 31, diciembre 2017-enero 2018, pp.57- 58.

[17] Sharon Smith: Fuego subterrneo. Hiru. Hondarribia, 2015, p.p. 367 y ss.

[18] Sharon Smith: Fuego subterrneo. Hiru. Hondarribia, 2015, p.p. 476 y ss.

[19] Ana Machado: Bosquimanos: la lucha que no cesa. www.rebelion.org 10-01-2006

[20] Irene Godino Cueto: El ejrcito zul. La mquina de guerra que desafi a Imperio Britnico. Desperta Ferro. Madrid. Historia Moderna. N 31, diciembre 2017-enero 2018, pp. 58-59.

[21] 27 de enero de 2012 www.eltelegrafo.com.ec

[22] John Pilger: La guerra secreta de Australia contra los aborgenes. 10 de noviembre de 2013 www.sinpermiso.info.

[23] Montse Martnez: Los aborgenes australianos reivindican sus derechos al pie del mtico monte Uluru. 25 de mayo de 2017 www.elperiodico.es

[24] Jon Letman y Julia Carrie Wong: Los hawaianos acusan a Mark Zuckerberg de neocolonialista. 26 de enero de 2017 www.eldiario.es

[25] Anthony Pagden: Pueblos e Imperios. Mondadori Barcelona 2002. Pg.: 18.

[26] Anthony Pagden: Pueblos e Imperios. Ops. Cit. Pg.: 148.

[27] Alfonso Lzaro Daz: La expansin colonial. En El Siglo XIX, en Historia de la Humanidad. Arlanza Ediciones. Madrid 2000. Pg.: 174.

[28] Laura Xiwe Santilln: La lucha mapuche, la autodeterminacin y el marxismo. 5 de septiembre de 2017 www.izquierdadiario.es

[29] AA.VV: Historia moderna. Akal. Madrid 1994, pp. 29-30.

[30] Vctor W. von Hagen: Aztecas, mayas e incas. Ciencias Sociales. La Habana 1971.p. 72.

[31] Andrs Ciudad Ruiz: El Mxico antiguo, Historia de la Humanidad. Arlanza Ediciones. Madrid 2000. Tomo 19, pp. 40-41.

[32] M Josefa Iglesias: La civilizacin maya. Historia de la Humanidad. Arlanza Ediciones. Madrid 2000. Tomo 19, p.79.

[33] Jos Luis de Rojas: Los aztecas. Historia de la Humanidad. Arlanza Ediciones. Madrid 2000. Tomo 19, pp. 102-152.

[34] lvaro Cruz Garca: Los Aztecas. Edimat. Madrid 2006, pp. 41-44.

[35] Enrique Semo: Conquista sin fin. Espaoles contra chichimecas. Memoria. Revista crtica militante. Mxico, 2016-3, N 259.

[36] Eduard Alexandrnkov: La poblacin de las Antillas en la poca precolonial. Los pueblos autctonos de Amrica Latina: pasado y presente. AC de la URSS, 1984. Tomo 1, pp, 180-199.

[37] Mario Roberto Morales: Racismo pecolombino. www.lainsignia.org 24/febrero/2004

[38] L. Cabrero Fernndez: Las culturas de la Amrica austral. Historia de la Humanidad . Arlanza Ediciones. Madrid 2000. Tomo 21., p. 49.

[39] Miquel Valls: 1493. Guanahan. La tierra prometida. Das rebeldes. Crnicas de insumisin. Octaedro. Barcelona 2009. Pp. 59-61.

[40] P. ODonnell: El Rey Blanco. La historia argentina que no nos contaron. Debolsillo. Buenos Aires 2004, pp. 118-119.

[41] AA.VV.: Conquista de Amrica. Historia Universal. Salvat. Madrid 2004. Tomo 14, p. 239-242.

[42] P. O'Donnell: El Rey Blanco. La historia argentina que no nos contaron. Debolsillo. Buenos Aires 2004. pp. 125-127.

[43] P. O'Donnell: El Rey Blanco. La historia argentina que no nos contaron. Debolsillo. Buenos Aires 2004. pp. 156-158.

[44] P. O'Donnell: El Rey Blanco. La historia argentina que no nos contaron. Debolsillo. Buenos Aires 2004. pp. 186.

[45] S. Guerra Vilaboy: Breve historia de Amrica Latina. Ciencias Sociales. La Habana 2006. p. 77.

[46] P. O'Donnell: El Rey Blanco. La historia argentina que no nos contaron. Debolsillo. Buenos Aires 2004. pp. 205.

[47] L. Ugalde: El tesoro de los indios Cmo hacerlos ms tiles a la economa espaola? UCAB. Caracas 2000. pp. 49 y ss.

[48] J. D. Cockcroft: Amrica Latina y Estados Unidos. Ciencias Sociales. La Habana. 2004, p. 121.

[49] Rosaura Hernndez: Rasgos de identidad nacional en la conciencia novohispana, Identidades y nacionalismos, Universidad Autnoma Metropolitana Azcapotzalco, Mxico, 1993, p.93

[50] Rosaura Hernndez: Rasgos de identidad nacional en la conciencia novohispana, Identidades y nacionalismos, Universidad Autnoma Metropolitana Azcapotzalco, Mxico, 1993, pp. 95-98.

[51] Bruno Andreotti: 1750. Brasil. Los mura. Das rebeldes. Crnicas de insumisin. Octaedro. Barcelona 2009. Pp. 83-84.

[52] Lus Hernndez Navarro y Gilberto Lpez y Rivas: Mxico: choque de trenes. Entre el autoritarismo estatal y la resistencia popular. Contexto Latinoamericano. Bogot, N 2, enero-marzo de 2007, p. 103.

[53] Stalin: El marxismo y la cuestin nacional. Obras. Mosc 1953 Tomo 2, pp.: 316-317.

[54] George Haupt: Los marxistas frente a la cuestin nacional: la historia del problema. Los marxistas y la cuestin nacional. Fontamara Barcelona 1980, p, 11

[55] H. Bujarin-E. Preobrazhenski: ABC del Comunismo. Fontamara, Barcelona, 1977, p. 192.

[56] Lenin: La guerra con China, Obras Completas. Progreso Mosc, 1981, Tomo 4, pp. 397 y ss

[57] Lenin: Acerca del programa nacional del POSDR. Obras Completas. Progreso Mosc, Tomo 24, p. 239

[58] Michael Lwy: Problema nacional y marxismo: sntesis. Patrias o Planeta. Homo Sapiens, Argentina 1998, pp, 40-41.

[59] Horace B. Davis: Nacionalismo y socialismo. Pennsula Barcelona 1972, p. 214.

[60] Horace B. Davis: Nacionalismo y socialismo. Pennsula Barcelona 1972, p. 269.

[61] Hlne Carrre dEncausse: Comunismo y nacionalismo. Comunistas y/o nacionalistas. Anagrama. Barcelona 1977, p. 20-21.

[62] D. Ben Najun: La cuestin nacional en los escritos de Borojov. Ediciones Vascas. Donostia p. 81.

[63] Carlos Barros: La base material e histrica de la nacin en Marx. Universidad de Santiago de Compostela www.h-debate.com

[64] Sergio Abraham Mndez Moissen: Lenin y el marxismo anticolonial: el caso del Congreso de Bak de 1920. 6 de febrero de 2018 www.izquierdadiario.es

[65] Stalin: La poltica del Poder Sovitico en la cuestin nacional. Obras. Mosc 1964, Tomo IV, p. 378.

[66] Xabier Arrizabalo Montoro: Capitalismo y economa mundial. IME, Madrid 2014, p. 267.

[67] Marijke Colle: Los bolcheviques y las reivindicaciones feministas: una relacin tumultuosa. 16 de diciembre de 2017 www.vientosur.info

[68] Javier Villanueva: Lenin y las naciones. Edit. Revolucin, Madrid 1987, pp. 419-508.

[69] Jack Barnes, Steve Clark: Introduccin a la edicin de 2010. La ltima lucha de Lenin. Discursos y escritos (1922-1923). Ciencias Sociales. La Habana, 2011, p. 21.

[70] Lenin: Contribucin al problema de las naciones o sobre la autonomizacin. Obras Completas, Progreso. Mosc, 1987, Tomo 45, pp, 372-376.

[71] Marx a Sorge en Correspondencia. Edit. Cartago. Argentina 1973, p. 286.

[72] Renato Levrero: Nacin, metrpoli y colonias en Marx y Engels. Anagrama. Barcelona 1975. Pgs.: 86-87.

[73] Lenin: Informe de la Comisin para los Problemas Nacional y Colonial. Obras Completas. Progreso, Mosc 1989, Tomo 41, pp. 252-253.

[74] Lenin: Informe de la Comisin para los Problemas Nacional y Colonial. Obras Completas. Progreso, Mosc 1989, Tomo 41, p. 250.

[75] Giuseppe Boffa: La revolucin rusa. ERA, Mxico 1976, Volumen 2, p. 243.

[76] Annie Kriegel: La Tercera Internacional, Historia General del Socialismo. Ediciones Destino, Barcelona 1982, Tomo III p. 96.

[77] Leopoldo Mrmora: El concepto socialista de nacin. PyP, Mxico 1986, pp. 75-76.

[78] Teodor Shanin (edit. y presentador): El Marx tardo y la va rusa. Marx y la va rusa. Marx y la periferia del capitalismo. Edit. Revolucin. Madrid 1990.

[79] E. Mandel: La formacin del pensamiento econmico de Marx. Siglo XXI. Madrid 1972, p. 132.

[80] Daniel Bensad: Saltos! Saltos! Saltos!, Lenin reactivado. Hacia una poltica de la verdad. Akal. Madrid, 2010, pp. 154-158.

[81] Leopoldo Mrmora: El concepto socialista de nacin. PyP, Mxico 1986, p. 77.

[82] Lenin: Informe de la Comisin para los Problemas Nacional y Colonial. Obras Completas. Progreso, Mosc 1989, Tomo 41, pp. 251 y ss.

[83] Javo Ferreira: Comunidad, indigenismo y marxismo. La palabra obrera. Bolivia 2010. Pp. 71 y ss.

[84] Javo Ferreira: Comunidad, indigenismo y marxismo. La palabra obrera. Bolivia 2010. Pp. 61 y ss.

[85] Santiago Armesilla: El marxismo y la cuestin nacional espaola. El Viejo Topo. Barcelona, 2017, p. 245.

[86] Santiago Armesilla: El marxismo y la cuestin nacional espaola. El Viejo Topo. Barcelona, 2017, pp. 202-218.

[87] Santiago Armesilla: El marxismo y la cuestin nacional espaola. El Viejo Topo. Barcelona, 2017, p. 324.

[88] Mario Jos Castro Conejo: Nacionalismo, obrerismo e internacionalismo. Tienen los obreros patria? 12 de febrero de 2016 www.lahaine.org

[89] R. Dunayevskaya: Filosofa y revolucin. De Hegel a Sartre y de Marx a Mao. Siglo XXI Madrid 2009, pp. 108-119.

[90] Stathis Kouvelakis: Lenin como lector de Hegel. Hiptesis para una lectura de los Cuadernos de Lenin sobre la Ciencia de la lgica. Lenin reactivado. Hacia una poltica de la verdad. Akal. Madrid, 2010, p. 195.

[91] R. Dunayevskaya: Dilogos sobre la dialctica, El poder de la negatividad, Biblos, Buenos Aires, 2010, p. 172.

[92] . R. Dunayevskaya: Filosofa y revolucin. De Hegel a Sartre y de Marx a Mao. Siglo XXI Madrid 2009, p. 39.

54 R. Dunayevskaya: Filosofa y revolucin. De Hegel a Sartre y de Marx a Mao. Siglo XXI Madrid 2009, p. 36.

[94] Henri Lefebvre: Lgica formal. Lgica dialctica. Siglo XXI, Madrid 1972, p. 196.

[95] Lenin: Cuadernos filosficos, Obras Completas, Progreso Mosc Tomo 29, pp. 96-97.

[96] M. Pistone: Teora crtica y reflexividad histrica, Marx. Releer El Capital, Akal Madrid 2012, p. 134.

58 M. Rosental: Los problemas de la dialctica en El Capital de Carlos Marx. Editora Poltica. La Habana, 1963, p. 244.

[98] M. Martnez Miguelez: El paradigma emergente. Gedisa. Madrid, 1993. p. y ss.

[99] Alexandra Gutmanova: Lgica, Progreso, Mosc 1989. p. 61.

[100] Alexandra Gutmanova: Lgica, Progreso, Mosc 1989. p. 347.

[101] M. Hernando Calvio: Aclarando la lgica borrosa, Revista Cubana de Fsica, Vol. 20, n 2, 2003. 

[102] Trotsky: La independencia de Ucrania y el confucionismo sectario. Escritos. Pluma, 1976. Tomo XI, 1939-40, Volumen 1, p. 67.

[103] Pilar Alzina: Identidades en disputa: El problema de la tierra, las etnias y las religiones. Theomai, N 37, primer semestre de 2018.

[104] S. Kaltajchian: El leninismo sobre las naciones y las nuevas comunidades humanas internacionales. Editorial Poltica. La Habana 1985, p. 125.

74 M. Rosental: Principios de Lgica Dialctica, Edic. Pueblos Unidos, Montevideo, 1965, p. 335.

[106] S. F. Bloom: El mundo de las naciones. El problema nacional en Marx. Siglo XXI. Argentina 1975. Pgs.: 25-26.

[107] Isabelle Garo: El pueblo en Marx, entre proletariado y nacin Viento Sur. Barcelona N 46, junio 2016 p. 99  

[108] Isabelle Garo: El pueblo en Marx, entre proletariado y nacin Viento Sur. Barcelona N 46, junio 2016 p. 105.

[109] Isabelle Garo: El pueblo en Marx, entre proletariado y nacin Viento Sur. Barcelona N 46, junio 2016 pp. 107-108.

[110] Isabelle Garo: El pueblo en Marx, entre proletariado y nacin Viento Sur. Barcelona N 46, junio 2016 p. 108.

[111] D. Bensad: Marx intempestivo Herramienta. Buenos Aires 2003, p. 219.

76 R. Gallissot: Contra el fetichismo, El concepto de formacin econmico-social, PyP, Argentina, n 39, 1976, pp. 176-177.

[113] T. Eagleton: Por qu Marx tena razn , Pennsula, Madrid, 2011, p. 196.

[114] Jindrih Zelen: La estructura lgica de El Capital de Marx. Grijalbo, Barcelona, 1972, pp. 183 y ss.

[115] Marx: Carta a Kugelmann del 27 de junio de 1870, Cartas sobre El Capital, Laia, Barcelona 1974, p. 203. 

[116] S. Garroni: Perfil de una lectura de Marx. Marx Ahora, La Habana, No. 22/2006, p. 162.

[117] Mike Davis: La teora perdida de Marx. New Left Review, Segunda poca, Ecuador, N 93, Julio-Agosto 2015, p. 72.

[118] Entrevista con Kevin E. Anderson: El internacionalismo de Marx no era abstracto sino muy concreto. 14 de diciembre de 2015 www.marxismocritico.com

[119] Jos Aric: Marx y Amrica Latina. 15 de septiembre de 2012 www.kmarx.wordpress.com

[120] Nstor Kohan: Del Bolvar de Karl Marx al marxismo bolivariano del siglo XXI Simn Bolvar y la manzana podrida de la Revolucin Latinoamericana. Trinchera, Caracas, 2011. Pp. 11-28.

[121] Robert Lessmann: La Autonoma clandestina. Autonomas indgenas en Amrica Latina. L. Grabriel y G. Lpez y Rivas (Coord.) Plaza y Valds, Mxico, 2005, pp. 265-330.

[122] Miguel Mazzeo: Revolucin o mentira. Clase y Nacin en la independencia de Nuestra Amrica. 4 de julio de 2016 www.contrahegemoniaweb.org.ar

[123] Hernn Periere: Las Invasiones Inglesas: cuando Buenos Aires fue colonia britnica. 27 de junio de 2016 www.izquierdadiario.com

[124] Jos Bengoa: La emergencia indgena en Amrica Latina. FCE, Santiago, Chile, 2016, pp. 138-139.

[125] Rafael San Martn: Biografa del To Sam. Ciencias Sociales. La Habana, 2006, Tomo I, pp. 154 y ss.

[126] Howard Zinn: La otra historia de los Estados Unidos. Hiru Argitaletxe. Hondarribia, 1997, pp. 119-120

[127] Manuel Medina Castro: Estados Unidos y Amrica Latina, Siglo XIX. Casa de las Amricas. La Habana 1968. Pp. 161-213.

[128] Jorge Ibarra Cuesta: Marx y los historiadores ante la hacienda y las plantaciones esclavistas. Ciencias Sociales. La Habana, 2008, p. 168.

[129] Maritegui: La Libertad y el Egipto. Obras. Casa de las Amricas. La Habana Tomo 2. Pg.: 36.

[130] Maritegui: Heterodoxia de la tradicin. Maritegui: Poltica Revolucionaria. El Perro y La Rana. Carcas, 2012, Tomo V, p. 340.

[131] Maritegui: Aniversario y balance. Maritegui: Poltica Revolucionaria. El Perro y La Rana. Carcas, 2012, Tomo V, p. 271.

[132] Alberto Flores Galindo: La agona de Maritegui. El Perro y La Rana. Carcas, 2009, p. 44.

[133] Jos Bengoa: La emergencia indgena en Amrica Latina. FCE, Santiago, Chile, 2016, pp. 159 y ss.

[134] Amanda Froelich: Coca Cola y Nestl buscaran privatizar el acufero ms grande de Amrica Latina. 19 de febrero de 2018 www.resumenlatinoamericano.org

[135] Roger Landa y Flix Caballero: Maritegui es el creador de algo nuevo: el marxismo de Nuestra Amrica . Entrevista a Miguel Mazzeo. 29 de noviembre de 2015 www.lahaine.org

[136] Primera declaracin de La Habana. 1959: Una rebelin contra las oligarquas y los dogmas revolucionarios. RUTH, Casa Editorial. 2009. La Habana, pp. 437-442.

[137] Ly Vab Sau: Donde el superhombre perdi sus poderes. Rebelin Tricontinental. Ciencias Sociales. La Habana 2007, pp. 124-128.

[138] AA.VV.: As se iniciaron nuestras luchas. El Perro y la Rana, Caracas, 2010, p. 73.

[139] Maurice Bishop: Lo que hoy hace temblar al imperialismo. Rebelin Tricontinental. Ciencias Sociales. La Habana 2007, pp. 222-227.

[140] Sarah Rodrguez Torres: Proyectos hegemnicos de los Estados Unidos para Amrica Latina. Por qu un golpe militar precisamente en Honduras? Pensar a contracorriente. Ciencias Sociales. La Habana N VII, 2010, pp. 209-244.

[141] EveRico: Larinoamrica acosada por golpes blandos. 10 de marzo de 2015 www.laradiodelsur.com.ve

[142] Jorge Altamira: Golpe de Estado judicial. 11 de mayo de 2017 www.po.org.ar

[143] Alicia Castellanos Guerrero: Sobre Autonomas indgenas en Amrica Latina. Nuevas formas de convivencia poltica. Contexto Latinoamericano. Bogot, N 2, enero-marzo de 2007, pp. 213-214.

[144] Javo Ferreira: Comunidad, indigenismo y marxismo. La palabra obrera. Bolivia 2010. Pp. 90-95.

[145] Alicia Brcena, CEPAL, 20 de diciembre de 2017 www.cubadebate.cu

[146] Lenin Bandrs: Regreso a la Doctrina Monroe? 6 de febrero de 2018 www.rebelion.org

[147] Ilka Oliva Corado: Amrica Latina retrocede cien aos. 19 de febrero de 2018 www.lahaine.org

[148] Pierre Vilar: Historia y sociologa ante el fenmeno nacin. El hecho cataln. El hecho portugus. Argitaletxea Hiru, Hondarribia. 1999, pp. 36-37.

[149] Pierre Vilar: Historia, nacin y nacionalismo. HIRU, 1998, pp. 49-50.

[150] Pierre Vilar: Iniciacin al vocabulario del anlisis histrico. Crtica, Barcelona 1980, pp. 71-72.

[151] Mapuexpress: Nacin Mapuche. Sptima marcha por el mapuzungun plantea los desafos de la recuperacin del idioma. 18 de febrero de 2018 www.resumenlatinoamericano.org

[152] Samir Amin: Elogio del socialismo. Anagrama. Barcelona 1978, p. 6.

[153] Luis Ballester Brage: Las necesidades sociales. Sntesis, Sociologa. Madrid 1999, p. 133.

[154] Marx: Formaciones econmicas precapitalistas. Talleres Grficos. Madrid 1967, p. 140.

[155] J.R. McNeill y William H. McNeill: Las redes humanas. Crtica. Barcelona 2004, pp. 12 y ss.

[156] Miguel ngel Criado: Las mujeres protagonizaron la revolucin agraria de la prehistoria. 29 de noviembre de 2017 www.elpais.com

[157] Flix Julio Alfonso Lpez: Las narrativas del bisbol en la construccin del nacionalismo cubano: 1880-1920, Perfiles de la Nacin. Ciencias Sociales. La Habana 2004. Pp. 125-153.

[158] Johan Huizinga: Homo ludens. Altaya, Barcelona 1997, pp. 63-95.

[159] A. Pinzn Snchez: Monopolios misioneros y destruccin de indgenas, Armadillo, Bogot, 1979, p. 112.

[160] Anthony D. Smith: Las teoras del nacionalismo. Pennsula. Barcelona 1976, pp. 217 y ss.

[161] Anthony D. Smith: Las teoras del nacionalismo. Pennsula. Barcelona 1976, p. 228.

[162] Tucdides: Historia de la guerra del Peloponeso, Akal, Madrid 1989, pp. 150-154.

[163] Nick Sekunda: El ejrcito persa. 560-330 A.C. Ediciones del Prado. Madrid 1994, p. 23.

[164] F. Gracia Alonso: La guerra en la Protohistoria, Ariel, Barcelona 2003, p.150.

[165] M. Austin-P. Vidal-Naquet: Economa y sociedad en la Antigua Grecia, Paids. Barcelona 1986, p. 135.

[166] S. Dean: La guerra de Varo 4 a. C. Roma reprime la guerra civil en Judea. Desperta Ferro, Madrid, N 2011. p. 21.

[167] K. Hopkins: Conquistadores y esclavos, Pennsula, Barcelona 1981, p. 148.

[168] K. Hopkins: Conquistadores y esclavos, Pennsula, Barcelona 1981, p. 150.

[169] P. Young: Mquinas de guerra, Grijalbo, Barcelona 1975, p. 32

[170] Jos Bengoa: La emergencia indgena en Amrica Latina. FCE, Santiago, Chile, 2016, p. 57.

[171] Lucien Musset: Las invasiones. Nueva Clo. Barcelona 1982. Tomo I.

[172] Ren Fdou: El Estado en la Edad Media. EDAF Universitaria. 1977, p. 183.

[173] Hagen Schulze: Estado y nacin en Europa. Crtica. Barcelona 1997, p. 99.

[174] Maquiavelo: El prncipe. Edit. Mexicanos Unidos. Mxico 1979, pp. 105-117.

[175] Roland Mousnier: Los siglos XVI-XVII. En Destinolibro, n 99, 1981, Vol. II, p. 485.

[176] Jacques Le Goff: Nacin Europa en la Edad Media? Crtica. Barcelona 2003. P. 25.

[177] Pelai Pags Blanch: Las claves del Nacionalismo y el imperialismo 1848-1914. Planeta. Barcelona, 1991, pp. 107 y ss.

[178] Eric Toussaint: La bolsa o la vida. Las finanzas contra los pueblos. Ciencias Sociales. La Habana 2003, p. 97.

[179] Eric Toussaint: La bolsa o la vida. Las finanzas contra los pueblos. Ciencias Sociales. La Habana 2003, pp, 97-103

[180] David Harvey: Estamos viviendo en el mundo de la esclavitud de la deuda. 11 de febrero de 2918 www.kaosenlared.net

[181] Michael Roberts: La larga depresin. El Viejo Topo. Barcelona 2016 pp. 125-144.

[182] Nora Fernndez: En guerra permanente. 15 de noviembre de 2017 www.rebelion.org

[183] Jorge Veraza Urtuzustegui: Lucha por la Nacin en la Globalizacin. Paradigmas. Mxico 2005. P. 59.

[184] Jorge Veraza Urtuzustegui: Lucha por la Nacin en la Globalizacin. Paradigmas. Mxico 2005. Pp. 132-133,

[185] Jorge Veraza Urtuzustegui: Lucha por la Nacin en la Globalizacin. Paradigmas. Mxico 2005. P. 119.

[186] Jorge Veraza Urtuzustegui: Lucha por la Nacin en la Globalizacin. Paradigmas. Mxico 2005. P. 136.

[187] Csar Rosa Llamazares: Historias de la lucha por el Comn. Catarata, Madrid 2016, p. 166.

[188] Trotsky: Los significados en la toma de Kazn en el curso de la guerra civil. Escritos Militares. Ruedo Ibrico. 1976. Tomo 1. p. 253.

[189] Jean Guilaine-Jean Zannit: El camino de la guerra. Ariel, Barcelona 2002, p. 86.

[190] Pep Castell: La patria del rico y la patria del pobre. 11 de julio de 2014 www.kaoesenlared.net

[191] P. Dino, J. R. Nez y S. Sez: Poltica, dependencia y neocolonialismo. Memorias del Congreso Cultural de Cabimas. FE El Perro y la Rana, Caracas 2017. p. 149.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter