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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-03-2018

Alejados

Jaime Richart
Rebelin


A medida que nos acercamos al final percibimos cmo nos vamos alejando de lo que fue, del panorama general que nos ofreca la vida y de lo que fueron fundamentos de nuestra consciencia, de nuestra conciencia moral y de nuestra vida interior; del sentido que para nosotros tuvieron la tica y la esttica, la forma y el fondo que la idea configura cada palabra, su complejo y al tiempo simple significado a menudo causa estpida de guerras y de toda clase de crmenes execrables. Nos vamos dando cuenta tambin, de los cambios en el lenguaje comn de cuya urdimbre proceden esas ideas y que hoy, a nuestro parecer, estas se han desfigurado hasta casi perder el significado que tuvieron... Pero ahora todo se tambalea, tanto en nosotros por dentro en nuestra progresiva decrepitud, como por fuera por la deriva decadente de la sociedad occidental porque la otra no cuenta, como por la sensacin de vivir un final ms de los tiempos vividos ya varias veces en la historia...

Amor, amistad, felicidad, compromiso, sosiego, lealtad, seriedad, rigor, honestidad, honor, honra, buen nombre, serenidad, prudencia, discrecin, comedimiento, ahorro... y tantas otras palabras que fueron de uso habitual entre nosotros, afectaran o no a nuestra personalidad, para las generaciones del presente han perdido sentido y hoy ya no las emplean. Y no slo la generacin de los educandos, tampoco la de sus padres y maestros. Son ya palabras vacas de contenido, sin valor prctico y en cierto modo repudiadas por lo que significaron y por la presin moral en la conciencia que ejercieron y que quiz subrepticiamente ahora por su resaca siguen ejerciendo. Por eso mismo, aquellas palabras y aquel lenguaje, nuestro lenguaje, el de los mayores, apenas sirve ya para conectar, para llegar a un consenso con nuestros hijos aunque quiz s con nuestros nietos de acuerdo con el devenir del eterno retorno...

Es cierto que la distancia psicolgica entre la generacin de los progenitores y la de sus descendientes siempre ha existido, es inevitable y en cierto modo deseable para mejorar y aun elevar el desarrollo del ser humano como especie viva pensante y sintiente, aunque mil cosas de la modernidad le roboticen... Pero en Espaa la distancia es mucho mayor. La generacin de los que fueron padres, ahora abuelos y bisabuelos, la ma, tiene la mente configurada, ms bien tallada, con arreglo a los esquemas de una dictadura civil asociada a otra dictadura religiosa; lo que hizo de la gobernacin de este pas una teocracia, segn se mire encubierta o descarada. Sin embargo, ese esperpento poltico tambin tuvo consecuencias favorables para la vida corriente en el desarrollo fluido de nuestras vidas: no vivir demasiado tiempo preocupados por las limitaciones, por los escollos y por las barreras, salvo en el plano sexolgico, que hoy existen a menudo en clave dramtica, nos permiti un desenvolvimiento personal y social gratificante. En todo caso ramos de una generacin que por estar sometida en general a una serie de pautas de comportamiento y por la imposicin de unas ideas que nos llevaban a la autocensura, desde luego sabamos muy bien lo que no queramos: ni obediencia ni disciplina. Pero, dejando a un lado los efectos oprobiosos de vivir polticamente bajo una tirana, los esfuerzos por incardinarnos en la sociedad en general siempre fueron compensados con un empleo estable, con el acceso a una vivienda y con la consumacin de una familia organizada. Mientras que la generacin de nuestros hijos e hijas, hoy padres y madres, y con mayor motivo la de sus hijos, nuestros nietos, viven una sociedad anmica, sin reglas o apenas sin reglas, sin norte y sin expectativas. Y, por otra parte, las condiciones mundiales por el predominio de una ideologa orientada a reforzar el individualismo sobre la socializacin de la riqueza, el cambio climtico y la libertad civil llevada a sus ltimas consecuencias, ahondan ms esa distancia...

Algunas de aquellas palabras han desaparecido del lxico comn y otras han cobrado significados diferentes desprovistos del impacto que, para bien o para mal, causaban en el espritu y en la mente tanto del individuo como en la colectividad. Al final, la confusin o el sinsentido presiden la conexin dificultosa con la realidad, sea la oral o la material, entre las gentes de este tiempo y nosotros llegados del pasado. Por ello a veces y a solas nos asalta la pregunta deber recurrir a esa idea incomprendida, ahora obsoleta o remilgada?

Nadie que tenga hoy menos de sesenta aos las entiende, las valora o les concede apenas importancia. En Espaa, desde luego, es tal la crisis colectiva en tantos aspectos proyectada tambin hacia cada individuo, que este grave reparo, el de la falta de ligazn entre generaciones, si a veces es exasperante, puede resultar incluso comprensible si nos atenemos a las condiciones de vida en general que viven Espaa y el mundo. Condiciones sobre todo decadentes en la mayora de los mbitos y aspectos de la vida social que, pese al desenfado del trato entre espaoles en general, acusa una patente falta de reglas morales y ticas que lo ensombrece por la falta de entusiasmo verdadero, en unos casos, y por la indiferencia prxima al tedio en otros. Decadentes, porque se tiene de todo y acceso a todo. Incluso los ms desfavorecidos. A excepcin quiz de un techo independiente, no es preciso esforzarse. Es fcil conseguirlo todo, y por eso apenas la generacin de hoy valora la posesin de lo material, pero tampoco en apariencia da valor a lo moral.

Sin embargo, la crisis del lenguaje no irrumpe porque s o slo porque el paso del tiempo lo va modificando naturalmente y apocopando. En otros pases el lenguaje sufre cambios y de paso tambin la psicologa colectiva. Pero los cambios son ms suaves, ms acompasados, ms atemperados. Pues todo empieza en la enseanza, en la pedagoga, y termina en la economa y en conceptos del derecho, de la justicia y de la propiedad, que llevan mucho tiempo, a veces siglos, en las aulas. Por eso, los cambios de mentalidad no son tan bruscos como lo son en Espaa, ya que, correspondiendo al mismo sentido organizativo en lo econmico en todos los pases capitalistas, las consecuencias de los cambios no son las mismas en unos pases que en otros. Desde luego en Espaa, el lamentable baile de planes de enseanza en los aos posteriores a la dictadura, agravan los conflictos entre generaciones y la desorientacin est presente. Eso, aparte de que en buena medida la economa y las claves financieras para su aplicacin, se estn llevando por delante el significado que de positivo, de noble y de formativo tienen todas aquellas palabras mencionadas.

"El riesgo justifica el beneficio", un princio tico del capitalismo a secas, por ejemplo, resulta hoy da un sarcasmo, pues sin riesgo se hacen las mayores fortunas y sin riesgo se acometen iniciativas que slo precisan de la colaboracin de un banco prestamista, de un cambalache, de un truco o de una trampa, afectando (ni siquiera profesando) la ideologa neoliberal... Profesores y periodistas, los referentes ms cercanos despus de los progenitores, son los primeros en ir alejndose rpidamente tambin del uso y sentido tradicional de muchas palabras que luego sus destinatarios, alumnos y consumidores de opinin meditica, desvirtan todava ms.

El caso es que nosotros, nuestra generacin, la ma, a partir de cierta edad hemos de esforzarnos para conservar in pectore el acendrado sentido que tuvieron esas palabras. Si las eliminamos de nuestra estima, nos extraviamos. Y digo para nuestros adentros, pues expresadas en voz alta y mientras las mencionamos nos estamos dando cuenta de que carecen de la fuerza que tuvieron hasta el punto de que, despus de utilizadas, nos parecen casi ridculas en el odo del interlocutor, joven, maduro o provecto empeado en no serlo. Pero por otro lado, los mayores, por un proceso de economa mental y anmica, si no hemos enfermado de codicia nos vamos desasiendo de las cosas, y slo nos interesan las ideas sin ropajes, desnudas, sin rodeos: Dios es un principio generador de vida, patria es ese lugar que frecuentas y all donde ests bien, amor es poner el bien del otro por encima del tuyo, integridad es respeto de uno mismo y esfuerzo, no logro; honestidad es respeto por los dems, y de los bienes ajenos o pblicos. Pero incluso en las relaciones entre madre e hijo se sacrifica la palabra sacrificio. Tampoco hay pasin, que es el olvido de s mismo. Solo hay sacrificios interesados y egosmos desinteresados...

En todo caso, Espaa y su cultura general no estn inclinadas al pensamiento reflexivo y meditativo presente en otras culturas, ese pensamiento que, en la nomenclatura heideggeriana se opone al pensamiento calculador. Y de eso, de la falta de reflexin, se resiente en muchas cosas y a la sociedad pasa factura. Y eso no slo es debido al carcter luminoso y alegre de sus gentes, sino porque la principal brida puesta al pensamiento libre, al librepensamiento, hunde sus races en un modo histrico muy particular de entender y practicar el catolicismo, proverbialmente alejado a su vez de un acendrado cristianismo. Empezamos por que es proverbial el hecho de que el catlico espaol es un confeso que aunque hace alarde de su religin no la practica y a duras penas respeta los mandamientos y las pautas de conducta que le dicta. Lo mismo que el patriota al uso, que tributa con falsedad o tiene su dinero fuera... Y todo ello a su vez centrifugado, desde la noche de los tiempos, por el pensar dogmtico, que no es sino la negacin de pensamiento. Todo lo que determina una idiosincrasia perseguidora del librepensador.

El caso es que la religin y la arreligin, para bien y para mal, por un lado, y la guerra civil, por otro, consciente e inconscientemente, se levantan como empalizadas infranqueables que escinden a la sociedad espaola en dos limbos contrapuestos de los que uno de los dos, el confeso explcito o no, sigue sofocando al otro desde tiempo inmemorial.

Esta situacin, y ms all de las ideologas, precisa de un esfuerzo de superacin colectiva que, en la historia y hasta ahora, slo ha sido lograda por la revolucin. Pero como nos encontramos a punto de alcanzarnos las estrellas y la revolucin sangrienta significara un grave retroceso, habremos de considerar esa superacin, es decir, su ensamblaje sin rencor, como un apasionante desafo para toda la sociedad espaola; dejando a cada individuo y a su esfuerzo por cultivarla, el amplio mar-gen de libertad que requiere una rica personalidad independiente y propia de los tiempos que vivimos...


Jaime Richart, Antroplogo y jurista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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