Portada :: Cultura
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-03-2018

Palabras-amo: lo libertario, lo utpico, lo subversivo

Laura Ciancaglini
Rebelin


La palabra libertario es difusa: apenas luce en el credo de pensadores anarquistas de otros siglos, quienes se afirmaban sobre el mundo que les haba tocado desde la rebelin de una libertad sin gobierno, leyes ni fronteras; abran sus ataques de romntica frontalidad contra un estado autoritario desde su fundacin, y en ese romanticismo cifraban una mstica y una metodologa.

El liberalismo del siglo veinte tambin va tragando a su paso las conquistas y luchas frustradas de la historia de los pueblos, y se apropia en el camino de toda jerga o vocabulario que pueda servirle, despojndolo de un sentido que evoque fuerza y rebelin ante los poderes de facto.

Est visto que hoy y siempre, el sistema acua palabras bien utilizadas por viejas generaciones; las revuelve en el caldero brujeril de una lexicografa de lo lcito, y las echa al ruedo del habla a travs de sus esbirros tertulianos y blogueros. Sin darnos cuenta, estandariza lo maldito, revienta la poesa de voces que dijeron palabras malquistadas con los amos a la hora de levantamientos populares y revueltas. Las desactiva, las vuelve anodinos comodines en el caos parlanchn de las radios, y en las verborreas del supermercado de la tele.

Sin embargo, nos siguen asombrando todava los romnticos anarquistas, por la obstinacin secreta de esa furia huraa e insociable, casi privada y de justicia propia, que podra revertir un orden prepotente y territorial. Pero esas certezas de hierro, forjadas al calor del ideario de una concepcin de libertad de seres apartados, no fueron ms que estallidos y focos aislados de gente que molestaba a los mandones y a los terratenientes, dndoles razones para endurecer an ms las leyes represivas de la poca. Y como parece que la libertad es un bien individual, las luchas slo podan desarrollarse desde inconformistas solitarios que militaban en nombre de otras libertades no luchadas o impotentes. Casi como picaduras de mosquito para un len desprevenido.

Siguiendo con el ejemplo, el liberalismo econmico norteamericano, validado por su fiel intelligentsia, adopt el trmino libertario durante la segunda guerra mundial para nombrar a los partidarios de un orgulloso individualismo que defenda la propiedad privada por sobre todas las dems libertades. El trmino evolucion luego hacia libertarismo, y por fin, a nuestro liberalismo actual, siendo as devuelto su significado primigenio al trmino, aunque hoy nadie lo use ms que como sinnimo de ensoacin de cambios impracticables en la realidad material.

Nunca deja de sorprender que la palabra liberalismo no aluda a la libertad sexual o a la liberacin de las clases oprimidas, sino a un sistema econmico que en ltima instancia tiende a revocar estas libertades de forma sofisticada e indirecta. Libertad de comerciar, de pagar lo menos posible al fisco, de hacer negocios en lo ilimitado de un intercambio natural y espontneo. La libertad a la carta para sacar el mayor provecho de la depredacin sin repuesto de los recursos naturales; la libertad de expoliar el planeta y sus riquezas; la libertad empresarial de someter a las masas trabajadoras con contratos basura y derechos laborales mnimos y pisoteados. La libertad de que a ningn depredador, vido y codicioso, se le pise el poncho en el xito de su emprendimiento (palabra-acto que encierra una nueva ilusin de lo imposible).

Qu palabras quedaron vigentes para nombrar lo que hoy reedita su versin en resonancia y ecos de lo mismo?

El comunismo no es una amenaza ya para el mundo, por lo tanto no hacen falta ahora polticas de bienestar social ni paritarias, ni subsidios que implanten la conviccin de que en las democracias neoliberales tambin hay una distribucin justa e igualitaria, y que no se necesitan radicalismos de izquierda. Como el cuco rojo pas de moda, hoy la mascarada del Bienestar Social cae de manera impdica sobre la memoria lbil de los pueblos indignados.

En aquella versin originaria de lo libertario, la palabra pivote era resistencia. Aplicada al mundo de hoy se tratara de una resistencia jurdica ante el avance de decretos camuflados de leyes parlamentarias; resistencia ciudadana en un mundo administrado por empresarios y polticos accionistas y asesores de lobbies. Y precisamente, son ellos quienes hacen circular un puado de conceptos de los que se apodera el periodismo, portavoz y gendarme de la propiedad privada comunicadora.

Nos alienamos entonces en categoras, sin ms, y no es necesaria ya la fuerza bruta ni el abuso de poder para convencer a nadie de que lo establecido como verdad es lo justo y adecuado, o sea, lo normal. El resto de lo que cae por fuera del discurso ser lo patolgico, lo medicable, lo absurdo o peligroso.

En base a estos conceptos acatados por la masa televidente, oyente de radio y lectora de peridicos, se estandariza lo subversivo de un mensaje que haga ruptura en el discurso social, para desactivarlo o negativizarlo en su posible efecto revolucionario. De esta manera, aquello que podra subvertir un orden vertical se sataniza y devala un decir aceptable que baja a imponerse, al mejor estilo de los Artculos de Fe de la Iglesia durante su perodo teocrtico.

Es interesante la sutil diferencia entre los conceptos atopa y utopa, y su morbosa confusin por parte de los habladores intelectuales del medio periodstico. La atopa es aquello que no comparece en ningn tiempo y lugar.

A travs de la literatura poltica, filosfica, e incluso la narrativa, el discurso social busca convencernos de que la utopa es exactamente lo mismo que la atopa, cuando en realidad, es lo que no ha acontecido todava en tiempo y lugar, pero que sin embargo podra acontecer algn da remoto si se dan para ello las condiciones materiales. Algo bien diferente y contrario a los determinismos de los que mandan, y que debe volverse un faro que alumbre un cambio revolucionario de la vida.

Tenemos aqu el carcter subversivo del concepto utopa, y por qu es preciso deshabilitarlo como posible por los que frenan toda chance de terminar con el hambre en el mundo y una repartija saqueadora, de pulsin apoderante y criminal asimetra.

Desde luego que si la lengua construye la concepcin del mundo de quien habla, ella misma no escapa al control de los manejos lingsticos que el poder ejerce sobre sus hablantes. En definitiva, pensamos y hablamos como se precisa para no perturbar la direccin ideolgica que toma el discurso social, implantado en la comunidad que dice lo que habla.

En la cosmovisin medieval del hablar, ejemplos del control moral de la Iglesia sobre las palabras son los trminos infidelidad, compasin, abstinencia, caridad, pecado, libertinaje, indecencia, suplicio, renuncia, culpa, sacrificar, resignacin, etc. Todas estas palabras indican una legalidad mondica que se meta por los entresijos ms privados de la vida de la gente. Las categoras de pensamiento construidas alrededor de estos conceptos atravesaban como lanzas el hablar de nuestros antepasados, sujetndolos a una prisin verbal que maniobraba a su antojo el mundo simblico de cada existencia.

En lo colectivo de la comunicacin, la subjetividad se alineaba en el zumbar absolutista de estas mismas palabras, repetidas una y otra vez. Palabras que maniatan con un significado que domina la escena, y excluyen la experiencia que se oponga a su sentido. El sexo, las traiciones, la enfermedad, la muerte y el dolor fsico, el hambre, la continuidad milagrosa de una vida; las pestes como castigo divino o complot vengativo de los judos de Europa, etc. Todos esos rumores pasados de aldea a aldea por los caminantes y juglares. Palabras que construyen la realidad magnfica de todo lo que nadie puede ver ni tocar.

Las palabras medievales condensaban la vida en un permetro perfecto. Se aceitaban como andariveles certeros para desarrollar una vida sin preguntas. Es acaso hoy una reedicin sofisticada de aquel oscurantismo que pona en la boca de todos lo que era preciso decir para estar hablando de algo? Cules sern hoy las palabras que equivalen a aquellas de la era medieval? Buen ejercicio, el de tantearlas en un semillero de canjes, reemplazos semnticos y arcasmos recobrados para mencionar cosas absurdas y fugaces. Palabras que perdieron el vigor fundacional de su emergencia poltica, repetidas sin nfasis por bocas que saben mentirlas con talento.

Apagados los imaginarios de otros mundos que tuvimos, las palabras subversivo o subversin han sido despojadas de su sentido original en una esfera que apuntala lo ms simblico del trmino, esto es, aquella accin o mensaje que busca agrietar siempre lo dado, ponerlo en falta y amenazar su perpetua y aparente condicin de natural.

En cambio, la connotacin que soporta la palabra para la audiencia es la de algo maligno que introduce lo siniestro. No es casual que subversivo sea hoy un concepto ledo como sinnimo de terrorista. En este rumbo , la condena es la realidad instituida y no instituyente, traducida en el recorte de lo que vemos en la pantalla de la tele a diario, y en las noticias con que los medios (hegemnicos, por antonomasia) van esculpiendo la opinin pblica; the common sense, como quera Stuart Mill.

En las dictaduras latinoamericanas de los aos setenta, los subversivos eran los jvenes secuestrados en sus casas, arrancados de sus camas calientes en plena madrugada. Los militantes de base, los operadores sociales y alfabetizadores de barriadas y villas de emergencia, los obreros gremialistas, los docentes politizados, y un nmero extenso de estudiantes y profesionales liberales que pertenecan a sectores medios. Todos ellos, desarmados.

La palabra subversivo fue reflotada por los gobiernos militares genocidas para presentar un enemigo bien nombrado a la sociedad. Como pareca imposible combatir lo innominado, segn los manuales castrenses, hubo la restauracin semntica de un trmino casi no utilizado antes en el habla coloquial. Un trmino que nombraba a aquellos anarquistas que ponan bombas en lugares pblicos y casas particulares de gente del poder. Para que robar el significado de palabras corrientes, existiendo ya la palabra adecuada?

Subvertir un orden representara la ignominia del asocial que corrompe el cuerpo de la sociedad que lo ha producido como individuo. La biopoltica da sus peores metforas corporativas: el gusano que corroe y pudre manzanas humanas, el cncer que avanza ganando tejidos a la enfermedad del cuerpo social, lo txico que es necesario bloquear para que no haga estallar el organismo entero.

Acepciones de subversivo son: levantisco, agitador, rebelde, guerrillero, peligroso, golpista, perturbador, sedicioso.

Quines deciden los contenidos de los diccionarios de cada lengua? Exista el concepto de subversivo antes de los movimientos insurgentes en las revoluciones americanas? Se habra acuado antes de la Comuna de Pars, de 1871, o de la revolucin de 1905 en la Rusia zarista?

Cmo nos necesitan los Seores Feudales contemporneos para conservar su dominio sin interrupcin?: incultos, apolticos, escpticos o desencantados (pues se acab el hechizo del Ideal), superfluos charladores, ideolgicamente confundidos, jams comprometidos con el otro semejante, racistas, patriarcales, devotos perseguidores del dinero, antisemitas, consumidores conspicuos de toda mitologa (zodaco, tarot, ufologas, conspironoia, preppers, orientalismos ortopdicos, etc.), fanticos voyeurs del ftbol, amnsicos de los avatares de la historia, los genocidios y las guerras; obsecuentes con los fuertes, vidos de objetos y artefactos; sufridores en la ntima tragedia de un cuarto miserable, en la entrega cotidiana de esa libra de carne a un Shylock de turno, sin lumbre sindical de lo que cierta vez fueron derechos; la obscena precariedad en su asuncin de lo dado como inapelable. La negacin de lo colectivo como proceso solidario de recuperacin social. Lo libertario, triunfante en su acepcin norteamericana.

La libertad de la que gozamos es la del consumo, la de los crditos, la de anhelar posesiones y viajes que nunca gozaremos ms que a travs de los refuerzos publicitarios y esa probabilstica engaosa de los juegos del azar. La libre libertad del libre mercado, en el que nada de lo que haremos carece de valor. Las palabras hechas realidades que predican: precio, activos, gasto, insumo, flujo, ahorro, inversin, crdito, prorrateo en plazos que duran la completa existencia del deudor. La tasa de un inters que flota en la angustia de uno mismo. La libertad de entrar al cepo para obtener bienes, sin quedar del otro lado de la alambrada.

Lo nico que queda para echar mano al rescate conceptual es la coherencia que persiste de aquella utopa libertaria de fines de siglo XVIII, delatando la gran farsa en la que los ciudadanos desesperados rastrean una chispa de fuego eterno dentro de su celdilla en la colmena.

Poner el dedo para sealar y dejar la falta a la vista; ser aquel tbano socrtico sobre el lomo del caballo aletargado, para que ste despierte a otra realidad potente y en potencia.

Lo subversivo hoy ser, entonces, poder discriminar el espectro consumista que se nos propone para perpetuarnos en un sistema que nos conviene en varios aspectos, pero que tambin nos deja encadenados a una inmovilidad poltica sin precedentes.

La resistencia a la estupidez (naturalizada como cultura de masas), la recuperacin de una tica que rompa la ecuacin mortfera del dios Capital ("Tanto tienes, tanto sirves para algo"); todo este trabajo de desalienacin de conciencias sera la llave de lo libertario, en aquel sentido de los romnticos y utpicos.

Los rebeldes, los insurrectos de hoy son los que no aceptan las reglas de sujecin a un plan de dominio intelectual, sostenido con fiereza de atlas en cada uno de los aparatos ideolgicos de Estado. El proyecto (sin plan documentado) ha sido desde siempre adormecer a las nuevas generaciones en la escuela, en el cine, en el fomento dedicado del consumo de sustancias y de alcohol, en las pronto olvidables series de quince temporadas; en los programas reality de insolencia chabacana; en las universidades y sus currculas pagadas por los lobbies alimentarios, farmacolgicos, agropecuarios, empresariales, etc.; en la literatura de lectura cada vez ms fragmentada, cada vez ms balad e innecesaria. La literatura de pie de foto, de frase circulante de cartel; aquello superfluo que borra sin disimulo la historia de la poesa de las cosas. La aniquilacin voluntaria de toda forma de concebir la vida fuera de los trminos que el neoliberalismo sobredetermina desde el primer descubrimiento del mundo de la Cultura. La poesa hecha humo, reliquia slo analizable en sesudas ctedras de teora literaria. El twitter, como pretensin de coagular lo principal en lo liviano pasajero. El instagram, como habitculo instituido de una imagen que no vale ni siquiera tres palabras. La banalidad de la estulticia, remedando a Hanna Arendt.

Atontar con nuevos contenidos y palabras para la desmovilizacin poltica y potica, para esa libertad que facilita la desgracia individual, intramuros, en una tragedia singular que se llora a s misma, culpable por no obtener logros y capacidades que el sistema demanda con violencia sutil, etrea, seductora. Atontar para el aburrimiento en horas de ocio, para el dcil empuje de aos que transcurran en torno a escenas parecidas. Atontar para tocar el riesgo y la velocidad en deportes desafiantes de la ley de gravedad, obligndonos a apostar a una adrenalina en alto como nica manera de comprobar que estamos vivos.

Atontar mientras somos nosotros ahora los que seguimos vaciando de sentido las palabras aguerridas, palabras que inscribieron cierta vez gloriosas gestas en la historia. Palabras que hoy se escuchan ampulosas y de otros tiempos ms lentos y menos productivos. Palabras que contienen en s mismas una realidad hecha de significados que ya no comparecen.

Si la lengua la hacen los hablantes, nuestro hablar deshilacha lo bien dicho en imaginarios sepultados; la dominacin que aliena en un decir actual que nos atropella lo que no volveremos nunca a decir del mismo modo. Prueba de este cinismo es el discurso de la clase poltica en el poder: nada de lo que se diga (o desdiga) quedar registrado como escndalo o motivo suficiente para una dimisin o una autntica condena popular. En tiempos de caballeros y duelistas, la palabra dada implicaba, incluso llegar al suicidio por oprobio o escndalo pblico de corrupcin.

Las rbitas del intercambio se unifican en un cdigo que ablanda y desconecta lo inaudible como tal. Lo adultera antes de soltarlo al ruedo de lo posible, lo disfraza de impostergable y de normal, de accesible y demasiado humano, para que lo recibamos desde la empata. Todos nos apropiamos de lo ofrecido, lo echamos a la cadena de montaje verbal que acopia y har circular lo que se permite decir hoy sobre las cosas del mundo, aquellas cosas que habr que considerar para darle algn tipo de sentido a lo dado.

Como los dioses griegos, los que mandan hoy se muestran sin disimulo con sus debilidades humanas, en una apertura discursiva sin sancin, para que nos identifiquemos en la cercana de sus errores personales. Las palabras cnicas que construyen realidades esquivas y tendenciosas. El sofisma viaja cmodo de arriba hacia abajo, movindose en la univocidad discursiva que lo ampara y convalida. Ya no se precisa el conductismo para atrapar a la gente en monotemas, modismos o clichs. Lo subliminal es una pieza del museo de los recursos de penetracin de mercado. No queda nadie para convencer: somos Capitalismo, somos Consumo, somos la legin zombie que marca el paso en la urdimbre de la especie.

Las palabras nos van conversando en una ronda de cdigos, nuevos decires, desencuentros, puros equvocos que nunca saben aclararse. Tallan y bordan caminos que se cruzan con los otros para hablar. Alzan proyectos dichos, pronunciables; apagan sueos contados a viva voz, cambian sobre la marcha lo posible por lo cierto, y sostienen en automtico el control de nuestras pequeas barbaries cotidianas. No usamos palabras al azar para decir lo nuestro: escogerlas es un destino predeterminado que partir de la ideologa y su mirada del mundo. Es una flecha disparada en el aprieto existencial de seres que se hablan sin parar nunca, metidos de los pelos en un corredor de balbuceos y revuelos neurticos que dicen y dicen sin cesar.

Decir lo que el amo quiere que digamos es la batalla mejor ganada desde el poder hacia la masa. Es el bastin que domina sin esfuerzos la vida humana en su transcurrir globalizado. Y qu querr el amo lingstico que pongamos en el melodrama del decir? Cules palabras inventan hoy imaginarios que amaestrean para la inmovilidad poltica y el consumismo?

Palabras asociadas a la poltica institucional, como usina de desmanes, latrocinio y corrupcin. La poltica fusionada a lo poltico, en la remota injerencia de un ciudadano que debe resignarse a leer las noticias en el diario. Palabras-estuche de contenido sorpresa, cmo leer palabras que enjuagan los significados, segn la conveniencia del que habla? No decimos de casualidad lo que creemos decir, y las palabras que usamos no son nuestras en la eleccin instantnea de su uso. No hay palabras inocentes ni robadas. Desde la biopoltica otra vez, seremos un cuerpo tenso y extenso, impasible, amnsico y robusto de palabras que se prestan y avasallan. Pero en ese mecanismo eficiente del hablar, un discurso supremo tirar siempre con fuerza de los hilos.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter