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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-03-2018

Movilizaciones politicas y apoliticismo

Iaki Gil de San Vicente
Rebelin


Euskal Herria est viviendo al menos cuatro grandes movilizacines, eventos y actos muy significativos en cuanto al grado de politizacin del pueblo vasco: la enorme huelga general de las mujeres trabajadoras el pasado 8 de marzo; las manifestaciones reivindicando mejoras en pensiones y jubilaciones; la manifestacin en Irua en protesta por la poltica de exterminio carcelario que ha llevado a la muerte a Xabier Rey, prisionero vasco; y los debates abiertos sobre la actualidad del marxismo celebrados a comienzos marzo y la reciente jornada de reflexin crtica sobre Herri Unibetsitatea, como expresiones de la tendencia al alza en la reflexin crtico-terica.

No recurrimos a ms ejemplos cotidianos las huelgas de Irakaskuntza, las movilizaciones contra el Metro que la burguesa donostiarra quiere construir, la marcha popular en defensa de los jvenes de Altsasu, y un largo etctera-, porque exigira alargar en exceso este artculo y porque pensamos que los citados reflejan perfectamente la rica complejidad de las diversas conciencias polticas que se extienden por nuestro pas. En realidad, cada uno pertenece a procesos, a dinmicas populares y sociales que vienen creciendo a lo largo de los ltimos tiempos, que han sido deliberadamente invisibilizadas, tergiversadas y hasta atacadas algunas de ellas de mil modos. No son espontneas en su sentido absoluto sino que en todas ellas intervienen grupos organizados, militantes, pequeos o medianos pero con un apreciable nivel de conciencia y determinacin poltica; grupos y colectivos que, con sus errores y limitaciones lgicas, trabajan en su interior no desde los intereses mercantilistas y reformistas del ong-ismo institucionalizado, sino desde la coherencia y humildad poltica.

A principios de diciembre de 2017 la maquinaria de alienacin de masas del gobiernillo vascongado public un estudio del Socimetro oficial que pretenda hacernos creer que la gran mayora de la poblacin el 67%- era apoltica, tena desinters por la poltica: vase Naiz, la sociologa y el apoliticismo, del 11 de diciembre de 2017, disponible en la Red. En menos de tres meses la praxis colectiva pblica ha ridiculizado la supuesta cientificidad del Socimetro oficial. Insistimos en la forma pblica de las movilizaciones abiertas a la inagotable vigilancia de la sociedad del control y represin sobre la que se eleva como superestructura la apariencia de sociedad fluida; insistimos porque muchas prcticas pblicas de muchos sectores populares y obreros han mostrado muchos y diversos rechazos a las injusticias que sufren y, a la vez, han presentado diferentes alternativas que desbordan parcial o totalmente la decreciente capacidad de concesin y reintegracin de derechos colectivos suprimidos mediante el engao y la violencia, muchas veces salvaje.

Esta precisin es crucial porque muestra an ms ntidamente el abismo que separa la realidad social de la tesis sociolgica de la supuesta apoliticidad: las prcticas de estos y otros movimientos adems de ser parcialmente negativas -siempre necesarias pero insuficientes- en el sentido de rechazar la injusticia pero sin lanzar soluciones radicales, sobre todo llevan tiempo proponiendo alternativas y, muchas de ellas, siendo crticas en el sentido marxista, es decir, planteando programas estratgicos antagnicos que van directamente contra las races de las contradicciones objetivas que sostienen esas opresiones, crticas en cuanto dialctica de la negatividad absoluta, que no parcial. La burguesa puede torear las protestas parcialmente negativas aprovechando su ambigedad e inconcrecin estratgica pero ms temprano que tarde choca de frente con las reivindicaciones crticas, como veremos en los cuatro casos que tratamos.

La sociologa, sin mayores precisiones ahora y como decamos en el artculo citado, interpreta estas dinmicas desde la exterioridad descriptiva porque, por su origen de clase, est doblemente incapacitada para conocer la unidad y lucha de contrarios que mueve al capitalismo: por un lado el lmite cognoscitivo de la lgica formal lo que entre otras cosas le impiden comprender qu son el valor y el trabajo abstracto, la tasa de beneficio, la tasa de explotacin, etctera; y por otro lado, el lmite voluntario de la ideologa de clase burguesa que le hace ocultar deliberadamente las contradicciones inasimilables por el capital, como los mtodos estadsticos que manipulan, reducen y engaan sobre la cuanta real de desempleo, de las violencias patriarcales y patronales, de la salud de la fuerza de trabajo, de la pobreza relativa y la absoluta, de la economa sumergida, etctera. El feminismo marxista, la militancia revolucionaria de las personas de tercera edad, la lucha contra las crceles de exterminio y la concienciacin terico-poltica que es ms que la lucha ideolgica-, son praxis asentadas en un universo conceptual inconciliable con la sociologa.

Las fuerzas internas, subterrneas, que impulsaban estos movimientos eran perceptibles con facilidad desde hace unos aos para cualquier colectivo inserto en las contradicciones objetivas. Pero quienes slo vislumbran borrosamente la realidad se sorprenden cuando el volcn social eructa como un monstruo ahto y se asustan cuando, de vez en vez, estalla en ingentes erupciones de masas explotadas que quieren liberarse de las horrorosas entraas del monstruo, all donde se explota a la humanidad trabajadora para producir beneficio de la burguesa, es decir, quieren liberarse de la civilizacin del capital. Es sabido que una de las tareas de la sociologa y del reformismo es la de apagar esos fuegos antes de que prendan en llamaradas.

Veamos cada una de las movilizaciones, empezando por las ms reducidas en cantidad de asistentes pero muy importante, fundamentales, en su aporte cualitativo: los debates intergeneracionales pero con decisiva intervencin juvenil sobre la actualidad del marxismo y sobre Herri Unibertsitatea. Lo cierto es que asistimos en los ltimos tiempos a un aumento de los grupos juveniles de formacin terica generalmente fuera de las estructuras de la izquierda clsica, oficialmente entendida.

Por ahora es imposible digerir intelectualmente la desbordante masa de ponencias presentadas, los temarios a debate y la policroma de ideas. Se nos aseguraba que el marxismo y la juventud eran incompatibles, que el materialismo histrico estaba ya definitivamente enterrado en los polvorientos y oscuros archivos a los que nadie baja, excepto los servicios para sacar huellas y mejorar la guerra poltico-cultural. Desde luego que hay franjas juveniles alienadas, racistas, patriarcales, fascistas: en las crisis estructurales estas franjas rebrotan del fondo de reserva de irracionalidad consustancial a la propiedad privada. La omnipresente figura del Amo y el poder adulto las impulsan como fuerzas reaccionarias de choque con la promesa de beneficios materiales sexo-econmicos.

Estos debates no tratan slo, por tanto, de la teora marxista como pura abstraccin al margen del tiempo y del espacio, sino como arma revolucionaria en la emancipacin concreta que crea el poder juvenil en su vida colectiva e individual. La precarizacin, el empobrecimiento, el retroceso en las libertades, las represiones multiplicadas, la destruccin del futuro como horizonte de libertad que debe prefigurarse en el presente, la miseria sexual y afectiva, la Universidad como fbrica de fuerza de trabajo cualificado funcional al imperialismo... todo est bajo el arma de la crtica que, segn Marx, es la antesala de la crtica de las armas.

La segunda es la manifestacin en Irua de, como mnimo, 9000 personas en protesta contra el sistema de exterminio psicofsico de las prisioneras y prisioneros, que en este caso ha costado la vida a un militante vasco. La lucha pro-Amnista y contra el sistema penitenciario vigente es llevada a cabo directamente por decenas de miles de personas que se manifiestan semanal, mensual y anualmente, y por centenares de voluntarios que sustentan a diario ese poderoso movimiento popular arrostrando obstculos, riegos y represiones. La intensidad de la conciencia poltica de estas personas y colectivos vara, as como la de sus ideales democrticos, pero es innegable que forman una fuerza politizada en lo bsico alrededor de reivindicaciones elementales que se ramifican tentacularmente por entre personas que las asumen de algn modo, o no las combaten. La defensa de estos derechos se extiende tambin a la defensa de la libre expresin, a la denuncia de la ley Mordaza y de la represin generalizada.

El imperialismo franco-espaol siente miedo y odio furibundos a este conjunto amplio de ideales que giran alrededor de una reivindicacin bsica de incuestionable esencia poltica que, en su radicalidad, niega absolutamente la dominacin espaola y francesa sobre Euskal Herria. As se explica que la empresa sociolgica pise de puntillas, como sobre ascuas al rojo vivo, todo lo relacionado con la Amnista y la crtica del Estado como mquina de obediencia y de muerte. De la misma forma en que el CIS espaol silencia lo relacionado al desprestigio de la Monarqua impuesta por el franquismo, tambin en Euskal Herria los asalariados de la sociologa esquivan como pueden la realidad poltica de las prisioneras y prisioneros. La voluntad de no saber se descubre aqu al desnudo, pero lo malo es que el reformismo ignora que la conciencia democrtica pro-Amnista es esencialmente poltica, como tambin lo es pero en su antpoda antagnica la voluntad de no saber de la sociologa en problemas decisivos para el poder, y por eso tiene fe de carbonero en esta falsa ciencia social.

La tercera es la ola movilizadora contra la asfixia econmica que sufren en especial las mujeres jubiladas y pensionistas y en general todo el pueblo trabajador. Las pensiones son salarios diferidos, pospuestos , al margen ahora de la teora marxista del salario en el sentido de que nunca puede existir salario justo -cuntos sindicatos y partidos de izquierda ensean a sus miembros la teora de la plusvala y del salario?-. Siempre hay que luchar para que las pensiones sean las ms elevadas posibles a la vez que los beneficios empresariales, la plusvala y la tasa media de ganancia, sean lo ms reducido posible. Pero tambin hay que movilizarse para que otras formas de salario diferido, indirecto, etc., como los servicios pblicos y sociales, las prestaciones institucionales de cualquier tipo, sean las mximas posibles.

Los inmensos recursos ahorrados de los salarios con el sufrimiento popular, en especial de la mujer trabajadora, le son devueltos al pueblo gota a gota pero nicamente en la medida en que presiona para que siga siendo as, porque si cede en sus movilizaciones, si se despista, esas devoluciones descienden. La inhumanidad burguesa se demuestra sobre todo en dos campos de batalla de la guerra social entre el capital y el trabajo: la lucha por los salarios directos y la lucha por los salarios indirectos. Los fondos pblicos a cargo del Estado y de otras instituciones, fondos generados por el sudor obrero y popular, son improductivos para el capital por lo que, a la primera que puede, los privatiza convirtindolos en empresas, apropindose de ellos, reduciendo su calidad y aumentando sus precios.

Con las pensiones quiere hacer lo mismo: privatizar los cuantiosos fondos ahorrados para lanzarlos como carnaza a los tiburones financieros especulativos, con alto rendimiento inmediato para la minora burguesa pero con prdidas para el pueblo, cuando no con su quiebra. Dos razones, que son una sola en la prctica, le fuerzan a la privatizacin: la lgica de la mxima acumulacin de beneficio y, simultneamente, la lgica del poder poltico derivado de esa acumulacin: o incrementa su capital y poder poltico o desciende en la competitividad mundial. Es la fuerza de trabajo ya exprimida como una pasa seca por la explotacin la que sufre las consecuencias con, entre otras medidas, la privatizacin y recorte de sus pensiones y derechos socioeconmicos, con el empobrecimiento de ella y de su familia y entorno. Quien ms quien menos, el grueso de la tercera edad trabajadora sabe o intuye las ciegas razones econmico-polticas de los ataques privatizadores que sufre ella y por extensin su entorno cotidiano.

Y la cuarta es la ola de luchas mundiales y vascas de la mujer trabajadora materializada en la huelga internacional del pasado 8 de marzo, y que, por debajo de sus mltiples interpretaciones, objetivamente saca a la luz la brutalidad metdica del sistema patriarco-burgus, consustancial a la civilizacin del capital, que busca incrementar la tasa media de ganancia para abrir una nueva fase expansiva del capitalismo. Para el sistema patriarco-burgus la mujer es un instrumento de produccin nico por su altsima productividad casi imposible de igualar incluso con los avances tecnocientficos ms espectaculares que pudieran desarrollarse: la mujer trabajadora es la principal fuerza productiva del capitalismo. Hay que partir de aqu para entender la intensificacin de las violencias destinadas a multiplicar su productividad econmica, sexual, reproductora, cultural, afectiva

Las cuasi infinitas versiones del feminismo reformista no quieren ni pueden enfrentarse a esta realidad limitndose a la reivindicacin legalista de los derechos burgueses que no cuestionan ni las races histricas del patriarcado ni su subsuncin real en el capitalismo. El reformismo feminista a lo sumo que logra es suavizar en determinados mbitos la explotacin de sexo-gnero, pero en otros se refuerza con nuevos mtodos, o vuelve por sus fueros con ms dureza. La ideologa patriarcal, siempre materializada bajo alguna forma de poder de clase, ha desarrollado cuatro arquetipos justificadores remozados al son de las necesidades de la dominacin: la menstruacin, la virginidad, el parto y la violacin como medio de poder. Los cuatro nos remiten a la propiedad privada y a la ley de la productividad del trabajo.

La irracionalidad anticientfica e idealista de los arquetipos blinda las explotaciones mltiples de la mujer trabajadora y legitima la creencia del hombre en la superioridad masculina. Por cuanto irracionales, son inmunes a la racionalidad cientfico-crtica siempre que no est dentro de una praxis revolucionaria de masas dirigida por la mujer trabajadora. Solamente la contundencia de las conquistas concretas de las mujeres y del pueblo trabajador entero puede debilitar la fuerza oscura y destructiva de los arquetipos, y ello siempre que no se detenga el avance liberador que crea otro universo de afectos, amores y sexualidades que han surgido mientras es extinguida de manera consciente la propiedad privada, el valor y el trabajo abstracto, la mercanca, etc. Pero si este avance se debilita de inmediato los arquetipos empiezan a recuperarse porque tambin se recupera la explotacin patriarcal en la sociedad en trnsito estancado y burocratizado al socialismo como antesala del comunismo. La experiencia de los fracasos histricos en el avance al socialismo es aplastante en esta crucial problemtica: la lucha de clases es tambin una lucha de sexo-gneros por la instauracin del comunismo.

El impacto poltico reaccionario de los arquetipos penetra en los ms inaccesibles espacios de la vida social, especialmente cuando la industria poltico-cultural y la religin los actualizan o refuerzan da a da. Resulta por tanto muy esclarecedor en cuanto a la solidez de la conciencia poltica de las mujeres trabajadoras el que el movimiento feminista avance a pesar de las anclas inconscientes que atan la estructura psquica de masas a la irracionalidad patriarcal. Pero como toda lucha, la victoria no est asegurada sino al final: por eso es decisiva la conciencia poltica revolucionaria en el movimiento feminista.

Las cuatro movilizaciones que hemos analizado debate marxista, contra el exterminio carcelario, la militancia de la tercera edad, y la lucha feminista- se sustentan en muchas formas de conciencia poltica especfica a ellos pero a la vez relacionadas con otras movilizaciones y con la totalidad social. No se puede utilizar la misma definicin de poltica para todas ellas, del mismo modo que no debe utilizarse un concepto nico de apoliticismo, como hace la sociologa cuando quiere engaarnos diciendo que el 67% de la poblacin de la CAV es apoltica. Por desgracia para la burguesa y para el reformismo, la conciencia poltica radical es tan diversa y extensa como para activar muchas luchas de masas fuera del gallinero parlamentario. Todava no ha alcanzado la fuerza necesaria para relanzar una nueva oleada de luchas pero, si no erramos, puede avanzar por el interior de las contradicciones tal cual hoy existen, como lo estn demostrando las luchas rpidamente analizadas aqu.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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