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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 31-03-2018

Fuera de la oficina; de la desobediencia como sntoma

Dean Luis Reyes
elcineescortar.com


ELCINEESCORTAR publica en exclusiva este texto cedido por su autor, el profesor y crtico cinematogrfico Dean Luis Reyes, vinculado a los recientes acontecimientos entre la 17 Muestra Joven ICAIC y la Presidencia del Instituto Cubano de Cine.

En la actual discusin alrededor de la presencia dentro de la Muestra Joven de una pelcula inadmisible debido a un dilogo donde un personaje emite una opinin ofensiva sobre Jos Mart, se oculta un problema ms complejo que el aparente.

Volvemos a discutir sobre una pelcula que no vimos. Sobre si un personaje de ficcin debe o no decir algo y a un guionista permitrsele escribir un dilogo donde se dice que Mart es un mojn. Por esa va, deberamos preguntarnos cuntas frases del cine, el teatro, la literatura son inaceptables en la realidad moral.

Pero hablamos de una ficcin. En una ficcin, un tal Sergio glosa al Che Guevara: Porque esta Humanidad ha dicho basta y ha echado a andar y no se detendr hasta llegar a Miami. Deberamos prohibir la exhibicin masiva de Memorias del subdesarrollo? Por ese camino, adems, estamos perdiendo la extraordinaria ocasin de discutir los raseros de la censura y el derecho que cabe a un grupo muy pequeo a determinar qu debe ver y or la mayora.

Invocando a Mart y a Fidel se prohibi en Cuba la exhibicin de Santa y Andrs, cuando en verdad se prohibi ver la escena de un acto de represin fsica contra un personaje que encarna en s mismo un fenmeno no resuelto del dilogo entre poder poltico y artes en Cuba: la intolerancia hacia el que no comparte la verdad oficial, la preceptiva del estado, y hace manifiesto su desacuerdo. El poder impuso por la fuerza su perspectiva de las cosas, por encima incluso de la opinin de los cineastas que defendieron la licitud del personaje de una pelcula a gritar Viva Mart! cuando se le propina una golpiza a nombre de Fidel.

Parece una discusin en torno a los smbolos que deberamos proteger y defender.

Se les defiende extirpando de la ficcin los tratamientos que no aprobamos? Prohibiendo a los creadores proponer episodios cuestionables desde el punto de vista de las normas que gobiernan lo real? Esta lgica hace evidente una mediacin del espacio pblico que restringe visiones, opiniones, que divergen de la perspectiva dominante. Y pone en entredicho la madurez intelectual del dilogo que deberamos sostener sobre el particular.

Es la misma racionalidad que prohibi a Antonia Eiriz hacer pblicos sus abortos mentales, a Servando Cabrera exhibir sus cuerpos de hombres desnudos y erotizados, a Virgilio Piera publicar, que oblig a Heberto Padilla a hacerse un mea culpa, a Nicols Guilln Landrin a dejar de hacer cine y a tantos ms a no tener acceso natural a un escenario de dilogo para su creacin. Es la postura que poscribi al homosexual, al afeminado, al pepillo, a nombre de un saneamiento social que no admita otra normativa que la del sujeto heterosexual de la cultura patriarcal.

Es la posicin de quitarnos un derecho que nos asiste. Nos lo quitan y quieren que estemos de acuerdo con el despojo.

Esta clase de discusiones han circulado en el cine cubano casi desde el inicio. Fueron las que trajeron la discusin en torno al cine que debera hacerse en Cuba durante y despus de la censura de PM (1961), o en la polmica pblica entre Alfredo Guevara y Blas Roca tras el estreno de La dulce vida (1968) y otros ttulos de la Europa Occidental, las que fundamentaron los ataques al ICAIC por ofrecer una Cecilia (1981) que no coincida con los libros de texto, la que sobrevino con la condena de Alicia en el Pueblo de Maravillas (1991), cuyos crticos vieron en ella alusiones a la figura de Fidel Castro y una perspectiva inaceptable de la sociedad cubana, la que hizo que Pon tu pensamiento en m (1996) fuese considerada una ofensa a la figura del Che

Las imgenes sagradas son un asunto de los ms sensibles dentro del aparato de mediacin pblica hoy en Cuba. Porque estamos viviendo una iconofilia creciente y curiosa, que invoca una suerte de idea monumental de figuras y smbolos donde se echa en falta la nocin de cultura como produccin y el pensamiento crtico ante lo fijo, que entre nosotros se ha igualado siempre a la nocin de revolucionario.

En el cine, como manifestacin artstica que se expresa directamente en lo pblico, es cada vez ms severa la vigilancia. A travs de las percepciones de lo inadmisible en los discursos de la cultura se puede hacer, adems, una suerte de psicoanlisis del poder a partir de sus mrgenes de admisin de disenso.

Las declaraciones pblicas de la Presidencia del ICAIC acerca de Quiero hacer una pelcula, el largometraje de Yimit Ramrez que, segn los nicos dos funcionarios que la vieron all antes de autorizar su exhibicin en la Muestra Joven, no sera exhibida porque no le(s) haba gustado una frase de la pelcula (como explic su productora Marta Mara Ramrez), manifiesta lo acotado de tales mrgenes hoy.

La Presidencia decidi expresar su postura sobre el particular diez das despus de que los integrantes del Comit Organizador de la Muestra hicieran pblica la suya. En el documento del Instituto, se reafirma la condena a un dilogo que califica a Mart de manera inaceptable y adems se califica de poco tica la declaracin de ese Comit.

Esto ltimo evidencia que estamos ante dos discusiones. Una, la reaccin ante un dilogo de ficcin que, para esa Presidencia (hasta donde sabemos hoy, dos personas), no es algo que pueda admitirse simplemente como expresin de la libertad de creacin. Como parte de nuestra poltica cultural y de nuestro compromiso con la sociedad, el ICAIC rechaza cualquier expresin de irrespeto a los smbolos patrios y a las principales figuras de nuestra historia.

La segunda es el regao, la represalia a los organizadores de la Muestra Joven, que alcanz extremos de improvisacin y maltrato cuando se les prohibi impartir su conferencia de prensa de introduccin del programa de la 17ma. edicin del encuentro de los jvenes realizadores audiovisuales cubanos, el medioda del 22 de marzo pasado.

All se hizo evidente el tamao de la crisis de liderazgo del ICAIC actual entre los cineastas, as como la ausencia de altura poltica de su dirigencia. Porque calificar de poco tica la potestad de un grupo de creadores de decir la verdad es poco menos que inaceptable.

Pero ambas discusiones evidencian el conflicto alrededor de lo admisible hoy en Cuba para eso que se llama libertad y que, en trminos marxistas, supondra asumir una conciencia de la necesidad. Y hay dos necesidades en abierto conflicto aqu: la necesidad de reproduccin del poder, a travs de unas estructuras que se consideran desafiadas, y la necesidad de los creadores, que consideran lcito para sus propuestas formales ofrecer visiones no acogidas a la doxa vigente.

Adems, aparece aqu la inocencia aparente de los trminos que operan dentro de un lxico dominante que usa calificativos como nuestra poltica cultural, nuestro compromiso con la sociedad y nuestra historia a partir de una nocin de propiedad, con el pronombre nuestro como marca de una ideologa de poder que habla como si lo hiciera a nombre de un colectivo que entiende con claridad que cosa es eso nuestro. Cuando, en el fondo, se suponga un sobreentendido comprender algo que no puede verse, que se pronuncia sobre pelculas que no nos dejan ver, por razones que son invocadas como nuestras.

El Presidente, que habl a nombre de un nosotros que nunca llega a saberse qu dimensiones tiene, manifest que, desde su percepcin, analizada sintomticamente, los jvenes haban invalidado el pacto de silencio que impera en las instituciones cubanas, la negociacin de cada acto de censura y reprobacin tras las gruesas puertas de las oficinas, lo que permite un marco de invisibilidad necesario para el ejercicio de la exclusin de los derechos. En primer lugar, como es el caso, el derecho a expresarse.

Lo ejemplar esta vez es que los miembros del Comit tampoco fueron aquiescentes. Tomaron el estrado, explicaron su desacuerdo, lo argumentaron y quisieron hacer, desobedeciendo el dictum, su conferencia de prensa, ante un grupo de periodistas e invitados sobrecogidos por la incredulidad.

Mayor fue la incredulidad del puado de funcionarios convocados, entre ellos el director de la publicacin La Jiribilla, quien exigi a gritos que no se hiciera esa conferencia. O la del director de la revista Excelencias, que acentu: Los han invitado a un dilogo () vale la pena sentarse a una mesa de conversacin () yo les invito, por lo que significa esta institucin, a irse a sentar a conversar para que esta muestra sea lo que queremos todos; evtese una frase innecesaria que pueda ser manipulada, que no tiene que ver con el espritu que ustedes han demostrado () esta institucin, desde su fundacin, ampar sentarse a dialogar, a buscar soluciones.

Es curioso cmo se reacciona cuando se considera roto el pacto de seguridad que cubre la actuacin diaria de este grupo dirigente sobre los creadores. Algo muy evidente en el discurso regente hoy desde la casta de funcionarios de la cultura cubana. En l, abunda el victimismo y el sndrome de la sospecha en torno al cuestionamiento de la institucionalidad. Este se ha vuelto el argumento principal para tomar decisiones en defensa de ese marco regulatorio casi sagrado.

Muchas de sus decisiones, paradjicamente, lesionan la propia funcin de la estructura institucional. Porque la cultura no es administrable con los mismos principios con que se administra la economa o la poltica exterior, acciones como que el ICAIC no proteja a todos los cineastas o que la UNEAC se oponga al ejercicio de la crtica en sus escenarios pblicos (lo que finiquit su programa televisivo Hurn Azul), o al debate de ciertos temas en sus congresos, son sntomas muy negativos.

Muestran que tales estructuras operan en el sentido de la autopreservacin, a menudo a costa de las necesidades de los propios sujetos que las integran y justifican. Y a que el ejercicio del derecho a disentir de esas operaciones en el espacio pblico est bajo estrecha vigilancia.

De ah la advertencia a evitar una frase innecesaria que pueda ser manipulada: el llamado a regresar al silencio y la penumbra, la advertencia de que estamos bajo la observacin de algn ente presto a cebarse en nuestras diferencias para sacar partido a su favor Como si las diferencias fueran algo que por fuerza tiene que permanecer invisible. Cuando las diferencias se sepultan, nos ensea la Historia, estallan y dejan vctimas.

En torno al cine, esto ltimo es manifestacin de un estado de cosas que ha caducado. El ICAIC del capital poltico de Alfredo Guevara no es el de hoy. El dilogo evocado arriba no sucede ya.

El ICAIC de hoy censura una pelcula debido a una frase pronunciada por un personaje cuya coherencia mental no est clara. Y los realizadores del cine cubano mayoritario no sienten, en vistas de los acontecimientos de los ltimos aos y de que el margen de discusin sea ese, que emprender un supuesto dilogo tenga sentido.

El ICAIC de esta dcada rene casi dos decenas de largos de directores cubanos sin estreno pblico, as como rodajes intervenidos por autoridades policiales (El tren de la lnea norte) o cuyo acceso a las locaciones fuera prohibido (El Proyecto). No hay figura sacra hoy all ante la cual los organizadores de la Muestra (creadores independientes contratados a esos fines durante algunos meses cada ao, no cuadros polticos adjuntos a una disciplina interna) consideren que deban postrarse.

De manera casi epifnica, el conflicto e invocacin a regresar al dilogo sucedi en la misma Sala Fresa y Chocolate donde, el 28 de noviembre de 2015, se celebr la ltima Asamblea de Cineastas vinculada al conocido como Grupo de los 20, que portaba entre sus muchas demandas la aprobacin de una Ley de Cine imprescindible para el resguardo y organizacin del campo audiovisual nacional.

Ese da nos salimos del guion, porque nos convocamos para discutir un tema ms all del soado marco regulatorio y legal del cine cubano del futuro. Nos convocamos para discutir la censura que sufre el cine cubano. Las puertas estaban abiertas, haba gente muy diversa. Se leyeron tres textos, se abri una discusin donde se habl claro y de frente. Se pidi tomar una declaracin acerca de la censura sufrida por Juan Carlos Cremata. Y, casi al final, una provocacin: entre los presentes estaba un supuesto contrarrevolucionario.

Un vicepresidente del ICAIC, el propio Presidente, un puado de operativos de la Seguridad del Estado de civil, armaron un acto de repudio. La violencia flot en el aire y, aunque no se desat en el plano fsico, la Asamblea qued disuelta. Al otro da, una declaracin del ICAIC y otra de la UNEAC con su repudio a la presencia de contrarrevolucionarios en sus espacios institucionales, estaban en los medios nacionales. No se habl ni una vez de la censura. El G20, que haba sentido a un pelo de distancia el precio de su desobediencia, el olor a almizcle de la violencia del poder, se redujo y luego se esfum en el aire. No se han vuelto a reunir. La solidaridad tiene un precio.

En ese amargo encuentro que refiero habamos salido de la oficina donde habitualmente el ICAIC nos permita reunirnos. Nos habamos convocado en un sitio pblico porque consideramos que era nuestro deber enfrentar la verdad dura y simple que tenamos ante nuestras narices, y compartirla.

Los miembros del Comit Organizador de la Muestra Joven de 2018 tambin pensaron que actuaban de acuerdo a principios ticos innegociables cuando hicieron pblico su desacuerdo con la prohibicin de una pelcula debido a algo que dice un personaje. El ICAIC los ha llamado poco ticos y ha culpado a los realizadores de Quiero hacer una pelcula.

No obstante, el cine cubano est repleto de caracteres dramticos que desobedecen, que se hacen a s mismos a travs del disenso.

Definitivamente, algo ha cambiado entre el cine cubano y su realidad. Pelculas panfleto, pelculas donde se dicen las cosas sin medias tintas, abundan. Son poticas que no quieren jugar el juego del simulacro, apuestas formales que se deshacen de oblicuidades, de operaciones tropolgicas, y de intertextualidades. Cineastas que dicen lo que piensan abiertamente, que suben al estrado, toman el micrfono y hablan.

Los de siempre apenas consiguen arrebatarles el micrfono o vociferar exigiendo que se vayan con su msica a otra parte. Esos que son replicantes de aquellos otros que por dcadas nos han acallado, dividido, acusado de toda clase de males. Que nos han prohibido nuestra libertad a nombre de nuestra libertad.

Todo lo bello y bueno que hagan, no hace esfumarse aquello que deshagan. Porque el proceso de la dominacin supone siempre que el dominado acepte como suya la razn del dominador. Y en contadas ocasiones la dominacin se vio tan clara como ahora.

Pero los expulsados del templo se quedan.

Organizan la Muestra.

Humm

Fuente: http://www.elcineescortar.com/2018/03/26/fuera-de-la-oficina-de-la-desobediencia-como-sintoma/



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