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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-03-2018

La crueldad profunda de la injusticia

Jesus Gonzlez Pazos
Rebelin


Defender a quien defiende es una redundancia a la que hoy nos obliga el sistema. Y adems, ste nos empuja a proclamar esa urgencia con claridad meridiana ya que los ataques contra quienes hoy defienden los derechos humanos se estn convirtiendo en los ltimos tiempos en una de las seas de identidad ms vergonzosas del sistema mismo.

Defender a quienes defienden el derecho al libre trnsito de las personas para poder construirse un futuro de vida digna cuando sta se les niega en sus lugares de origen a causa de guerras, miserias, hambre o explotacin; defender a quienes defienden el derecho a cuidar, respetar y guardar sus territorios ante la voracidad extrema de mineras, forestales, hidroelctricas o agroindustriales que solo buscan aumentar sus cuentas de beneficios mediante la esquilmacin de la naturaleza. Defender a quienes defienden el derecho indiscutible de las mujeres a una vida sin violencias ni acosos y plena de derechos en equidad, traducido todo ello en la obligacin de acabar con una sociedad machista y heteropatriarcal. Defender a quienes defienden hoy el derecho de los pueblos a definir su presente y su futuro en simple igualdad con otros pueblos; defender a quienes defienden el derecho a la libertad de expresin ya sea en el arte, la literatura o la msica. Sin duda, como deca una vieja cancin, malos tiempos para la lrica cuando hoy llegamos al nivel de tener que proclamar la defensa no solo de los derechos humanos, sino tambin de quienes defienden su cumplimiento y ejercicio.

Hablamos de personas que mueren cruzando el Mediterrneo, de mujeres asesinadas por la violencia machista, de lderes y lideresas criminalizadas por defender la vida y sus territorios, o de los horrores de la guerra en demasiados lugares del planeta, sin olvidar lo barata que hoy se vende la democracia y derechos como la libertad de expresin en nuestros lares. Pero lo hacemos, en muchas ocasiones, desde la cierta frialdad. Posiblemente porque las crnicas y noticias as nos lo transmiten y hemos aprendido a consumir esas situaciones sin que nos afecten demasiado. Las razones para esta actitud varan desde la indiferencia ms absoluta por lo que al otro pueda ocurrirle, resultado de la sociedad individualista en que nos movemos, hasta la necesidad humana de establecer ciertas barreras para evitar la angustia permanente ante la injusticia diaria. As, incluso cuando pensamos o leemos sobre los grandes problemas, los ms humanos, los ms etreos o los ms terrenales, los anlisis mantienen esa cierta lnea de frialdad, propia de la reflexin que toma demasiada distancia del sujeto u objeto pensado.

Encontramos de esta forma demasiados anlisis sobre la coyuntura poltica, mltiples informes o artculos sobre la geopoltica mundial, cientos de discursos sobre las vicisitudes de los mercados o de las grandes decisiones econmicas que rigen nuestras vidas. Todos ellos, indiscutiblemente, necesarios para saber en qu mundo nos movemos, ya hablemos desde el nivel ms local o desde el ms global. Porque hoy aceptamos que todo nos influye, desde las relaciones sociales que establecemos en nuestro crculo ms cercano, hasta lo que se discute y decide en los consejos de administracin del poder corporativo, el de las empresas transnacionales, el verdadero poder hoy en el mundo. Pero, insistimos en que hay un cierto dominio excesivo de la frialdad del anlisis, y pese a reconocer que esto puede ser necesario, corremos el riesgo de que ese fro nos inunde la vida. Y nos arrastre a la indiferencia del consumo desenfrenado sin preguntarnos, por ejemplo, cunta explotacin infantil y sobre las mujeres hay en Asia detrs de la ropa de grandes marcas que compramos, o cuntos muertos en frica para extraer el coltn que necesitan nuestro telfonos mviles. A qu precio humano nos llega desde las selvas amaznicas u africanas la madera barata de nuestros muebles del saln o, qu poco vale la vida de poblaciones campesinas o indgenas expulsadas de sus territorios para extender los monocultivos de soja o caa de azcar que luego consumimos.

Usamos en demasiadas ocasiones solo el fro dato. As denunciaremos decenas de nuevas muertes en las aguas del mediterrneo, tantos tuiteros encarcelados por ejercer la libertad de expresin, varios lderes y lideresas sociales asesinados en Colombia o Guatemala, equis mujeres asesinadas en nuestras ciudades. Por supuesto, todo ello necesario para abrir las conciencias. Pero quizs tenemos que intentar ir ms all, a la parte ms humana de esos datos. Explicar en nuestras sociedades la desazn o la incertidumbre en la vida cotidiana de las personas ms directamente afectadas por estas situaciones. Hacer que nos demos cuenta de lo que puede suponer la muerte sin nombre, la crcel injusta o el sentirse permanentemente en la diana de una pistola sicaria que cobrar 20 mseros dlares por aumentar la lista negra de personas eliminadas simplemente porque molestan al poder por demandar justicia, trabajo o el derecho a una vida mejor. No sabemos nombres, no conocemos la vida que llevaban en sus pueblos las miles de personas que tratan de llegar a Europa, qu y quines les empujaron a tomar una decisin tan dura como atravesar el desierto ms grande del planeta y luego el mar maldito que se ha convertido en la fosa comn ms grande del mundo. Tampoco sabemos lo que supone la criminalizacin injusta en una persona que la obliga a refugiarse temporal o permanentemente en otro pas con la angustia de no saber si regresar, cundo y en qu condiciones; sin saber si seguir en la diana del estado que defiende los intereses de forestales, mineras o hidroelctricas en contra del bienestar y justicia social para esos pueblos que siempre vivieron, jugaron, rieron y murieron en esos territorios; sin conocer lo que ocurre en sus comunidades o en la familia que tienen quizs desperdigada por su pas para protegerse.

Por todo ello, a la necesidad del dato fro, pero que nos permite el anlisis, hay que sumar tambin la empata para que las personas de las estadsticas no sean solo una cifra que nos ayude a mantener la distancia y sentirnos a salvo. Entender la situacin y sentimientos del otro o la otra, comprender la cruel profundidad de la injusticia que sufren, nos vacuna contra el racismo, la xenofobia, el machismo o la explotacin del ser humano. Y desde ese momento seremos activos en la poltica, en la sociedad o en la economa para verdaderamente construir un mundo ms justo para las grandes mayoras. Por eso, cerramos este texto con un llamado a la repolitizacin de nuestras sociedades. Nos empujan a estar despolitizados y casi nos convencen de que es lo que queremos, cansados de la miseria de la politiquera. Pero hay que recordar que apolticos nos quiere el sistema para poder mantenerse como dominante pues de esta forma nos insensibiliza contra sus propias injusticias mediante la indiferencia. En este sentido, es necesario recordar que despolitizar no es la prdida de inters por la poltica de una sociedad sino el inters del sistema pues as consigue no una sociedad menos poltica, sino polticamente ms conservadora.


Jesus Gonzlez Pazos, Miembro de Mugarik Gabe.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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