Portada :: Colombia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-03-2018

La paz del pueblo ausente

William Ospina
El Espectador


En Colombia, lo mismo que se advierte a lo largo de toda la historia nacional vuelve a advertirse en cada jornada electoral: la ausencia del pueblo. Todo vuelve a girar alrededor de unos nombres y de unos personajes, de sus odios y de sus venganzas, de sus programas y sus convocatorias, pero la comunidad resulta cada vez ms invisible, convertida apenas en la comparsa de los elegidos, reducida a la condicin de pasivos electores e invisibilizada por la estadstica.

Yo dira que slo una vez en el ltimo siglo el pueblo tuvo una presencia protagnica en los asuntos histricos, y fue bajo el influjo de Jorge Elicer Gaitn, quien tambin tena el defecto de ser muy visible frente al pueblo al que le hablaba, pero de quien no podemos dudar que se inspiraba en ese pueblo, le daba fuerza en su discurso y lo engrandeca con su estilo. No se ha reflexionado bastante sobre el hecho de que Gaitn no difera del pueblo, l mismo era ese pueblo al que se diriga pero provisto de voz, de memoria, de ilustracin, de recursos verbales, de elocuencia y de pasin humana.

Oyndolo, la gente no senta el poder de un orador sino su propio poder, y slo en ese momento el pueblo colombiano alcanz a hacerse visible en la poltica, se sinti protagonista, alent la esperanza de ingresar en una historia de la que haba sido borrado desde los tiempos de la Independencia, cuando una galera de hroes se instal en la leyenda y borr la minuciosa abnegacin de esos miles de seres de ruana y de a pie que hicieron las campaas, que cruzaron los Andes tiritando y muriendo, que caminaron jornadas enteras por pantanos helados, que cargaron como suicidas con lanzas y espadas contra los caones del enemigo. (Del autor le puede interesar: El gran relato).

Como deca Dante, Es la manera lo que me estremece. Y como deca Rubn Daro: Nada ms que maneras expresan lo distinto. Hay que repetir sin descanso que el problema de la poltica en un pas como el nuestro, y a lo mejor en todos los pases, no es de discurso sino de maneras. El estilo de nuestra poltica ha consistido en invisibilizar al pueblo y sustituirlo en el diseo de la nacin y de sus instituciones. Aqu se hizo costumbre desde la Conquista no consultar el territorio a la hora de definir su ordenamiento sino imponer modelos trados de otra parte, cuya nica explicacin era el poder que los impona y el modelo lejano que trataban de imitar. Si en Espaa se ordenaba el territorio de cierta manera, eso tena que ser vlido para estas tierras, y as se olvidaban o se soslayaban los suelos, los climas, la vegetacin, las selvas, las llanuras, los desiertos, los ros, los pramos, el conocimiento ancestral de los pueblos nativos. Nadie oa cantar al toche porque nuestro deber era celebrar a un ruiseor que por otra parte aqu no exista.

Recuerdo que cuando estaba escribiendo mi novela Ursa, que habla de los tiempos de la Conquista, viv una experiencia muy curiosa para un escritor. Yo poda imaginar perfectamente a los conquistadores, poda verlos bajar de sus barcos y entrar en el territorio, con sus caballos acorazados de hierro, sus armaduras, sus penachos y sus espadas, con sus lanzas, su plvora y sus perros, pero no lograba ver en mi imaginacin a los pueblos indgenas. Los indgenas se sustraan a la mirada, se evadan al lenguaje, y esto me inquietaba en trminos literarios, hasta que un da, fue el narrador el que me dio la clave de lo que estaba ocurriendo. Porque de repente ese narrador dijo: No vieron un solo indio en esa parte de la travesa, pero yo s que no todas las sombras que vieron eran sombras de rboles, ni todas las plumas que vieron eran plumas de pjaros, y no toda la arcilla roja que advirtieron en los barrancos era tierra inerte.

En ese momento comprend que a diferencia de los europeos los indgenas estaban all pero no se advertan, saban mimetizarse en el paisaje, y los espaoles podan avanzar por las selvas entre los indios sin darse cuenta siquiera de que estaban siendo observados. Por eso pareca ser la selva misma quien arrojaba sus sbitas flechas. En cambio cuando queran, cuando entraban en batalla, por ejemplo, las muchedumbres de indios se hacan tan visibles, con su bullicio, sus caracolas de guerra, sus plumajes, sus cascos y sus adornos de oro, que alguien que los vio pudo describirlos diciendo que eran una larga y espesa selva de plumajes, y Jorge Robledo pudo declarar que con sus cascos de oro parecan un ejrcito en el que todos fueran reyes.

Formaban parte de la naturaleza, eran silenciosos como la niebla, furtivos como gatos de monte, y su sigilo contrastaba con la vistosidad y el estruendo de los invasores; estos tenan la ventaja de sus caballos intimidantes y sus armas de fuego, en cambio para los indios no hacerse notar era un recurso de supervivencia. No es que no fueran visibles, es que se necesitaba sutileza para verlos, y la mirada que se impuso en este orden social fue siempre una mirada incapaz de sutileza, una mirada ciega a todo lo que no le fuera conocido.

Para encontrarle un rumbo a nuestra sociedad y a nuestro mundo natural es cada vez ms necesario ver lo que somos, tener una mirada capaz de percibir lo original y lo distinto. Y eso es lo que nunca ha tenido la poltica que aqu se impuso. Ser por eso que tanta gente desconfa de la poltica, sabe que est hecha para manipular, para borrar identidades, para anular posibilidades, para imponer esquemas y modelos, pero no para interpretar creadoramente lo que somos y lo que puede ser el pas. (Del autor le puede interesar: Los recursos de la paz).

Esa mirada comprensiva, cuidadosa y sutil es una mirada que slo puede arrojar la cultura, y en primer lugar las artes creadoras. Garca Mrquez sostena que slo la cultura popular ha sabido ver y descifrar nuestro mundo. Y es evidente que lo que aqu llamamos poltica nunca ha sabido dialogar con el arte creador ni con la cultura. Cuando a un candidato le hablan de cultura, cree que le estn preguntando con qu van a entretener a la gente mientras vota, o con que la van a divertir entre discurso y discurso.

Por eso es tan hermoso y admirable escuchar a todo el que haya sido capaz de ver profundamente nuestra tierra. Mientras muchos versificadores seguan cantndoles a las primaveras y los otoos que nos trajo el diccionario, Aurelio Arturo, un gran observador de su pas, nos mostr en versos lcidos que aqu:

Una hoja sola an lleva su delgada frescura

de un extremo a otro extremo del ao.

Supo sentir el asombro de que la vegetacin est viva todo el ao, y advertir que los campos no slo son verdes sino que tienen una variedad de verdes casi infinita. Arturo dijo con gran belleza:

Hoja sola en que vibran los vientos que corrieron

por los bellos pases donde el verde es de todos los colores,

los vientos que cantaron por los pases de Colombia.

Esta lengua, llegada de tan lejos, le haba impuesto una lgica extraa a nuestra relacin con el mundo. Utilizbamos casi las mismas palabras que en Espaa, por eso creamos que estbamos nombrando las mismas cosas, y perdamos el matiz original de nuestra realidad. Llambamos tigres y leones a los jaguares, nos educaron con cartillas en las que no haba pias y chontaduros, dantas y zanos, sino racimos de uvas y granadas, lobos y jabales. Tal vez por eso la palabra democracia sirve aqu para disfrazar una plutocracia manipuladora y hostil a todo lo genuinamente popular. Aqu ser liberal no es profesar una filosofa de libertad, igualdad y fraternidad sino participar de un sistema clientelar hereditario que manipula voluntades y se impone por medio de maquinarias y de mermeladas.

Hay unos versos de Barba Jacob que desnudan el modo como se trafica con las palabras utilizndolas no para nombrar sino para enmascarar las cosas.

La paz es mi enemigo violento

y el amor mi enemigo sanguinario.

El mismo poeta nos ense algo muy valioso sobre la solidaridad. Nuestra sociedad injusta y desigual es muy dada a predicar la caridad: que los ricos ayuden a los pobres, que los poderosos guen a los desvalidos. l no cree en esas filigranas de la caridad, hechas para que el rico se eternice en su riqueza y el pobre en su debilidad y su dependencia. Barba Jacob dice algo mucho ms desafiante y verdadero:

Apoya tu fatiga en mi fatiga

que yo mi pena apoyar en tu pena.

l ms bien sabe que al pobre slo lo ayuda el pobre, que al triste slo lo entiende el triste, que slo ayuda de verdad confiar en los otros. Esperar la paz que disean los que vivieron siempre de hacer la guerra, es como esperar la prosperidad que siempre prometen los que viven de la pobreza ajena.

Hay tambin un verso de Len de Greiff que suena muy paradjico pero que est lleno de clarividencia. l dijo en su Balada de la frmula definitiva y paradojal:

Todo no vale nada si el resto vale menos.

Si uno dice Todo pareciera que no puede decir El resto, pues en ese todo ya est comprendida la totalidad. Pero como el lenguaje es una abstraccin, la palabra Todo, que parece compendiar tantas cosas, tambin las borra, porque en ese Todo ya no vemos cada una de las partes que lo componen. Hay algo que no vemos en la palabra Todo, y es cada cosa, cada cosa con su inagotable minuciosidad. Entonces me digo que lo que el poeta quiere revelarnos con su paradoja es que una cosa es el Todo, que abarca el mundo, y otra cosa es cada uno de los elementos irreductibles que lo constituyen.

Todo no vale nada si el resto vale menos

podra significar entonces: el bosque no vale nada si cada rbol vale menos, la sociedad no vale nada si el individuo vale menos, el tiempo no vale nada si cada instante vale menos; es un esfuerzo por devolverle valor y visibilidad a lo particular y a lo elemental.

En un debate serio sobre la democracia, vale la pena decir que la estadstica tiende a crear un todo en el que cada cosa desaparece. Un buen rey sera aquel que conociera no slo el nombre sino el destino y los talentos de cada ciudadano. Como ese rey es imposible, la democracia tendra que ser ese sistema donde cada quien pueda tener no simplemente un voto sino un rostro, un destino, una originalidad, una importancia. Borges nos dijo: Descreo de la democracia: ese curioso abuso de la estadstica.

A lo mejor si todo marcha bien, si las instituciones funcionan, si el Estado responde a las necesidades de cada uno, se podra admitir este extrao modelo en que los ciudadanos slo existen una vez cada cuatro aos, pero cuando un pas se encuentra en una situacin tan alarmante y catica como el nuestro, es evidente que necesitamos ciudadanos todos los das, que votar cada cuatro aos es poca cosa para ayudar a resolver tantos males. Que seamos ciudadanos slo una vez cada cuatro aos, que seamos necesarios slo una vez cada cuatro aos, es lo que ms les sirve a los que viven de usurpar la voluntad popular y reemplazar a la ciudadana, a los que son apenas negociantes de la poltica, disputndose la bolsa de empleos del Estado, y repartindose el ponqu de los presupuestos.

Por eso no basta que los rostros sean nuevos ni que los discursos sean distintos. Lo que define una nueva poltica no es ofrecer otras cosas, prometer otras cosas, sino convocar de otra manera a la comunidad, darle un lugar distinto a los ciudadanos en la transformacin de la realidad, romper para siempre con esa lgica triste y mezquina de los directorios y de las clientelas, donde las personas valen como cifras pero no como interlocutores, como formuladores de propuestas y como inventores de soluciones. A los candidatos les encanta que la gente adhiera, pero no que la gente participe. Ya con Gaitn se vio que hasta las propuestas ms lcidas pueden fracasar cuando no estn en la mente y en la capacidad de accin de los ciudadanos sino en el hombre o en el grupo demasiado visible que los lidera. Y no ignoro que el proyecto gaitanista fue borrado a sangre y fuego, que contra la propuesta de Gaitn de renunciar al enfrentamiento ilusorio de los partidos, aqu se predic hasta el vrtigo una doctrina del rencor y del sectarismo que convirti a Colombia en un caldero de odio inexplicable.

Despus, durante setenta aos todas las contradicciones polticas que se nos han predicado han sido artificiales; lo ms doloroso y siniestro de la violencia de los aos cincuenta es que la contradiccin entre liberales y conservadores era falsa, era una oposicin puramente retrica y artificial: los dos partidos no diferan en trminos filosficos, ni en su doctrina, ni en su proyecto de pas; los dirigentes tenan el mismo proyecto de manipulacin y de saqueo, y no hay guerras ms insanas, ms crueles y ms desalentadoras que aquellas que se libran por razones falsas, por causas engaosas, por una ignorancia, una ingenuidad y una docilidad que las castas malignas conducen y aprovechan. Hasta la ms reciente polarizacin que le ha sido predicada a los colombianos, la contradiccin actual entre uribismo y santismo, sigue siendo una oposicin artificial, hecha para enfrentar a la comunidad, aunque los dos sectores participan del mismo modelo de sociedad, tienen los mismos intereses, ya han estado unidos y podran volver a estarlo. Los mismos apellidos, los mismos apetitos, las mismas costumbres, identifican a esos sectores que otra vez pretenden ser irreconciliables, pero que despus de denunciarse uno al otro como el mal absoluto, vuelven a unirse cuando ven peligrar sus intereses. Sera triste que no hayamos aprendido nada en estos setenta aos, que otra vez nos ofrezcamos como comparsas dciles de esas manipulaciones y de esos apetitos.

Colombia est cada vez ms cansada de esa casta corrupta, y cada vez ms desencantada de su estilo, y es posible que estemos asistiendo al nacimiento, o a la irrupcin, de una contradiccin ms verdadera, menos manipuladora y menos arbitraria: la oposicin entre el viejo modelo corrupto de maquinarias y de burcratas y el despertar de la indignacin ciudadana. Pero es ese el momento en que ms se requiere inteligencia, sensibilidad y conciencia de nuestras mayores dificultades, porque corremos el riesgo de que la indignacin quede atrapada en las maneras de la vieja poltica, el riesgo de que simplemente aparezca un salvador, alguien que otra vez pretenda disear por su cuenta el pas que todos necesitamos, y olvide que aqu no se trata de dirigir, ni de salvar, ni de imponer soluciones sino de escuchar a la comunidad, de liberar la iniciativa de la comunidad, de desatar las manos de un pueblo lleno de talentos pero postergado, subordinado y despojado de la posibilidad de tomar iniciativas, condenado siempre a esperar y a pedir permiso, cuando lo nico que necesita es verse convertido en protagonista creador de otro modelo de sociedad.

Siempre he sido partidario de la solucin negociada de los conflictos armados que padece Colombia. Pero la causa de esos conflictos no es, como predica nuestra dirigencia, la malignidad de unos hombres. Aqu hay demasiada gente excluida, demasiada injusticia, somos el cuarto pas ms desigual del mundo: esto no se puede ignorar cuando se analizan las causas de nuestra violencia, y menos aun cuando se disean las soluciones. Tenemos una inmensa poblacin juvenil sin oportunidades, sin ingresos, sin educacin, sin formacin, abandonada en manos de la violencia, pues slo la violencia les ofrece los ingresos que debera ofrecerles una nacin capaz de respetar a sus jvenes y de pensar en su futuro.

Por eso no creo que a Colombia cualquier proceso le sirva, y menos los procesos de paz diseados por esta dirigencia: esa desmovilizacin de guerreros que se hace en nuestro pas cada quince aos, sin acompaarla de reformas profundas que corrijan las causas de la guerra, que abran la posibilidad de un tiempo nuevo. La correccin real de los desastres de la guerra no se logra con la mera desmovilizacin de unos ejrcitos que a duras penas se reintegran a la sociedad; porque sta, y es comprensible, no los recibe con generosidad. La nica reinsercin verosmil exigira, adems de cambios profundos, una comunidad dispuesta a acogerlos y a garantizar su seguridad; pero sin esos cambios que abran puertas para todos, la gente los recibe con recelo, y hasta siente que les estn dando a los insurgentes oportunidades y prebendas que nunca les dieron a los ciudadanos pacficos. (Del autor le puede interesar: Oracin por la paz).

El proceso de negociacin que vivi recientemente Colombia careci para m de varias cosas fundamentales: de un proyecto de juventudes, en un pas donde la juventud es la guerra; de un proyecto urbano en un pas que aunque tiene un antiguo problema agrario, tiene al ochenta por ciento de la poblacin en las ciudades, y en ellas tambin sus mayores conflictos; de un componente ambiental, con un proyecto gigante de reforestacin, que si es urgente en el mundo entero lo es mucho ms en nuestro territorio, porque estamos arrasando los pramos, devastando las cuencas de los grandes ros, destruyendo la mayor fbrica de agua del continente.

Pero de todas las carencias de ese proceso, la ms sensible fue la falta de participacin ciudadana, que se hizo evidente en el hecho alarmante de que, a la hora del plebiscito, menos del 20 por ciento de los electores aprob los acuerdos, y el 80 por ciento les dio la espalda. El gobierno tena el deber de hacerle sentir a la comunidad los beneficios del proceso, el gobierno pudo haber hecho llegar a los territorios brigadas de mdicos y de agrnomos, de ingenieros y de arquitectos, de deportistas y de artistas, pudo haberle demostrado a la comunidad que la paz traa para ella beneficios concretos; no me gusta decir esto pero yo mismo se lo expres en una carta abierta al presidente de la repblica, porque si se iba a consultar a la comunidad sobre los acuerdos, era necesario incluir a la ciudadana, hacerla partcipe del proyecto, no producir la sensacin de que la paz, que slo es verdadera si es de todos, era algo para expertos y diseada lejos y en secreto.

Es ms, en un pas donde no se ha hecho nunca un esfuerzo coherente por formar lectores, se pretendi que toda la comunidad leyera y aprobara en dos semanas un documento de 300 pginas que slo podan entender los expertos. Hasta el presidente Mujica dijo que el pueblo colombiano haba mirado ese proceso como desde un balcn. La paz no slo se hace para la gente, no slo se hace con la gente, la paz hay que hacerla nacer en la gente: la paz no es para funcionarios y guerreros sino para la vida cotidiana de la comunidad.

Por eso he llamado a esta charla La paz del pueblo ausente. Porque quiero insistir en que esa ausencia del pueblo en las grandes decisiones es la historia misma de nuestro pas, y sigue siendo la principal limitacin de nuestro orden social. Colombia es un pas de regiones: desde antes de la llegada del mundo europeo, aqu ya se haban configurado regiones naturales y humanas distintas: el desierto de los Wayuu, la sierra nevada de los tayrona, las cinagas de los zenes, las selvas lluviosas de los embera catos, las montaas de los pantgoras y de los ebjicos, la sabana de los muiscas, el plan ardiente de los panches, las sierras de los nasa, las llanuras fluviales de los kams, el macizo de los andaques, la selva de los huitoto y de los desana, las praderas de los sikuani, la sierra nevada de los uwa, los caones de los chitareros, el valle de los muzos, y a eso se aadieron muchas cosas llegadas de Europa que aumentaron y enriquecieron esa diversidad.

En la primera Independencia si algo se hizo visible fue la tensin entre las distintas provincias y entre sus ciudades. En 1814 un caraqueo, Simn Bolvar, y un quiteo, Carlos Montfar, iban de un lado a otro extenuados tratando de lograr que los granadinos se unieran entre s. Bolvar les explicaba que ya venan las tropas de la reconquista, que el pas iba a caer de nuevo en manos de los espaoles, que era cuestin de meses, pero resultaba imposible hacer que Santaf se aliara con Tunja, que Popayn se aliara con Pamplona, que Antioquia se aliara con Cartagena, y mientras la escuadra realista iba llegando a las costas de Amrica, aqu seguamos desconfiando los unos de los otros, resistindonos a la alianza, hasta que Bolvar prefiri irse para Jamaica, a tratar de dibujar la Independencia por otro camino. Y Morillo cay sobre el territorio y la repblica se ahog en su propia sangre.

Es verdad que despus la independencia triunf, gracias sobre todo a Bolvar. Pero no hemos logrado encontrar todava el secreto de la unin. Despus de un siglo XIX desgarrado por las guerras civiles, despus de un arduo perodo federal de un cuarto de siglo, construimos un modelo centralista conservador que dur medio siglo, a partir de los aos cuarenta recomenz la violencia, y todava no hemos encontrado el modelo de pas que requerimos. Para nadie es un secreto que el Estado no slo no ha logrado imponerse en el territorio, sino que algunas de las tareas bsicas de la institucionalidad democrtica, como una economa incluyente con un mercado interno fuerte, como una agricultura moderna, como el catastro rural, como una adecuada industrializacin, ms bien han retrocedido, y el modelo de propiedad de la tierra, que ha debido democratizarse y modernizarse, ms bien se ha concentrado en las ltimas dcadas, sin avanzar hacia un diseo responsable y productivo. Y al mismo tiempo estamos padeciendo un arrasamiento de la biodiversidad y de la riqueza natural inusitado y alarmante: Colombia vive hoy un desastre ecolgico de grandes dimensiones, uno de cuyos protagonistas, el narcotrfico, es tambin un semillero de violencia y de degradacin social, y el Estado que debera instaurar la ley y el orden est tomado por la corrupcin.

La poltica no puede seguir siendo lo que fue durante ms de un siglo, la comunidad tiene que aparecer, no slo en el discurso sino en la dinmica de la poltica, en el tono de la participacin, en los debates de la modernidad. Colombia tendra que estar hastiada de la pugnacidad, de que la poltica se identifique enseguida con el odio, la acusacin, la crispacin y el miedo. Los jvenes deberan estar dando a los viejos el ejemplo de otra manera de discutir y sobre todo de otra manera de participar, de una mirada sutil en la lectura de nuestra realidad, y de la capacidad de convocar a una fiesta de la imaginacin y de la originalidad en la manera de concebir y de vivir la poltica. Ya deberamos estar hartos de consignas y de caudillos, ya deberamos haber cambiado la procesin, con su visible mrtir a cuestas, por el carnaval.

Ya Garca Mrquez hizo una expedicin fantstica por el territorio que nos revel miles de cosas sutiles de nuestra manera de ser: esa capacidad sin duda grotesca de sacar guerras del sombrero, ese miedo al amor que nos paraliza, esas pestes del olvido, ese encierro incestuoso en nuestras fronteras, esos contrastes alucinatorios entre las montaas fnebres y los valles orgisticos, esos dibujos oraculares que forma la sangre corriendo por las calles, esas nias con amuletos de dientes de tigre, esas aldeas selvticas donde hay msicos italianos, rabes en pantuflas, indios que hacen llover flores y gitanos que escriben en snscrito.

Ya lvaro Mutis supo encontrar la poesa de la tierra caliente, el milagro de los trenes bordeando los abismos, los hidroaviones metlicos posndose en ros de caimanes. Ya Estanislao Zuleta supo hacer una lectura de nuestras culturas familiares mientras dialogaba con las grandes ideas de la modernidad. Ya Fernando Gonzlez fue capaz de poner a pensar creadoramente a una lengua acostumbrada slo a murmurar y a insultar. Ya Orlando Fals Borda nos ense a pensar con sensibilidad el territorio.

Ya Jos Celestino Mutis supo intuir que aqu las verdades polticas ms hondas tienen que dictarlas las nervaduras de las hojas, el diagrama de las races y la lengua de las flores. Ya Humboldt nos mostr que slo yendo de Ibagu a Buga era posible encontrar las claves de la vegetacin, instaurar la montaa como objeto de conocimiento y fundar la geografa moderna. Aqu slo la poltica est fosilizada: saben ms de Colombia Jos Barros, Julio Erazo, Campo Miranda y Rafael Escalona que Miguel Antonio Caro, Lleras Restrepo, Lpez Michelsen, los Santos, los Pastrana y los Gaviria. Hay que volver a reunir en la mesa del caf a Len de Greiff, Jorge Zalamea, Danilo Cruz Vlez, Omar Rayo, Eduardo Zalamea y Hernando Tllez , y hacer que escuchen La gota fra, El pjaro amarillo, Lamento nufrago y El testamento, hay que poner a Guillermo Valencia y a Nicols Gmez Dvila a bailar la Pollera Color.

La poltica tiene que dejar de ser formalismo, manipulacin de la gente y burocracia. Tiene que empezar a ser la voz de los ros, de las selvas, de los bosques de niebla, de los arroyos y los manantiales, de los climas, de la vegetacin, de la fauna silvestre, del mestizaje, del conocimiento indgena, del colorido africano. Y sobre todo tiene que empezar a ser la voz de la comunidad, su ingenio, su recursividad, su capacidad de afecto, y su alegra. Hay que explorar las rutas desconocidas y las rutas olvidadas del territorio; hay que superar la maldicin del centralismo; el corazn de la patria no est en la casa de Nario sino en el parque de Chiribiquete; hay que dejar de pensar que la riqueza de Colombia se limita al petrleo y las minas: la principal riqueza es la gente, su generosidad, su solidaridad, su capacidad de acompaarse, de hacer alegre la vida, de cuidar a las nuevas generaciones, de proteger el territorio, de hacer brotar por todas partes las riquezas paralelas.

Aqu nos ensearon a hacer poltica slo con urnas, hay que devolverle la vida a la poltica.

A propsito de las elecciones, el ensayista, novelista y poeta revisa la Colombia de hoy, donde la ciudadana debera tener un papel ms protagnico en beneficio de la democracia.

Fuente: http://www.elespectador.com/noticias/politica/la-paz-del-pueblo-ausente-por-william-ospina-articulo-743599



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter