Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-02-2018

Apuntes para una fundamentacin filosfica del laicismo

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


Fundamentar lo que sea es tarea seria por no decir ardua. Requiere sin duda rigor y empeo. Sinnimo de fundamentar es cimentar, verbo que tiene mayor concrecin evocadora, pues si poner los fundamentos remite a una tarea que posee un cierto nivel indiscutible de abstraccin, poner cimientos nos remite a una tarea visualizable consistente en colocar los elementos sustentadores de lo que se quiere levantar de tal modo que quede slidamente establecido. As pues, cabra decir que todo lo que se sostiene tiene implcitos ciertos fundamentos sobre los que se levanta. Quiz en la mayora de los casos que son en los que uno no filosofa tales fundamentos quedan opacos a la consciencia y as permanecen a salvo del afn desvelador que requiere sacarlos a la luz, a causa de la pertinaz brega de la vida cotidiana, la cual impide que nos paremos a pensar.

Toda fundamentacin es una forma de indagacin al tiempo que una suerte de justificacin. Se indaga en busca de un asiento que d vigoroso sostn a lo que, no obstante, ya puede haberse levantado por necesidad vital o/y por avatares histricos o biogrficos. En cualquier caso, el que se entrega a este ejercicio que algo tiene de pretencioso, admitmoslo puede que ejerza una cierta violencia equivalente a la que nuestro Jos Ortega y Gasset le achacaba a la tradicional prctica filosfica de corte racionalista. Puesto que para l no haba discusin en que el fundamento de todo era la vida, cualquier trabajo intelectual consciente impregnado de cierto enfoque idealista no deja de tener un tanto de fatua pretensin.

Seguramente el laicismo es uno de esos productos de la vida-historia humana surgido de la dialctica entre el yo y sus circunstancias. Slo a posteriori y desde un enfoque en efecto idealista se puede pretender su fundamentacin, no obstante exigible; sobre todo, a efectos de ganar batallas ideolgicas en un contexto que puede llegar a ser asaz hostil, no digamos en un pas como el nuestro de recia y rancia tradicin catlica, la cual se tiene sin el ms mnimo sonrojo como fundamento (vale decir, justificacin) de los ms rocambolescas actos institucionales como, digamos, imponer una medalla de no s qu mrito policial a una Virgen.

El laicismo es la plasmacin en movimiento socio-poltico de las ideas y actitudes que abogan por una laicidad efectiva. Y por si queda algn despistado por ah o intoxicado por la malvola propaganda de los muchos antilaicistas, definamos la laicidad con las sencillas pero contundentes palabras de Fernando Savater, extradas de su artculo La laicidad explicada a los nios: Qu es la laicidad? Es el reconocimiento de la autonoma de lo poltico y civil respecto a lo religioso, la separacin entre la esfera terrenal de aprendizajes, normas y garantas que todos debemos compartir y el mbito ntimo (aunque pblicamente exteriorizable a ttulo particular) de las creencias de cada cual. Es la necesidad de que la laicidad no sea una mera pose terica, sino una institucin efectiva la que inspira el laicismo. Para fundamentarlo filosficamente, es decir, para dar razones que lo justifiquen habr que desvelar sus supuestos tericos, trazar su genealoga esto es, explicar el devenir histrico que lo alumbr en la mente de los hombres as como inferir las consecuencias de su afianzamiento o de su irrelevancia poltica.

De modo que lo que persigue el laicismo merece la pena insistir es la laicidad efectiva. La laicidad supone el reconocimiento de un mbito ntimo, el cual conforman las creencias de cada cual. Ahora bien, si seguimos escarbando como mandan los cnones de la indagacin filosfica, y dado que no puede haber un mbito ntimo verdaderamente tal si las creencias no se tienen por propias, tropezaremos necesariamente con la necesidad de defender la libertad de conciencia como derecho de cada cual a escoger en virtud de su solo juicio qu creer y qu no. Y no por un mero capricho intelectual, sino porque es una de las condiciones necesarias para que el ser humano goce de una vida buena. Quien me parece que mejor supo expresar por primera vez ese anhelo personal por ejercer autnomamente el juicio que se precisa aplicar para decidir qu incorporo a mi repertorio de creencias fue Ren Descartes. Es un tpico que todo estudiante de bachillerato tiene que incorporar a la informacin mnima que se le exige para certificar su cultura filosfica que el filsofo francs es considerado el pensador que inaugura la etapa de la filosofa moderna hacia el segundo tercio del siglo XVII. La razn es que l es el que reconoce el valor de la conciencia como sacrosanto recinto del pensamiento. Su pienso, luego soy equivale a identificar el yo con la conciencia, la cual tiene entidad en tanto en cuanto ejerce su actividad definitoria, que es pensar. En su Discurso del mtodo (1637) el pensador francs se describe a s mismo como un hombre que camina solo y en la oscuridad, expresin de un gran poder descriptivo y muy certera a la hora de mostrar la situacin en la que se encuentra quien se entrega a la bsqueda de la verdad. Durante siglos ese afn que brota espontneamente en ciertos espritus haba sido ahogado por la omnipresencia y el culto a la verdad revelada, y hasta perseguido con saa y crueldad en algunos casos como el de Giordano Bruno, quemado vivo en la hoguera en 1600. Solo y en la oscuridad, mas por propia voluntad, camina libremente por cierto quien quiere ser soberano en su conciencia.

La bsqueda autnoma de la verdad exige, pues, que uno sea por s mismo quien dirima cules de las ideas que constituyen la atmsfera mental en la que se desenvuelve asume como creencias propias en la virtud de la razn , como dice Descartes en la segunda parte de su Discurso del mtodo. As nace la conciencia como concepto filosfico, as adquiere entidad, es decir, se concreta como objeto de reflexin, constituyndose como elemento de progreso. Si el progreso es un ideal de la modernidad presupone necesariamente la conciencia como ejercicio de libre pensamiento, esto es como ya hemos destacado con Descartes, como juicio activo sobre toda idea que se presenta como posible elemento conformador del mundo de cada cual, que es la realidad en la que cada cosa tiene sentido, el sistema estructurado de significado de los entes en el que el sujeto se sita y en funcin del cual orienta su accin o dicho de un modo ms orteguiano hace su vida. Una vida libre (una vida buena) exige libertad de conciencia.

Hace medio siglo que Henry Kamen nos mostr en su libro titulado Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Eruopa moderna el largo y trabajoso camino que hubo que andar desde una concepcin monoltica de la fe religiosa hasta la aceptacin social y poltica del insoslayable hecho de la diversidad de creencias. La tolerancia, es decir y segn sus propias palabras, la concesin de libertad a quienes disienten en materia de religin, no supona no obstante el reconocimiento del derecho a la libertad de conciencia. Era, ms bien, una respuesta pragmtica a lo que ya no se poda afrontar al modo medieval, y que se traduca en la sempiterna persecucin y aniquilacin del hereje. Demasiado costoso polticamente para quienes tenan la tarea de gobernar.

El rey de Francia entre 1589 y 1610, Enrique IV (y III de Navarra), que lleg al trono de forma traumtica (asociada a su aspiracin al trono tuvo lugar la matanza de San Bartolom), siendo l originariamente protestante (ya saben: Pars bien vale una misa), el bon roi, como se le lleg a apodar, representa muy bien ese moderno espritu de tolerancia, antecedente histrico necesario de la libertad de conciencia y, por ende, de la laicidad. Espritu, no obstante, castigado por los embates de las fuerzas oscurantistas que se resistan a aceptar el progreso tico que la nueva actitud representaba. Sus golpes an fueron terribles, como lo demuestra el magnicidio de Enrique a manos de un fantico catlico en 1610, preludio de un apocalptico conflicto que tornara a Europa en un continente exange como consecuencia de lo que la laicidad trata de evitar, la confusin entre religin y poltica, trgico error que dio pbulo a la pavorosa Guerra de los Treinta Aos.

Pero la atmsfera mental estaba cambiando en su composicin, como cambia la fsica a resultas de la produccin y emisin de segn qu gases. Brillantes mentes como la de Descartes o Baruch de Spinoza contribuyeron de manera decisiva a que el siglo XVII fuera el siglo decisivo de la gran transformacin de esa atmsfera mental europea. As, la centuria empez con el martirio en la hoguera del librepensador Giordano Bruno en 1600, y an en 1656 fue objeto el liberal Spinoza de expulsin de la comunidad juda de msterdam; pero sus lcidos espritus, como el de Descartes o los de Francis Bacon y John Locke en las islas britnicas, haban comenzado a emitir sus novedosas ideas a la atmsfera mental hasta entonces dominada por el gas txico del oscurantismo. Ya a principios del siglo XVIII hallamos una definicin y una reivindicacin explcita de lo que ya se vena ejerciendo sin permiso de los nostlgicos del espritu dominante del Medievo. Precisamente a un filsofo ingls amigo de John Locke, Anthony Collins, creyente, le debemos el ensayo Discurso del librepensamiento, inicialmente publicado annimamente en 1713. En l encontramos la siguiente declaracin en la que se define el librepensamiento con indicacin expresa de los elementos cognitivos que lo hacen efectivo: Por librepensamiento entiendo el uso del raciocinio para tratar de hallar el significado de cualquier proposicin, considerar la naturaleza de las pruebas a su favor o en su contra y formular un juicio al respecto, basado en la fuerza o debilidad de dichas pruebas. Es la germinacin de la semilla cartesiana: el juicio sobre la verdad o falsedad de una creencia, que se suele enunciar en forma de proposicin, es potestad inalienable del sujeto quien, en el uso de la razn, evaluar las pruebas pertinentes.

Ahora bien, somos seres ambientales, y para que cualquiera pueda ejercer esa actividad que le dota de la capacidad de discernir por s mismo acerca de la verdad de las creencias que hace suyas, hay que asegurar la existencia de las condiciones necesarias para que ello sea posible. La laicidad es parte esencial de esas condiciones y exige el reconocimiento del derecho del ser humano a pensar libremente, un derecho reivindicado por el mencionado Anthony Collins con el propsito explcito de que tenga alcance universal.

Entretanto se lograba tal reconocimiento, el filsofo escocs David Hume era el exponente de esa libertad de pensamiento ejercida en un momento en el que no era an un derecho humano universal. Desde su primerizo Tratado sobre la naturaleza humana, publicado entre 1739 y 1740 hasta sus Dilogos sobre la religin natural pstumamente publicados en 1779, el pensador de Edimburgo nos ofrece un ejemplo admirable de ese librepensamiento que definiera certeramente Collins varias dcadas antes. En las ideas de aqul encontramos otra valiosa aportacin filosfica que da fundamento a la laicidad: el desapego de las propias creencias desde el reconocimiento de su esencial subjetividad que compromete la aspiracin al conocimiento. ste queda reducido a tenor de las tesis epistemolgicas humeanas a un conjunto de verdades que slo cabe hallar en el mbito de las as llamadas relaciones de ideas, mientras que de los hechos no cabe ms que opinin probable. Este escepticismo est en el ncleo de lo que Savater llama laicismo profundo e ntimo, actitud personal que permite la crtica de las propias creencias, antdoto contra el dogmatismo que revela al mismo tiempo lo absurdo de ese pseudodemocrtico eslogan segn el cual todas las opiniones son respetables.

Este modo de juzgar las ideas que uno respira en la atmsfera mental que le toca compartir cuando viene al mundo pasar a ser proyecto colectivo conscientemente asumido ya a finales del siglo XVIII. Reconocida y valorada la conciencia del individuo como instancia suprema del pensamiento que ha de orientar su conducta segn lo que crea verdadero y bueno, se trata de que el sujeto lo asuma consecuentemente. No otro sentido alberga el sapere aude! que Immanuel Kant presentar como lema de la Ilustracin. Ten valor para servirte de tu propio entendimiento!, espeta el filsofo de Knigsberg en 1784 cuando escribe Qu es la ilustracin?, texto al que pertenecen las palabras citadas. Aqu cabra preguntarse si la minora de edad de la que hace responsable al individuo mismo por no tener el valor necesario para usar su entendimiento sin requerir la gua de instancia ajena alguna no es una condicin universal de la especie humana, y no un estado fruto de una mera coyuntura histrica. Ms de siglo y medio despus, Erich Fromm en El miedo a la libertad llamar la atencin sobre la distincin entre libertad interna y libertad externa. Ciertamente la preocupacin del laicismo tiene que ser la segunda, puesto que son las condiciones que permiten la libertad de conciencia las que este movimiento puede contribuir a implantar y mantener. Pues esa libertad (interna) de la que el individuo tiene que dotarse a s mismo no se puede obligar ni se puede insuflar en su espritu al modo de la gracia divina. Desde la autoridad, el miedo a la libertad es el temor a perder el control sobre la atmsfera mental a partir de la cual las personas pueden pensar y conformar sus conciencias. En 1832, el Papa Gregorio XVI en su encclica Mirari vos tachar la libertad de conciencia de error venenossimo. Y en la misma amedrentadora advertencia insistirn, cada uno segn su personal prosopopeya, Po IX en 1864, Len XIII en 1888 y Po X en 1906; este ltimo superaba a sus antecesores en rigor censor con su encclica Vehementer en la que fulminaba la ley francesa de separacin entre Iglesia y Estado.

Por otro lado, atreverse a usar el propio entendimiento sin sometimiento a autoridad alguna no basta. Porque podramos acabar sometidos a los deseos de una subjetividad caprichosa o a los prejuicios, sesgos y autoengaos espontneos. Ese uso del entendimiento o es racional o poco puede contribuir a la consolidacin de una conciencia libre. Dicho de otro modo: es la racionalidad la clave para hacer de la laicidad un frtil estado de cosas para el librepensamiento. Ahora bien, la razn no es una facultad congnita, que acta en nosotros de manera espontnea y sin esfuerzo. Es un ejercicio complejo que tiene que ser conquistado primero y mantenido despus con un cierto coste psquico. De esto trat el mencionado Erich Fromm en el libro antes citado, donde se refera a ese coste psquico, como los sentimientos de desesperanza de los que una persona puede ser presa cuando se libera de una autoridad que constrea su conciencia. Quiz es la misma idea que subyace a esa famosa cita atribuida a G. K. Chesterton, y que reza as: Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que estn dispuestos a creer en todo. Sin profundizar ms en la cuestin, de lo dicho se infiere que la racionalidad ideal es ideal, y que requiere un esfuerzo consciente y disciplinado por parte del sujeto quien ha de atenerse voluntariamente a la norma de la razn, por muy antiptica que le resulte comparada con las amables querencias de su psique.

Sin duda es la laicidad (efectiva) condicin necesaria para el ya de por s difcil ejercicio de la racionalidad (ideal). Entiendo, pues, que el laicismo, en tanto que promotor de la laicidad, contribuye al ideal de la racionalidad de las maneras siguientes:

El beneficio que se deriva de lo recin expuesto es de un valor enorme para las sociedades democrticas moldeadas segn la utopa de la modernidad, pues constituye la mejor por no decir nica forma de profilaxis contra el fanatismo, verdadero agente patgeno de la convivencia democrtica.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter